Andrés y Taydé llevan 9 años en el grupo de divorciados vueltos a casar en Monterrey.
Cuando eran jóvenes, Taydé y Andrés se conocieron en grupos de la iglesia, donde forjaron una gran amistad. Más tarde, ella contrajo matrimonio y tuvo un hijo, Jacob; Andrés también se casó, y tuvo a Andrea.
Por diversas circunstancias, sus relaciones no funcionaron, y ambos se divorciaron. En medio del dolor por la separación, los amigos se reencontraron. Explica Taydé que solían platicar para saber cómo estaban, y en una ocasión surgió la idea de salir con sus respectivos hijos.
Repitieron la experiencia en varias ocasiones, hasta que un día ya no se vieron igual. “Nos extrañábamos mucho, y pensé por primera vez en él como una excelente pareja. Teníamos muchos años de conocernos”. Así nació la idea de vivir juntos.
Si bien tenían claro que debían llevar una relación de noviazgo en la que sus hijos pudieran crecer con respeto y amor, para luego conformar un hogar católico con buenos ejemplos, la realidad les pondría los pies en la tierra, pues la integración no sería tan sencilla.
Al principio no fue fácil, comenta Andrés: “Hubo momentos de distanciamiento con mi hija; hicimos muchos intentos por hablar, sacar de la mente y del corazón las dudas y rivalidades de cariño que surgieron en la nueva relación familiar. Nos costó lágrimas, heridas en el alma que fueron sanando poco a poco”.
Hoy las cosas son diferentes, y Taydé sabe que el secreto consiste en “tener la certeza de saberse amados por Dios, aún después de una relación fallida, y tenerlo a Él como única fuente de amor. También el visualizarnos más juntos y multiplicando las cosas buenas en familia”.
Taydé y Andrés aseguran que los momentos maravillosos siempre han prevalecido a los sinsabores. La llegada de un hijo más a la familia, León, se convirtió en un puente de unión entre todos; “terminó de unir nuestros corazones, sobrepasando cualquier expectativa que pudo humanamente crearse”, asegura Andrés.
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