Fátima Bosch no solo habló: encarnó una resistencia. En un escenario global como Miss Universo, en Tailandia, enfrentó al poder simbólico del silencio impuesto. Tras ser llamada “tonta” y obligada a callar por el director del certamen, Nawat Itsaragrisil, la joven mexicana respondió con temple. Su gesto, sencillo y profundo, reveló dignidad y fuerza nacida de la inteligencia emocional.

La Presidenta Claudia Sheinbaum lo expresó claramente: “las mujeres nos vemos más bonitas cuando alzamos la voz y participamos, porque eso tiene que ver con el reconocimiento de nuestros derechos”. En la referencia implícita a la frase misógina, la mandataria denunció y resignificó: hablar, participar y reclamar el lugar propio es una forma de belleza moral y cívica.

En esa misma línea, el gesto de Fátima Bosch sintetiza el valor de una generación que entiende que callar no es virtud.

La inteligencia emocional no es un don reservado a unos cuantos, es una forma de conciencia. Supone reconocer emociones propias y ajenas, gestionarlas con sabiduría y transformar la reacción inmediata en respuesta ética. En tiempos donde la misoginia se disfraza de “opinión” o “costumbre”, esta capacidad se convierte en herramienta de emancipación y en acto político. Desde el hogar y la comunidad de fe, niñas y jóvenes aprenden que el amor propio también se enseña, la ternura no es debilidad y la
empatía es una forma de fortaleza.

Las comunidades parroquiales que acompañan el crecimiento emocional de sus integrantes contribuyen a desmantelar estereotipos que sostienen la violencia simbólica. En esos espacios la fe se convierte en pedagogía de equidad. Porque cuando la espiritualidad reconoce la igual dignidad de mujeres y hombres nace una ética comunitaria que no tolera el desprecio ni la humillación.

En esa línea, Sor Juana Inés de la Cruz, monja, poeta y pensadora del siglo XVII, anticipó una revolución del espíritu. Al escribir “Hombres necios que acusáis” defendió a las mujeres de su tiempo y construyó el arquetipo de mujer consciente de su inteligencia y de su fe como fuerza crítica. Su voz, tejida entre el claustro y la escritura, fue un ejercicio temprano de inteligencia emocional, autoconocimiento y resistencia frente a la soberbia del poder masculino.

Hoy, las políticas públicas impulsadas por mujeres como la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, con el impulso al Sistema Público de Cuidados, son la dimensión institucional de esa misma conciencia. No buscan solo atender la violencia, sino crear condiciones para que cada mujer viva con autonomía, apoyo y respeto.

La reacción de Fátima Bosch, la palabra de Sheinbaum, la herencia de Sor Juana y las políticas de Brugada convergen en un mismo horizonte: el reconocimiento del valor dela voz femenina.

Salvador Guerrero Chiprés

Coordinador del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México (C5 CDMX).

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