Arquidiócesis

Homilía del XXXI Domingo del Tiempo Ordinario

Homilía Cardenal Carlos Aguiar

No estás lejos del Reino de Dios (Mc 12, 28-34)

Así le responde Jesús a un hombre letrado, que ha aceptado que el primer mandamiento, el más importante, es amar a Dios, y que el segundo es tan importante como este primero: amar al prójimo. No estás lejos del Reino de Dios, al reconocer la enseñanza de la doctrina de Jesús, y de la Ley, desde el Antiguo Testamento.

¿Qué significa no estar lejos? Significa estar muy cerca. Cuando vamos llegando a nuestro punto de destino, decimos: “Ya casi llegamos”, pero no hemos llegado. “No estás lejos del Reino de Dios”, significa, por lo tanto, que todavía no estás dentro del Reino, que todavía no lo has alcanzado.

¿Qué es lo que le falta a este hombre letrado –y quizá a todos nosotros– para no solamente ‘estar cerca’ porque conocemos la doctrina de Jesús y las enseñanzas, que a través de la Iglesia vamos recibiendo; porque conocemos desde niños los mandamientos de la Ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia? Nos falta la experiencia de vivir lo que profesamos.

No basta reconocer que debemos amar a Dios y a nuestro prójimo, debemos de realizarlo, debemos de experimentarlo, pero ¿cómo podremos llegar a esa experiencia? Claramente sabemos de nuestra fragilidad, de nuestra limitación, de nuestras dificultades propias para ejercer la caridad con aquél que me insulta o de aquél que me genera una violencia, que no entra en empatía conmigo; o de grupos con grupos, o de situaciones contrastantes, o sobre todo, cuando recibimos injusticias de parte de autoridades o simplemente de nuestros compañeros, de nuestro prójimo.

¿Cómo hacer para estar ya dentro del Reino de Dios? ¿para experimentar que ciertamente amamos a Dios sobre todas las cosas, y por eso amamos a nuestros prójimos? Indudablemente, lo primero que tenemos que reconocer es que solos no podemos, nos quedaremos muy cerca –conociendo lo que Dios enseña y nos revela–, pero no entramos al Reino de Dios, y lo que queremos es estar dentro, tener a Dios en una relación de intimidad, de cercanía, en la que experimentemos su presencia constantemente.

Lo primero que debemos hacer es reconocer nuestra fragilidad. Por eso siempre la Eucaristía comienza invocando su misericordia, su perdón. Segundo, reconocer que, para amar a Dios, necesitamos amar al prójimo, y entonces nos encontramos con esa dificultad. Pero la Carta a los Hebreos (Heb. 7,23-28) afirma, que tenemos un mediador que no nos va a fallar: Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, quien se hace presente entre nosotros, dándonos la posibilidad de una experiencia del Reino de Dios, en la Eucaristía.

Los Obispos y Presbíteros lo que hacemos es que Cristo esté en medio de nosotros. Ese es nuestro servicio. Nosotros –el Padrecito, el Señor Obispo, el Cardenal– no somos los mediadores directos con Dios, como a veces pensamos, es Jesucristo. Nosotros lo que hacemos es poner al servicio de ustedes, a quien es nuestro auténtico y único mediador, que es el Hijo de Dios, por eso tiene toda la capacidad de darnos la gracia, la fortaleza y los dones del Espíritu Santo.

En la Eucaristía nos alimentamos del Pan de la Vida, del que nos da desde esta vida la experiencia del Reino de Dios; por eso es tan importante, y por eso venimos los domingos a Misa, para llevarnos a Jesús con nosotros, para que nos dé esa fuerza de amar a nuestro prójimo, atendiéndolo en sus necesidades. Hermanos, la Eucaristía es una gracia enorme.

En el reciente Sínodo de los Obispos, en el que he participado, un Arzobispo de Rito Oriental, comentaba: “Nosotros, en oriente, descubrimos no solamente la Eucaristía como la convocatoria de la Asamblea de discípulos de Cristo, sino descubrimos que Dios baja para servirnos. Cristo mismo nos sirve a nosotros”.

No venimos a Misa a cumplir el precepto, de cada domingo venir por obligación. Vamos a Misa porque necesitamos que Jesucristo, mediador entre Dios y los hombres, me dé la gracia de experimentar internamente la acción del Espíritu de Dios en mi pobre espíritu, que es frágil, débil, humano. Así, lo divino viene a mi interior.

Y por eso, es tan importante participar de la Eucaristía. No es simplemente una oración más; no es simplemente una liturgia. Es Dios que baja de nuevo entre nosotros en el Pan de la Vida para nutrirnos, regalarnos su Espíritu, y volver a tener esta fuerza de experimentar que Dios te ama, de que no te abandona, de que te conduce. Y si en la vida cotidiana vas descubriendo que eso es efectivo, entonces ya estás viviendo la experiencia de participar en el Reino de Dios. Ya no vas a estar lejos del Reino, ya no vas a estar simplemente cerca del Reino, vas a estar en el mismo Reino de Dios.

Esa es la maravilla, que nos ha dejado Jesucristo en la Eucaristía. Aprovechémosla, pidámosle que la valoremos, abramos nuestro corazón y estemos atentos a la realización en nosotros, de este magnífico misterio de la fe. ¡Que así sea!

+Carlos Cardenal Aguiar Retes Arzobispo Primado de México