Amar a los pobres es confesar la fe en el Dios que se inclinó hasta el polvo para levantarnos.
En nuestras ciudades brillantes conviven, a veces invisibles, los rostros de quienes no tienen lugar. Hay pobres de mesa y pobres de cama; pobres de amigos y pobres de oportunidades; pobres de derechos, de educación, de trabajo digno; pobres de aire limpio y de agua segura.
La pobreza, por tanto, es una herida integral y amar a los pobres implica reconocer su dignidad inviolable y transformar las estructuras que la niegan.
El Documento de Aparecida lo señala con claridad: “La opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica” (DA 392), pues es el modo concreto en que la fe en Jesús, que “siendo rico, se hizo pobre por nosotros” (cfr. 2 Co 8,9), se verifica en la historia.
Por eso, también el Documento de Aparecida nos invita a reconocer los “nuevos rostros de los pobres”, aquellos cuya indigencia no siempre es material: los enfermos crónicos y sus familias; los migrantes; los ancianos solos; quienes sufren violencias; los descartados de la cultura digital; las comunidades sin acceso a servicios básicos ni a un ambiente sano.
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Para amar así hace falta un cambio en la actitud del corazón. El Papa Francisco nos insistió primero y lo ha confirmado el Papa León XIV: la urgencia de una conversión que atraviese decisiones personales, familiares e institucionales para colocar la dignidad humana en el centro de la economía, de la política y de la tecnología.
En este horizonte, la primera Exhortación Apostólica de León XIV, Dilexi Te (Te he amado), se anuncia como una brújula. Que el Sucesor de Pedro confirme a la Iglesia en el amor a los pobres no es un gesto más: es recordar el corazón del Evangelio.
Todo renacimiento eclesial ha comenzado devolviendo el centro a los últimos: de San Francisco de Asís a Santa Teresa de Calcuta, de fray Bartolomé de las Casas a tantos santos ocultos que, sin ruido, sostienen la esperanza de los pueblos.
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Y si Jesús se identificó con los hambrientos, los enfermos, los extranjeros y los presos (cfr. Mt 25,31‑46), entonces encontraremos su rostro allí, donde la vida está más amenazada.
Amar a los pobres es confesar la fe en el Dios que se inclinó hasta el polvo para levantarnos. De esa fe nacerá una Iglesia más humilde, una sociedad más justa y un planeta más habitable.
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