Los padres deben heredar a sus hijos una bendición y una promesa de la alianza con Dios y de la vida en Cristo. Foto: Luis Aldana.
El Papa Francisco nos ha dicho que la familia es el primer lugar donde se aprende a amar y es importante mantenerla alejada del egoísmo, el individualismo, la cultura de la indiferencia y el descarte, y con ello evitar el riesgo de que pierda su ADN, que es “la acogida y el espíritu de servicio”.
La familia, dice, esta llamada a “coser” el tejido de la sociedad creando relaciones y multiplicando el amor y la vida.
En la familia tendríamos que sentirnos conocidos, respetados, valorados y amados. Debería ser el lugar donde experimentemos el amor de Dios a través de nuestros seres queridos.
Toda vida humana está llamada al servicio y al amor. Sin embargo, vivimos en un tiempo en el que a veces la indiferencia, el egoísmo y el individualismo amenazan con erosionar estos lazos fundamentales y debilitan las estructuras familiares y, con ello, el tejido social.
Es un hecho. Si no cuidamos a las familias, no vamos a cambiar una realidad social acechada por violencia, asesinatos, agresiones, polarización, depresión y suicidio, entre otras problemáticas que hoy enfrentamos.
No podemos ignorar que la crisis de la familia es también una crisis de la sociedad. Cuando los lazos familiares se resquebrajan, la solidaridad se desvanece, el compromiso se diluye y la comunidad se fragmenta.
Pero, ¿por dónde empezar?
Primero, fortaleciendo la comunicación y el diálogo dentro de los hogares. La palabra compartida, la escucha atenta y el acompañamiento cotidiano son herramientas esenciales para que el amor florezca en las familias.
Y segundo, promoviendo una cultura de servicio y entrega, en la que los padres sean testimonio de generosidad y entrega para sus hijos.
La Iglesia nos recuerda que la familia no es solo un lugar de crecimiento personal, sino también un espacio de evangelización y compromiso con la sociedad.
Como cristianos, estamos llamados a defender a la familia, fortalecerla y testimoniar con nuestras propias vidas el amor familiar. El reto es grande, pero la esperanza es mayor.
Si cada familia decide hoy vivir el Evangelio del amor, si cada hogar se convierte en una pequeña escuela de servicio y acogida, entonces seremos capaces de restaurar el tejido social.
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