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 qué me persigues?’, a lo que éste pregunta: ‘¿Quién eres, Señor?’ Recibe esta respuesta: ‘Soy Jesús, a quien tú persigues’.
La intensa luz que acompaña esta re- velación lo hace perder la vista; las palabras que escucha inician en él una verdadera revolución espiritual que lo lleva a cues- tionar todo lo que hasta ahora había tenido por cierto, que lo hace replantearse todo lo que hasta ahora había creído conocer respecto a Dios, que pone de cabeza sus ideas y lo hace comprender que ha estado esforzándose inútilmente por avanzar pues ha ido en la dirección equivocada.
Permanece tres días y tres noches sin comer ni beber, completamente ciego para el mundo, pero comenzando a verlo todo claramente por primera vez. Permanece encerrado y sin hacer aparentemente nada, pero son tres días increíblemente fructí- feros, no sólo para él sino para toda la cristiandad, porque en ellos se gesta lo que a partir de ese momento se dedicará a predicar incansablemente, recorriendo por mar y tierra las regiones más difíciles o distantes (fue el primero en llevar la Buena Nueva a Europa), dando su valeroso testi- monio de obra y de palabra, lo mismo a gente que lo escucha con atención que a gente que se le opone y no para hasta con- denarlo a muerte. Y, ¿cuál es ese mensaje que para él vale a tal grado la pena que no le importa padecer burlas, persecuciones, hambre y sed, frío, cansancio, latigazos, naufragios, encierros y al final el martirio?
Lo descubrimos entre sus discursos, registrados puntualmente por san Lucas, quien lo acompaña en varios de sus viajes, y desde luego, entre las numerosas cartas que escribe a las diversas comunidades cristianas que fue fundando y con las que se mantenía en contacto, y que hoy cons- tituyen un precioso legado que forma parte importante de la Biblia, extraordinarios textos que se proclaman en Misa.
Es el anuncio de que Dios nos ama con un amor gratuito que no depende de nues- tros méritos y del cual nada puede apar- tarnos; que la prueba de Su amor es que siendo pecadores envió a Su Hijo no sólo a compartir nuestra condición humana sino a morir para redimirnos; que resucitó
“Las palabras que escuchó de Jesús iniciaron en él una verdadera revolu- ción espiritual.”
para darnos vida, y que nos envió al Espí- ritu Santo para colmar nuestros corazones de Su amor, don que nos fortalece, capacita y lanza a vivir como testigos Suyos.
Que todo lo que tenemos lo hemos re- cibido de Dios; que nos ha colmado con Su misericordia, Su perdón, Su paz, dones inmerecidos que estamos llamados no sólo a disfrutar sino a compartir siempre y con todos.
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DesdelaFeOficial 27 de junio de 2021 7
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