San Óscar Romero nos dejó un gran legado de frases que dijo durante sus homilías como Obispo. Foto Especial.
Un fulminante balazo detuvo su corazón cuando celebraba misa en el altar. Así le arrebataron la vida en 1980, convirtiéndolo en el primer arzobispo mártir de América. Hoy exploramos algunos datos particularmente curiosos sobre la extraordinaria vida de un prelado salvadoreño: monseñor Óscar Arnulfo Romero.
Especialmente conocido por su firme defensa de los derechos humanos y una clara lucha contra la violencia y la injusticia, fue un arzobispo de San Salvador, cuyo nombre adquirió un especial protagonismo en torno a la Guerra Civil en El Salvador.
Óscar Romero nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios y elevado a la dignidad arzobispal en 1977. Durante su rico ministerio episcopal, denunció enérgicamente las continuas agresiones y la persecución contra los más vulnerables cometidas por el gobierno y las fuerzas militares, en un contexto de elevada represión.
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Esto lo llevó a ser blanco de amenazas; pero, lejos de frenar sus denuncias, elevó su valentía en un continuo esfuerzo por todos aquellos a quienes consideraba marginados. En este marco, mantendría una fuerte oposición a los represores, quienes finalmente orquestaron una conspiración para asesinarlo, algo que ocurrió el 24 de marzo de 1980.
A continuación, te presentamos cinco aspectos curiosos sobre el perfil del santo monseñor Óscar Arnulfo Romero:
Como el niño Jesús con san José, el pequeño Arnulfo nace en el seno de una familia humilde y numerosa. Tenía siete hermanos, hijos de un matrimonio conformado por Santos Romero Garcilazo y Guadalupe de Jesús Galdámez. Era una pareja joven: él tenía 32 y ella contaba con 29 años de edad.
En el hogar, el padre formaba al pequeño Arnulfo en las artes de la carpintería. Aunque finalmente le ganaría el deseo de convertirse en sacerdote.
Al chico le bautizan con apenas años de nacido, en 1919. La cita familiar sería en la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, un 11 de mayo, día domingo.
El sacramento que le imprimiría en el alma un signo espiritual indeleble, el carácter, lo consagraría desde entonces y para siempre en el catolicismo. Aquel rito sacro fundamental del cristianismo lo presidió el sacerdote Cecilio Morales.
El pequeño Óscar Arnulfo practicaba desde ya la oración todas las noches. Y también desde niño, la veneración al Inmaculado Corazón de la santísima Virgen María.
Entre los elementos de su biografía, se menciona el hecho de que Romero destacaba en las materias humanísticas; o al menos más que en ciencias como la matemáticas. En efecto, terminará inclinándose por formarse para el sacerdocio.
Con esta intención, ingresa al Seminario Claretiano de San Miguel cuando contaba con 13 años de edad. Posteriormente recibirá formación de manos de los jesuitas, esta vez en el seno del Seminario de San José de la Montaña, ubicado en San Salvador.
Como parte de su formación, san Arnulfo Romero viaja a la Ciudad Eterna, donde comienza estudios de teología. Lo hace en la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma, donde conoce a un obispo de nombre Giovanni Battista Montini.
Este prelado tendrá un significado muy grande en la vida del santo. Pues, se convertirá años después en el papa número 262 de la Iglesia Católica.
Es precisamente el pontífice quien lo designará años después obispo auxiliar de San Salvador, luego al frente de Santiago de María; y por último, en 1977, como sucesor del arzobispo metropolitano de San Salvador, con acento en una muy necesaria pastoral social.
Monseñor Óscar Arnulfo Romero es ordenado sacerdote, como soñaba de niño. Y el día mismo de su ordenación ocurre algo especialmente significativo y curioso.
El 4 de abril de 1942 fue el día elegido para la consagración sacerdotal. Y la fecha en la que formularía por escrito en su diario un anhelo concreto que se constataría más tarde con su martirio: “Deseo ser una hostia para mi diócesis”.
La profunda convulsión de aquellas tierras donde tenía responsabilidad pastoral alimentaron su defensa por los que no tienen voz. Y emprende una defensa irrestricta de la doctrina social de la Iglesia en favor de los perseguidos.
En ese marco, ocurre el asesinato de Rutilio Grande, lo que intensifica aún más su celo apostólico, así como una denuncia activa y la defensa a toda costa de los derechos humanos. Aprovecha entonces el púlpito para condenar la violencia y llamar a la pacificación.
Finalmente se desencadena un profundo clima de inestabilidad social que incluye un boicot a la transmisión radial de sus homilías y no pocos esfuerzos de amedrentamiento para silenciarlo. Los intentos por amilanar al obispo fueron en vano, hasta que una conspiración armada termina por arrebatarle la vida.
En marzo de 2025, concretamente el día 24, se cumplirán 45 años del magnicidio de Óscar Romero. Ese día, lo mataron por odio a la fe, tal como constatan las fuentes de la Santa Sede al reconocer oficialmente su martirio e inscribir su nombre en los altares.
Beatificado en el año 2015 y canonizado en el 2018, al santo se le venera también en otras confesiones de línea cristiana, como los anglicanos y los luteranos, quienes lo reconocen como mártir.
“El Evangelio, llevado por los primeros misioneros y predicado también con fervor por pastores llenos de amor de Dios, como Mons. Óscar Arnulfo Romero, ha arraigado ampliamente en esa hermosa tierra, dando frutos abundantes de vida cristiana y de santidad”, les dijo a los obispos de El Salvador el papa Benedicto XVI.
El pontífice añadió que “se ha hecho realidad la capacidad transformadora del mensaje de salvación, que la Iglesia está llamada a anunciar, porque ciertamente «la Palabra de Dios no está encadenada» (2 Tm 2, 9) y es viva y eficaz (cf. Hb 4, 12)”.
Por su parte, el papa Francisco aprovechó una Misa de Nochebuena para retomar unas sabias palabras del obispo santo: “la Iglesia […] apoya y bendice los esfuerzos por transformar estas estructuras de injusticia y sólo pone una condición: que las transformaciones sociales, económicas y políticas redunden en verdadero beneficio de los pobres» (San Óscar Arnulfo Romero, «La Verdad, Fuerza de la Paz» Mensaje pastoral de Año Nuevo, 1 enero 1980)”.
Durante su canonización, el pontífice hizo una afirmación muy particular sobre este querido santo latinoamericano que vale la pena destacar. Estimó que el martirio de monseñor Romero continuó tras su muerte:
“…Porque una vez muerto fue difamado, calumniado, ensuciado, o sea que su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado… un hombre que sigue siendo mártir. Bueno, ahora creo que ya casi nadie se atreve pero después de haber dado su vida siguió dándola dejándose azotar por todas esas incomprensiones y calumnias”.
De esta forma, el papa Francisco reiteraba una denuncia y advertencia concreta: “Solo Dios sabe las historias de las personas y cuántas veces, a personas que ya han dado su vida o que han muerto, se las sigue lapidando con la piedra más dura que existe en el mundo: la lengua”.
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