Iglesia en México

Homilía del V Domingo del Tiempo Ordinario

Homilía pronunciada en la Basílica de Guadalupe por el Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo de México, con motivo del V Domingo de Tiempo Ordinario.
El Card. Aguiar unge a una personas enferma
El Card. Aguiar unge a una personas enferma

“Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador” (Lc. 5,8)

Este domingo encontramos tres personajes con una misma experiencia muy fuerte: la del encuentro con Dios. En la Primera Lectura: el Profeta Isaías; en la Segunda Lectura, el Apóstol Pablo, y en el Evangelio: el Apóstol Pedro. Los tres, en distintas formas, tienen un encuentro con Dios, y los tres sienten el temor, el asombro, la sorpresa ante lo que les sucede.

En el caso del Apóstol Pedro, él estaba realizando sus actividades cotidianas, ordinarias, como las de cualquier pescador. Pedro había tenido una mala noche, él y sus compañeros no habían pescado nada; sin embargo, al encuentro con Jesús a la orilla del lago, le obedecen, y a pesar de estar fuera de toda normatividad –pues los manda a pescar de día– recogen abundante pesca.
Pedro ve ahí la mano de Dios, y por eso en esa sorpresa, le dice: “Apártate de mí, Señor, yo soy un pecador”. Ve la presencia de Dios en la persona de Jesucristo.

Isaías, por su parte, lo contempla en la oración, pero de manera muy semejante. Ante su experiencia, dice: “Hay de mí, estoy perdido. Soy un hombre de labios impuros que habito en medio de un pueblo de labios impuros” (Is. 6,5).

En ambas escenas, Jesucristo, en lugar de decirles: ‘Está bien, puedes apartarte de mí’, les dice: ‘No, no temas, no tengas miedo’. Porque la cercanía de Dios nos hace temblar en un primer momento, pero debemos reconocer –como lo hace Pedro, Isaías o Pablo (en su caída del caballo)– que Dios viene a encontrarnos para ayudarnos, para fortalecernos, para darnos una misión, para que tengamos en nuestras manos la responsabilidad de dar testimonio de que Dios ha estado con nosotros y lo estará con muchos otros que abran su corazón y su vida.

Estos tres textos –como lo vemos con toda claridad en la Segunda Lectura– hablan de ese encuentro con Dios y de aceptar la misión que nos da Jesús, que nos da el Señor. También nosotros podremos tener esa experiencia a la que se refiere el Apóstol Pablo: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy; su gracia no ha sido estéril en mí; al contrario, he trabajado más que todos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo” (1 Cor. 15,10).

Hermanos que están aquí para recibir la Unción de Enfermos, tengan la certeza de que todos los que estamos presentes pediremos en este momento por ustedes y por todos los demás enfermos. Lo hacemos junto con toda la Iglesia Universal para que tengan la experiencia de que la gracia de Dios está con ustedes.

Y ustedes se preguntarán, pero, ¿cómo puedo servir a Dios estando enfermo y postrado? La fortaleza que manifiesten en aceptar estas condiciones adversas será el testimonio más grande de que Dios está con ustedes.

Siempre que vemos a un enfermo, descubramos que es una oportunidad enorme de encuentro con Dios. Por eso, aunque nadie desea la enfermedad, a todos nos toca en algún un momento, y entonces debemos pedir siempre a Dios su gracia, su presencia, para salir adelante.

Cuando uno visita los hospitales o a un pariente enfermo que tiene fe, que le ha pedido a Dios su ayuda, es hermoso constatar la valentía y la fortaleza que manifiesta para afrontar en esos momentos su confianza y su esperanza.

Unámonos, pues, todos, en este momento en que administraré el Sacramento de la Unción de Enfermos a 35 hermanos nuestros. Pidámosle a María que nos acompañe, que con su ternura, su amorosa cercanía, también a ustedes y a todos los enfermos les ayude siempre a salir adelante.
¡Que así sea!

+Carlos Cardenal Aguiar Retes
Arzobispo Primado de México