Convivir con un niño es una experiencia que nos enriquece. ¡Qué maravilla descubrir el hambre de verdad de una mente nueva, recién estrenada! Los niños nos permiten descubrir de nuevo ese mundo al que ya estamos tan acostumbrados.
“¿Por qué?”, “¿qué es?”, “¿cómo se llama?”, “¡explícame!”, “¡enséñame!”, “¡déjame ver!”, son frases que repiten los niños sin cansarse y sin tomar en cuenta nuestro cansancio… y nuestra ignorancia. Ellos tienen un hambre insaciable de saber, de conocer ¡y la tendrán toda la vida!
El hombre se caracteriza por su deseo de conocer la verdad y se distingue de los animalitos en su capacidad para trasmitirla y añadirla a los conocimientos ya acumulados por la humanidad toda.
Los maestros son eso: seres humanos admirables que se dedican a enseñar generosamente a otros lo que ellos han aprendido. El niño observa, usa todos sus sentidos, investiga, desarma, destruye, rompe, pregunta y vuelve a preguntar sin cansancio para conocer lo que llama su atención.
Aprovechar ese interés y fomentarlo es el papel de los padres y de los educadores para enriquecer el conocimiento del niño con la verdad.
Los pensadores de todos los tiempos -esos que se llaman filósofos porque aman la sabiduría- han tratado de responder de diferentes formas a esta pregunta. Algunos dicen que no existe la verdad por sí misma, que es algo relativo y que depende de cada persona.
Hay un dicho sobre esta posición: “en esta vida, nada es verdad y nada es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”. Esta forma de pensar lleva al desconcierto y, en cierto modo, a una vida amoral, sin reglas, en las que todos tienen razón, piensen lo que piensen o hagan lo que hagan, y la verdad, en todo caso, será aquella en la que más personas estén de acuerdo. Proceder así nos hace caer en el absurdo de aceptar el asesinato de los no nacidos como algo bueno porque una mayoría de representantes, actuando bajo consigna partidista, decidió legalizar el aborto.
La verdad existe, independientemente de cada uno de nosotros, y nos toca hacer todo lo posible para encontrarla. Si yo tengo mi verdad y tú la tuya, no te debo matar porque piensas de una forma diferente, ni tú debes sentir que soy tu enemigo irreconciliable. Yo debo respetar tu conciencia y tengo derecho a recibir de ti semejante trato. El siguiente paso es exponerte mi verdad y cocer la tuya: yo tomaré de tu verdad lo que coincida con mi forma de pensar y tú harás lo mismo.
Habremos caminado juntos en busca de la verdad única y nos habremos liberado del odio y la discriminación.
El tomismo, que sirvió a la Iglesia como base de sus estudios filosóficos y teológicos, nos da una definición de la verdad: Adæcuatio rei et intellectus (la adecuación de la realidad y del intelecto); es decir, el acto por el cual el intelecto capta la realidad.
Pero Jesús nos da otra definición a quienes creemos en Él: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). En efecto, para los cristianos, Dios es la suma verdad y el fundamento de toda verdad. Esa hambre que siente el ser humano de la verdad a final de cuentas es hambre de Dios, es el hombre que por su naturaleza tiende a Dios.
Si la verdad hace libre al hombre, la mentira lo esclaviza. Todos, tristemente, tenemos la experiencia de cómo una sola mentira, aparentemente inocente, desencadena una serie de mentiras para sostener la primera. Hay vidas que se han construido sobre los cimientos falsos de una mentira. Los protagonistas de esas vidas viven siempre con el terror de ser descubiertos y de que su edificio se derrumbe.
La verdad es una actitud que se forma en el hogar y que surge, también, del amor. Los seres amados no merecen una mentira. No puedo fincar en falsedades el aprecio de los que me rodean. No tengo que inventarme cualidades que no tengo para ser apreciado.
Un mentiroso deja de tener credibilidad y prestigio moral. El que es veraz se gana la confianza de los demás y su testimonio es válido.
Estas son algunas formas en que se puede enseñar la verdad a los niños
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