México anhela la visita del Papa León XIV, pero antes es necesario preguntarnos si estamos preparados para escuchar su llamado a la paz, la justicia, la defensa de la vida y la conversión del corazón.
Esta pregunta nos surge al escuchar que el Papa León XIV ha sido invitado a acudir a México en diversas ocasiones, y él ha respondido con una esperanza personal de poder visitar a nuestro país y, particularmente, encomendar su pontificado a la Virgen de Guadalupe.
Ante esa posibilidad, vale la pena preguntarnos, como mexicanos, ¿estamos dispuestos a escucharle? ¿Cuál sería el motivo de invitarle? Ciertamente nuestro país requiere de un abrazo espiritual, un abrazo amoroso, que nos recuerde que somos hijos de Dios.
Nuestro país aceptó y se unificó en torno a una fe, hace 500 años, y ahora esa fe católica unifica a tantos millones, que somos el segundo país del mundo con más feligreses católicos.
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Estamos rumbo a los 500 años de conmemorar que Santa Maria Madre de Dios, en su advocación de Guadalupe, apareció en estas tierras para unificar a un pueblo que no se veía como uno sólo, pero que además, urgía de la intervención Divina para que el gran proyecto evangelizador no fracasara por la desconfianza de unos y la codicia de otros.
495 años después, seguimos necesitados de la intervención Divina para pacificar esta bella tierra y unir nuevamente al pueblo de Dios. Sin duda, el Vicario de Dios en la tierra es un mensajero de paz y fe que siempre ha sido bien recibido en este país, y su mensaje es muy necesario ante las circunstancias abrumadoras en varias regiones del país; sin embargo, regresamos a la pregunta inicial, ¿escucharemos al Papa?
En un reciente discurso ante la comunidad diplomática en la Santa Sede, el Papa León XIV realizó una serie de exhortaciones para todo el mundo, a través de los diplomáticos y los medios de comunicación.
Las exhortaciones giraron en torno a volver a dejar que “la ciudad terrenal” crezca de manera paralela a la “Ciudad de Dios”; esto es, que dejemos que Dios vuelva a hacerse presente en la vida cotidiana actual.
Aterrizando estas exhortaciones, llamó a la construcción de la paz, a volver a escucharnos como ciudadanos del mundo, a detener las guerras, a detener las persecuciones, a tratar como personas a los migrantes, a defender la vida, a detener las persecuciones religiosas.
En México, nos preguntamos, ¿cuántos bautizados participan de la desaparición de personas?, ¿cuántos bautizados participan en los asesinatos y en la violencia?, ¿cuántos bautizados promueven el aborto como un derecho?
Como pueblo de Dios, en una fe, ¿nos preocupamos del que sufre, del migrante, del pobre?, ¿o volteamos la cara hacia otro lado para evitar problemas?, ¿participamos y promovemos actos de corrupción?, ¿odiamos a nuestros hermanos que no comparten las mismas convicciones políticas o las mismas creencias?
No hace falta esperar a que Su Santidad esté presente en nuestro país para iniciar una conversión real de corazón. Claro que lo necesitamos en nuestra tierra, su abrazo, su mensaje, que nos llene de esperanza y amor, pero estamos en muy buen tiempo de demostrar si estamos preparados para escuchar y atender con actos el mensaje del Santo Padre, que nos habla a todos.
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