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Carta de un enfermo de cáncer

Salvador Mendiola y Martínez

En cierta ocasión mi esposa me dijo: “Mira, Salvador, mi situación es parecida a un buzón: del lado en que se deposita la carta, el cartero mira un mundo donde hay luz; pero del otro lado hay silencio, sombra, encierro. Es decir, yo siempre tengo para ti una sonrisa a fin de darte ánimo, me encargo de levantarte, de asearte, y sobre todo, de orar por tu salud con mucha fe. Tú, como enfermo, sientes que tu dolor es muy grande, sin tomar en cuenta que yo no duermo al ver que a mi esposo día a día se le cae el pelo, que va perdiendo peso hasta llegar a los huesos, que vivo con la zozobra de que en cualquier momento se me muera. Tú sientes los efectos de las quimioterapias, que verdaderamente pueden ser espantosos, pero yo veo con impotencia y mortificación cómo mi esposo se dobla de dolor ante las molestas náuseas en cada tratamiento; a veces me siento sola y lloro en silencio, pero tengo siempre una sonrisa para ti”.   

Cuando hablamos de cáncer, generalmente lo hacemos desde el punto de vista del enfermo, o discutimos en torno a la enfermedad; muy pocas veces nos interesamos por lo que vive y siente el acompañante, trátese de un amigo o de un familiar, quien puede estar atravesando por una oscura etapa de crisis e inseguridades, de miedo, ansiedad o estrés.

Lo que me dijo mi esposa me hizo reflexionar sobre el gran trabajo que realizan quienes acompañan o cuidan a los enfermos; son los verdaderos héroes frente a un padecimiento, con su actitud de entrega ante una vida que no esperaban o no deseaban, pero que han acogido con una actitud de amor y servicio: ceden con caridad su tiempo, su dinero y su esfuerzo; viven intensamente el agotador proceso de deterioro del enfermo; esperan con temor e impotencia los comentarios médicos. Ellos son esos bastones benditos que a los enfermos nos permiten caminar dignamente erguidos.

Jesús decía: “Vayan de dos en dos”, porque sabía que uno cuidaría del otro, que mientras una curaría o predicaría, el otro oraría. Con esta experiencia, he tenido la oportunidad de descubrir muchas cosas en mi acompañante: su solidaridad, su valor, su generosidad, su entusiasmo y su gran actitud de ayuda. Con ella, he aprendido a orar con más fervor. Con ella, he aprendido a aceptar la enfermedad como una oportunidad de crecimiento, y no como castigo de Dios; y mi discapacidad como un apasionante reto para el desarrollo de nuevos talentos, así como a ver en esta etapa un tiempo para la reflexión.

Con mi esposa he podido comprobar que las personas que realizan este tipo de obras de misericordia sólo pueden sostenerse de pie gracias a la acción del Espíritu Santo. De otra manera no se podría entender. Antes de enfermar, mi formación como scout me impulsaba a servir sin esperar recompensa; entendí entonces que en dar hay mayor satisfacción que en recibir, y encontré en el lema “Siempre listo y bien preparado para servir” el verdadero sentido de la existencia, mismo que se halla en un principio de vida que nos legó Jesús, al señalar: “No he venido para ser servido, sino para servir”.

Visitar y ayudar al enfermo es una obra piadosa de gran misericordia, que nos permite descubrirnos útiles como hijos de Dios; nos ofrece además la oportunidad de vivir el amor con un sentido espiritual, y encontrar en la vida esa esencia divina para el reencuentro con Dios, con la creación, con uno mismo, con nuestros seres queridos y con nuestra sociedad. A los enfermos, ese auxilio brindado nos permite valorarnos; nos da la oportunidad de aquilatar a las personas, e incluso disfrutar de la enfermedad como una experiencia de servicio, al poder transmitir a otros una actitud de valor, temple y fortaleza, en la búsqueda de la trascendencia.

Gracias a nuestros acompañantes, los enfermos podemos comprender a cabalidad lo dicho por el Divino Maestro: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Mi más profunda admiración para quien cuida de un enfermo. ¡Honor a quien honor merece!

 

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