Desde la Fe - Canal RSS - La Palabra del Domingohttp://www.desdelafe.mx/apps/article/?z=19Rosario por nuestros hermanos migrantesCon el rezo del Santo Rosario, queremos expresarte Madre Santísima, nuestro más profundo pésame, no sólo recordando el día de la muerte de Tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, sino pidiendo tu intercesión por todos tus hijos que migran, que han sido deportados, separados de sus familias, que por buscar una mejor vida para los que aman se atreven a dejar el suelo donde abrieron sus ojos y contemplaron el cielo, el mismo cielo y el mismo sol que les ha visto trabajar en otras tierras, donde encontraron el digno sustento de sus seres queridos; porque los empleos humildes nunca serán delito, porque un migrante, por el hecho de migrar, no es un delincuente.

Primer Misterio: La oración de Jesús en el huerto de los Olivos

“Padre, todo es posible para Ti; aparta de mí este cáliz!” (Mc. 14,36)


Oración

¡Padre! Abbá, todo es posible para Ti, ayúdanos a tomar decisiones adecuadas para el futuro de nuestras familias, que al dejar atrás nuestra tierra, no te quedes Tú, lejos de nosotros; acompáñanos por el difícil camino que significa el migrar; recuerda que no te lo pedimos para nosotros, sino para alimentar a nuestras familias dignamente. Amén.

Segundo misterio: Jesús es flagelado

“Pilatos entonces tomó a Jesús y mandó azotarle” (Jn. 19,1)


Oración
Amado Jesús, la pobreza, es la mayor flagelación que sigue sufriendo tu inocente cuerpo, porque cuando sufre el más débil de tus hermanos, Tú mismo sufres con él, porque Tu cuerpo, que es cada ser humano, sigue vertiendo sangre en cada vejación que sufre el más débil, porque cuantos abusos sufren los migrantes, tú los sientes no sólo en tus espaldas, sino en lo más profundo de tu corazón. Amén.

Tercer Misterio: Jesús coronado de espinas

“Los soldados trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza” (Jn. 19,2)


Oración

Espíritu Santo ilumina a quienes tiene autoridad civil y poder, que quienes están encargados de proteger a la población y regir los destinos de los pueblos, lo hagan conscientes de la gravedad de esa misión; que sepan que de ello depende el futuro de generaciones; que cada que se aprovechan, roban y violan a algún hermano, es algo que tarde o temprano se revertirá en contra suya, y que no pueden callar su conciencia quien se aprovecha de aquéllos que transitan los países en busca de su meta. Amén

Cuarto Misterio: Jesús con la cruz a cuestas

“Tomaron pues a Jesús y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario” (Jn. 19,17)

Oración

Señor Jesús, amado y lacerado Señor Jesús, nos pesa mucho la cruz de la responsabilidad de sacar adelante a nuestras familias; tanto, que en ocasiones creemos que no podemos más; carga tu cruz con nosotros, por favor, perdona que sigas viviendo este Calvario con nosotros, pero vamos juntos, juntos carguemos esta cruz y juntos hagamos el viacrucis de llegar al lugar que tanto esperamos. Amén

Quinto Misterio: Jesús muere en la cruz

“Pero Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu” (Mt. 27,50)

Oración

Y Jesús murió, tu Hijo, el fruto de tus entrañas, Madre mía, y murió injustamente por nuestros pecados. También muchos migrantes mueren, son asesinados, golpeados y deportados, y dicen que es un privilegio migrar y que ya no es un derecho el poder salir a otro lugar, a otro país a buscar un futuro mejor. Mueres Jesús con las esperanzas de tantas personas al dejar atrás a sus familias, mueres con cada mala decisión tomada, mueres en cada migrante que muere. Haznos comprender que detrás de la muerte en cruz, vendrá la Resurrección. Amén.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=7181Domingo, 9 de abril de 2017, 14:00 horas
Hagamos un buen examen de concienciaHacer un examen de conciencia siempre es difícil, pues a nadie le gusta admitir sus errores; sin embargo, el hacerlo es importante como un paso previo a la Confesión. A continuación te presentamos una pequeña guía para que lo puedas realizar de una manera más fácil. Pide a Dios la gracia para ser lo más sincero posible al responder.

¿Qué hago con Dios?

¿Estoy insertado en la Iglesia, medio de salvación? ¿Realmente pertenezco a ella?
¿Soy coherente con lo que creo?
¿Tengo doble moral, una como piensa un católico y otra como piensa el mundo?
¿Renuncio a mis convicciones cristianas por conveniencia o respeto al qué dirán?
¿Estudio mi doctrina, leo, asisto a cursos, consulto?
¿Me escandalizo por la humanidad de la Iglesia y me convierto en perseguidor?
¿Voy a Misa los domingos, comulgo, me confieso con frecuencia?

¿Qué he hecho de la vida de los demás?

¿Honro a mis padres, les doy compañía, ayuda, respeto, atención, cuidado?
¿Amo a mi cónyuge como a mí mismo?, ¿Soy feliz haciéndolo feliz?
¿Soy fiel hasta de pensamiento?
¿Tomo mi paternidad en serio y doy tiempo, mucho tiempo, a estar con mis hijos?
¿Cultivo la amistad con mis hermanos y demás familiares?
¿Soy buen amigo?
¿Trato con respeto y educación a las personas con las que trabajo y a las que sirvo?
¿Soy justo con los que dependen de mi autoridad?
¿He caído en la corrupción?
¿Soy verás y digno de confianza?
¿Soy honrado?
¿Doy gratuitamente algún servicio, comparto lo que tengo, lo que sé y lo que soy?


¿Qué he hecho de mi vida?

Ante Dios, que me la ha dado, ¿me siento satisfecho de lo que he hecho de mi vida?
¿He actuado honestamente en mis elecciones importantes?
¿He procurado mi crecimiento físico, intelectual y espiritual?
¿Cuido mi salud, mi descanso, mi esparcimiento?
¿Cumplo con mi religión y trato de hacerla vida?
¿Domino mi ira y procuro educar mi carácter sobre todo en mi trato con las personas a las que tengo mayor confianza y cariño?
¿Trato de estar de buen humor, de ser positivo, evitando la amargura, la depresión, la tristeza?
¿Tomo las cosas con calma y evito la desesperación?
¿He caído en alguna dependencia que me quita la libertad?
¿Soy esclavo de mis sentimientos, gustos o pasiones?
¿Realizo actos impuros conmigo mismo o con otros?
¿Consumo pornografía o veo de manera impura a otras personas?
¿Obedezco el plan de Dios para la sexualidad en mi estado de vida?
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=7159Domingo, 26 de marzo de 2017, 14:00 horas
Venció el cáncer poniendo toda su confianza en Dios“Me dijeron que tenía cáncer de hueso en la pelvis y que debían quitármela si quería seguir con vida y luchar mucho para seguir adelante. Eso fue lo que me llevó a descubrir que el cáncer no significa muerte, sino crecimiento en la fe, confianza en Dios, espíritu de lucha, y aquí estoy para demostrarlo”, señaló en entrevista a Desde la fe Enrique (Kike) Guajardo, humanista y conferencista regiomontano, joven de 29 años de edad que ha luchado dos veces contra esta enfermedad que lo ha dejado sin pelvis, pero no sin la posibilidad de cumplir sus sueños: hoy es un deportista extremo que ha recorrido en muletas gran parte de América Latina y España.

“Soy un joven que ha pasado por muchas adversidades –comenta–, me considero un guerrero que no se rinde fácilmente. La primera vez me detectaron un cáncer de hueso, conocido como osteosarcoma. Le pedí entonces a Dios que me permitiera vivir. Una vez que me quitaron la pelvis me deprimí, y esta situación me llevó a un año de peleas familiares y alcoholismo, pues me resultaba difícil entender todo lo que había sucedido. Pero Dios hizo que me diera cuenta que tenía que cambiar.

Explica que cuando creía haber superado la depresión, vino una recaída, pues el cáncer lo atacó por segunda vez; pero en esta ocasión pensó en la impotencia y el dolor inmenso que debían estar sintiendo sus padres, a quienes les pidió luchar al lado de él mientras Dios le concediera vida; platicaron en familia, comenzó de nuevo con el tratamiento anterior, e hicieron frente a la enfermedad por segunda ocasión. “Siempre he tratado de ver las cosas con humor, ver el lado chistoso de las cosas; recuerdo que en ese tiempo el equipo de los Tigres iba muy mal, y cuando la gente me preguntaba por qué no tenía pelo y estaba pálido, yo les decía que había apostado a los Tigres, empezando por el pelo y terminando con las cejas y pestañas”.

    Kike Guajardo señala que cuando comenzó a compartir su experiencia, empezó a percatarse de que muchos problemas que él tenía, también los tenían muchas personas, y sobre todo, que al expresarlos iban dejando de causar daño, que al ponerlos en palabras iban cobrando otro significado, como el miedo a las alturas, al público, al dolor: “me aventé entonces de un paracaídas, participé en un programa de concursos, y en cuanto al dolor, quiero decir que es bueno, pues me dio la señal de mi enfermedad”.

Refirió que los doctores le habían dicho que no iba a poder hacer nada, pero la terquedad es otra de las palabras a las que le ha dado otro sentido, porque ese empecinamiento le ha ayudado a hacer cosas, y lo ha convertido ahora en un competidor de crossfit. “Cuando era niño, quería ser un superhéroe y salvar vidas, y creo que se ha hecho realidad, pero de otra forma: hoy motivo a la gente para que disfrute la vida; estoy muy agradecido con Dios de que me haya tocado esta experiencia de tener cáncer de hueso muy joven, porque eso hizo que hoy disfrute mi vida al máximo; juego futbol en un equipo que inició con cinco personas, es mi pasión. Me costó entender que iba a estar sujeto a unas muletas, pero hace seis años comencé una fundación: Kikes the Miullet; muchos amigos me apoyaron, muchos profesionales del fútbol y de otros deportes”.

Por último, Kike Guajardo compartió que tiene dos metas principales: “poder compartir mis experiencias a nivel mundial y ser padre de familia; porque cuando luchas por algo, primero debes saber para qué luchas, y entonces vas a saber también cómo luchar; mi problema se llamó cáncer, pero yo no hablo de él, sino de cómo he logrado sobreponerme a él; en cuanto a las muletas, a mí no me molestan; al contrario, me favorecen, porque me recuerdan que debo luchar día a día para sortear nuevos retos; vivo feliz con lo que tengo, y sobre todo con la compañía de Dios, a quien le pedía todo para disfrutar de la vida, y me concedió vida para disfrutar de todo.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=7037Domingo, 19 de diciembre de 2016, 14:00 horas
Alegrense
‘Del plato a la boca se cae la sopa’, dice un dicho, para significar que se puede perder algo que se creía ya seguro, por ejemplo una cucharada de rica sopa calientita, que por alguna causa se derrama justo cuando uno iba a tomarla.

La gente hace todo lo posible para evitar perder algo bueno que espera; llega incluso a inventar rituales que supuestamente aseguran que lo consiga, como eso de que el novio no debe ver a la novia antes de la boda; que el que va a apagar las velitas de su tarta de cumpleaños y pide un deseo, no debe decir qué pidió o no se le cumple (de todos modos no se le iba a cumplir, pero está bien que no diga qué pidió, porque es un poco penoso para los invitados enterarse de que su deseo fue que ya se fueran, o al menos no se avorazaran sobre el pastel). 

Supe también de alguien que escribió en internet: ‘no quiero mencionar mi entrevista de trabajo porque se me seva’ (sic). Y me enteré de que de nada le sirvió no mencionarlo, porque de todos modos ‘se le sevó’ (doble sic), supongo que el que iba a ser su jefe leyó su cibertexto... 

Ya se sabe que todas esas prácticas supersticiosas no sirven para nada, pero evidencian una idea muy arraigada en la gente: que es riesgoso alegrarse por un bien que todavía no se recibe, porque como en este mundo nada es seguro, puede suceder que aquello no llegue nunca.

Pero lo que aplica a las cosas del mundo no aplica a las cosas de Dios. 

Y por eso a este Tercer Domingo de Adviento en el que se atempera tantito el morado de este tiempo litúrgico y se cambia por rosa para expresar gozo, se le conoce como Domingo ‘Gaudete’, término latín que significa: ‘regocijaos’ o ‘alegraos’, tomado de la primera palabra de la Antífona de Entrada, que a su vez retoma una petición que plantea san Pablo en la Segunda Lectura:

“Alégrense siempre en el Señor, se lo repito, ¡alégrense’(Flp 4,4), y más adelante añade: “El Señor está cerca” (Flp 4, 5).

Qué oportuno recordatorio, porque el Adviento es un tiempo para alegrarse por lo que podríamos llamar la triple cercanía del Señor.

La Primera Lectura nos remite a los tiempos antiguos, cuando la llegada del Salvador era solamente una gozosa esperanza, claro, firmemente anclada en la promesa de Dios, que por medio del profeta Sofonías invitaba a Su pueblo a cantar, a dar gritos de júbilo, a gozarse y regocijarse de todo corazón, porque: “el Señor será el rey de Israel en medio de ti y ya no temerás ningún mal”. (Sof 3,15)

Un gozo futuro que se cumplió puntualmente con la venida de Jesús, cuyo Nacimiento nos disponemos a recordar y a celebrar en unos cuantos días.

Pero no para aquí la alegría, hay otro gozo que nos embarga en el Adviento, el de esperar la Segunda Venida del Señor. 

En ese caso, decir “el Señor está cerca”, es anunciar que cada vez está más próxima ésa, que Jesús llamó la hora de nuestra liberación (ver Lc 21, 28).

Y desde luego afirmar “el Señor está cerca” es también hacer referencia a que tenemos un Dios cercano, que está siempre con nosotros, que nos ama y que ha cumplido y cumplirá todo lo que nos promete.

Así pues, cuando a los creyentes se nos invita a alegrarnos por algo futuro, podemos hacerlo con toda tranquilidad, porque tenemos la seguridad de que aquello llegará, pues depende de Dios y Él nunca nos defrauda.

Él es el Novio que ya nos vio antes de la boda y de todos modos quiso casarse con nosotros; es Quien cumple nuestro mayor deseo antes de que se lo pidamos y no nos pide que no lo platiquemos, al contrario, que lo proclamemos a los cuatro vientos, porque lo que más anhela nuestro corazón y ya nos lo ha concedido, es gozar de Su amor y Su gracia; es el Jefe que nos contrata para Su viña aunque ya sabe que cometimos y cometeremos errores, y a todos nos paga generosamente y más de lo que merecemos. 

Conmueve ver que en este Domingo Gaudete la alegría no es sólo nuestra también es de Dios. 

En la Primera Lectura el profeta afirma: “Dios, tu poderoso salvador, está en medio de ti. Él se goza y se complace en ti; Él te ama y se llenará de júbilo por tu causa, como en los días de fiesta” (Sof 3, 17-18).

Qué bello que no sólo nosotros nos alegramos de tener a Dios cerca, sino que Él se alegré también; ello aumenta nuestro gozo, porque ya sabemos que sólo quien ama es capaz no sólo de acompañar las penas, sino de alegrarse con las alegrías ajenas. 

Una vez más comprobamos el amor que Dios nos tiene, no sólo por Su cercanía, sino porque causa y comparte nuestra alegría.



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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3873Sun, 16 Dec 2012 00:00:00 GMT
A pruebaSi juzgamos nada más por sus palabras, pensaríamos que se trata simplemente de unos bravucones que quieren fastidiar a uno que les cae ‘gordo’ porque no es como ellos.

Me refiero a las frases que hallamos en un texto del libro de la Sabiduría, parte del cual se proclama este domingo en Misa como Primera Lectura (ver Sab 2, 12.17-20).

Tendamos una trampa al justo, porque nos molesta y se opone a lo que hacemos; nos echa en cara nuestras violaciones a la ley, nos reprende las faltas contra los principios en que fuimos educados.”  (Sab 2, 12).

Tenemos aquí a unos hombres que se refieren a alguien que los incomoda porque, a diferencia de ellos, sí respeta ciertos principios.

Es evidente que hay quienes al toparse con alguien cuya sola conducta les hace ver que no se están portando como deberían, reaccionan mal.

Y reaccionan todavía peor cuando quien les incomoda es una persona de fe, que actúa cristianamente.

Cada vez es más común que un católico se encuentre en ambientes donde quienes lo rodean no sólo lo critican y se burlan, sino que tratan de tenderle una trampa, ponerle un ‘cuatro’ a ver si de veras mantiene su integridad, a ver si de veras no cae en la tentación.

¿Por qué lo hacen? Parecería que lo hacen simplemente por ‘malvados’, calificativo que les aplica el autor bíblico a esos hombres cuyas frases cita. Pero cabe pensar que hay algo más.

Muchos de los que hoy en día se mofan de un católico, no siempre lo hacen por maldad, sino porque están heridos, han sufrido muchas decepciones, han buscado y no han encontrado un fundamento firme, bueno, veraz, en el cual poder cimentar su existencia; se han aferrado una y otra vez a cosas que no los satisfacen, han equivocado el camino y están cansados y dolidos. Y al ver que el católico parece haber encontrado un camino seguro, parece tener aquello que anhelan y de lo que carecen, se sienten impulsados a ponerlo a prueba, no tanto para hacerle un mal, como para ver si en verdad aquello que parece sostenerlo es tan confiable como parece. Y aunque parezca contradictorio, le lanzan pullas esperando que las aguante, lo someten a tentaciones esperando que las resista, lo invitan a ser igual que todos, deseando que siga siendo distinto, ¿por qué? porque si no cede en sus convicciones, si logra mantenerse firme a pesar de todo, les mostrará algo que están ansiosos de descubrir: que hay una real esperanza que puede iluminar su vida; que existe una Verdad que vale la pena creer y defender; que hay Alguien que nos creó a todos, nos ama a todos y a todos nos muestra el camino hacia la salvación.

Como esos hombres de los que habla el texto bíblico, que tendieron una trampa a un justo, hoy en día quienes rodean a un creyente están atentos a ver si cae en la trampa del egoísmo, el rencor, la violencia, la avaricia, la injusticia, la corrupción. Y si comprueban que no lo hace; si ven que ama, que perdona, que no pierde la paz, que no abusa, que ayuda, que se comporta con honestidad, no pueden menos que quedar desconcertados, y entonces una grieta comienza a abrirse en su caparazón; una grieta por la que comienza a colarse la duda: ¿y si en verdad existe Dios?, ¿y si en verdad de Él le viene su fortaleza?, ¿y si ese Dios que lo ayuda a él, puede ayudarme a mí?

Y aunque tal vez, más por inercia que por otra cosa, en la superficie sigan burlándose, en su interior, sin saber cómo y casi a pesar suyo, por esa grieta comienza a filtrarse una luz, tal vez frágil y pequeña, pero capaz de romper la oscuridad de la desesperanza, del desánimo en el que han vivido por no creer en nada, por no confiar en nadie, por vivir sin Dios.

Viene a mi mente algo que me platicaba un amigo periodista que tuvo oportunidad de ir a cubrir un evento internacional con colegas de diversos medios. De entrada se dio cuenta de que les cayó mal que era católico, que no usaba palabrotas, que por más que lo presionaban, no los acompañaba a emborracharse al terminar cada jornada. Pero al pasar los días, varios de ellos lo buscaron para platicar, para pedirle consejo, para preguntarle acerca de su fe. Captaron que él tenía algo que a ellos les hacía falta, y ello los movió a acercársele. Lo pusieron a prueba y pasó.

Es extraordinario el impacto que puede tener en quienes no tienen fe, el testimonio tal vez sencillo y discreto, pero coherente, de un creyente.

 

 

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3632Domingo 23 de Septiembre de 2012 12:30hrs.
El suspiro de Dios¡¡¡No te cierres!!!

¿Alguna vez has dicho esto, en un tono tal vez un poquito exasperado, a alguien a quien le estás planteando algo, pues todavía no acabas de hablar y ya está poniendo cara de que no te va a hacer el menor caso?

Es una frase que expresa gráfica y elocuentemente que sientes como si la persona con la que estás hablando estuviera entrando a un cuarto en el que piensa darte con la puerta en las narices y encerrarse por dentro, dejándote fuera, del otro lado de una barrera que no podrás atravesar y que impide toda comunicación.

Seguramente a Dios le ha suceder eso mismo con nosotros, y querría decirnos: ‘¡no te cierres!’ cada vez que no termina de plantearnos algo (por ejemplo cuando a través de Su Palabra nos pide que perdonemos a alguien o que abandonemos un vicio, un apego negativo), y ya estamos alzando las cejas, poniéndonos a la defensiva y buscando la manera de hacer como que no oímos nada. 

Cuando alguien se cierra y ya no escucha, lo tildamos de ‘cerrado’ o peor aún, de ‘muy cerrado’, nos desanimamos y desistimos de comunicarnos con él.

En cambio, cuando nosotros nos cerramos, Dios no se desanima ni desiste. Busca incansable el modo de abrirnos los oídos para que podamos escucharle.

En el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mc 7, 31-37), san Marcos narra que cuando le presentaron a Jesús a un sordo y tartamudo: “lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: ‘¡Effetá!’ (que quiere decir: ‘¡Ábrete!’)...” (Mc 7, 33-34).

Es significativo que diga que Jesús suspiró. 

¿Qué es un suspiro? una respiración lenta y profunda que solemos hacer cuando algo nos afecta. 

Cuando pensamos en suspiros, probablemente nos vienen a la mente los de los enamorados, pero también suspiramos de nostalgia, de frustración y como para tener más aire cuando nos disponemos a enfrentar alguna difícil situación.

Cabe pensar que, al igual que nuestros suspiros, el de Jesús fue un suspiro de amor, que expresaba toda la ternura y compasión que sentía hacia aquel sujeto que había vivido toda su vida aislado. 

Fue también un suspiro de nostalgia, pues suspiró mirando al cielo, como lanzándole al Padre una mirada llena de añoranza por aquel tiempo feliz al inicio de la Creación, como diciéndole: ‘¿te acuerdas cómo era el ser humano antes de que cayera en la tentación, entrara el pecado en el mundo y con ella todos los males que padece la humanidad y en particular este hombre?’. 

También debe haber sido un suspiro de frustración, al ver a Su creatura, a la que creó por amor y para el bien, sometida al mal, frustración al ver que en lugar de llevar la vida plena y feliz a la que quería destinarle, había vivido en el encierro opresivo de un silencio que le mantenía al margen de todo y de todos. 

Por último, sin duda fue un suspiro emocionado, anticipando lo que haría por ese individuo, su liberación, la sanación que le regalaría con una sola orden:

“¡Ábrete!”. en otras palabras, ya no sigas encerrado en ese silencio que te oprime, que no te deja ni oír Mi voz ni comunicarte con tus semejantes.

“¡Ábrete!”, déjame romper tu sordera, déjame regar tu lengua muda y seca, con los torrentes de Mi gracia, para que como lo prometí por medio del profeta Isaías, puedas no sólo hablar sino ¡cantar! (ver: Is 35, 4-7).

Jesús suspira y sana, suspira y luego devuelve al hombre su perdida dignidad; suspira y después lo hace capaz no sólo de recibir, sino de compartir lo recibido, no sólo de escuchar sino de anunciar a otros Su Palabra.

Jesús también suspira así por nosotros. 

Suspira de amor y de nostalgia al recordar cómo éramos cuando nos creó; suspira de frustración, al ver que cuando nos habla solemos encerramos tras barreras y barreras de ruidos y pretextos para poder prestar oídos sordos a Su voz. 

Ojalá también pueda suspirar de emoción, al ver que estamos dispuestos a dejarnos sanar por Él, que, como aquel sordo tartamudo, permitimos que nos aparte de cuanto nos impida prestarle atención; penetre nuestra sordera y destrabe nuestra lengua; nos enseñe a escucharle y responderle; nos rescate de nuestra cerrazón.




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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3572Domingo 09 de Septiembre de 2012 12:30hrs
Lo bueno y lo malo¿El ser humano nace bueno o malo?

Esta pregunta suele recibir respuestas opuestas. Hay quien afirma que el ser humano nace malo, capaz de hacer maldades desde su más tierna edad, y que es la sociedad la que puede encauzarlo por el camino del bien. Hay quien afirma todo lo contrario: que el ser humano nace bueno, y que es la sociedad en la que vive la que lo vuelve malo.

En el fondo ambas posturas coinciden en considerar que la sociedad influye decisivamente en la formación del ser humano, para bien o para mal.

De ahí que se suela dar tanta importancia a la educación escolar, a las leyes, a todo recurso social que pueda conducir o restringir el actuar humano, y también que ahora se oiga hablar tanto de la necesidad de ‘moralizar a la sociedad’.

¿Cuál es el punto de vista de la fe? Que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios (ver Gen 1, 26), pero cayó en la tentación de darle la espalda a su Creador, abrió su corazón al pecado (ver Sal 51, 3-6; Rom 5,12; 7,14-24). Así, tenemos que el ser humano es bueno, incluso muy bueno, pero tiene en su interior el potencial de ser malo, incluso muy malo. Como dice Jesús, en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (Mc 7, 1-8.11-15. 21-23): “del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y manchan al hombre” (Mc 7, 21-23).

¿Cómo podemos mantener realmente bajo control nuestro potencial para el mal? No basta lo que implemente la sociedad, que al fin y al cabo está compuesta por individuos, cada uno de los cuales tiene en sí mismo similar tendencia hacia el mal. Se requiere de alguien o algo que esté por encima de la sociedad, y ese alguien es Dios, y ese algo son Sus mandamientos.

Él que nos creó sabe, (como todo fabricante), qué nos beneficia y qué nos daña espiritualmente, y Sus mandatos constituyen una magnífica guía moral (como las ‘instrucciones del fabricante’), que garantiza a quien la siga, el buen funcionamiento de su alma.

Leemos en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa, que Moisés le da al pueblo los mandamientos de Dios y pide: “Guárdenlos y cúmplanlos porque ellos son la sabiduría y la prudencia de ustedes” (Dt 4,1) y les hace ver que si los cumplen podrán vivir y disfrutar de todo lo que Dios les va a dar.

Y en la Segunda Lectura (ver Stg 1, 17-18.21-22.27) el apóstol Santiago afirma: “Todo beneficio y todo don perfecto viene de lo alto, del Creador de la luz, en quien no hay ni cambios ni sombras.” (Stg 1,17). Y luego pide que cumplamos lo que nos manda Dios mediante Su Palabra. “Acepten dócilmente la Palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos. Pongan en práctica esa Palabra y no se limiten a escucharla, engañándose a ustedes mismos” (Stg 1,21-22).

Para tener una sociedad sana hay que empezar por sanar el corazón de cada uno de quienes la conforman. Y para ello se requiere que cada uno deje de engañarse a sí mismo, viviendo como si Dios no existiera, se vuelva hacia Él y se disponga a cumplir lo que Él le pide. No hacerlo puede resultar desastroso, ya lo estamos viendo.

Estamos padeciendo las consecuencias de que la gente haya olvidado los mandamientos y ya no procure amar a Dios sobre todas las cosas ni al prójimo como a sí misma, ni haga caso del no matarás, no robarás, no mentirás, no codiciarás los bienes ajenos. Campea la violencia, la corrupción, la avaricia, la injusticia, y ningún mecanismo social logra detener su avance. No basta la educación, no bastan las leyes, no bastan los mecanismos represores; no son suficientes los medios externos que la sociedad pueda implementar. Para encauzar a un ser humano hacia el bien hace falta transformar su alma, hace falta lograr su conversión. Y sólo la luz de Dios es capaz de penetrar, iluminar y desterrar la tiniebla que hay en cada corazón.

Quien quiera ‘moralizar a la sociedad’ necesariamente deberá contar con Dios o fracasará.

 

 

 

 

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3540Domingo 02 de Septiembre de 2012 12:30hrs
Pan para el caminoSi no fuera porque está escrito en la Biblia, pensaríamos que le inventaron un chisme, porque no podríamos creer que algo así le hubiera sucedido al profeta Elías. Era un hombre al que Dios le había dado muestras extraordinarias de Su amistad y protección, y le había concedido realizar grandes milagros en Su nombre. Por citar un ejemplo, cuando Dios quiso dar una reprimenda al rey Ajab, que influido por su esposa Jezabel había construido en Samaria un altar y un templo al dios pagano Baal, envió a Elías a anunciar que habría una tremenda sequía (ver 1Re 17, 1), y para protegerlo de la reacción airada del rey, lo mantuvo escondido cerca de un torrente para que tuviera agua fresca que beber, y le envió cuervos que le llevaban de comer (ver 1 Re 17, 6). Y cuando se secó el torrente (claro, como había sequía), lo envió a casa de una viuda, a la que le hizo el milagro de que no se le terminara el aceite ni la harina (ver 1Re 17, 14-16), y cuando el niño de ésta murió, le concedió devolverle la vida (ver 1Re 17, 22). Y cabe mencionar también que con la gracia de Dios Elías tuvo el valor de enfrentar con suma tranquilidad y buen humor, a cuatrocientos cincuenta profetas de Baal (mantenidos por Jezabel), los venció con ayuda de Dios, al que invocó confiadamente y del que recibió pronta respuesta, luego de lo cual ¡los degolló personalmente! (ver 1 Re 18, 19-40). Como se ve, era todo un personaje, del que no se comprende que cuando la reina, furiosa por la muerte de sus cuatrocientos cincuenta profetas, le mandó decir que le haría lo mismo a él, “tuvo miedo y huyó para salvar su vida” (1Re 19,3). Y sorprende más lo que leemos en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 1Re 19, 4-8): que luego de caminar por el desierto un día entero, se sentó bajo un árbol, sintió deseos de morir, le pidió a Dios que le quitara la vida y se echó a dormir (la versión veterotestamentaria de estar ‘depre’). ¿A qué se debió semejante actitud?, ¿qué pudo sucederle que lo hiciera desear morir? Podemos hallar dos razones: la primera, que en lugar de tener confianza en Dios tuvo miedo. Y la segunda, que desesperó porque Dios, que siempre le había concedido grandes milagros, esta vez al parecer estaba mirando para otro lado, siendo que hubiera podido, por ejemplo, mandar que bajara fuego del cielo para achicharrar a la reina o cuando menos chamuscarla lo suficiente como para que lo dejara en paz. Que una sola vez Dios no hubiera intervenido de inmediato a su favor, bastó para que Elías se sintiera desanimado, olvidando todo lo que Dios le había concedido en el pasado.

Así suele suceder. A todas horas, todos los días, Dios hace por nosotros miles de milagros chicos y grandes (la mayoría de los cuales nos pasan desapercibidos y ni se los agradecemos); pero apenas permite que algo que consideramos malo nos suceda, y no nos libra de eso tan pronto como se lo rogamos (o exigimos), se nos olvida todo lo anterior que ha hecho por nosotros; ya no cuenta que nos libró de aquel peligro, de aquella enfermedad, de aquella crisis; lo que nos importa es que nos libre de esta enfermedad, de este peligro, de esta crisis; que nos rescate de lo que estamos viviendo ahorita, y si no lo hace nos decepcionamos y nos ‘sentimos’ con Él; lo chantajeamos: ‘está bien, Señor, si no quieres ayudarme no importa; si no quieres hacer este insignificante favor, que no te cuesta nada porque eres Todopoderoso, lo comprendo, sé que tienes cosas más importantes que atender que preocuparte de mí, que tanto te rezo (o ‘que te sirvo desde hace tanto tiempo’, o ‘que te he sido tan fiel’, cada quien añade la frase de su cosecha), pero si así me vas a tratar, mejor recógeme de una buena vez’ (el equivalente al “quítame la vida” que le dijo Elías).

No importa cuántos favores nos haya concedido Dios, si no nos concede el de hoy nos quebramos, nos queremos morir. Igualito que Elías que se echó a dormir con ganas de ya no despertarse.

Llama la atención la facilidad con la que él y nosotros, en lugar de mantenernos firmes confiando en la Providencia Divina, que nos ha dado ¡sobradas pruebas! de que es de fiar, nos desanimamos. Lo bueno es que Dios, no se da por ofendido (aunque francamente le damos bastantes razones para ello), y una y otra vez nos muestra pacientemente que el hecho de que no intervenga como y cuando se lo pedimos no significa que no esté atento a nuestras necesidades y dispuesto a darnos Su amoroso auxilio.

Elías no había empezado a roncar cuando ya lo estaba despertando un ángel enviado por Dios que le traía lo que más falta le hacía: nada menos que pan calientito y agua fresca para recuperar las fuerzas (ver 1 Re 19,6) ¡Clara muestra de que Dios estaba más pendiente de él de lo que imaginaba, y sabía mejor que él lo que le convenía! Elías comió y bebió, pero ¡se volvió a dormir! (¿no te digo?). Pero Dios, que no se deja ganar en perseverancia, volvió a enviar a Su ángel, que lo despertó por segunda vez para ofrecerle de nuevo pan y agua (ver 1Re19,7).

Luego de comer el segundo pan Elías ya no se durmió, se puso en camino. Y cabe hacer notar que cuando había estado impulsado por el miedo, sólo había alcanzado a caminar un día (ver 1 Re 19, 3-4), pero ahora, impulsado por la fuerza que le dio este alimento enviado por Dios, tuvo fuerzas para caminar cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar hasta donde se encontraría con Él (ver 1Re 19, 8).

Siempre me había llamado la atención que Elías hubiera necesitado una ‘segunda tanda’ de pan. ¿Por qué el primero no fue suficiente?, después de todo era un pan enviado por Dios. Tal vez se pueda encontrar respuesta en las palabras de Jesús en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 6, 41-51), cuando dice a Sus oyentes: “Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron” (Jn 6 49) y más adelante añade: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51). Tal vez ese primer pan que comió Elías representa el maná, y el segundo pan anuncia lo que será la Eucaristía, un Alimento que permite, a quien lo recibe, caminar firme al encuentro de Dios.

Qué emoción pensar que, a diferencia de Elías, nosotros ya contamos con el Pan Eucarístico; qué descanso para el alma saber que aunque, como le sucedió al profeta, a veces se nos venga el mundo encima y nos parezca que Dios se olvida de nosotros porque no resuelve al instante lo que le pedimos, el Señor nunca se olvida, está atento a lo que nos sucede e interviene eficazmente a nuestro favor. Y ya no nos envía un ángel con pan y agua. Ha venido Él en persona a entregársenos como Pan Vivo, para ser nuestro sustento, nuestro sostén, nuestro único y verdadero alimento, el que nos rescata de la fatiga, del desaliento, de la debilidad, el que nos da fuerzas para caminar con Él y hacia Su encuentro.

 

 

 

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3459Domingo 12 de Agosto de 2012 12:30 hrs
Cursos de verano en parroquias son un éxitoCada vez más sacerdotes ofrecen este espacio para los jóvenes de la capital. 

Con el propósito de mantener a los niños y a los jóvenes alejados del ocio y de las calles, durante el período vacacional, y por tercer año consecutivo, la Rectoría de Santa Bárbara, en la delegación Iztapalapa, abrió con éxito un curso de verano dirigido por la congregación de las Hermanas de la Caridad.

El P. Johnny Flores, responsable del templo, señaló que el curso brinda a los participantes actividades musicales, dinámicas, manualidades, pláticas de nutrición, clases de inglés y, sobre todo, se les enseñan principios y valores cristianos.

Agregó que este año también se incorporó a los padres de los más de cien participantes, a quienes se les ofrecieron charlas con psicólogos sobre las diferentes problemáticas que enfrentan los hijos, entre los cuatro y los quince años de edad.

El sacerdote consideró que la atención pastoral a las nuevas generaciones es una de las prioridades de la Rectoría de Santa Bárbara, donde actualmente más de 350 niños se preparan para recibir los sacramentos de Confirmación y Primera Comunión, además de contar con  grupos juveniles, coros y acólitos, y hasta un equipo de futbol.
 

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3412Domingo 05 de Agosto de 2012 12:30 hrs
Nostalgia del Pecado¿Has extrañado cometer un pecado que supuestamente has superado?, ¿te acuerdas de cuando lo cometías y sientes cierta nostalgia?

Ante semejante pregunta cabría esperar un: ‘¡de ninguna manera!, eso quedó atrás, ya me confesé, me propuse no volverlo a hacer y ¡no pienso más en ello!’, pero la verdad es que ésta no es siempre la respuesta dada. Mucha gente que ha logrado levantarse después de haber caído en cierto pecado, desearía volver a caer en él. ¿Por qué sucede semejante cosa? Porque el pecado aparenta ser lo más placentero, o sencillo, o que traerá mayor bienestar, y ese aspecto falso deslumbra lo suficiente como para que no siempre se alcance a percibir su lado sórdido y oscuro. Y así, por ejemplo, el que dejó las juergas con los amigotes, puede extrañar las risotadas, el evadirse en el alcohol o en la droga, y olvidar la mirada de miedo de sus niños, los moretones en el cuerpo de su esposa, la falta de dinero en la cartera, la cruda física y moral; el que dejó de robar, tal vez extraña los gustitos que se daba con el dinero extra y olvida la tensión en que vivía por temor a ser descubierto y la pena de tener mala reputación; quien dijo adiós a su ‘casa chica’, recuerda y extraña las atenciones que le brindaba su amante, pero olvida el dolor que causaba a su cónyuge e hijos y el mal ejemplo que les daba; la que se la pasaba chismeando extraña el ‘cotorreo’ con sus amigas y la atención que le prestaban, pero olvida cómo arruinó la buena fama de sus amistades y parientes.

El pecado ejerce sobre nosotros fuerte poder de atracción, conviene saberlo; que nadie se confíe ni baje la guardia creyendo que lo ha superado para siempre, más bien que piense que siempre tiene la posibilidad de recaer. Ahí está lo que leemos en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Ex 16, 2-4. 12-15). Cuando los judíos vivían como esclavos en Egipto, y eran víctimas de injusticias, obligados a trabajar sin descanso ni recompensa, Dios hizo verdaderos milagros para liberarlos y conducirlos por el desierto hacia la tierra prometida. Cualquiera pensaría que habrían estado súper felices de ser libres y por nada del mundo querrían regresar a su antigua vida, pero no fue así; sintieron hambre y en lugar de confiar en que Dios les proveería de alimentos, se pusieron a lamentar haber salido de Egipto, donde comían ollas de carne y pan hasta hartarse. Recordaban sólo la abundante comida, olvidando lo terrible de comerla en la esclavitud. 

¿Por qué sucede esto? Porque el que nos induce a caer en el pecado y a volver a caer en él cuando ya nos hemos levantado, es el maligno, que no en balde es llamado ‘príncipe de la mentira’. Es obra suya que nos veamos engañados y consideremos apetecible lo que en realidad nos hace daño. 
Y tal vez alguien piense que esta situación no tiene remedio y que como caemos y caemos, no tiene caso volvernos a levantar, pero no es así. No podemos quedarnos caídos. ¿Por qué? Por una parte, porque ya sabemos que lo que el pecado ofrece es falso, no conduce hacia la luz sino hacia la oscuridad; ya lo dice san Pablo, “el salario del pecado es la muerte” (Rom 6,23). Y por otra parte, porque en esta lucha no estamos solos: Dios está con nosotros. Y así como cuando Su pueblo estaba a punto de sucumbir a la tentación de regresarse a Egipto para hartarse de carne y pan, les envió codornices y e hizo bajar maná del cielo para saciar su hambre e impedir que siguieran anhelando aquella comida de esclavos, también ahora nos envía a nosotros las gracias celestiales que necesitamos para mantenernos libres y no caer en la tentación de volver a hacernos esclavos del pecado. A lo judíos les cubrió su campamento con codornices, a nosotros nos cubre con Su abrazo y Su gracia sanadora y fortalecedora, en el Sacramento de la Reconciliación. Para los judíos hizo que bajara maná del cielo, para nosotros bajó Él en persona a darnos Su Cuerpo y Su Sangre en la Eucaristía. 

Contamos con la mayor ayuda posible para levantarnos de toda caída y recaída: la mano firme, el brazo poderoso del Señor que ayer rescató a Su pueblo no sólo de la esclavitud, sino de la tentación de volver a la esclavitud, y hoy nos rescata a nosotros, no sólo de nuestro pecado, sino de nuestra nostalgia del pecado.



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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3431Sábado 04 de Agosto de 2012 12:30 hrs
Lo que no pasóSabemos lo que sucedió, pero tal vez nunca nos hemos detenido a considerar lo que pudo haber pasado y no pasó. 
Me refiero a la multiplicación de los panes y pescados, que se proclama este domingo en Misa, en la versión de san Juan (ver Jn 6, 1-15). 
Conocemos los hechos porque se trata del único milagro que aparece narrado en los cuatro Evangelios, así que muy probablemente lo hemos escuchado muchas veces, pero esta vez reflexionemos no sobre lo que ocurrió, sino sobre lo que pudo haber pasado, y no pasó. Por ejemplo:

Cuando Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea, la gente no se resignó a perderlo de vista, no dijo: ‘bueno, ni modo ya se fue, a ver si alguuuuna vez nos lo volvemos a encontrar’, sino que hizo el esfuerzo de ir a seguirlo a donde Él había ido.
Cuando Jesús subió al monte la multitud no se quedó abajo esperando que bajara, con el pretexto de que estaba cansada, sino decidió que valía la pena subir a donde Él estaba.
Cuando, como popularmente se dice, comenzó a ‘hacer hambre’, la gente no pensó que era más importante irse a comer, sino se quedó con Jesús.
A Andrés, el hermano de Simón Pedro, no le pasó desapercibido que alguien traía algo que, aunque parecía poco, podía ser para bien si lo ponía en manos del Señor.
A Andrés no se le ocurrió impedir que uno que no pertenecía a los Doce fuera quien aportara lo que hacía falta.
El muchacho dueño de los cinco panes y los dos pescados no los había escondido para comérselos con sus familiares y amigos.
No se puso a repartirlos él solo confiado en que sus míseros recursos bastaban para alimentar a todos.
Tampoco se fue al otro extremo: no se desanimó pensando que lo que eso que traía era tan poquito que sería ridículo mostrarlo; no le dio pena que se fueran a reír de él por ofrecer algo tan insuficiente.
Cuando le pidieron sus panes y peces no se rehusó diciendo: ‘esto lo traje yo para mí y para mi familia, ustedes háganle como puedan, ¿quién les manda no traer itacate?’.
Cuando entregó los panes y peces no se quedó un ‘guardadito’. Ofreció poco, pero era todo lo que tenía.
No buscó que se lo agradecieran, ni cobrarlo ni darlo a cambio de pedir algún favor.
No se aseguró de que se supiera de quién habían sido los panes y pescados (nunca supimos su nombre).
No se saltó la mediación de Andrés, yéndose directamente con Jesús.
Cuando Andrés tuvo en su poder los panes y peces no se le ocurrió despedir a la gente para poder sentarse con los otros discípulos, a comer solos con Jesús. 
No decidió por sí mismo qué hacer, sino supo ponerlo todo en manos del Señor.
Cuando Jesús pidió que la gente se sentara sobre la hierba en aquel sitio despoblado, ésta no dijo: ‘qué sentarnos ni qué nada, mejor vámonos al pueblo más cercano a comprar algo que comer porque aquí nos va a oscurecer en ayunas’, sino que aceptó la propuesta del Maestro, aunque no parecía lógica ni entraba en los estrechos esquemas de lo que se suele considerar razonable o incluso posible. 
Cuando Jesús pidió a los discípulos que recogieran y pusieran en canastos los pedazos que sobraron, nadie le dijo: ‘¿para qué?, si ¡hay mucho!’.
Lo que sobró no se desperdició (seguramente se compartió, ¿te imaginas? qué alegría para quienes pudieron decir al enfermito o ancianito que tenían en casa: ‘¡mira, te traje un pedazo de pan de los que multiplicó Jesús!’).
La gente no logró llevarse a Jesús para proclamarlo rey; querían tener un soberano que los curara si enfermaban y los alimentara si tenían hambre, pero Él se les fue a la montaña, y ya no pudieron o no intentaron seguirlo.

Considerar todo lo que no sucedió no es un simple ejercicio de imaginación. Es una invitación a reflexionar: si hubiéramos sido nosotros los que hubiéramos estado allí, ¿qué papel hubiéramos jugado?, ¿también hubiera no pasado lo que no pasó?


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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3394Domingo 29 de Julio de 2012 12:30 hrs
Nada TemoAlgunos periódicos y revistas suelen publicar un reto para probar el poder de observación de sus lectores. Presentan dos cuadritos a color del mismo paisaje o personaje, con una nota que explica que a primera vista ambos cuadritos parecen iguales pero no lo son, e invita a descubrir las diferencias entre ellos.


Al meditar el Salmo 23, que se proclama este domingo en Misa, pensaba que si hubiera que ilustrarlo en dos cuadritos, las diferencias entre ambos estarían en el paisaje, y serían muy evidentes.


Por ejemplo, si en el primer cuadro se ilustrara la primera estrofa, que dice: “El Señor es mi pastor; nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas” (Sal 23, 1-3a), cabe imaginar que habría un cielo azul sobre un hermoso campo verde, lleno de flores y árboles reflejados en un manantial de aguas mansas y cristalinas.


Si se ilustrara en el otro cuadrito la segunda estrofa, que dice: “Por ser un Dios fiel a Sus promesas, me guía por el sendero recto; así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque Tú estás conmigo.” (Sal 23, 3-4), probablemente el cielo estaría negro, quizá cuajado de densos nubarrones, y habría cañadas oscuras, es decir, escarpadas barrancas rodeando un sombrío valle (la Biblia de Jerusalén lo traduce como ‘valle tenebroso’, como quien dice, una tétrica hondonada que daría miedo atravesar).


Es evidente que en los paisajes de ambos cuadros habría muchas diferencias, entonces, ¿qué tendrían en común que pudieran hacerlos parecer idénticos a primera vista? Que en ambos aparecería en primer plano, el mismo pastor con su oveja.


En uno se les vería entre verdes praderas y fuentes tranquilas; en el otro estarían entre cañadas oscuras y valles tenebrosos. Los entornos cambiarían, y mucho, pero la presencia constante, fiel, atenta, amorosa del pastor, se mantendría igual.


Esto ilustra lo que sucede en nuestra vida. Ese pastor representa a Dios, que en las buenas y en las malas, de día y de noche, cuando las cosas son fáciles y cuando se ponen difíciles, no cambia, no se va, ‘no se muda’, diría santa Teresa; permanece junto a nosotros conduciéndonos y haciéndonos reposar, guiándonos siempre por los mejores senderos, acompañándonos y sosteniéndonos cuando nos toca atravesar terrenos escabrosos.


Si las cosas nos salen bien tenemos la certeza de no se debe a la suerte, a la casualidad o a nuestras propias capacidades y recursos, sino a Su Divina Providencia y a Su continua intervención en nuestra vida; y si las cosas no salen como queremos, también tenemos la certeza de que no es porque Él nos haya abandonado, se haya ido lejos, olvidado de nosotros o no le importemos, todo lo contrario, se debe a que desde Su infinita sabiduría y amor por nosotros permite sólo aquello de lo que podremos obtener el mayor bien; y si algo nos afecta o nos duele se acerca todavía más a nosotros, nos lleva en Sus brazos, para ayudarnos a superarlo iluminados, consolados, fortalecidos por Él.


Saber que sin importar qué nos toque vivir o por dónde tengamos que atravesar, Dios estará a nuestro lado, nos permite decir, como el salmista: “nada temo porque Tú estás conmigo. Tu vara y Tu cayado me dan seguridad” (Sal 23, 4).


Vivir con la conciencia de la constante presencia del Señor, es lo que permitió a san Pablo enfrentar lo que fuera y afirmar: “sé andar escaso y sobrado. Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre; a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13). Es lo que permitió a san Ignacio de Loyola la libertad de aceptar por igual que Dios le concediera vivir una vida larga o corta, en pobreza o riqueza, con salud o enfermedad. Es lo que inspiró a santa Teresa a decir: ‘quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta’. Y es lo que nos permite a ti y a mí levantarnos cada mañana con la absoluta seguridad de que en esa jornada, sea que nos toque reposar en verdes prados o atravesar oscuras cañadas, no debemos sentir ningún temor, porque nos tiene bajo Su amoroso cuidado el mejor Pastor.

 

 

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3360Domingo 22 de Julio de 2012 12:30hrs
Dejar o LlevarA quienes al viajar acostumbran cargar hasta con ‘la mano del metate’, seguramente les ha de sorprender que cuando Jesús envíó a Sus apóstoles a ir de misión, no sólo puso tremendas restricciones a lo que les permitía llevar, sino que no lo dejó al criterio de cada quien, no se limitó a decirles: ‘viajen ligero’, sino que les dio una lista detallada de lo que no podían y lo que sí podían llevar.  ‘¿Pero por qué? -tal vez preguntará alguno- si no iban en avión, no tenían que cuidarse del ‘exceso de equipaje’ ni existían todavía las listas modernas de ‘artículos prohibidos a bordo’?  Podemos encontrar respuesta si tomamos un momento para repasar lo que les pidió dejar y llevar. 
En el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mc 6, 7-13), dice que Jesús “les mandó que no llevaran nada para el camino; ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto, sino únicamente un bastón, unas sandalias y una sola túnica” (Mc 6, 8-9).
Consideremos lo que estas peticiones podían significar para los apóstoles y también lo que pueden significar para nosotros hoy. Empecemos con las tres cosas que no podían llevar.

1. Pan.
El pan representa la comida, el sustento necesario para tener fuerzas para ir a la misión. 

No llevar pan implica fiarse totalmente de la Divina Providencia. Recordemos que en otro Evangelio Jesús dijo: “No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis...Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de eso. Buscad más bien Su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura” (Lc 12, 22. 30-31). En otras palabras: Hay que tener confianza en que Dios proveerá.

No llevar pan también implica no sólo llevar a la oración sino a la vida la petición que Jesús enseñó a Sus apóstoles en el Padrenuestro: “danos hoy nuestro pan de cada día” (Mt 6,11). Es volver cada día la mirada hacia el Padre y pedirle el sustento (físico y espiritual) de ese día, la gracia de ese día, la fortaleza para ese día. Hay quien quisiera pedir de una vez la de la semana, la del mes, ya entrados en gastos, la del año para poder desentenderse de Dios una temporada. Pero Jesús no quiere que pidamos una sola vez y nos olvidemos de Dios. Aquel que dijo: “si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino” (Mt 18,3) quiere que seamos conscientes todos los días de nuestra dependencia del Padre y le pidamos todos los días lo que nos hace falta, como hacen los niños con su papá. Eso nos acerca más a Él, nos hace agradecidos, afianza nuestra relación con Él.

No llevar pan implica también una renovación cotidiana. Así como no se puede tener un pan guardado que se arrancie, así tampoco puede dejar que se arrancie lo que se ha de ofrecer a los demás, en particular en lo que se refiere al Pan de la Palabra. Se debe compartir algo siempre fresco, recién salido del corazón, reflexión que se renueve con la vivencia de cada día; no se debe ofrecer algo caduco, duro o enmohecido, que ya no sabe bueno, que no le entra a la gente. Recuerdo cómo me impactó que el famoso obispo norteamericano, Fulton Sheen decía que rompía las homilías que escribía, luego de pronunciarlas. ¿Por qué hacía semejante cosa? Desde luego no porque estuvieran mal escritas, todo lo contrario, eran textos riquísimos que le habían dado fama; explicaba que lo hacía para no ir a caer en la tentación de conformarse con leer un texto ya añejo, escrito tiempo atrás, para comentar las lecturas de la Misa del día. Quería dar diario algo nuevo, actual, vital. 

No llevar pan implica también tener que integrarse a la comunidad a la que se va. No quedarse uno aparte, comiéndose su torta en un rincón sin convidarle a nadie y sin comer lo que otros llevaron. No deja otra opción que la de fraternizar.

No llevar pan implica también poder intimar con los demás. En Oriente, el compartir la misma comida tiene un significado más profundo que el de sólo sentarse a la mesa, es una invitación a tener una mayor comunión con los demás, por decirlo de otro modo: si tú y yo comimos lo mismo, tenemos dentro el mismo alimento, eso nos asemeja, nos hermana. Permite poner el énfasis en las coincidencias no en las diferencias; en lo que une, no en lo que separa.

2. Mochila.
La mochila representa lo que uno va cargando.

No llevar mochila permite viajar con ligereza, ir con prontitud al encuentro del otro sin que haya una carga que se vaya volviendo cada vez más pesada, nos canse y haga lentos nuestros pasos.

No llevar mochila permite gozar de libertad. No hay que estarle echando ojo a la mochila para cuidar que nadie la robe; estar pendiente de dónde se la deja, dónde se la guarda o se la esconde.

No llevar mochila libra de tener que estar continuamente volviendo sobre los propios pasos para recogerla. Permite ir siempre adelante.

No llevar mochila obliga a necesitar de otros. No tiene uno en qué guardar cuanto pueda hacerle falta. Tiene que pedirle a alguien que le preste o le regale lo que no pudo llevar. 

3. Dinero.
Representa autosuficiencia y superioridad con relación a otras personas.

No llevar dinero impide que el misionero llegue a pensar que para salir adelante le bastan sus propios recursos: ‘¿Me hace falta algo?, ¡me lo compro!’ No tiene dinero para pagar hospedaje, tiene que aceptar que alguien le albergue; no tiene dinero para pagar sus comidas, debe pedir y aceptar que le ofrezcan de comer. Y puede ser que su indigencia lo hará sentirse incómodamente vulnerable, pero ello en lugar de ser negativo permitirá que la gente a la que se dirige, lo perciba necesitado, lo sienta más cercano, lo acoja de corazón.

No llevar dinero impide tratar de apantallar a los demás con la propia riqueza o tratar de atraerlos por el interés de obtener un beneficio material; no permite comprar voluntades...

No llevar dinero impide humillar a quienes tienen menos o no tienen. El misionero está en sus mismas circunstancias, se identifica con ellos y ellos con él.

No llevar dinero impide desconfiar de los otros pensando en que lo pueden robar. No permite que se abran abismos entre quienes lo tienen y quienes no lo tienen.

No llevar dinero implica confiar en la Providencia. En que aunque las cosas se pongan difíciles, Dios dará lo necesario cada día. Ahí tenemos el ejemplo de san Pablo, que decía que a veces le tocó pasar hambre y sufrir muchas tribulaciones, pero en todas el Señor lo socorrió (ver 2Cor 11,27; 2Tm 3,11)

No llevar dinero implica aprender a dejarse ayudar. La tentación de quien desempeña una misión de encomendada por Dios es sentirse un súper apóstol que da y da, pero tiene que aprender a recibir; no ha de querer ser el único que aporte algo positivo a los demás; debe captar, recibir y agradecer todo lo bueno que le quieran dar: el cariño, la solidaridad, el apoyo. Eso lo unirá más a la gente pues ésta lo sentirá más suyo, al ver que necesita y recibe la ayuda que le pueden dar.

Hasta aquí consideramos las tres cosas que Jesús les pidió no llevar. Es interesante notar que en la triple prohibición hay una misma invitación, para Sus apóstoles y para nosotros: confiar, primero en Dios y dejarse ayudar por la gente. En la medida en que alguien confía más y más en Dios, recibe de Él más y más. Dios, como Padre amoroso, no deja nunca sin amparo a un hijo que se abandona a Su cuidado. El que pretende bastarse a sí mismo, se arriesga a quedar a la deriva, atenido a sus propios míseros recursos, pero el que vuelve su mirada a Dios y alza sus manos hacia Él recibirá con abundancia lo que le haga falta (que, ojo, no siempre será lo que crea que le hace falta...). 
Algo semejante sucede con la comunidad; si un enviado de Dios es capaz no sólo de ayudar sino de aceptar ayuda, la comunidad lo acogerá como una madre acoge a un hijo, lo sentirán suyo y se abrirá a su mensaje con mayor facilidad.

Consideremos ahora las tres cosas que les pidió llevar:

1. Bastón.
Es una ayuda, un sostén.

Llevar bastón permite ir con mayor seguridad por sitios difíciles. Como Jesús, Buen Pastor, Sus apóstoles deben ir a donde sea a rescatar a los perdidos o descarriados, aún a los sitios más lejanos o escarpados.

El bastón es también un símbolo de vejez. Tal vez también puede interpretarse como una invitación a comprender que ser testigo de Jesús es algo que debe abarcar toda la vida, nadie podrá sentir que ya le llegó la edad de ‘jubilarse’. Aún en la vejez, aun cuando se camine despacito o con dificultad, se está llamado a predicar, de palabra o de obra, a dar testimonio, a orar.

2. Un par de sandalias.
Simbolizan libertad y austeridad

Llevar sólo un par de sandalias implica verdadera austeridad (nada que ver con los mil pares de zapatos que guardaba en su clóset aquella tristemente célebre primera dama de Filipinas, Imelda Marcos). Y si alguno se pregunta por qué no les pidió ir descalzos que es todavía más austero, cabe responder que en ese tiempo quienes iban descalzos eran los esclavos. Así que como símbolo, no podía ser que los enviados de Aquel que vino a romper las cadenas del pecado y de la muerte, fueran descalzos como esclavos, debían ir calzados, pero sin lujos o extravagancias, con el calzado de los pobres.

Un par de sandalias es suficiente protección para no lastimarse lo pies con las piedras del camino o quemárselo en terrenos ardientes por el sol. Impide agarrar de pretexto que el suelo está pedregoso o muy caliente para ponerse a buen resguardo y no hacer nada.

3. Una sola túnica.
Lo mínimo para cubrir la desnudez.

Llevar una sola túnica implica llevar lo mínimo; es lo suficiente para no ir desnudos (los esclavos iban sin túnica y descalzos; recordemos a aquel joven de la parábola que narró Jesús: se había lejos, se había vuelto esclavo de sí mismo, de sus caprichos, de sus pasiones, y volvía desnudo y descalzo, así que lo segundo que hizo su padre al verlo volver -lo primero fue ir corriendo a abrazarlo y besarlo- fue pedir que lo vistieran y le pusieran sandalias en los pies. Quería hacerle sentir que había vuelto a gozar de la libertad de ser hijo suyo).

Llevar una sola túnica implica también conformarse con lo que se tiene, no pretender lujos, no dejarse deslumbrar en buscar aquello que no es lo esencial.

Llevar una sola túnica permite no sentir envidia de otros, ni que otros lo envidien a uno. 

Llevar una sola túnica permite no hacer sentir menos a nadie; no apantallarle. 

Llevar una sola túnica implica tener que mantenerla limpia (quien tiene muchas puede demorar en lavarlas y va guardándolas sucias); el que sólo tiene una debe procurar que nada la manche, y si se mancha, lavarla lo más pronto posible. Y así como la túnica, el alma...

Tras considerar las tres cosas que Jesús pidió que llevaran, podemos percibir que les hizo una tácita invitación que extiende hoy también a nosotros: a mantenernos libres de apegos y ataduras; aprovechar lo que tengamos; si poseemos cosas, no permitir que éstas nos posean; en suma: poner siempre el acento en el ser, no en el tener.

Al final queda claro que todo lo que Jesús les pidió a Sus apóstoles dejar y llevar tiene un mismo propósito, y que éste es válido para ellos y nosotros, igualmente llamados y enviados a dar testimonio de Jesús en nuestra vida. ¿Cuál es ese propósito? El de mostrarnos que lo que nos permitirá ser testigos suyos y cumplir bien nuestra misión no es lo que llevemos por fuera, sino lo que llevemos en el corazón.


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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3323Domingo 15 de julio del 2012 12:30 hrs.
Fracaso AparenteCuando alguien se esfuerza al máximo para lograr algo y no obtiene el resultado que esperaba, suele sentirse fracasado.

El estudiante que en toda la noche no duerme, estudiando para un examen, y sale reprobado.

El ama de casa que se pasa el día entero cocinando un delicioso platillo que al final se le quema.

El profesionista que dedica semanas a desarrollar un proyecto y no se lo aprueban.

Los candidatos que se desgastan meses y meses en campañas agotadoras y no obtienen el triunfo.

Los deportistas que pasan años de privaciones y duros entrenamientos y no consiguen la anhelada medalla.

 Y ya puede un maestro alabar al estudiante por su esfuerzo, si éste no aprobó, nada le compensará no haber pasado de grado.

Puede su familia felicitar a mamá porque el guisado se veía y olía rico antes de chamuscarse, ella se quedará frustrada porque no lo pudieron saborear.

Puede su jefe asegurarle al profesionista que le gustó mucho su proyecto, si no lo van a realizar, se quedará lamentando haber trabajado en vano.

Pueden sus equipos y seguidores alentar a los candidatos perdedores asegurándoles que millones de gentes los quieren y apoyan, si no obtuvieron el triunfo no pueden dejar de sentir que perdieron el tiempo, no sólo la contienda.

Y pueden los deportistas recibir aplausos del público y porras de su entrenador, si no lograron subir al podio del vencedor regresarán a su país cabizbajos sintiendo que los tacharán de ‘perdedores’, y no creerán que ‘lo que importa no es ganar sino competir’.

 Es que para el mundo lo que cuenta es el resultado, que se vea, que luzca lo que se hizo, que se gane lo que se esperaba, que se alcance la meta propuesta.

 Lo bueno es que los criterios del mundo no son los criterios de Dios.

 El mundo aprecia sólo lo cosechado, Dios valora lo que se sembró.

El mundo mira sólo lo externo, Dios penetra el interior.

El mundo califica las acciones, Dios toma en cuenta las intenciones.

 Quien trabaja para obtener éxitos en el mundo se encamina derechito a la frustración, a ser injustamente tildado de fracasado si no obtiene lo que se propuso lograr.

En cambio quien trabaja para Dios nunca puede fracasar. Nada de lo que haga se perderá, nada será demasiado insignificante, no habrá ningún esfuerzo por ínfimo que sea, por desapercibido que les haya pasado a quienes estaban a su alrededor, que le pase inadvertido a Aquel que todo lo ve y todo lo conoce.

 Dios es el Único capaz de apreciar y valorar no sólo lo que hacemos sino lo que quisimos hacer y no pudimos; no sólo lo que dijimos, sino hasta lo que hubiéramos querido decir.

A Él nada de lo nuestro se le oculta ni le resulta indiferente, y mientras el mundo está siempre dispuesto a saltarnos a la yugular y criticarnos, juzgarnos y condenarnos por cualquier cosa, Dios en cambio nos contempla desde Su misericordia, con infinita benevolencia. Y no le importa que a los ojos de otros podamos fallar, para Él nuestro esfuerzo es ya un logro; considera que triunfamos cada vez que de veras intentamos cumplir Su voluntad.

 Reflexionaba en esto al leer la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Ez 2, 2-5).

En ella Dios dice al profeta Ezequiel: “Yo te envío...a un pueblo rebelde, que se ha sublevado contra Mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para que les comuniques Mis palabras. Y ellos, te escuchen o no, porque son una raza rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”. (Ez 2, 3-5).

Tenemos aquí un caso que puede parecernos inaudito: Dios envía a un hombre y no le dice: ‘como vas de Mi parte y Yo soy Todopoderoso, voy a hacer que te atiendan, todo te va a salir bien, tu misión será un éxito y multitudes saldrán a las plazas a escucharte boquiabiertas’. No. Nada de eso. Le advierte que, aunque va de Su parte, se va a topar con gente muy difícil, como quien dice que lo más probable es que no le harán el menor caso. Uno se pregunta: ‘¿por qué lo envía entonces, si de antemano ya le está anunciando que muy posiblemente su misión terminará en fracaso?’ A raíz de lo que se reflexionaba antes, cabe responder: Lo envía porque para Dios no hay fracasos.

En primer lugar Él nunca da por perdido a nadie ni se desanima anticipadamente; considera que es probable que no escuchen a Su enviado, pero no pierde la esperanza de que sí lo hagan.

En segundo lugar, Dios sabe que la semilla que manda sembrar, Su Palabra, es semilla siempre fértil, siempre buena, que tarde o temprano fructificará (ver Is 55, 10-11). Y así, donde el mundo ve hoy sólo un pedazo de tierra seca, Dios ya visualiza el vergel que brotará mañana; donde el mundo mira que hoy sólo hay desierto, Dios alcanza a oír el murmullo de los ríos que por allí correrán (ver Is 43, 18-20).

 Dios anunció a Ezequiel lo que le esperaba, no para desanimarlo sino todo lo contrario, para impedir que se sintiera fracasado si nadie lo escuchaba. Quiso darle la certeza de que lo que le tocaba era ir de parte Suya, con eso debía bastarle, de lo demás, de lo que resultara luego, ya se encargaría Él.

 Es una invitación a no descalificar con criterios humanos, lo que es de Dios.

 Ahí tenemos también el caso de san Pablo, que en la Segunda Lectura dominical (ver 2Cor 12, 7-10) confiesa que padece de algo que lo hace sufrir y sentirse humillado, y que le ha pedido a Dios que se lo quite pero Dios le ha respondido “Te basta Mi gracia, porque Mi poder se manifiesta en la debilidad” (2 Cor 12, 9).

 Qué extraordinario, no sólo que este súper apóstol se atreva a confesar que tiene una humillante debilidad, sino que Dios le dio a entender que no debía considerarla una vergüenza, pues se estaba sirviendo de ella para manifestarle Su gracia y Su fuerza.

 ¡Qué maravilla que Dios pueda darle la vuelta a todo y convertir en triunfos nuestros fracasos!

 Por eso no hay nada mejor que hacerlo todo por Él y para Él: lo grande y lo pequeño; lo cotidiano y lo excepcional.

 Quien trabaja para Dios, que no consiste en otra cosa que en vivir esforzándose por cumplir en todo Su voluntad, puede descansar en la seguridad de que sin importar cuál sea el aparente resultado, jamás se sentirá ni será un fracasado.

 

 

 

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3295Domingo 7 de Julio de 2012
Fe descubierta

No sé por que no llegaron antes a ver a Jesús. Tal vez en gran parte, como suele suceder, por temor al ‘qué dirán’.

Me refiero a un hombre y a una mujer de los que nos habla el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mc 5, 21-43). 

Él se llamaba Jairo y era jefe de una sinagoga, un personaje sin duda muy conocido y respetado, pero al que todo su poder y su prestigio no le valían de nada para resolver lo que más lo angustiaba: tenía una hijita y estaba muy enferma. 

De la mujer no sabemos su nombre, sólo que tenía muchísimo dinero, pero éste no le había arreglado su problema. Había gastado toda su fortuna en tratamientos para curarse unos flujos de sangre que padecía desde hacía ya doce años, y seguía igual.

Vivían en Cafarnaúm, ciudad en la que vivió también Jesús (probablemente en casa de Simón y Andrés, ver Mc 1,21.29.3,20). Y es muy posible que hubieran escuchado hablar de Él y de Sus milagros, pero nunca habían decidido buscarlo. Hasta entonces.

Me imagino a Jairo caminando de ida y vuelta, de ida y vuelta en su habitación, considerando la posibilidad de ir a ver a Jesús, pero resistiéndose, pensando: ‘los líderes de mi comunidad no tienen buena opinión de Él, dicen que cura en sábado, que no respeta la ley. Si voy a verlo me voy a ‘quemar’, y yo tengo una posición, una imagen que cuidar, ¿qué va a pensar mi gente?, me van a criticar, se van a burlar de mí, ¡puede ser que hasta pierda mi puesto, mi prestigio!’

También me imagino a la mujer, acostada en su cama, con la mirada fija en el techo, pensando en acudir a Jesús pero anteponiendo mil consideraciones: ‘no está permitido que yo haga algo así; qué tal si me reprende, qué tal si la multitud se vuelve contra mí, me voy a volver la comidilla de las chismosas del pueblo, no debo arriesgar mi reputación, no puedo permitir que eso me pase a mí...’

Al igual que tenían ellos, hoy en día hay personas que tienen variados y según ellas muy bien fundados pretextos para no encontrarse con Jesús: ‘van a tildarme de mocho’, ‘voy a parecer débil’, ‘ya no me van a incluir en el grupo al que quiero pertenecer’, ‘voy a ser el hazmerreír de todos’. 

Hay gente que pasa años, quizá toda su existencia, ignorando a Jesús, pensando que por sí misma, con su inteligencia, su trabajo, sus amistades o palancas o cualquier otro recurso humano, saldrá adelante. Y como es todo lo que tiene, defiende a toda costa su poder o su imagen o su dinero, confiando en que ello bastará. Hasta que se topa con una situación límite en la que nada de eso le sirve. Llega inesperadamente una enfermedad, la muerte de un ser querido, una crisis fuerte, y entonces de golpe se da cuenta de que había estado muy equivocada su escala de valores, que aquello que parecía fundamental no lo era en realidad. Y no le queda más remedio que reconocer que se le terminó la cuerda, que sus propios recursos son insuficientes y que es indispensable y urgente que vuelva su mirada hacia Jesús.

Y así, por ejemplo, lee uno en los libros de historia o en el periódico, que ante la inminencia de su muerte, un famoso intelectual ateo o un político masón o un conocido ‘comecuras’ mandó llamar a un sacerdote para confesarse; se dio cuenta de que le quedaba una última oportunidad y ya no le preocupó si sus amigos o compañeros lo criticaban, ‘¡qué le hace lo que digan, es mi último ‘chance’, es ahora o nunca!’ Paradójicamente suele suceder que al final lo primero es lo primero.

Esa situación se le presentó a Jairo y a la mujer: a él se le agravó su hijita; a ella se le acabó su fortuna. 

Jairo tomó entonces la decisión de ir personalmente a buscar a Jesús; sin importarle nada qué diría la gente. Así mismo la mujer decidió arriesgarse e ir a donde estaba Jesús, eso sí, todavía sin atreverse a dar la cara; como le habían dicho que de Él emanaba un poder curativo, se le ocurrió que podía colarse disimuladamente entre la multitud, acercarse a Jesús, tocar la punta de Su manto y salir de ahí discretamente.

Así pues, Jairo y la mujer, cada uno por su lado, con un poco de nervios y un mucho de esperanza, fueron al encuentro de Jesús.

Jesús estaba rodeado de un gentío, y es notable que Jairo se atrevió a postrarse ante Él para suplicarle que fuera a curar a su hijita. Y valió la pena, porque el Maestro accedió a su petición y se pusieron en marcha.

Por su parte el plan de la mujer le funcionó de maravilla: aprovechando la multitud que rodeaba a Jesús, logró acercársele y tocar su manto, y tal como esperaba, quedó curada al instante. 

Hasta allí todo iba bien para ambos, pero entonces sucedió lo inesperado. 

Jesús hizo lo último que la mujer hubiera querido: se paró en seco y preguntó quién lo había tocado. ¡Cuándo iba ella a imaginar que Él se daría cuenta de lo que ella había hecho! Cabe suponer que de golpe le regresaron la vergüenza y el temor de verse descubierta. 

Por su parte a Jairo, que seguramente aguardaba con mal disimulada impaciencia que el Maestro reanudara la marcha, le vinieron a dar la peor noticia: que su hijita había muerto. Y todavía le echaron sal en la herida: “¿Para qué sigues molestando al Maestro?’ Al dolor de haber perdido a su niña, se le añadió la pena de pensar: ‘en balde le pedí un favor y me postré ante Él frente a todos.’

La mujer y Jairo, que creían haber hecho lo más que podían yendo a buscar a Jesús para que les hiciera un milagro, se vieron de pronto en la necesidad de dar un paso más, ir más allá: no sólo descubrir su fe, sino probarla.

Jesús no quiso que se quedaran con la equivocada idea de que tener fe es algo simple o superficial o exterior. Ni que consistía en acercarse a Él para pedirle un favor y luego olvidarse de Él.

Quería que profundizaran, que comprendieran y afianzaran su fe.

Y cuando ambos lo hicieron experimentaron algo extraordinario. 

Cuando la mujer se acercó a confesar lo que había hecho y temblaba tal vez pensando que sería regañada y castigada pues una mujer ‘impura’ no debía tocar a nadie, mucho menos a un Maestro tan respetado, no recibió lo que temía, todo lo contrario: Él la miró con amor, la llamó hija, le dio una enseñanza vital: le dijo que fue su fe la que le obtuvo su curación, y la despidió colmada de paz. 

También Jairo, sintió no sólo el bálsamo de la mirada compasiva de Jesús, sino una invitación Suya irresistible: “no temas, solamente ten fe”.

Cabe hacer aquí un paréntesis para considerar, ¿qué es esa fe a la que Jesús se refería?, ¿en qué consiste? Hay quien cree que se trata de una especie de autosugestión, que si dice: ‘sí creo, sí creo’ ya con eso obtendrá lo que pida, pero no es así. Desde luego la fe implica creer en Dios, pero no sólo con la mente sino con el corazón, con todo el ser. Tener fe implica, por supuesto, creer que Dios lo puede todo, pero implica también estar dispuesto a amoldarse a Su voluntad. En pocas palabras, tener fe es decirle sí al Señor.

La mujer respondió así a Jesús cuando Él preguntaba quién lo había tocado. Pudo escabullirse y no decir nada, pero eligió ponerse en Sus manos y reconocer ante todos su fe en Él. 

Y Jairo también eligió creerle, y en lugar de despedirlo y regresarse solo a casa a preparar el funeral de su pequeña, aceptó que lo acompañara. Se atrevió a creer que era posible lo imposible y no quedó defraudado. Cuando llegaron Jesús acalló los llantos de quienes lloraban la muerte de la niña, entró a donde ella estaba, la tomó de la mano y le devolvió la vida.

¡Cómo cambiaron las cosas ese día para aquella mujer y para Jairo y su familia!

Ella, que hubiera querido pasar desapercibida, fue de pronto el centro de todas las miradas, pero ello le permitió tener un encuentro personal con Jesús. Él, que nunca hubiera querido que se le muriera su hija, experimentó ese dolor que le permitió acercarse más a Jesús y cimentar sobre roca su fe en él.

Ambos vivieron en carne propia lo que experimenta todo aquel que se atreve a dejar atrás prejuicios y resistencias e ir al encuentro de Jesús: darse cuenta de que sus temores eran vanos, sus prioridades estaban de cabeza, y todo lo que antes le inquietaba ya no le quitará nunca más el sueño. 

Es que el encuentro con Jesús lo transforma, lo ilumina todo. 

Decía san Agustín: ‘Señor, Tú lo aligeras todo, pero como yo estoy lleno de mí, soy una carga para mí mismo.’

Por eso es una pena que tanta gente espere hasta que no le queda más remedio, hasta que ya se le vino encima un problemón del que no logra salir, o hasta que siente que ya le llegó la hora de morir, para acordarse de Jesús y tratar de acercarse a Él. 

¡Qué lástima que alguien pierda durante toda la vida la oportunidad de disfrutar Su cercanía, conocerlo a través de Su Palabra; recibir Su abrazo y Su perdón en la Confesión; entrar en comunión con Él en la Eucaristía; tener una amistad íntima y estrecha con el mejor Amigo que hay...

Qué pena posponer y posponer el encuentro más maravilloso del mundo o, peor aún, dejarlo para el mero final. 

El Evangelio ya no dice qué fue de aquella mujer, pero suponemos que regresó más que contentísima a su casa, y de Jairo suponemos que junto con su esposa e hija disfrutó la más feliz comida familiar. 

Ambos se han de haber sentido completamente gozosos de haber ido a ver a Jesús, de haber confiado y haber reconocido públicamente su fe en Él. 

Solamente les ha de haber quedado algo que lamentar, se han de haber hecho unas preguntas que ojalá tú nunca te tengas que plantear: ¿cómo no me acerqué antes a Jesús?, ¿por qué esperé tanto?, ¿para qué me tardé tanto?




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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3268Domingo 1 de julio del 2012 12:30 hrs.
Siembra“El hombre primitivo fue nómada, tenía que ir de un lado a otro en busca de alimento, hasta que descubrió la agricultura”. Ésta era la escueta información que venía en mi libro de texto de primaria. Se suponía que me la tenía que aprender y ya, pero como me sucedía con muchas lecturas de mi infancia, me servía más bien para ponerme a fantasear cómo fue, cómo ese ser retratado en la lámina que ilustraba la página, barbón y peludo, vestido con el retazo de algo más peludo aún, logró captar que si sembraba una semilla brotaría una planta. Me divagaba elucubrando cómo habría sido ese momento. Imaginaba que tal vez un día se comió una fruta y escupió la semilla porque le pareció demasiado dura, y transcurrido cierto tiempo, cuando volvió a caminar por allí, se dio cuenta de que había un arbusto o un arbolito de esa misma fruta. Y tal vez se llevó algunas frutas para compartirlas con su gente y las comieron en otro lado, y sucedió de nuevo que allí donde las comieron y escupieron las semillas, brotaron nuevas plantas. Probablemente pasó bastante tiempo hasta que él y los suyos relacionaron una cosa con otra y se dieron cabal cuenta de que esas semillitas arrojadas a la tierra producían plantas. Y aun así, se han de haber tardado mucho en descubrir que no bastaba arrojar la semilla al suelo, que si lo hacían, por ejemplo, dentro de una cueva no pasaba nada, que si las dejaban caer en arena o en piedra tampoco. Debe haber sido un proceso largo y lento, que poco a poco los llevó a comprender que las semillas brotaban cuando no se dejaban al sol sino se enterraban y recibían agua. Y cabe pensar que en todo ese proceso, más de una vez alguien sembró una semilla y literalmente se sentó a esperar que la planta surgiera de inmediato, y esperó y esperó y no sucedió nada. Me preguntaba qué hubiera ocurrido con la humanidad si esos primitivos agricultores se hubieran desesperado a las primeras de cambio y hubieran decidido que no valía la pena sembrar semillas porque no brotaba nada luego luego.

Recordaba esto al leer que en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mc 4, 26-34) Jesús compara el Reino de Dios con el largo y misterioso proceso que va de la siembra a la cosecha. Dice el Señor: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra; que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto; primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha” (Mc 4, 26-29).

¿Por qué hace Jesús esta comparación? Porque en la vida espiritual sucede igual que lo que sucede cuando se siembra una semilla. La cosa es calmada. Lo que se siembra no suele brotar de inmediato, requiere tiempo, cuidado, perseverancia.
Y es que mucha gente se desespera cuando su siembra espiritual no da cosecha tan rápido como ella quisiera. Dice: ‘no veo resultados, ¡llevo años orando por la conversión de fulano y no cambia!’; ‘esta situación no mejora, ¡ya me cansé de rezar!’.
Si esa gente hubiera pertenecido a aquellas tribus que descubrieron la agricultura estaríamos amolados, porque ésta no hubiera prosperado; se hubieran impacientado y abandonado el intento. Pobres de nosotros, ¡seguiríamos siendo nómadas! Pero gracias a Dios no fue así. Y su ejemplo, trasladado a la vida espiritual, nos invita también a no desesperar sino comprender que luego de la siembra se da todo un proceso que no se puede apresurar (si cuando asoma el tallito lo jalas para que crezca más rápido sólo conseguirás troncharlo), y que aunque no lo veamos, está sucediendo algo extraordinario. Ése es el punto. Jesús nos invita a confiar en que ello ocurrirá aunque no sepamos los cómos ni los cuándos. La semilla de fe que sembraste en tus hijos; la semilla de amor que sembraste en esa parienta difícil, en ese jefe irascible, en esa persona que te molesta, ya inició su germinación y ten por seguro que tarde o temprano dará fruto. 

¡Nada de lo que haces por el Reino se pierde, todo se aprovecha!

Es por ello que resulta importantísimo nunca dejar de sembrar, jamás perder la fe en la semilla del Reino. Jesús nos asegura que es semilla siempre vital. Aun la más insignificante, y Jesús pone más adelante el ejemplo de una semilla de mostaza (mira por favor la foto adjunta para que veas de qué tamaño es dicha semilla), puede llegar a desarrollarse tanto que alcance un tamaño enorme, se convierta “en el mayor de los arbustos, con ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra” (Mc 4,32).

En la Primera Lectura y en el Salmo dominical se nos habla de árboles grandes, hermosos, frondosos, sembrados en altos montes (ver Ez 17, 22-24; Sal 92). Y ¡pensar que comenzaron a partir de algo tan pequeño como la semilla de la que nos habla Jesús!
Así es el Reino de Dios, lo pequeño no es insignificante, es decir, no carece de significado o de importancia. En el Reino todo cuenta, todo es principio, posibilidad, potencial, esperanza. Por eso, lo que a nosotros nos toca es sembrar, sembrar, sembrar, mientras caminamos como pide san Pablo en la Segunda Lectura (ver 2Cor 5, 6-10), guiados por la fe, sin ver todavía, pero llenos de confianza.



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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3207Domingo 17 de junio del 2012 12:30 hrs.
Ya ni a quién echarle la culpaQué desagradable es sentirse culpable. Saber que algo que uno dijo, hizo o dejó de hacer afectó a alguien, peor aún si lo afectó gravemente. Es una carga en la conciencia, un peso del que urge desembarazarse.

Ante la culpa la gente reacciona de las maneras más diversas. 

Algunas personas, entre las que se cuentan los cínicos y los psicópatas, la suprimen por completo; ello les permite realizar las acciones más atroces (como quitarle el dinero a sus papás viejitos o partir a alguien en cachitos) sin el menor remordimiento. 

Otras racionalizan lo que les ha provocado culpa, buscando el modo de justificarlo para dejar de sentirla. Por ejemplo, hay quienes se refieren al aborto como ‘interrupción de un embarazo’ en lugar de llamarlo, como es, interrupción de una vida humana.

Otras personas buscan zafarse de su culpa culpando a otros. Es el caso que leemos en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Gen 3, 9-15). 

Cuando Dios le preguntó a Adán: “¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” Respondió Adán: ‘La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí’. El Señor Dios dijo a la mujer: ‘¿Por qué has hecho esto?’ Repuso la mujer: ‘La serpiente me engañó y comí’...” (Gen 3, 11-12). Si el Señor hubiera interrogado a la serpiente, de seguro ésta le hubiera echado la culpa a algún animalito del Edén.

¿Por qué reaccionamos así? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo asumir que algo que dijimos, hicimos o dejamos de hacer estuvo simple y llanamente mal o incluso pésimo? 

Existen, entre otras, tres razones básicas. 

La primera se da cuando no queremos corregir aquello que nos provoca culpa, queremos seguirlo haciendo; entonces entre suprimir la acción o ignorar la culpa que dicha acción nos provoca, preferimos ignorar la culpa. 

La segunda se da cuando aceptar nuestra culpa nos haría sentir tan mal (porque nos forzaría a aceptar que hicimos o dijimos lo que no debíamos, con todo lo que ello implique), que optamos por buscar otras explicaciones u otros culpables, lo que hallemos primero.

La tercera es que nos da miedo que aceptar nuestra culpa nos acarree un castigo o alguna otra consecuencia que consideramos desagradable y negativa.

Hay quienes pretenden tapar, enterrar o arrojar su culpa lo más lejos que pueden, pero tarde o temprano ésta queda a descubierto, sube a la superficie, regresa como un boomerang a atormentarlos cuando menos lo esperan.

¿Qué remedio hay entonces?, ¿o qué estamos condenados a ser y sentirnos siempre culpables? ¡Claro que no! Sí existe un remedio, pero no consiste en tratar de evadir la culpa ni en echarla sobre otros hombros, todo lo contrario. Se trata de asumirla, del tamaño que sea, pero ¡ojo!, no solos, pues probablemente su peso sea demasiado grande para nuestras míseras fuerzas; hay que asumirla ante Dios, y con ayuda de Su gracia reconocer ante Él lo malo que hicimos y entregarle esa carga que hemos venido arrastrando y que por más esfuerzos que hemos hecho, no hemos podido ignorar. Sólo Dios, al que no podemos engañar porque nos conoce y sabe lo que hicimos (así que ya ni a quién echarle la culpa), puede liberarnos, otorgándonos Su perdón y Su misericordia. Y Él está siempre esperándonos, especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, así que dejémonos de fingir demencia y acudamos a Él.

Y ni se nos ocurra hacer en la Confesión un último y desesperado intento de salirnos por la tangente culpando a alguien más (hay quien da la impresión de que acude a confesar ¡los pecados de otros! porque sólo se la pasa contando lo que los demás hacen mal). No hay que temer reconocer la propia culpa ante Dios. Aquél que dijo que no vino por los justos sino por los pecadores (ver Lc 5, 32), Aquel que contó la parábola del hijo pródigo en la que el padre salió al encuentro del hijo descarriado para abrazarlo y besarlo (ver Lc 15, 20), Aquel que dijo que hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión (ver Lc 15,7), Aquel que criticó al fariseo que se sentía satisfecho de sí mismo y elogió al publicano que se reconocía pecador (ver Lc 18, 10-14), jamás de los jamases te rechazará ni te condenará si acudes a Él a pedirle perdón. No importa cuánto tiempo te hayas desentendido de tu culpa, a quién se la hayas echado encima, qué trucos hayas empleado para intentar deshacerte de ella, si llegas con el Señor y la pones en Sus manos, sin pretextos, sin justificaciones, sin otra cosa más que tu confesión, tu arrepentimiento, tu propósito de enmienda y tu anhelo de que te perdone, lo hará. Derramará en ti todo Su amor y Su ternura. Sentirás Su abrazo.

Y como Dios perdonará las culpas que pongas en Sus manos, pónselas ¡todas!, no salgas de allí llevándote todavía tu ‘guardadito’, confíale todo lo que te haya venido agobiando, no dejes nada fuera. Verás ¡qué descanso hallará tu alma!, ¡saldrás flotando! Permite que hagan eco en tu corazón las palabras del Salmo dominical:

“Desde el abismo de mis pecados

clamo a Ti, Señor,
escucha mi clamor...
Si conservaras el recuerdo de las culpas,
¿quién habría, Señor, Que se salvara?
Pero de Ti procede el perdón,
por eso con amor te veneramos.

Confío en el Señor...
mi alma aguarda al Señor...
porque del Señor viene la misericordia
y la abundancia de la redención,
y Él redimirá a Su pueblo
de todas sus iniquidades” 
(Sal 130, 1-3.7b-8)




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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3156Domingo 10 de junio del 2012 12:30 hrs.
¡Heredamos!Mucha gente tiene su esperanza puesta en recibir una herencia. Espera un día poder obtener mucho dinero, o una buena propiedad, o determinados bienes a los que les tiene echado el ojo (‘tío, déjame tu reloj a mí’, ‘abuelita, tu vajilla la pido yo’), o incluso ciertos genes (ojalá el bebé herede el talento de su papá; la belleza de su mamá; que sea sanote como su bisabuelo...).  
Lo malo de las herencias es que suelen implicar la muerte de quien las lega, por lo que resulta agridulce recibir algo bueno de una persona que ya no está para acompañarnos a disfrutarlo. Y no se puede pasar por alto lo peor: la posibilidad de heredar algo valioso despierta tal avaricia en algunos, que son capaces de llegar al extremo de despojar a los legítimos herederos y quedarse con todo o con más de lo que les corresponde. ¡Cuántos pleitos por herencias, por pequeñas o grandes que éstas sean, rompen familias y amistades, dejando a los involucrados inconformes, quejosos, resentidos, enemistados! 

Qué bueno sería que pudiera haber una herencia que no implicara nada negativo: ni la muerte de quien la da ni la insatisfacción de quien la recibe; una herencia tan maravillosa y tan perfectamente repartida, que todos los que la compartieran quedaran verdaderamente felices. ¿Te parece imposible? ¡No lo es! Existe una herencia semejante, y lo mejor de todo es que ¡tú eres uno de los afortunados herederos! 

Nos lo revela san Pablo en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Rom 8, 14-17). Dice que por el Espíritu Santo que hemos recibido, podemos llamar Padre a Dios, es decir que somos hijos de Dios. “Y si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8, 17),

Que ya nadie se la pase esperando que se le muera un pariente rico o que algún familiar lejano o desconocido le mencione en su testamento, tenemos la certeza de que recibiremos la mejor herencia que hay. Somos nada menos que ¡herederos de Dios!, ¿qué herencia puede ser más fabulosa que la que podamos recibir de Él? 

No se trata de dinero que pueda ser gastado, robado o dilapidado, Su herencia vale más que el oro y es inagotable. No es una propiedad que pueda deteriorarse o requiera costoso mantenimiento, lo que nos heredará no se desgasta ni pierde ‘plusvalía’. No es un artículo efímero, nos durará para siempre. No es un rasgo físico que con la edad o la enfermedad pueda perderse, lo gozaremos con un cuerpo sin defectos o discapacidades, que ya nunca padecerá ni morirá. 

¡Se trata de la mejor, la única herencia que vale la pena recibir porque es infinita, en su repartición no habrá injusticias, dejará a todos los herederos plenamente satisfechos, y, lo mejor de todo: nadie podrá arrebatárnosla, podremos disfrutarla para siempre y en la mejor compañía, la de Aquel que nos la da!

Nuestra herencia es la vida eterna: poder resucitar y vivir eternamente con Dios. ¡No hay nada mejor que eso!, ¡nada se le puede comparar! Y para apreciar más la inmensidad del regalo que nos está destinado, cabe destacar tres aspectos muy conmovedores:

El primero, es que nosotros no somos los legítimos herederos. Pero a diferencia del mundo, en el que quienes no tienen derecho directo sobre una herencia no reciben nada (y los que sí tienen derecho se aseguran muy bien de ello), en nuestro caso Dios nos ama tanto que no quiso dejarnos con las manos vacías, sino que se las ingenió para que pasáramos, de ser simples creaturas Suyas, a ser hijos por adopción, con todos los derechos que nos permitieran recibir su herencia. (Ver Rom 8, 15).

El segundo aspecto, es que el legítimo heredero hizo hasta lo imposible para que pudiéramos compartir Su herencia. Es algo ¡inaudito! A diferencia del mundo, en el que los hermanos discuten, se pelean y hacen todo lo que pueden para despojarse unos a otros, en nuestro caso Jesús no sólo aceptó pasivamente que fuéramos coherederos con Él, sino que quiso intervenir activamente, aun sabiendo cuánto habría de sufrir para conseguirlo. Y así, renunció a los privilegios de Su condición divina, se hizo Hombre, padeció, murió por nosotros, y resucitó, todo para asegurar que pudiéramos gozar Su herencia con Él. Dice san Pablo: “Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre, a fin de que os enriquecierais con Su pobreza” (2Cor 8, 9) ¿¡Quién más hubiera hecho tanto por nosotros!?

El tercer aspecto es que no nos merecemos la herencia. A veces en el mundo cuando alguien hereda algo a una persona que no es de su familia, lo hace debido a que fue buena con él, hizo méritos. En nuestro caso, no nada más no hemos hecho méritos sino nos hemos portado pésimo, hemos sido ingratos, rebeldes, malos, una y otra vez nos hemos olvidado y apartado de Dios, y sin embargo, a diferencia de como reacciona el mundo, Dios no nos deshereda, no hace cita con el notario para borrarnos del testamento, se mantiene firme, fiel, decidido a que participemos de Su extraordinaria herencia. (Ver Ef 1, 1-12).

Ojalá considerar estos tres aspectos nos ayude a valorar el amor de Dios y la herencia que nos tiene preparada, porque hay un asunto de vital importancia que está todavía pendiente: como sucede con toda herencia, el recibirla no se da en automático, no se impone; quien la hereda tiene la opción de aceptarla o renunciar a ella. Y así sucede en nuestro caso. A pesar de que le dolería y entristecería mucho que después de todo lo que ha hecho para participarnos de esta herencia la rechacemos, Dios nos ha dado la libertad de decir que sí o decir que no. 

Alguien podría pensar: ‘de locos decimos que no’, lo cual es cierto, pero la cosa no es tan simple, no se trata sólo de una palabra, hay que tener el alma preparada para que a la hora en que nos toque recibir la herencia estemos en condiciones de acogerla. Me viene a la mente el caso de una amiga, que desde que supo que una viejita tía suya iba a heredarle su precioso piano, se puso a pensar dónde lo pondría y volvió a tomar lecciones para poderlo tocar y así disfrutarlo más cuando le llegara. Nosotros debemos prepararnos para aceptar y aprovechar la herencia que nos está destinada. ¿Cómo? Practicando, ya desde ahora, los valores que allí viviremos en plenitud: el amor, la bondad, la alegría, la justicia, la paz; manteniéndonos en verdadera amistad, diálogo y comunión con Dios. De ese modo, cuando llegue la hora, estaremos más que dispuestos a decir ¡sí! ¡quiero y puedo aceptar mi herencia!

En este domingo, en que la Iglesia celebra la Santísima Trinidad, alégrate sabiendo que eres miembro de la familia de Dios, que te ha destinado a disfrutar de una herencia que no alcanzas siquiera a imaginar. 

Da “gracias al Padre, que (nos) ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz” (ver Col 1,12). 

Da gracias al Hijo, porque por Su Resurrección “de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos” (1Pe 1,3-4). 

Da gracias al Espíritu Santo, que “a una con nuestro espíritu, da testimonio de que somos hijos de Dios” (Rom 8, 16), “de modo que ya no eres esclavo, sino hijo, y si hijo, también heredero por voluntad de Dios” (Gal 4, 7).


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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3152Domingo 03 de junio del 2012 12:30 hrs.
Fuerza para soportar¡No la soporto! ¡No lo soporto!
Es una frase que se suele decir para expresar que algo está tan mal en alguien que éste resulta inaguantable. Pero desde el punto de vista de la fe, el asunto es al revés. Lo malo no está en esa persona de la que se habla sino en la que así habla. 

Es que eso de ‘soportar’ no debe entenderse como ‘aguantar’ en el sentido de tener que resignarse, con mal disimulada impaciencia, a los defectos del prójimo, sino como sinónimo de sostener, es decir, darle soporte, apoyo, amor, auxilio para que no se hunda bajo el peso de sus miserias. En ese sentido, decir que uno no soporta a alguien equivale a decir que uno quiere darle soporte, que no quiere ayudarlo; pone de manifiesto que uno tiene un corazón endurecido que no se conmueve ante la miseria ajena ni está dispuesto a echarle la mano a quien más lo necesita; manifiesta no sólo falta de caridad e intolerancia, sino desobediencia a la voluntad de Dios que nos pide, a través del apóstol san Pablo en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Ef 4, 1-13): “sopórtense mutuamente con amor” (Ef 4, 2b). 

Y si alguien alega que no se puede negar que hay personas de un carácter tan pesado que uno no puede con ellas, cabe replicar que es verdad que ‘uno’ no puede con semejante peso, por lo cual tiene que pedir ayuda a ‘otro’, ¿a quién?, lo descubrimos en la Primera Lectura dominical (ver Hch 1,1-11), al leer que Jesús les prometió a Sus apóstoles que serían bautizados con el Espíritu Santo y les anunció: “cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos...hasta los últimos rincones de la tierra.” (Hch 1,8)

Ahí lo tenemos: cuando comprendemos que somos demasiado débiles, cuando nos damos cuenta de que nuestras solas fuerzas no alcanzan para soportar a alguien, contamos con la fuerza del Espíritu Santo. 

El Espíritu nos hace capaces de seguir amando cuando creemos que ya no tenemos más amor; seguir perdonando cuando creemos agotada nuestra capacidad de perdón; soportar cuando estamos a punto de soltar a esa persona tan pesada y dejarla caer (dejarla caer de nuestra estima, de nuestra atención, de nuestra paciencia...).. 

Y es oportuno aclarar que no estoy proponiendo que nadie se ponga de tapete para que otros abusen, o acepte ser víctima de alguien que atente contra su dignidad como persona o su integridad física o moral. En esos casos hay que pedir fortaleza, claro que sí, pero ponerse a buen resguardo. A lo que me refiero aquí es a esa situación que suele darse en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la comunidad, en la que inevitablemente tienes que convivir con una persona que te parece insoportable y necesitas la ayuda del Espíritu Santo para poder dar el testimonio cristiano que se espera de ti.

Solemos tener claro que podemos acudir al Espíritu Santo cuando necesitamos que nos inspire, que nos guíe, que sea nuestra luz, pero no sólo es comunicador, no sólo es guía, no sólo es iluminador, también es fortalecedor. Nunca olvidemos que podemos acudir a Él cuando necesitamos que nos dé fuerza. Es uno de Sus dones, y si se lo pedimos acude siempre en nuestra ayuda, y es como si nos pusiera en el alma uno de esos cinturones anchos de cuero que usan los cargadores para poder levantar un gran peso sin herniarse. Nos capacita para soportar la situación o persona que sea, ¡por pesada que sea!

Hay quien se pasa la vida esperando que los otros cambien para ver si así logra soportarlos, pero los otros no suelen cambiar. Como creyentes nuestra misión no es esperar que los demás cambien para poder amarlos, sino amarlos como son, soportarlos como son (no en balde una de las obras espirituales de misericordia consiste en soportar con paciencia los defectos del prójimo). 

Cuando Jesús Resucitado envió a Sus apóstoles como testigos Suyos, no cambió el corazón de quienes iban a rechazarlos, amenazarlos, perseguirlos; lo que hizo fue comunicar a Sus apóstoles la fortaleza para resistir esos rechazos, amenazas y persecuciones. Así lo comprendieron ellos y así resultó. Prueba de ello es que cuando Pedro y Juan recibieron amenazas y azotes y regresaron a donde estaban los otros apóstoles, se pusieron a orar, no para pedir que ya nadie los amenazara o azotara, sino para tener fuerza y valor para seguir dando testimonio a pesar de todo (ver Hch 4, 23-31).

Así pues, cuando te encuentres con una persona pesada que te cae gorda, no esperes que Dios la cambie. Pídele al Espíritu Santo que te cambie a ti, que te dé Su fuerza misericordiosa; conseguirás entonces lo que te parecía imposible: no sólo soportarla sino en verdad amarla.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3072Domingo 20 de mayo del 2012 12:30 hrs.
Como Él nos amaComo yo te amo, como yo te amo, convéncete, convéncete, nadie te amará’.
Así empezaba una canción que fue muy popular hace unos años, y que a continuación daba las razones para tan contundente afirmación, asegurando: ‘es que yo te amo con la fuerza de los mares; yo te amo con el ímpetu del viento; yo te amo en la distancia y en el tiempo; yo te amo de una forma sobrehumana...’

Como arrebato romántico puede pasar, pero como expresión de una realidad no, pues cabe suponer que más de alguno que dedicó sentidamente a su amada estas palabras en ‘la hora de las complacencias’ del radio o cuando menos en un tocadiscos (si un chaval está leyendo esto pregunte a sus mayores en qué consistía ese aparato que hoy parece como de la prehistoria), muy posiblemente años más tarde le salió a esa misma dama con un: ‘vieja, quiero el divorcio’. 

Y es que por más que nos guste hablar del amor humano en términos grandilocuentes la realidad es que no sabemos amar con la fuerza de los mares ni con el ímpetu del viento, qué va. No llegamos ni a olita, ni a brisa de ventilador. Nos quita la fuerza el egoísmo; perdemos el ímpetu en el camino por toda clase de consideraciones convenencieras y mezquinas. 

Alguien podría preguntar: entonces dado que somos incapaces de amar de esa manera, ¿por qué soñamos con un amor así?, ¿por qué nos conmueve hasta lo más hondo imaginarnos ser amados de esa forma apasionada, total, desbordante, sin condiciones ni final? ¿Estamos condenados a anhelar una utopía, un imposible? La respuesta nos la da el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 15, 9-17), que contiene la mayor declaración de AMOR (y permítanseme las mayúsculas), habida y por haber. 

Dice Jesús: “Como el Padre me ama, así los amo Yo” (Jn 15, 9). 

Detente por favor y vuelve a leer varias veces esa frase, y mientras lo haces considera: ¿cómo crees que sea el amor de Dios Padre hacia Dios Hijo? No alcanza ni la mente ni el corazón para empezar siquiera a vislumbrarlo; sólo se puede intuir que sin duda es un amor pleno, perfecto, desde siempre y para siempre. Al contrario de lo que nos pasa a nosotros, que las palabras de la canción citada al inicio nos quedan demasiado grandes, a Dios le quedan extremadamente chicas, porque lo que en términos humanos suena a exageración, se vuelve nada cuando se piensa en términos divinos. 

Aquel que creó el universo entero ama con una fuerza infinitamente por encima de la del mar y el viento, el tiempo o el espacio; ama con un poder más allá de lo cósmico; con un ímpetu indestructible; no hay palabras que le hagan justicia, no hay términos que puedan describirlo. Por eso resulta absolutamente estremecedor que Jesús declare que como el Padre lo ama así nos ama Él. 

¿Te das cuenta? Tenemos aquí por fin ese amor extraordinario, pleno, sobrenatural, que en este mundo no logramos ni dar ni hallar; un amor que de verdad nos sacia, que llena ese hueco que tenemos en el alma y que nada ni nadie puede colmar. Aquí sí que puede decir Dios: ‘Como Yo te amo, convéncete, convéncete, nadie te amará’. Es como para llorar de alegría, o ponerse eufóricamente a dar saltos de gusto. No por nada comenta Jesús: “Les he dicho esto para que Mi alegría esté en ustedes y Su alegría sea plena” (Jn 15,11). ¡De verdad sabernos amados de ese modo produce un gozo indescriptible! ¿Qué hicimos para merecer semejante amor? Nada. Es gratuito, eterno, incondicional. Ah, pero ello no significa que no podamos hacer algo para disfrutarlo mejor, algo para no ir a caer en el error de dejar de aprovecharlo. ¿Qué podemos hacer? Pide Jesús: “Permanezcan en Mi amor”.(Jn 15,9b), y aclara en qué consiste esto: “Si cumplen Mis mandamientos, permanecen en Mi amor; lo mismo que Yo cumplo los mandamientos de Mi Padre y permanezco en Su amor.” (Jn 15, 10). Y ¿cuáles son esos mandamientos que estamos llamados a cumplir para permanecer en Su amor? Nos los resume Él mismo en uno solo: “Éste es Mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn 15,12). Cabe hacer notar que ya no pide, como en la antigua ley: “amar al prójimo como a uno mismo” (Lev 19,18) -y la verdad, qué bueno, pues como uno no suele amarse a sí mismo, pobre del prójimo si lo amáramos así-. Pide amar como Él nos ama, es decir, como lo ama el Padre, con el amor más grande, con un amor capaz de entregar la vida (ver Jn 15,13). 

Dicen que nadie puede dar lo que no tiene. Aplicado esto aquí nos deja sin argumentos, sin pretextos, sin razones para excusar nuestra raquítica manera de amar. Aquel que nos ha inundado con Su amor, nos pide simplemente una cosa: dar lo que nos ha dado a raudales; compartir ese amor, aprender a amar, no con la fuerza de los mares ni con el ímpetu del viento, eso es demasiado poco. Nos pide amar como nos ha capacitado para hacerlo. Nos pide amar como Él nos ama.

*Tomado de su libro electrónico: ‘Como Él nos ama’, p. 78. 
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3059Domingo 13 de mayo del 2012 12:30 hrs.
Fórmula infalible¿Conoces la fórmula infalible para que Dios te conceda lo que le pidas?
Hice esta pregunta a diversas personas y de las que me contestaron que no la conocían, todas preguntaron inmediatamente: ‘¿existe esa fórmula?, ¿cómo es?¿cuál es? 

Querían saber. 

Muchos creyentes quisieran tener una fórmula que les garantice absolutamente que Dios les concederá lo que le pidan, y entonces alguien les regala una estampita, les recomienda una novena, les sugiere que se encomienden a cierto santo diciéndoles que es ‘muy milagroso’, o se topan con una de esas hojas que un bien intencionado pero despistado dejó en una mesa de la iglesia o en su buzón, y que trae una especie de ‘receta’ que consiste en rezar cierta oración cierto número de veces, cierto número de días, sacarle cierto número de copias (se me hace que esas hojitas son ocurrencia de los que tienen negocio de fotocopias), y creen que con eso obtendrán lo que pidan y siguen la recomendación al pie de la letra. 

Con frecuencia en mi parroquia llegan a orar ante el Santísimo personas que llevan una hojita o librito que se ve que está gastado de tanto uso, y van leyendo y siguiendo lo que ahí viene escrito como si fuera un ritual obligatorio: en determinado momento ponen los brazos en cruz, en otros se golpean el pecho, en otros se persignan, se levantan, se arrodillan, se vuelven a persignar, parecen convencidas de que tienen que cumplirlo todo al pie de la letra o si no ‘no resulta’. 

Pero suele suceder que a pesar de todo esto no siempre obtienen lo que piden y entonces se preguntan qué hicieron mal, qué les faltó, qué otra cosa necesitan realizar para recibir una respuesta favorable de Dios a lo que le están pidiendo. Y no falta quien les dice: ‘es que tienes que insistir’, ‘te falta fe’, ‘tienes que pedirlo en el nombre de Jesús’, respuestas todas que tienen algo de verdad pero que resultan desorientadoras porque no tocan el meollo de la cuestión. Sí, hay que perseverar en la oración; sí, hay que pedir con fe (pero entendida la fe no como autosugestión, no como repetir ‘se me va a conceder, se me va a conceder’ como si ello bastara para conmover a Dios y obligarlo a que te lo conceda, sino entendida como adhesión a Él); sí, hay que pedirlo todo en nombre de Jesús, pero nada de eso basta si no se cumplen dos factores fundamentales:

Primero, que lo que pides no sea para mal, ni tuyo ni de otros, pues si le ruegas a Dios: ‘que se muera mi suegra’, o ‘que le caiga un rayo al perro del vecino que se la pasa ladrando toda la noche’ (el perro, no el vecino), ya podrás pedirlo con insistencia, con fe y en el nombre de Jesús, que Dios no te lo va a conceder, pues nunca accede cuando se le piden semejantes cosas. 

El segundo factor del cual depende el resultado de tu petición a Dios nos lo revela san Juan en dos textos que se proclaman este domingo en Misa (ver 1Jn 3, 18-24; Jn 15, 1-8). 

En la Primera Lectura afirma que si “cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de Él todo lo que le pidamos” (1Jn 3, 22). Y en el Evangelio nos revela que Jesús aseguró: “Si permanecen en Mí y Mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá” (Jn 15, 7). 

Ahí tenemos. Sí existe una fórmula infalible para que Dios nos conceda lo que le pidamos, pero no depende de lo exterior sino de lo interior. Quienes quisieran descubrir una fórmula infalible que no exija de ellos más esfuerzo que pronunciarla acompañada de ciertos gestos, pretenden convertir a Dios en ‘lámpara de Aladino’. Es válido que cuando ores expreses también con tu cuerpo tu oración, pero el que ésta sea escuchada no depende de qué tan alto levantes los brazos o cuántas veces te golpees el pecho o en qué orden pronuncies cierto rezo. Lo que Jesús requiere para concedernos lo que le pidamos es, simplemente, que ‘permanezcamos en Él’. ¿Qué significa esto?, ¿qué quiere decir ‘permanecer en Él? Que tu corazón esté puesto en el corazón de Jesús, que latan al unísono, que tengas, como pedía san Pablo, “los mismos sentimientos de Cristo” (Flp 2,5).

De ese modo podrás orar, como Él oró: con amor y por amor; dirigiéndote a Dios con la tranquilidad de saber que es tu Padre, que te ama y que puedes decirle lo que sea que te pasa, lo que quisieras, lo que necesitas, y, lo más importante, confiar en Él, abandonarte tranquilamente a Su sabia y amorosa Providencia, con la absoluta certeza de que escuchará tu oración; puedes agradecer de antemano que la responderá para bien y más allá de lo que imaginas (que no necesariamente coincidirá con lo que de momento esperas), y puedes ponerte enteramente en Sus manos con la absoluta seguridad de que la ‘fórmula infalible’ para ti es y será cumplir y que se cumpla en todo Su voluntad.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=3029Domingo 06 de mayo del 2012 12:30 hrs.
¡No desechen la piedra!¿Por qué hicieron semejante cosa?, ¿por ignorancia?, ¿por descuido?, ¿porque no supieron apreciarla?, ¿porque creían que hacían bien?, ¿porque no pensaban que la necesitaban?, ¿porque se tropezaron con ella y, enojados, la arrojaron lejos?, ¿porque se las trajo alguien que les caía ‘gordo’?, ¿porque no les importaba que sin ella todo se les cayera encima? ¿Qué pudo hacerlos cometer un error tan garrafal? ¿Fue sin querer o a propósito? Son cuestionamientos que vale la pena considerar, porque eso que les sucedió a otros, puede estar sucediéndonos ¡a nosotros!
¿A qué me refiero? A lo que dice el Salmo que se proclama este domingo en Misa: “La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular.” (Sal 118, 22). 
¿Qué significa esto y qué relevancia tiene hoy para nosotros? Para averiguarlo analicemos por partes esa afirmación. 
Lo primero que se nos dice es que unos constructores desecharon una piedra. Eso no tendría nada de particular, todos los días vemos por las calles camiones que transportan montones de cascajo y escombros, entonces ¿qué importa una piedra más o una piedra menos? Sí importa y ¡mucho! Porque a continuación se nos dice que esa piedra desechada, resultó la ‘piedra angular’. 
Aquí tal vez alguno se pregunte: ¿que es eso de ‘piedra angular’?, ¿una piedra que tiene muchos ángulos?, ¿una piedra que se coloca inclinada en cierto ángulo?, ¿una piedra del color de las angulas? Nada de eso. Ese término se refería a una piedra que por lo general tenía estas tres características: era la primera piedra grande que se colocaba en donde se levantaría una edificación; servía de cimiento, y a partir de ella se levantaban las paredes, por lo cual quedaba en una esquina o ángulo de la construcción. Como se ve, era una piedra fundamental (en el amplio sentido de la palabra). 
Sabiendo esto, alguien puede preguntarse: ¿y a mí qué?, ¿qué me importa que unos constructores que ni conozco, hayan desechado esa piedra? A lo que cabe responder: es que esos constructores nos representan a nosotros, que día a día vamos construyendo nuestra propia vida y la de otros, nuestra propia historia y la de los demás, y esta piedra representa infinitamente más: es imagen de Cristo. Nos lo hace saber san Pedro en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Hch 4, 8-12). En un discurso destinado a quienes crucificaron a Jesús, afirmó: “Jesús es la piedra que ustedes, los constructores, han desechado y que ahora es la piedra angular. Ningún otro puede salvarnos, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 11-12). 
Consta en tres Evangelios (lo cual es clara prueba de la importancia de ello), que el propio Jesús se refirió a Sí mismo como piedra angular (ver Mt 21,42; Mc 12,10; Lc 20,17). También el apóstol san Pablo lo consideró así al afirmar en su carta a los Efesios, que Cristo es la piedra angular “en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor” (Ef 2, 21). 
Una vez establecida la importancia de la piedra angular (que representa a Cristo), y sabiendo que los constructores nos representan a nosotros, podemos ahora retomar las interrogantes planteadas al inicio y preguntarnos, ¿existe alguna razón que justifique que desechemos la piedra angular, es decir, que pretendamos edificar nuestra vida sin Cristo? Consideremos, uno por uno, los posibles motivos que antes se mencionaban.

Por ignorancia. Muchos constructores desechan la piedra porque desconocen que está ahí. Mucha gente vive sin Cristo porque no lo conoce y nadie le ha hablado de Él. De ahí el compromiso que tenemos los creyentes de evangelizar, de compartir incansablemente nuestra fe con quienes nos rodean. 

Por descuido. Puede suceder que haya tanto material en la zona de la construcción, que la piedra angular se vaya quedando arrinconada, perdida entre tanta cosa. Le sucede a muchos que son creyentes, pero tienen tantas cosas que reclaman su interés, que se van olvidando de su vida de fe, la van arrinconando, ya no oran, no leen la Palabra, nunca se confiesan, no van a Misa, no comulgan. Sin saber cómo, sin sentirlo, van dejando a Cristo fuera de sus vidas.

Porque no supieron apreciarla. Puede ser que entre todas las piedras que hay en una construcción, no se sepa cuál es la mejor. También sucede en la vida de fe. A través de los medios de comunicación nos llegan toda clase de propuestas dizque ‘espirituales’, por lo que es fácil irse ‘con la finta’ y no saber distinguir cuál de todas es la verdaderamente buena; es fácil pensar que todo es igual, que da lo mismo creer en una cosa que en otra. Quien no conoce su fe católica, no la valora, y termina abandonándola.

Porque creen que hacen bien. Puede haber un albañil ‘acomedido’ que pensando hacer un favor se pone a ‘escombrar’ la obra, a limpiarla de todo lo que según él ‘estorba’, y sin darse cuenta desecha lo más importante. Lo mismo sucede con la fe. Puede haber alguien que cree que vivirá mejor sin Dios, sin religión, sin tener que ir a la Iglesia o cumplir con ciertas normas o preceptos. Se ‘limpió’ de todo eso, sin ver que se deshizo de aquello que iba a darle verdadera estructura y solidez a su persona.

Porque no piensan que la necesiten. Tal vez alguien acostumbrado a hacer paredes de adobe o de ladrillo piense que igual puede hacer una casa, nada más encimando los ladrillos sin cimientos ni castillos. Pero a la hora de un sismo, de un huracán, de un tornado, aquello se derrumba y queda en nada. Lo mismo sucede con quien piensa que toda su vida ha vivido muy a gusto y no necesita a Dios y así puede seguir. Cuando le toque enfrentar la muerte de un ser querido, o una enfermedad grave o una crisis económica, no tendrá la estructura interior que lo sostenga y se vendrá abajo.

Porque se tropezaron con ella y, enojados, la arrojaron lejos. El que se tropieza con una piedra, tal vez la patea lejos, para quitarla de su camino y para desahogar el coraje que le dio tropezarse. Y hay quien reacciona así también en su vida espiritual. Cuando se topa con algún dogma de la Iglesia o con alguna enseñanza de Jesús que le incomoda, se tropieza con ella, se enoja, la arroja lejos. Se priva de la oportunidad de hacer de aquella piedra un escalón que le permita subir, crecer, ser mejor.

Porque se las trajo alguien que les cae gordo. Si alguien que le cae mal al constructor le enviara una piedra pidiéndole que la usara como cimiento, probablemente, por los prejuicios de éste, no haría caso y la desperdiciaría miserablemente. Lo mismo sucede con relación a la fe: Hay quien por sus desacuerdos con ciertos miembros de la Iglesia o por prejuicios o por la razón que sea, rechaza de entrada y sin averiguar, absolutamente todo lo que proviene de la Iglesia. Y al hacerlo, rechaza a Dios. Se priva de recibir Su perdón, de escuchar Su Palabra, de participar en Su banquete, de recibir a manos llenas los dones y bendiciones con que el Señor podría colmarle si sólo se animara a entrar a recibirlos.

Porque no les importa que sin ella todo se les caiga encima. Puede haber un constructor inescrupuloso al que no le importe que lo que edificó se le caiga a otros encima, pero ninguno querría quedar atrapado en los escombros de su propia casa. En la vida espiritual no cabe mirar con indiferencia una amenaza de derrumbe, sea de un alma ajena o de la propia. Y para impedirlo no basta tener buen material, es preciso cimentarlo bien. 

Podría seguir y seguir la lista de las posibles razones que algún constructor despistado pudiera tener para desechar la piedra angular, pero bastan éstas para que quede claro que ninguna lo justifica realmente y que en todos los casos se pierde lo más por lo menos. ¿Por qué? Porque somos piedras vivas, llamadas a afianzar nuestro edificio espiritual en la piedra angular que es Cristo (ver 1 Pe 2, 4-8). Sólo si estamos cimentados y arraigados en el Señor podremos mantenernos de pie, porque conoceremos y experimentaremos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de Su amor (ver Ef 3, 17-19).



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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=2994Domingo 29 de abril del 2012 12:30 hrs.
Tiniebla iluminadaNunca ha habido ni habrá unos corazones más estrujados que los suyos. 

Pasaron en poco tiempo de un gran pavor a una gran paz, del más intenso duelo al más intenso gozo, de la más absoluta oscuridad, a la más absoluta claridad. 

Con razón se quedaron turulatos, con razón no sabían ni qué pensar.
Me refiero a los discípulos de Jesús, y a lo que vivieron desde el momento en que acompañaron a su Maestro al Huerto de los Olivos y se dejaron ganar por el sueño para no verlo vagar entre los árboles, triste y angustiado, hasta el momento en que se les apareció, Resucitado, y les comunicó Su paz y les mostró las llagas de Sus manos y costado. 

Se vieron zarandeados por acontecimientos que se desencadenaban, uno tras otro, cada uno más terrible que el anterior. Sólo podemos atrevernos a imaginar lo que sería para ellos, que luego de haberlo dejado todo para seguir a Jesús, luego de pasar años conviviendo con Él, sintiendo sobre sí Su mirada amorosa, escuchando Su Palabra, disfrutando Su compañía, luego de mirarlo realizar milagros espectaculares y estar convencidos de que era el Mesías, lo vieron ser aprehendido como malhechor, atado de manos, llevado con innecesaria violencia; se sintieron indignados de saberlo ultrajado y avergonzados de dejarlo solo y quedarse lejos mientras era abofeteado, escupido, azotado, coronado de espinas, cargado con la cruz, crucificado. Lo contemplaron sangrante y torturado, morir sereno. Lo vieron traspasado por la lanza, lo comprobaron muerto y sepultado. 
Apenas podemos suponer cómo tenían el alma después de todo eso. Tal vez más de uno se quería morir, sintiéndose terriblemente solo sin Jesús, perdida toda esperanza; otros se sentían defraudados por haber creído en alguien que no resultó como pensaban; probablemente a varios se les sumaba, al dolor de haberlo perdido, el remordimiento de haberlo abandonado cuando más los necesitaba. Y seguramente a muchos los tenía aterrorizados pensar que vinieran a aprehenderlos, que les pudiera pasar lo mismo que a Él, y por eso se encerraron a piedra y lodo; creyéndose perdidos, sin brújula ni rumbo, sin hallar sentido a nada, llorosos, deprimidos, viéndolo todo negro, renuentes a aceptar los testimonios de las mujeres que les decían que estaba vivo (ver Lc 24, 9-11), resistiéndose a permitirse esa esperanza, por temor a volver a quedar decepcionados. 

Y entonces Jesús se le apareció a Pedro y también a dos discípulos que iban de camino a una aldea cercana llamada Emaús. A pesar de la resistencia de los discípulos, una lucecita se les fue colando en el corazón, pequeña, incipiente, pero suficientemente poderosa como para romper la tiniebla en la que estaban sumidos. Seguían atemorizados, pero algo había cambiado. 

Cuenta el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 24, 35-48) que estaban los discípulos hablando de las apariciones de Jesús cuando Él mismo se apareció en medio de ellos. ¿Te imaginas? Todavía no estaban seguros de si de veras estaba o no vivo, y de repente ¡lo tenían delante! Como si a unos niños que están contando historias de terror se les apareciera de pronto un alma en pena, ¡se pegaron un sustazo mayúsculo! Lo primero que supusieron fue que se trataba de un fantasma, y más de uno tal vez temió que viniera de ultratumba a castigarlos por haberle fallado; quizá varios consideraron que el dolor los estaba enloqueciendo, que alucinaban, y otros se quedaron paralizados de asombro, sin saber ni qué pensar, pero dispuestos a salir corriendo a la primera oportunidad. 

Jesús se dio cuenta y por eso lo primero que les dijo fue: “La paz esté con ustedes” (Lc 24, 36).  Aquel que calmó la tempestad, quería ahora serenar el alma de Sus apóstoles, pero éstos no se dejaban, estaban demasiado espantados. ¡Y no era para menos! No les cabía la menor duda de que había muerto, eso lo tenían bien comprobado; entonces, ¿cómo era posible que estuviera allí ante ellos, Vivo, mirándolos con el mismo amor de siempre e invitándolos, como siempre, a no perder la paz?

Jesús, comprendiendo lo que estaban sintiendo les dijo: “No teman; soy Yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren Mis manos y Mis pies. Soy Yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos como ven que tengo Yo”. (Lc 24, 38-39). Y como por lo visto ni con eso lograba convencerlos, buscó probarles de modo irrefutable que no era ni un espectro ni producto de su imaginación: les pidió algo de comer y comió frente a ellos. 

Consiguió demostrarles que estaba vivo, pero no bastaba; no se trataba de que pensaran que había vuelto a esta vida como tantos a los que Él mismo revivió. Lo Suyo era distinto. Entonces hizo lo que hacía falta para que pudieran captarlo: les abrió el entendimiento para que comprendieran cómo en las Sagradas Escrituras se anunciaba que padecería y moriría, pero también que resucitaría, cosa que antes no habían entendido, pero que ahora comprendían, contemplaban, palpaban.

Conocer esta historia no puede menos que conmocionarnos, porque nos revela emociones y sentimientos con los que nos identificamos.
También nosotros sentimos miedo, angustia, depresión, por ejemplo ante una enfermedad grave, ante el abandono de alguien que amamos, ante la muerte de un ser querido, ante una crisis que pone nuestro mundo de cabeza y provoca que ya no le hallemos sentido a la existencia. Y, al igual que a los discípulos, también a nosotros la Resurrección de Jesús nos estremece, porque nos hace pasar de la desesperación a la esperanza, de la oscuridad a la luz. No es solamente una historia de algo que le sucedió a otros hace dos mil años, es algo que nos está sucediendo personalmente a nosotros, a ti y a mí, en nuestra situación concreta, particular, hoy y aquí.

Saber que Jesús vive, que el atroz sufrimiento que padeció no fue inútil, sino tuvo una razón, ilumina lo que nos toca sufrir a nosotros. Saber que Su dolor no sólo fue un camino hacia la muerte sino sobre todo hacia la vida, ¡lo cambia todo! Le da sentido a cuanto nos toca padecer, nos permite descubrir que nada tiene ya el poder de sumirnos en la tiniebla y devastarnos, porque el Resucitado se ha introducido en nuestra oscuridad y la ha vencido con Su luminosa presencia. Y por eso si unimos nuestros sufrimientos a los Suyos, éstos adquieren sentido redentor; podemos asumirlos y ofrecerlos por amor. 

Los discípulos no sólo lo comprendieron sino lo vivieron; por eso leemos, al final del Evangelio dominical, que Jesús les dijo: “Ustedes son testigos de esto” (Lc 24, 48). Y ¡qué gran testimonio dieron! Toda la semana hemos leído en Misa cómo los jefes de su pueblo los amenazaron, encarcelaron y persiguieron, pero no lograron doblegarlos. Claro. Los apóstoles sabían, como sabemos hoy nosotros y por eso también estamos llamados a ser testigos, que, como dijo el Papa Benedicto, ‘el mal no puede tanto’. Sabían que por negras que se vieran las cosas, no había nada que temer porque estaba a su lado, como está hoy, en medio de nosotros, Jesús Resucitado. 



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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=2952Domingo 22 de abril del 2012 12:30 hrs.
Pedir perdón¿Por qué a veces es difícil pedir perdón?, ¿qué te lo dificulta?

Pregunté esto a niños y adultos, y todos coincidieron en dar una o varias de estas siete respuestas. Mira a ver si son las mismas que tú darías:

1. Vergüenza. Te da pena tener que reconocer que fuiste capaz de hacer aquello por lo que debes pedir perdón. Te preocupa qué van a pensar de ti. No quisieras quedar mal.

2. Temor de que la persona se enoje mucho contigo cuando se entere de lo que hiciste, que se rompa la relación, que te deje de hablar, de apreciar, incluso de querer. 

3. Temor de que tome represalias contra ti (según la edad o situación de quien respondió, expresó preocupación de ser regañado, castigado, expulsado, despedido, abandonado, o sufrir algún tipo de venganza).

4. Temor de que se lo cuente a otras personas. No quisieras que todo mundo se entere de lo que hiciste, ser objeto de críticas, burlas, murmuraciones, chismes.

5. Temor de que no te perdone. Que te diga que lo que le hiciste no tiene disculpa y de ahí en adelante te guarde rencor.

6. Temor de que te perdone aparentemente, pero las cosas entre ustedes ya no vuelvan a ser como antes, se pierda la amistad, el cariño, la confianza, la relación.

7. Imposibilidad de pedir perdón porque la persona está lejos, o no sabes dónde está o ya se murió.

¿Te identificaste con alguna de estas respuestas? Probablemente sí. Son razones que solemos alegar para tratar de justificar nuestra resistencia a pedir perdón. Pero en realidad son pretextos, porque, con la gracia de Dios, ninguna es insuperable. 

Lo que cabe hacer notar, es que si de por sí no pueden considerarse obstáculos cuando se trata de pedir perdón a alguien, mucho menos cuando se trata de pedir perdón a Dios.

En el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 20, 19-31), vemos que Jesús dio a Sus apóstoles el poder de perdonar los pecados en Su nombre. Y es maravilloso comprobar que como nos conoce bien y nos ama tanto, se aseguró de que ninguna de las antes mencionadas razones (o pretextos) pudieran aplicarse cuando se trata de pedirle perdón a Él por intermediación de un sacerdote, en el Sacramento de la Confesión. Repasemos otra vez la lista de razones, para comprobarlo:

1. Pedir perdón a Dios no te hace quedar mal. Dios ya te conoce, te comprende y te acepta como eres. Y los confesores han oído de todo, no se espantan, de nada. Y por otra parte, cabe señalar que su propia condición humana frágil les permite comprendernos, así que lejos de decir: ‘¿por qué tengo que confesarme con alguien que puede ser más pecador que yo’?, hay que agradecer poder acudir a quien no nos juzgará sino nos comprenderá. No dejes que la pena de haber cometido algo vergonzoso te impida confesarlo.

2. Dios nunca se enojará ni romperá Su relación contigo. Él detesta al pecado, pero ama al pecador. Nada nunca puede apartarte de Su amor (lee Rom 8,35-39).

3. Dios no es vengativo, no castiga ni se desquita, al contrario, devuelve siempre bien por mal. Él es Bueno siempre y con todos (ver Mt 5,45).

4. Puedes tener la absoluta seguridad de que el confesor jamás contará lo que confieses (y sobra decir que Dios no se le aparecerá a nadie para revelarle tus pecados). Puedes disfrutar con toda tranquilidad de la liberación de desahogarte confesando lo que has hecho, con la certeza de que ese peso que te quitas de encima es arrojado al mar (lee MIq 7,19) donde hay un letrerito de: ‘se prohíbe pescar’...

5. Dios siempre perdona. ¡Siempre! Nunca te dirá: ‘¡pero ya van muchas veces que me haces esto, ya me colmaste la paciencia!’ No. Cada vez que te arrepientes y le pides perdón, te vuelve a perdonar. (ver Sal 86,5; 103,3). Y no sólo siempre cree en tu propósito de enmienda, sino te da la gracia que necesitas para poder cumplirlo. 

6. Para Dios cada perdón es un borrón y cuenta nueva. No vuelve a recordar lo pasado. No lleva cuentas de los pecados que te ha perdonado ni te guarda rencor (lee Sal 103, 8-14). El te ofrece siempre Su amistad total, al cien por ciento, incondicional.

7. Dios está siempre a tu lado (lee Mt 28,20). Y ya sabes dónde encontrar un ministro Suyo que pueda perdonarte en Su nombre.
Como ves, no hay razones ni pretextos que puedan justificar que nos resistamos a pedirle perdón a Dios, un perdón que además, ¡ya sabemos que nos va a otorgar! 

No es casualidad que se proclame este Evangelio en este Segundo Domingo de Pascua, en que la Iglesia nos invita a celebrar la Divina Misericordia, una fiesta que el propio Jesús instituyó para derramar todo Su amor y otorgar todo Su perdón a cuantos lo pidan y reciban de corazón.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=2938Domingo 15 de abril del 2012 12:30 hrs.
¿Quién nos quitará la piedra?Quizá nos parezca rara la pregunta que se hacían aquellas mujeres de las que nos habla el Evangelio que se proclama en la Vigilia Pascual y en la Misa del domingo de Pascua (ver Mc 16, 1-7). Es que actualmente nos basta con ir al área de criptas de una iglesia o entrar y recorrer las arboladas veredas de un cementerio, para llegar fácilmente a donde está el nicho o la tumba donde yacen los restos de un ser amado, pero en tiempos de Jesús se solía sepultar a los muertos en una especie de cueva que se excavaba en la roca. En ese espacio oscuro, frío, se dejaba al difunto amortajado, salían los deudos y cerraban el sitio echando a rodar una piedra lo suficientemente grande y pesada como para que nadie pudiera moverla para meterse, y quedara tapando muy bien la entrada. Ahí dejaban a su ser querido, encerrado en ese lóbrego sitio, sumido en la más terrible oscuridad. Se comprende entonces que cuando María Magdalena y otras mujeres iban al alba del domingo hacia el sepulcro de Jesús, con intención de embalsamar a su Maestro (pues el viernes no habían podido completar todos los rituales mortuorios como hubieran querido pues caía la tarde y comenzaba el sábado, en el cual estaba prohibido realizar este tipo de labores), se preguntaran: “¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?” (Mc 16, 3). Su pregunta tiene una lógica evidente, referida a lo que en ese momento les preocupaba (ver si encontraban a algunos hombres a quiénes pedirles ayuda para que rodaran la piedrota y pudieran así entrar ellas al sepulcro de Jesús), pero como siempre sucede con la Palabra de Dios, la pregunta no sólo puede aplicar a lo inmediato, sino que va más allá. Expresa el interrogante más profundo que podemos plantearnos los seres humanos: ¿quién nos quitará la piedra del sepulcro?, ¿habrá alguien capaz de rescatarnos cuando muramos?, ¿será nuestra muerte un final sin remedio?, ¿permaneceremos para siempre encerrados en su tiniebla?, ¿no hay salida?, ¿no hay nada más después? Se trata de un cuestionamiento central de cuya respuesta depende todo, define por completo si podemos tener o no esperanza, y no sólo para cuando llegue el final de nuestras vidas, sino para iluminar y derrotar las realidades de muerte que vivimos cotidianamente, las pequeñas muertes que padecemos cada día, las que nos mueven a preguntarnos: ¿quién nos quitará la piedra que nos encierra y no nos deja salir de este dolor, del agobio de esta enfermedad, de esta ruptura familiar, de este vicio, de este fracaso, de esta crisis, de este sufrimiento que nos parece insoportable y al que no le encontramos ningún sentido?, ¿quién nos quitará esa piedra que nos aprisiona?, ¿quién podrá librarnos?, ¿quién nos mostrará la salida?  Muchos creen que no hay respuesta y se vuelcan desesperanzados a buscar consuelo en las soluciones falsas que el mundo les ofrece, dinero, poder, alcohol, droga, sexo, violencia, consumismo. Pero eso lejos de rescatarlos de la angustiosa oscuridad los sumerge más en ella. Se equivocan quienes creen que no hay solución. Sí la hay. Sí hay Alguien que puede liberarnos de las piedras que nos mantienen encerrados en situaciones que nos abruman y en las que nos sentimos atrapados. Hay Alguien que vino a rescatarnos de la negrura del pecado y de la muerte. Hay Alguien que se dejó llevar hasta lo más hondo de la realidad humana, que entró hasta lo más profundo de la oscuridad del sepulcro, para iluminarlo, para abrirle una puerta que nos permita huir, que nos libre del horror de quedarnos allí para siempre.

Nos cuenta el Evangelio que cuando las mujeres llegaron aquel amanecer ante el sepulcro “vieron que la piedra ya estaba quitada, a pesar de ser muy grande” (Mc 16, 4). A la pregunta acerca de quién puede rescatarnos de nuestras muertes, las que sufrimos cada día y aquella con la cual terminará nuestra vida en este mundo, sólo hay una respuesta, y la respuesta es una persona: Jesús, Dios y Hombre verdadero, que vino a hacerse uno con nosotros, padeció, murió y resucitó para salvarnos de la muerte e invitarnos a vivir por toda le eternidad con Él.

Sólo el Resucitado sabe por dónde salir, sólo Él puede conducirnos hacia la luz, sólo Él puede mostrarnos el camino para dejar atrás toda tiniebla. 

En este Domingo de Pascua la Iglesia celebra gozosa la Resurrección de su Señor, y nos invita a abrir el corazón a la alegría sin igual de contar con la ayuda de Aquel que quitó la piedra, de Aquel que derrotó la muerte para llevarnos consigo para siempre.

 
Señor: 
Remueve la piedra 
que me aprisiona en mis miserias

hazme salir contigo a descampado

abandonar mi último miedo
junto a la sábana vacía

y celebrar que amortajas mi muerte
        con
    Tu
vida

(del poema ‘Tiniebla Rota’ del libro de Alejandra Ma. Sosa E. ‘Camino de la Cruz a la Vida’,
Ediciones 72, p.199).



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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=2913Domingo 08 de abril del 2012 12:30 hrs.
Verdadero consuelo¿Sabes consolar al que está triste?, ¿logras decir las palabras justas, las que en verdad lo conforten?, o tal vez eres como uno del que supe que en un velorio, abrazó a uno de los deudos y como estaba acostumbrado a dar abrazos sólo en los cumpleaños le dijo, por inercia: ‘muchos días de éstos’. No es fácil saber qué decirle a alguien que sufre. Hay veces en que lo mejor es simplemente acompañarlo en silencio. Por eso llama la atención lo que afirma el profeta Isaías en la Primera Lectura que se proclama este Domingo de Ramos: “El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento” (Is 50, 4). ¿Cómo le hizo?, ¿cómo consiguió esa ‘lengua experta’? Lo averiguamos si seguimos leyendo. Dice: “Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído para que escuche yo, como discípulo. El Señor Dios me ha hecho oír Sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás” (Is 50, 4-5). Una primera condición para lograr tener lengua experta es tener oído de discípulo, ¿qué significa eso?, saber escuchar la Palabra de Dios, acogerla, meditarla, y cumplirla, sobre todo cumplirla, lo cual no siempre es sencillo. Hay veces en que la Palabra de Dios es exigente, nos pide que perdonemos al que no queremos perdonar, que renunciemos a algo a lo que estamos aferrados, que demos lo que no queremos dar; en esos casos es fácil decir: ‘esto no me lo dice a mí’, ‘esto suena bonito pero es imposible de cumplir’, se tiene la tentación de oponer resistencia o echarse para atrás. Pero quien supera esa tentación, quien se mantiene firme en la escucha y obediencia a la Palabra de Dios, adquiere, por una parte, una sabiduría que viene de lo alto, que puede comunicar a otros, y por otra parte, va descubriendo que le es posible amoldarse a la voluntad de Dios, aunque pida algo muy trabajoso de cumplir, porque Él le da la fuerza, Él lo sostiene. Por eso a continuación puede afirmar: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos. Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado.” (Is 50, 6-7). Aquí está la segunda condición para poder confortar al que sufre: haber sufrido. Sólo el que ha pasado por cierta situación sabe exactamente lo que se siente y está en posibilidades de consolar al que la está padeciendo. 

Es muy significativo que se haya elegido este texto como Primera Lectura en Misa este domingo en el que se proclama el Evangelio que narra la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, un relato en el que vemos a Jesús sufrir críticas, traición, tristeza, el abandono de los Suyos, burlas, golpes, escupitajos, azotes, una condena injusta e ignominiosa y la muerte en la cruz. De hecho, las palabras del profeta Isaías anuncian lo que le sucedería, siglos después, a Jesús. Él también fue golpeado, le tiraron de la barba, lo insultaron y escupieron. Y todavía más. Sufrió lo que nadie más ha sufrido, porque asumió los sufrimientos de todos. Libremente lo aceptó, se adentró hasta lo más hondo, lo más negro de nuestra realidad humana. ¿Por qué?, ¿para qué? Desde luego para comprender nuestro sufrimiento. Dice en la carta a los hebreos que Jesús no es incapaz de compadecerse de nosotros cuando sufrimos, porque Él mismo sufrió, es decir, sabe lo que se siente sufrir (ver Heb 4,15-16), pero sobre todo, sufrió para darle un sentido a nuestro sufrimiento, para volverlo redentor, para que podamos unirlo al Suyo y que deje de ser oscuridad que envuelve y agobia para convertirse en un camino iluminado por Aquel que es Luz del mundo, por Aquel que puede confortar al abatido más que a nadie. Él, que aceptó sufrir por nosotros, sí que puede consolarnos cuando sufrimos, y con Él de la mano también nosotros podemos convertirnos en consuelo para los demás, basta que dejemos que el Señor nos abra el oído para escuchar y vivir Su Palabra, y que aprovechemos lo que nos toque padecer no para deprimirnos o rebelarnos, sino para unir nuestro sufrimiento al Suyo y compartir con otros la paz y fortaleza que sólo Él nos da.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=2866Del 01 al 07 de abril del 2012
Quisiéramos verSiempre me pregunté por qué Jesús respondió con una frase que no parece respuesta sino más bien algo que venía pensando o incluso puede dar la impresión de que cambió el tema. Me refiero a la escena que aparece al inicio del Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 12, 20-33). 

Narra san Juan que cuando Jesús estaba en Jerusalén, “habían llegado a Jerusalén para adorar a Dios en la fiesta de Pascua algunos griegos (cabe hacer notar que se trata de hombres procedentes de un pueblo pagano, pero ellos creían en el Dios de Israel y habían llegado a darle culto), los cuales se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea (uno de los doce apóstoles de Jesús; su nombre era de origen griego, por lo que muy probablemente hablaba griego y podía servirles de intérprete), y le pidieron: ‘Señor, quisiéramos ver a Jesús’...” (Jn 12, 20-21). Es algo muy significativo, que estos hombres de fe, que ya creen en Dios, se hayan abierto a la gracia de saber o al menos intuir que Jesús es Alguien al que quieren ver, al que se quieren acercar. Y es interesante que se lo plantean a Felipe, al que en otra escena del Evangelio vimos animando a Natanael a conocer a Jesús, diciéndole que Jesús es Aquél del que hablaban Moisés y los profetas, y cuando Natanael puso ciertas objeciones le respondió: “ven y lo verás” (Jn 1,46). He aquí unos que ya tienen el corazón dispuesto a ir y a ver. Felipe le comenta a Andrés, otro de los discípulos, la petición de los griegos, y ambos van a planteársela a Jesús, que les responde: “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto” (Jn 12, 23-24). Cuando uno hubiera esperado que Jesús contesta algo así como: ‘sí, claro, diles que vengan’, pronuncia en cambio esa enigmática frase. Me preguntaba qué querría decir aquello, hasta que por fin lo averigüé, y ¿sabes quién me lo aclaró? El Papa Benedicto XVI. En su libro ‘Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección’, aborda este tema, y, como siempre, da una interpretación que lo hace a uno decir: ‘¡ajá, ahora ya entiendo!’. Debo decir que el Papa tiene un extraordinario don para comentar la Palabra de Dios aportando siempre algo especial, un enfoque profundo, una cierta luz que hace que uno halle continuamente nuevas riquezas en textos difíciles de entender, o tan conocidos que parecía que no se podía sacar de ellos algo nuevo. En este caso, explica el Papa que “Jesús responde de una manera misteriosa...contesta con una profecía de la Pasión, en la cual interpreta Su muerte inminente como ‘glorificación’, una glorificación que se demostrará en la gran fecundidad obtenida. ¿Qué significa esto? Lo que cuenta no es un encuentro inmediato y externo entre Jesús y los griegos. Habrá otro encuentro que irá mucho más al fondo. Sí, los griegos lo ‘verán’; irá a ellos a través de la cruz. Irá como grano de trigo muerto y dará fruto para ellos. Ellos verán su ‘gloria’, encontrarán en el Jesús crucificado al verdadero Dios que estaban buscando en sus mitos y en su filosofía” (p.31). Es decir, que, como siempre, Jesús no responde simplemente a la necesidad inmediata de estos hombres (verlo en ese momento), sino a la verdadera necesidad que tienen: la de ser salvados por Él, la de verlo y pasar con Él ¡toda la eternidad!

Se entiende así que más adelante Jesús diga que no le va a pedir al Padre que lo libre de de ‘esta hora’ (se refiere a dar Su vida en la cruz para la redención de todos), pues ‘para eso ha venido’. Y cuando pide: “Padre, dale gloria a Tu nombre” (Jn 12,28), se oye una voz que dice: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo” (Jn 12,28). La gloria de Dios, es decir, que todos lo conozcan y acepten la salvación que les ofrece, se dará a través de la cruz. Por eso al final del Evangelio dominical leemos que Jesús dice: “Cuando suba a lo alto, atraeré a todos hacia Mí” (Jn 12, 33). Dice el Papa que se trata del cumplimiento de una profecía de Isaías, que anuncia: “En cuanto a los extranjeros adheridos al Señor...yo les traeré a mi monte santo y les alegraré en mi Casa de oración...” (Is 56, 6-7). Qué significativo que este domingo, en el que el Papa está en México y celebra Misa al pie del monte santo de Cristo Rey, se proclame este Evangelio en el cual se anuncia algo que todos quisiéramos ver de todo corazón: que creyentes y no creyentes levanten todos la vista a lo alto, y al ver a Cristo glorificado, se sientan movidos a acercarse a Él, conocerlo, y abrir su corazón al don de la salvación.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=2835Domingo 25 de marzo de 2012 12:30 hrs.
Nobleza obligaDe todas las maneras que hay para dar gracias, una de las que mejor expresan cómo se siente la persona que recibe un favor es la que usan en Brasil: ‘muito obrigado’, que podría traducirse como ‘muy obligado’. No sé si se deba a que así somos los seres humanos o se trate de un asunto cultural, social o de educación, pero cuando alguien hace algo por nosotros nos sentimos obligados a corresponderle de alguna manera. En eso se basan, por ejemplo, quienes, en tiempos electorales, pretenden comprar el voto. Saben que si una persona les acepta una despensa, un electrodoméstico o lo que sea que le regalen, se sentirá obligada a corresponder ‘asegurando presencia’ en algún mitin (en otras palabras, dejándose acarrear), o votando por su candidato. También quienes prometen a éste cierto número de votos, confían en que si gana se sentirá obligado a darles algo a cambio. Es triste pero es así. Solemos establecer con los demás relaciones de ‘toma y daca’. ‘Tú haces esto por mí, yo hago esto por ti’, ‘tú me das, yo te doy’. Procuramos pagar lo poco con poco, y lo mucho con mucho, para poder decir, como en el tango: ‘mano a mano hemos quedado’. Pero, ¿qué pasa cuando el favor que recibes es tan, pero tan desproporcionadamente grande que simplemente no hay modo de que puedas corresponder? Entonces no tienes más remedio que quedar por siempre agradecido, manteniendo vivo el recuerdo de aquello bueno que hicieron por ti y haciéndole saber a quien lo hizo, que cuenta contigo para poder servirle en lo que necesite. 
Pues, por si no lo sabíamos, nos hallamos precisamente en ese caso. Sí. Nos los hace saber san Pablo, en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Ef 2, 4-10). Nos deja claro que hemos recibido el regalo más extraordinario que un ser humano pueda recibir, y ha sido sin mérito ni razón alguna de nuestra parte, es decir, sin haber hecho nada para merecerlo.
Afirma que cuando “nosotros estábamos muertos por nuestros pecados”, Dios “nos dio la vida con Cristo y por Cristo” , que el hecho de que podamos alcanzar la salvación se debe a la “pura generosidad” de Dios, que es obra de Su misericordia, de Su amor, de “la incomparable riqueza de Su gracia y de Su bondad para con nosotros”. Y por si nos quedara alguna duda, todavía aclara: “no se debe a nosotros mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir”. En otras palabras, tenemos una deuda con Dios que no tenemos modo de pagar; nada que hayamos hecho, hagamos o podamos hacer, alcanzaría para empezar siquiera a disminuir lo que le debemos: que nos haya regalado la existencia en este mundo y que cuando lo defraudamos con nuestros pecados, no nos haya borrado de la faz de la tierra, sino haya asumido nuestra condición humana, nos haya rescatado del pecado y de la muerte, se haya quedado con nosotros hasta el fin del mundo y nos haya invitado a pasar la eternidad con Él. ¿Qué podemos dar a cambio de semejante regalazo? Si pretendiéramos quedar a mano con Él, debemos reconocer que no tenemos con qué, pero eso no significa que no podamos hacer algo. Así como a nivel humano, cuando alguien hace algo extraordinario por nosotros, lo tenemos siempre presente y procuramos servirle en lo que podamos, del mismo modo con relación a Dios, para tratar de corresponderle, en la medida de nuestras míseras fuerzas, sólo podemos esforzarnos por no olvidar cuánto ha hecho por nosotros, y hacer algo que le agrade a Él. Y ¿qué le agrada? Que hagamos el bien. Dice san Pablo que fuimos “creados por medio de Cristo Jesús, para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos”. Alguien puede preguntar: ‘¿pero qué no se está contradiciendo? Primero dice que lo que recibimos no se debe a nuestras obras y luego nos sugiere que hagamos el bien, es decir, buenas obras. ¿Quién lo entiende?’ A lo que cabe responder que no hay contradicción. Los dones que Dios nos da no se deben a nuestras obras, sino a Su generosidad. Así que no hacemos obras para obtener algo de Dios, Él nos lo da todo gratuitamente. Pero como ‘nobleza obliga’, el reconocer todos los dones que Dios ya nos dio sin que los mereciéramos, nos mueve a corresponderle. Y así, podemos corresponder a Su encarnación, amándolo en la persona de los demás, especialmente en los más pequeños y necesitados; corresponder a Su perdón, acercándonos a reconciliarnos con Él en el Sacramento de la Confesión, y también perdonando a los demás; corresponder a Su misericordia, siendo misericordiosos con otros; corresponder a que se haya dignado darnos Su Palabra, leyéndola, meditándola, compartiéndola; corresponder a que nos haya librado del pecado, procurando no caer en él; corresponder a Su presencia en la Eucaristía, acercándonos a recibirla; corresponder a que se ha quedado entre nosotros, dedicando un tiempo cada día solamente para estar con Él.
Con todo ello no pretendemos ‘comprar’ la salvación, sabemos que el Señor nos la regala sin mérito de nuestra parte. Es nada más una manera, pequeña y siempre insuficiente, pero la única que tenemos, de mostrarle que aceptamos Su regalo y se lo agradecemos.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=2794Domingo 18 de marzo de 2012 12:30 hrs.
Fin de los reclamosCuando te sucede algo que consideras malo, ¿qué tanto aguantas antes de empezar a reclamarle a Dios? Solemos soportar un poco lo que dura poco, pero no mucho lo que dura mucho, sobre todo si se pone peor. Puedes tolerar una dolor breve y pasajero, pero ¿que sea intenso y se prolongue semanas y semanas?; un conflicto leve con tu cónyuge, pero, ¿que se desmorone tu matrimonio?, un despido, pero ¿que pasen años y no encuentres empleo? Cuando vivimos situaciones que nos ponen duramente a prueba, es difícil no voltear hacia Dios a decirle: ¿qué pasa?, ¿por qué no haces algo al respecto? Nos sentimos como un niño que se estuviera ahogando en una alberca profunda y viera que en la orilla lo contempla impávido el salvavidas, que trae en la mano un flotador y se queda dándole vueltas y vueltas en lugar de aventárselo para que pueda asirse a él y salir a flote.

¿Por qué nos desespera que Dios no intervenga para rescatarnos cuando estamos con el agua hasta el cuello? Quizá porque tenemos una idea distorsionada de Dios. Cabe preguntarnos: ¿Qué esperamos de Dios?, ¿por qué lo buscamos?, ¿por qué lo buscas tú?

Si lo buscas sólo para que te resuelva todos los problemas como y cuando se lo indiques, entonces ten cuidado, porque al no recibir la respuesta que esperas puede sucederte una de estas cuatro cosas: 1. Que pienses que Él no existe y te olvides de Él. 2. Que pienses que sí existe pero no es Todopoderoso y por eso no puede resolver tu asunto, así que no tiene caso rezarle, y te olvides de Él. 3. Que pienses que sí existe y es Todopoderoso, pero no es Bueno y no le importa verte sufrir, en cuyo caso decides alejarte y te olvidas de Él. 4. Que pienses que sí existe, y es Todopoderoso y Bueno, pero tú no le importas y por eso no te ayuda, en vista de lo cual, decides que a ti tampoco te importa, y te olvidas de Él.

¿Te das cuenta? En todos los casos el resultado es igual y negativo: que termines apartándote de Dios, olvidándote de Él. Es seguramente una de las poderosas razones por las que Jesús no quería que se acercaran a Él sólo por Sus milagros, y por eso cada vez que sabía que la gente lo andaba buscando por esos motivos, se iba rápido a otra parte (ver Mc 1, 32-38; Mc 8, 11-13; Jn 6,14-15;).

¿Entonces, por qué buscar a Dios? Por Su amor y por la salvación que nos ofrece.

Al buscar a Dios por amor, descubrimos que Él nos amó primero (ver 1Jn 4,19), que nuestro amor es respuesta a Su amor eterno. Nosotros no existimos desde siempre, pero Él sí, y nos ama desde siempre, desde antes de crearnos. Conocer esto es comprender que no le hemos sido ni le seremos jamás indiferentes, y lo único que le interesa es nuestro bien. Pero ojo, no sólo nuestro bien en este mundo, que es pasajero, sino, sobre todo, nuestro verdadero bien: que alcancemos la salvación que nos ofrece. Tenemos así otra razón para buscar a Dios: que sólo Él puede salvarnos. Pero no lo pensemos nada más en términos del aquí y ahora (que nos salve de este enfermedad, de esta crisis, de esta tragedia), pues aunque desde luego se ocupa de nuestros asuntos en la tierra y podemos y debemos acudir a Él para pedirle ayuda en nuestros problemas cotidianos, no debemos olvidar que aunque sintamos que lo malo que aquí nos pasa dura demasiado, ese tiempo no es nada comparado con la eternidad y la felicidad sin final que estamos invitados a disfrutar. Así que aunque nos parezca que un dolor o un sufrimiento se prolonga excesivamente, si lo comparamos con el gozo que nos espera en la vida eterna, no es nada. Claro, eso no significa que debamos sufrir o aguantar los sufrimientos -propios o ajenos- sin intentar remediarlos, sólo que debemos situarlos en perspectiva, aprender a contemplarlos desde el punto de vista de Dios. Entonces, por más que se alargue un momento difícil en nuestra vida, si lo pensamos en términos de eternidad, es un instante, que duele, sí, que se sufre, sí, pero que si lo aprovechamos bien puede ayudarnos a purificarnos, a crecer en humildad, en paciencia, en comprensión hacia otros, en solidaridad, en amor.

Suele suceder que mientras estamos sufriendo nos quejamos amargamente, y luego que ya todo pasó, volvemos la vista atrás y logramos comprender que aquello contribuyó para nuestro bien y/o el de otros. Buscar a Dios por Su amor y por la salvación que nos ofrece nos permite tener esa visión no sólo al final sino mientras estamos viviendo cualquier dificultad, por grande que ésta sea. Nos ayuda a mantener firme la fe y la esperanza que tenemos puesta en el Señor, para poder decir, como en el Salmo que se proclama este domingo en Misa: “Aun abrumado de desgracias, siempre confié en Dios”. (Sal 116, 10).

Sólo cuando captamos que Él permite en nuestra vida únicamente aquello que puede contribuir a nuestra salvación, se nos inunda de paz el corazón y por fin nos quedamos ¡sin reclamos!

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=2714Domingo, 04 de marzo de 2012 12:30 hrs
Eres polvo, pero...Nadie hubiera imaginado que alguien se daría por ofendido cuando le dijeran esa frase, pero así fue. Un ministro platicó que este pasado miércoles cuando estaba imponiendo ceniza a la gente que acudió con ese propósito a su parroquia, le tocó el turno a un joven, y cuando al ponerle la ceniza le dijo ‘Recuerda que eres polvo y al polvo volverás’, el muchacho se enojó y le respondió: ‘Pues tú también...’, y ¡le soltó una palabrota!

Sorprende esa falta de respeto, como decía una tía mía: ‘no son modos’, pero en el fondo esa iracunda reacción expresa una verdad: no nos gusta que nos digan que somos polvo y al polvo volveremos, ¿por qué?, quizá por cierta soberbia de no querer reconocer que no somos los ‘muy muy’ (como diría otra tía mía) que a veces creemos ser, sino simples criaturas frágiles y mortales; o también porque nos da miedo pensar en morir, pero sobre todo porque aunque es verdad que somos polvo, es decir, que no seríamos nada si Dios, nuestro Alfarero, no nos hubiera modelado con Sus manos (ver Gen 2,7; Is 64,8), no admitimos que vamos a volver al polvo y a quedarnos allí; se nos revuelven las entrañas de sólo pensarlo, ¿por qué? porque fuimos creados para la eternidad, la idea de acabar en nada nos repele porque es falsa, tenemos la certeza, porque así nos lo ha revelado Dios y así lo sentimos en el alma, de que nuestro destino no es el polvo sino la vida eterna.

Es cierto que el tiempo de Cuaresma es un tiempo penitencial, pero no hay que dejar la mirada baja y fija en las realidades del pecado y de la muerte, sino alzarla hacia Aquel que nos llama a tener vida y vida en abundancia. Nos lo recuerda san Pedro en la Primera Lectura que se proclama en Misa este Primer Domingo de Cuaresma (ver 1Pe 3, 18-22), “Cristo murió...por los pecados de los hombres...para llevarnos a Dios, murió en Su cuerpo y resucitó glorificado”. En otras palabras, Cristo murió para compartir nuestra muerte, pero resucitó para rescatarnos de ella. Somos polvo, sí, y al morir volveremos a la tierra, pero no nos quedaremos en ella. Estamos destinados a algo más.
En ese sentido, tal vez habría que hacerle un añadido a la frase que se emplea al imponer la ceniza y decir algo así como: ‘recuerda que eres polvo y al polvo volverás, pero ¡resucitarás!’

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=2705Domingo, 26 de febrero de 2012 12:30 hrs
Todavía es tiempo´Como que el tiempo se está haciendo chiquito’; ‘ya no rinde como antes’; ‘por más que corro y corro todo el día, no me alcanza’; ‘¡no puedo creer que ya pasó un año y ya va a empezar otra vez la Cuaresma, si se siente como que apenas ayer estábamos celebrando la Pascua!’. Se escuchan frases así cada vez con mayor frecuencia; muchas personas perciben que el tiempo vuela, que es demasiado poco para hacer todo lo que quisieran;‘ojalá el día tuviera más horas’, dicen, pero como no se puede alargar el tiempo, no queda más que reaccionar ante su escasez como reacciona uno ante algo que valora mucho y de lo cual posee poco: procura sacarle el máximo provecho. Recuerdo que cuando yo era chica, le regalaron a mi mamá una cajita de higos secos glaseados de Turquía, que de vez en cuando compartía conmigo. Se sentaba en su sillón y me daba la llave de su ropero para que sacara la cajita de rafia de colores pastel. Cada higo venía envuelto en papel iridiscente bellamente decorado con motivos de flores y atado con una cuerdita. No era de esas golosinas que se comen a puños, distraídamente, mientras se ve una película, no. Cada una tomaba un paquetito, lo desamarraba, lo desenvolvía y le iba dando mordiditas a la fruta, ‘chiquitéandola’, haciéndola rendir, saboreando cada pedazo, alabando su textura, su dulzura, su sabor. Eran pocos y nos duraron poco, pero ¡cómo los disfrutamos! Con el tiempo sucede algo semejante. Si lo vivimos con la conciencia de que es valioso y de que tenemos poco, lo aprovechamos mejor.

Supe de una enferma en fase terminal que cuando entró al hospital del que sabía que ya no saldría, reflexionaba que en los meses pasados había hecho muchas cosas por última vez sin saber que era la última vez que las hacía. Comer un helado, contemplar un atardecer, platicar con una amiga, caminar por un parque. Y que ahora que sí sabía que le quedaba poco tiempo de vida, quería hacer cada cosa consciente de que sería la última vez que la hiciera, para disfrutarla intensamente.

Cabe preguntarnos si viviríamos de manera diferente si pensáramos que lo que estamos haciendo, lo estamos haciendo por última vez, y no sólo a nivel humano, por ejemplo, expresarle amor a un ser querido; dar una mano, otorgar un perdón, sino sobre todo en nuestra relación con Dios: ¿Reaccionaríamos distinto si supiéramos que estamos asistiendo a nuestra última Misa; que estamos confesándonos por última vez; que acabamos de recibir nuestra última Comunión?

Ahora bien, el pensar que tal vez estamos haciendo algo por última vez no debe ser motivo de desánimo o de parálisis. Ahora que se habla tanto del final de los tiempos y de que el fin del mundo será el 21 de diciembre, (fecha en que seguro no sucederá, pues Jesús prometió que el final llegará de sorpresa), conozco gente que ya no quiere empezar nada nuevo (desde pintar la puerta de su casa hasta comprometerse en algún ministerio en su parroquia), porque piensa que ya para qué si ya se va a acabar el mundo. Cuidado con pensar así porque le puede pasar como a mi hermana mayor, que cuando era estudiante un día anunciaron en la tele que al día siguiente se iba a terminar el mundo, locreyó, no estudió para un examen y lo reprobó; o también le puede suceder como a aquel fundador de una secta, que pronosticó varias veces el fin del mundo y sólo le atinó una vez, pero no a la fecha sino a que se acabaría el mundo, pero no el de todos, nada más el suyo, porque se murió.

El fin de los tiempos llegará, si no el de todos, el nuestro, y como no sabemos cuándo será no podemos sentarnos a esperar sino levantarnos a vivir. Pienso en doña Raque, una señora mayor que acaba de fallecer y fue ejemplo de vida plena. Recuerdo que el año pasado el Jueves Santo, la adoración al Señor se alargó hasta más allá de la medianoche, y al final quedamos unas cuantas personas entre las cuales estaba ella, su hija y su nieta, que estaba cantando alabanzas a Dios junto con otros jóvenes. Y a pesar de la avanzada hora, la señora estaba feliz, escuchando fascinada a su nieta, saboreando cada canción, cada oración. No sabía que sería su última Semana Santa en este mundo, pero aun si lo hubiera sabido no habría podido disfrutarla más, la vivió a plenitud.

Este Miércoles de Ceniza, la Primera Lectura que se proclama en Misa nos da un anuncio esperanzador: “Todavía es tiempo” (Jl 2, 12). ¿Sientes que el tiempo se te va? ¡Date cuenta de que todavía lo tienes y no lo desperdicies! ¿Sientes que cada vez tienes menos?, ¡ponlo en manos de Dios y pídele que te ayude a hacerlo rendir!

No podemos estar seguros de cuándo se va a acabar el mundo, pero sí podemos estar seguros de que Dios no quiere que nos crucemos de brazos esperando el final.

Que esta frase del profeta Joel con la que inicia la Cuaresma, quede resonando en nuestro interior y nos anime a darnos cuenta de que por poco o mucho tiempo que nos quede por vivir, todavía es tiempo de que hagamos algo provechoso para nuestra alma. Por ejemplo, todavía es tiempo de que nos reconciliemos con alguien. Todavía es tiempo de apartar un rato del día para dialogar con el Señor. Todavía es tiempo de comenzar a leer la Palabra. Todavía es tiempo de planear participar en los oficios de Semana Santa, para ‘cargar pilas’ espirituales, y mejor dejar las vacaciones para Pascua. Todavía es tiempo de...(escribe tu propia frase). Todavía es tiempo de (¡síguele, no te detengas!:...). Todavía es tiempo...


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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=2664Domingo, 19 de febrero de 2012 12:30 hrs.
Gloria a DiosEs una de esas palabras que hemos escuchado millones de veces, pero a la hora de explicar qué significa tal vez descubrimos que bien a bien no lo sabemos. Me refiero a la palabra ‘Gloria’, claro referida a Dios, no a un nombre de persona (alguien me platicó que cuando era chico le preguntó al padre que les enseñaba el catecismo que quién era Gloria, porque en el Credo decía que Jesús “vendrá con Gloria a juzgar a vivos y muertos”, ja ja ja).

El diccionario católico la define como la manifestación de la grandeza y el poder de Dios, y hasta allí vamos bien, es el significado más conocido, pero si luego leemos en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa, que san Pablo nos pide: “Todo lo que hagan ustedes, sea comer, o beber, o cualquiera otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios” (1Cor 10, 31), quizá más de uno se pregunte: ¿y qué quiere decir eso de comer o beber para gloria de Dios?, ¿cómo puedo comer o beber para manifestar la grandeza y el poder de Dios?

Y tal vez se imagine que consiste en ir diciendo a cada bocado o a cada trago: ‘¡Gloria a Dios!, o ‘¡mmmm!, ¡esto sabe a gloria!’ Pero no se trata de eso. El dar gloria a Dios no solamente implica alabarlo, aunque desde luego es una parte importante (y no porque Él quiera ser alabado, sino porque alabarlo nos hace conscientes a nosotros de todas las maravillas y bendiciones que recibimos de Él), implica también y sobre todo, darle el lugar que le corresponde, como Dios y Señor de nuestra vida, y vivir buscando en todo darle gusto, sin hacer jamás algo que pueda ser contrario a lo que Él pide y espera de nosotros. Así, por ejemplo, comer para gloria de Dios puede entenderse como comer sin caer en la gula, y compartir los alimentos con los necesitados; beber para gloria de Dios es beber con moderación, sin emborracharse; y así en todo; hacer las cosas para gloria de Dios es hacerlas pensando en Él, con la conciencia de que cuanto somos y tenemos lo recibimos de Sus manos no para abusar de ello o emplearlo sólo en provecho nuestro , sino para beneficio propio y de los demás, para el bien común, para que se cumpla la voluntad de Dios que siempre busca el verdadero provecho de todos.

Se comprende entonces que a continuación el apóstol pida: “No den motivo de escándalo ni a los judíos, ni a los paganos, ni a la comunidad cristiana.” (1Cor 10, 32). Él lo decía porque como los paganos entre los cuales vivían, solían comer carne que antes habían simbólicamente ofrecido a sus ídolos, carne que los judíos consideraban abominable, surgió la duda en la primera comunidad cristiana acerca de si los cristianos podían o no comer dicha carne, pues los paganos convertidos al cristianismo pensaban que no tenía nada de malo, considerando que era simplemente carne barata, y en cambio a los judíos convertidos al cristianismo les parecía muy mal, por haber sido vendida después de haber sido ‘ofrecida’ a ‘dioses’ paganos. El asunto se volvió tan importante que tuvo que ser resuelto en el primer concilio de la historia, el Concilio de Jerusalén, en el que se determinó que era mejor que los cristianos procuraran abstenerse de comer la carne que se vendía luego de haber sido ofrecida a ídolos paganos (ver Hch 15, 28).

Hoy en día, estas palabras de san Pablo tienen otra aplicación para nosotros: hacernos conscientes de que la manera como comemos, bebemos o hacemos cualquier cosa, es observada por personas que no tienen fe, por personas que creen en Dios pero no en Cristo, y por miembros de nuestra propia comunidad de creyentes, por lo que se justifica todavía más el que procuremos hacerlo todo teniendo en mente agradar a Dios, pues así de paso daremos un buen testimonio cristiano que tal vez anime a otros a imitarnos y dar gloria, como nosotros, al Señor.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=814Domingo, 12 de febrero de 2012 12:30 hrs.
Trabajar sin cobrarImagínate que vas en busca de chamba a un centro que ofrece ‘bolsa de trabajo’, y te dan una solicitud en la que te preguntan cuál de estas tres opciones prefieres: ‘trabajar y cobrar’, ‘cobrar sin trabajar’ o ‘trabajar sin cobrar’, ¿cuál elegirías?

Hice esta pregunta a unos jóvenes. Varios de ellos, sin pensarlo dos veces contestaron muertos de risa: ‘¡cobrar sin trabajar!’, pero luego reconsideraron y admitieron que a la larga se sentirían mal de recibir un sueldo sin haber hecho nada para merecerlo; la mayoría eligió la opción ‘trabajar y cobrar’, pero hubo una muchacha que respondió: ‘pues yo averiguaría qué clase de trabajo es ése en el que no cobras, porque puede ser algo tan padre que la paga es lo de menos; en muchos lugares al principio no te pagan, en lo que aprendes y ves si te quedas, pero ya luego igual consigues el puesto y te pagan’. Su respuesta nos pareció muy sensata, y dio pie a un intercambio de ideas al final del cual concluimos que cuando se trata de trabajar en algo que te encanta, porque te permite aprender mucho, o desarrollar al máximo tus dones y capacidades o sentirte útil, o hacer un gran bien, el salario no es lo más importante.

San Pablo hubiera estado de acuerdo. En su Carta a los Corintios escribe que todos tienen derecho a vivir de lo que hacen, y pone varios ejemplos (ver 1Cor 9, 13-14), pero enseguida declara que él no ha hecho uso de ese derecho, en otras palabras, que no cobra nada. ¿Por qué? Porque recibe otra recompensa. ¿Cuál? Nos lo dice en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa: “¿En qué consiste mi recompensa? Consiste en predicar el Evangelio gratis, renunciando al derecho que tengo a vivir de la predicación” (1Cor 9, 18).  Al leer esto tal vez muchos se pregunten, ‘¿cómo puede decir que su recompensa es que no le paguen?, ¿que clase de recompensa es ésa?’

A quienes están demasiado acostumbrados a juzgarlo todo en términos monetarios, les suena muy raro que alguien hable de una recompensa que no implique dinero o algún bien material; olvidan que existe otro tipo de recompensas, que no se miden en metálico porque se reciben en lo más hondo del alma. Me refiero, por ejemplo, a la satisfacción de poder hacer algo positivo por otros; a la alegría de compartir lo que se tiene con quien lo necesita; a la paz de tener una conciencia limpia...Y en el caso de san Pablo, se trata de la recompensa que le dará Dios por predicar el Evangelio. Y ¿en qué consiste esa recompensa? Podría decirse que consta de dos partes: La primera es inmediata, porque como la voluntad divina es siempre buena, sabia, bienhechora, quien vive cumpliéndola es colmado de una dicha como no hay otra; vemos en las cartas de Pablo, que a pesar de todas las dificultades que enfrentaba, vivía sereno y gozoso. Y la segunda parte llega al entregarle cuentas a Dios, al enfrentar ese momento en que Él prometió pagar a cada uno según su conducta (ver Mt 16,27). Pablo estaba seguro de recibir la mejor recompensa, la de pasar la eternidad con el Señor, disfrutando para siempre de Su amor.

Pero quizá alguien diga, ‘bueno, es muy fácil no cobrar si se tiene dinero, puede ser que Pablo haya sido rico, pero yo tengo que cobrar por mi trabajo’, a lo cual cabría responder que Pablo no era rico, y si no cobraba por predicar era para que no hubiera alguien que por falta de dinero se quedara sin oír su predicación y sin escuchar la Buena Noticia de Jesucristo, pero sí trabajaba. Sabemos que era tejedor de tiendas y que ejercía su oficio para no serle gravoso a nadie (ver Hch 18,3; 1Tes 2,9). El asunto aquí es que él consideraba que lo más importante en su vida no era el dinero, sino predicar, dar a conocer el Evangelio. Una ‘chamba’ por la que obtenía y obtendría una recompensa celestial.

Retomando la cuestión planteada al inicio, se confirma que lo que se hace gratis puede resultar infinitamente (en el amplio sentido de la palabra) satisfactorio. Y nosotros tenemos el privilegio de poder experimentarlo. ¿Cómo? Dedicándonos, como san Pablo, a predicar el Evangelio. Y antes de que alguien salte y diga: ‘¡Pero yo no tengo facilidad de palabra!, ‘¡pero no tengo tiempo!’, ‘¡pero ya me dedico a otras cosas!’, déjenme aclarar que esta propuesta no necesariamente implica ir físicamente a predicar con palabras (aunque desde luego todos tenemos la tarea de compartir con otros la Palabra de Dios y animarlos a descubrir cómo les habla a través de ella), sino sobre todo, con hechos. Leía el otro día en un relato autobiográfico de Walker Percy, un premiado novelista norteamericano, que cuando él estaba en la universidad era ateo, y le llamaba la atención que uno de sus cuatro compañeros de cuarto, se levantaba todos los días de madrugada para ir a Misa. Doce años más tarde, contribuyó a su conversión recordar aquel ejemplo sencillo, callado, de alguien que demostraba con hechos lo importante que era Dios en su vida.

Este domingo quedamos invitados a volvernos empleados de Dios, dedicados a predicar la Buena Nueva mediante nuestro testimonio a quienes nos rodean, ‘trabajar sin cobrar’, para obtener una recompensa que ningún dinero podría comprar.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=788domingo, 05 de febrero de 2012 12:30hrs.
Desaferrados¿Eres de los que se aferran a algo y no lo sueltan por nada? Probablemente sí. Todos tenemos la tendencia a aferrarnos a cosas, situaciones y personas. Tal vez sería mejor preguntarte a qué te aferras, y más aún, a dónde te conduce aferrarte a eso. Aferrarse en sí no necesariamente es algo negativo, puede ser incluso muy positivo. Por ejemplo si te aferras a tu fe durante una crisis, podrás enfrentarla con fortaleza; si tu vida es un caos pero te aferras a tu ratito de oración, de diálogo íntimo con Dios, equilibrarás las cosas y hallarás la necesaria paz. Pero si, por ejemplo, por aferrarte a obtener cierto nombramiento, pasas por encima de quien sea, pisando cabezas y dando ‘puñaladas traperas’, o si por ganar una determinada cantidad no te importa hacer algo ilegal, entonces eso a lo que te estás aferrando no te lleva a nada bueno, todo lo contrario, porque no te deja responder a la invitación del Señor a vivir el amor, la verdad, la justicia, la libertad de que gozamos como hijos de Dios.

En la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 1Cor 7, 29-31), san Pablo nos invita a vivir desaferrados a las cosas de este mundo, que es pasajero, y en la otras Lecturas dominicales podemos descubrir dos buenas razones para hacerle caso.

La Primera Lectura (ver Jon 3, 1-5.10) nos habla de Jonás, a quien el Señor había enviado a la ciudad de Nínive a exhortar a sus habitantes a convertirse, pero no quiso ir porque no quería que los ninivitas se convirtieran ni que Dios los perdonara. Se parece a un caso del que me acabo de enterar que me puso los pelos de punta: alguien llamó a un padre para que fuera a darle los últimos auxilios espirituales a una moribunda, pero cuando llegó, el hijo de ésta le impidió entrar, diciéndole: ‘No tengo nada contra la Iglesia ni contra Ud, padre, pero no lo voy a dejar pasar porque mi mamá es una tal por cual y no quiero que Ud. la confiese y ella se salve; quiero que ella se muera y se vaya al infierno’. ¿Se imaginan? ¡Nunca había oído cosa igual! Un caso extremo de aferrarse al rencor. Ojalá alguien le haya hecho ver a ese joven que por su acción tal vez su mamá pasaría la eternidad en el infierno, pero ¡él la acompañaría! No supe qué pasó después pero ese joven, aferrado a su rencor y a su enojo, ojalá haya tenido tiempo de desaferrarse, como Jonás, que luego de mil peripecias que sufrió por necio, al fin aceptó hacer lo que Dios le pedía, con tan buen resultado que no llevaba ni un día de camino, de los tres que se requería para recorrer toda la ciudad, y ya todos sus habitantes se habían convertido gracias a sus advertencias. Y en el Evangelio (ver Mc 1, 14-20) vemos cómo Jesús invita a Sus primeros cuatro discípulos a seguirlo, y ellos no se aferraron a aquello de lo que hasta ese momento disfrutaban (y eso que dos de ellos probablemente gozaban de buena posición económica, pues ayudaban a su padre, que tenía trabajadores) sino que lo dejaron todo para ir con Jesús.

Tenemos dos ejemplos, uno de alguien que se desaferró de algo malo y otro de unos que se desaferraron de algo que hasta el momento era muy bueno, y en ambos casos la razón de su ‘desaferramiento’ (si se me permite la expresión), fue quedar libres de lo mundano para aferrarse a lo divino, en otras palabras, tener entera libertad para poder cumplir la voluntad de Dios, hacer lo que les pedía, ir a donde los enviara, y, en el caso de los discípulos, estar con Él.

Queda claro que no se trata de desaferrarse para quedarse con las manos vacías o en el vacío, sino para ponerlas en las manos de Dios y caminar con Él a dondequiera que desee llevarnos.

 

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=722Domingo, 22 de enero de 2012 12:30 hrs.
Encuentro decisivo¿Te acuerdas dónde conociste a tu primer amor?, ¿a tu mejor amigo?, ¿a tu cónyuge?

Es una pregunta a la que nadie me ha respondido con un ‘no’, y me ha sorprendido que muchos señores, que por lo general no pecan de detallistas, son capaces de recordar hasta los más mínimos detalles de aquel primer encuentro. ¿Por qué? Porque hay encuentros que te cambian la vida, después de los cuales ya no sigues igual porque marcan un ‘antes’ y un ‘después’ en tu existencia, y eso los hace inolvidables. De unos encuentros así nos hablan las Lecturas que se proclaman este domingo en Misa. La Primera Lectura (ver 1Sam 3, 3-10.19) nos cuenta cómo fue la primera vez que se encontró con Dios el joven Samuel, quien con el tiempo llegaría a ser un gran profeta pero que en esta primera ocasión todavía no sabía reconocer la voz de Dios, creía que lo estaba llamando el sacerdote para el cual trabajaba, y al pobre no lo dejó pegar los ojos en toda la noche. Por su parte el Evangelio (ver Jn 1, 35-42) nos cuenta el momento exacto en el que dos discípulos de Juan el Bautista comenzaron a seguir a Jesús y se quedaron con Él.

Tenemos aquí dos ejemplos distintos de encuentros con Dios después de los cuales se transformó la vida de aquellos que los vivieron, pero no pensemos que esto se dio en ‘automático’, sólo por estar en la presencia del Señor; ha habido muchos que se han topado con Él y han seguido ‘en las mismas’. Hay que notar que en ambos casos se dio lo que se necesita para que ese encuentro con Dios sea de veras significativo: total disponibilidad. Cada vez que Dios llamó a Samuel éste se levantó de inmediato, aunque todavía no sabía que era Él quien lo llamaba. Y cuando Jesús preguntó a aquellos discípulos: ‘¿qué buscan?’, no le contestaron: ‘nada, nomás aquí paseando’, sino le preguntaron: ‘¿dónde vives?’, y no por mera curiosidad ni porque fueran empleados del INEGI levantando un censo, sino porque querían saber dónde poder encontrarlo. Y tanto Samuel como aquellos discípulos recibieron indicaciones a las que hicieron caso y que son las que marcaron toda la diferencia. A Samuel se le pidió responder al llamado del Señor diciendo: ‘Habla, Señor, Tu siervo te escucha” (1Sam 3,10), y a los discípulos les pidió Jesús: “Vengan a ver” (Jn 1,39). Dos invitaciones que implicaban, por una parte, abrir el oído y el corazón a la voz del Señor y, por otra parte, no conformarse con saber dónde estaba, sino ir a ver, en otras palabras, comprobarlo por sí mismos.

Estas dos invitaciones siguen vigentes hoy para nosotros. Es preocupante que hay muchos creyentes que lo son por inercia, porque nacieron en una familia cristiana, pero para ellos Dios es una especie de ‘amigo de sus papás’ con el que conviven un ratito los domingos, pero con el que no tienen ninguna relación personal y del cual es fácil alejarse y olvidarse. Les hace falta darse la oportunidad de descubrir que puede convertirse en amigo suyo también, y no sólo uno más sino el mejor, porque Su amistad es, como ninguna otra, fiel, solidaria, incondicional y se puede contar con ella siempre, porque a diferencia de los amigos de este mundo Él ni se muere ni se va. ¿Qué hacer para lograr esto? Buscarlo, aceptar Su invitación de ir a ver a dónde vive y comprobar que es posible encontrarlo al escuchar Su Palabra, al entrar en comunión con Él en la Eucaristía, al visitarlo en el Sagrario, al dialogar con Él en lo más íntimo. Sólo así será posible tener ese encuentro decisivo que transforme la existencia bajo la luz de Su amorosa presencia.
 
*Conoce los 18 libros de Alejandra Ma. Sosa E. (‘Ir a Misa ¿para qué?, ‘Por los Caminos del Perdón’, ‘¡Desempolva tu Biblia!’, entre otros), y lee sus artículos y cursos gratis de Biblia en www.ediciones72.com  Pide sus libros y su juego de mesa Cambalacho a tu repartidor de ‘Desde la Fe’,tel: 55 18 40 99

Debido a que ‘Desde la Fe’ sufrirá una renovación total, se determinó destinar esta página 7 a la Lectio Divina, por lo que mi sección ‘Lámpara para tus pasos’ con mi reflexión sobre las Lecturas de la Misa dominical, ya no aparecerá aquí, sino en las páginas web de Ediciones 72 (www.ediciones72.com); del Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México (www.siame.com.mx) y de Desde la Fe (www.desdelafe.mx).

Doy gracias a Dios haberme permitido compartir con mis lectores, durante casi nueve años, en la edición impresa, mi amor por Su Palabra, y les agradezco a ustedes el favor de su atención. Los tengo siempre presentes en mis oraciones y en mi corazón.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=690Domingo, 15 de Enero de 2012 12:30 hrs.
Pedir ayuda o perderse-Vamos a preguntar.
-No, si ya sé por dónde es.
-Lo mismo dijiste hace rato.
-Sí pero ahora ya me orienté.
-Es la segunda vez que pasamos por esta esquina.
-Imaginaciones tuyas, yo creo que vamos bien.
-Pues a mí me parece como que nomás estamos dando vueltas...

Esta conversación que suele tener lugar cuando un conductor se empeña en demostrar (por lo general a su novia o esposa) que sabe muy bien por dónde va, aunque en realidad no tiene ni idea, expresa una realidad muy común: hay mucha gente a la que le gusta sentir que se basta sola, que no necesita de nadie para llegar a donde quiere ir. Y esa actitud, que en la vida cotidiana puede ocasionar simplemente llegar tarde, en la vida espiritual puede resultar desastrosa, puede provocar sencillamente no llegar.

En estos tiempos en los que impera la mentalidad de ‘hágalo Ud. mismo’, se han puesto de moda cursos de superación personal en los que se convence a los asistentes de que ellos son sus propios amos, y mucha gente vive convencida de que no necesita de Dios ni de la Iglesia ni de nadie que le diga qué hacer o por dónde caminar, llama la atención lo que leemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 2, 1-12): que unos Sabios de Oriente que avistaron en el cielo una nueva estrella, interpretaron su aparición como señal del nacimiento de un rey al que debían ir a conocer y adorar, y emprendieron un viaje guiados por dicha estrella, cuando llegaron a Jerusalén pidieron indicaciones para averiguar a dónde estaba el rey, ¡se atrevieron a preguntar! Es inaudito. Considera esto: Si creyeras que a ti te está iluminando el camino una luz celestial, seguramente sentirías que no necesitabas instrucciones de nadie, ellos en cambio las pidieron. Y resulta significativo que preguntaron a Herodes, él a su vez consultó a los sumos sacerdotes y escribas, y éstos señalaron el lugar exacto, pero ninguno los acompañó. Seguramente a los viajeros les ha de haber extrañado y tal vez decepcionado, la incoherencia de esos hombres que sabían dónde había nacido nada menos que un rey y ¡no iban a verlo!, pero no por ello dejaron de seguir sus instrucciones.

Hoy en día, también hay quien se decepciona por la incoherencia o la falta de buen testimonio de algún sacerdote, y tal vez se pregunta, ¿por qué debo confesarme con éste al que por lo que se ve le hace más falta que a mí la Confesión?, ¿por qué debo recibir la Comunión de éste al que le falta caridad o devoción? Quienes por el mal testimonio de un sacerdote se sienten tentados a establecer su propia relación con Dios y ya no dejarse guiar por la Iglesia, deben tomar en cuenta que la validez de los Sacramentos no depende de la santidad de quienes los administran, y que así como a pesar de sus limitaciones y defectos, los sumos sacerdotes y escribas supieron interpretar correctamente la Escritura y guiar a los sabios de Oriente hacia donde estaba el rey, del mismo modo hoy en día, independientemente de que sean santos o pecadores, los sacerdotes saben guiarnos hacia donde está el Rey. Y así, por ejemplo en la Confesión, nos conducen hacia Su abrazo; en Misa nos conducen a Su encuentro en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad convocada por Él. Prescindir de su ayuda es como tratar de ir de una ciudad a otra abriendo brecha a través del monte en lugar de aprovechar una supercarretera bien trazada, amplia y gratuita. Para poema suena bonito eso de ‘se hace camino al andar’, pero en la vida espiritual resulta fatigoso e inútil tratar de orientarse por cuenta propia, sin pedir ayuda de nadie, teniendo a la Iglesia que no sólo nos indica por dónde caminar, sino nos da lo necesario para llegar.
 
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=625Domingo, 08 de Enero de 2012 12:30 hrs.
La mejor bendiciónNunca se me ocurrió preguntarle qué es lo que iba diciendo, pero sí me daba cuenta de que mi mamá movía los labios y murmuraba algo muy quedito mientras nos daba, a cada uno de mis hermanos y a mí, su bendición, e iba trazando con sus dedos una pequeña cruz sobre nuestra frente, otra sobre nuestros labios, otra sobre nuestro pecho y luego al final la grande que iba de la frente al pecho, de un hombro al otro. Nos la daba cada vez que íbamos a salir de casa y antes de irnos a dormir (y a sus 93 nos la sigue dando porque las mamás nunca nos dejan de bendecir).

Fue ya de adulta cuando en una plática con una amiga, ella comentó las palabras que su mamá pronunciaba cuando les daba a ella y a sus hermanos su bendición. Eso despertó mi curiosidad, le pregunté a mi mamá cuáles decía ella y resultó que eran ¡exactamente las mismas palabras! Eso me desconcertó, ¿cómo es que ambas mamás coincidían si ni se conocían? Entonces, preguntando aquí y allá descubrí que muchas mamás usan esas mismas frases, que aprendieron de sus mamás, éstas de sus abuelas y así por generaciones. ¿Cuáles son y de dónde las sacaron? Lo descubrimos en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Num 6, 22-27). En ella vemos que Dios prácticamente le dicta a Moisés las palabras que se deben usar para bendecir a Su pueblo: “Que el Señor te bendiga y te proteja; haga resplandecer Su rostro sobre ti y te conceda Su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz” (Num 6, 24-26). Y al terminar de decirlas le promete bendecir a quienes invoquen así Su nombre. Con razón esta manera de bendecir goza de tanta popularidad, claro, así como no hay mejor oración que la del Padrenuestro porque el propio Jesús nos la enseñó, no hay mejor bendición que ésta con la que el propio Dios nos invita a invocarlo. Y resulta muy significativo que en ella no nos anima a pedirle las cosas que muchos suelen considerar valiosas, como salud o una larga vida, o dinero o poder, sino lo que realmente necesitamos: Que nos bendiga, es decir que derrame en nosotros Su amor y Su gracia, la que vamos necesitando momento a momento para enfrentar lo que nos toca vivir. Que nos proteja, sí, que nos guarde de todo mal y nos libre de caer en las tentaciones, porque como dice san Pedro, el diablo anda como león rugiente buscando a quién devorar (ver 1Pe 5,8). Que haga resplandecer Su rostro sobre nosotros, es decir que Aquel que es la Luz ilumine nuestro camino, especialmente en estos tiempos en que nos envuelve la oscuridad de la violencia, la injusticia, la falta de fe. Que nos conceda Su favor, que no es que nos haga ‘un favor’, sino que nos dé lo que desde Su sabiduría y misericordia, considere que será mejor para nuestra salvación. Que nos mire con benevolencia, que es realmente la manera como nos suele mirarnos Él, que se definió a Sí mismo como “compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel” (Ex 34,6). Y por último, pero no por ello menos importante, que nos conceda la paz, esa que necesitamos tanto, no sólo en nuestro mundo, en nuestro país, sino en nuestra familia, en nuestro corazón. La paz que nos permite renunciar a la venganza y abrirnos al perdón; la paz que nos mantiene serenos aun en la enfermedad o ante la muerte de un ser querido; la paz que nos aquieta el alma y nos permite percibir y disfrutar los dones que Dios nos da.

Como se ve, es la bendición perfecta y queda claro por qué tantas mamás recurren a ella para bendecir a sus hijos (y me parece muy bello que se proclame en la Liturgia en este día en que celebramos la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, porque segurito que ella, que es también Madre nuestra, la usa para interceder por nosotros), y quisiera proponer que no te conformes con recibirla de mamá o papá o darla a hijos o nietos, sino que la conviertas en una plegaria tuya, con la que cada día te encomiendes y encomiendes a tus seres queridos a Dios, pidiéndole: “Señor: bendícenos y protégenos; haz resplandecer Tu rostro sobre nosotros y concédenos Tu favor. Míranos con benevolencia y concédenos la paz.”
 
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=604Domingo, 01 de Enero de 2012 10:00 hrs.
Oscuridad derrotada¿Le temes a la oscuridad? Ante esta pregunta casi todas las personas responden que no, que el temor a la oscuridad es cosa de niños. Y es que como nos rodean toda clase de luces artificiales, rara vez nos quedamos a oscuras. Y aún cuando sucede un apagón, sabemos que basta con sacar el celular o la linternita de mano o incluso encender un cerillo para que nos alumbren, y hay veces en que ni eso necesitamos, por ejemplo, si nos hallamos en casa sabemos ubicarnos aunque estemos a oscuras, sentimos que tenemos la oscuridad digamos domesticada, que aunque ésta nos envuelva no corremos más riesgo que golpearnos el dedo chiquito del pie con la pata de una silla, mesa o cama. ¡Ah!, pero ¿qué sucede cuando nos vemos de pronto sumergidos en una negrura inesperada que no dominamos? Entonces sí que nos da miedo. Sin ir más lejos, el otro día, a la pregunta: ‘¿cómo te fue de temblor?’, mucha gente contestaba que lo que más la asustó fue que al mismo tiempo que se le movía el piso, se fue la luz, todo se puso negro y sentía que algo se caía. Eso sí que la espantó. Lo mismo sucede en nuestra vida. Hay veces en que se nos mueve el piso por una enfermedad o la muerte de un ser querido, por la falta de trabajo, por una infidelidad de la pareja, por haber sido víctimas de la delincuencia, y todo se nos pone negro, no vemos claro y sentimos que algo cae o decae, quizá la salud, la relación conyugal, un proyecto, una esperanza. Experimentamos un verdadero terremoto emocional, y entonces sí que nos invade el miedo y nos preguntamos desesperadamente si acaso hay una luz que pueda librarnos de esa tiniebla en la que estamos sumidos. La buena noticia es que sí la hay, y este domingo en la liturgia todo nos lo anuncia. En la Misa de las primeras vísperas el salmista proclama: “Señor, feliz el pueblo que te alaba y que a Tu luz camina” (Sal 89, 16); en la Misa de medianoche dice el profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció” (Is 9,1); en la Oración Colecta de la Misa de aurora se pide: “Señor, Dios Todopoderoso, que has querido iluminarnos con la luz nueva de Tu Verbo hecho carne, concédenos que nuestras obras concuerden siempre con la fe que ha iluminado nuestro espíritu”, y en la Misa de día, afirma san Juan: “Aquel que es la Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.” (Jn 1, 9).

Es curioso que el Adviento siempre termina apenas empezado el invierno, cuando los días son más cortos y las sombras llegan más temprano a adueñarse del ambiente, y sin embargo el ánimo de los creyentes no se ensombrece, y no porque llevemos cuatro semanas prendiendo progresivamente las cuatro velas de la corona de Adviento, sino porque hoy resplandece en nuestros corazones una luz como no hay otra, una que no encendemos nosotros sino Dios, la luz de la Navidad, que no es la que titila en las casas o comercios, sino aquella de la que nos dice san Juan que “brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1, 5); una Luz que no sólo nos alumbra sino nos afianza por dentro, gracias a la cual ni se nos mueve el piso, ni se nos cae el ánimo, ni necesitamos ninguna otra porque esta Luz nos sobra y nos basta.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=575Domingo, 25 de Diciembre de 2011 10:00 hrs.
En casa de DiosCasi le da un infarto al sacristán la mañana del 25 de diciembre cuando llegó a la iglesia y vio que en el Nacimiento que habían puesto en el atrio faltaba el Niño Jesús. Pero si lo habían dejado en el pesebre durante la Misa de anoche, ¿dónde estaba?, ¿quién podía habérselo llevado? Fue a decírselo al padre, salieron ambos, lo buscaron por todas partes y nada. Ya se estaban preocupando, y él ya había empezado a rezarle a san Antonio, santo al que siempre se encomendaba cuando necesitaba encontrar algo perdido, cuando en eso vieron venir a un niño de la comunidad que traía feliz al Niño Jesús envueltito en una cobija. Resulta que había pasado por ahí, había visto al Niño en el pesebre, se le ocurrió que seguro tenía frío y estaba aburrido, y se lo llevó a dar la vuelta, a mostrarle la colonia y, sobre todo, su casa. Contaba el padre que le hizo tanta gracia que ni lo regañó, porque además casi hubiera jurado que al Niño Dios se le veía más sonriente que antes, como que le había encantado el paseo o más bien el cariño con que el chavito aquel se lo habían llevado a pasear.

Recordaba esto y pensaba que aunque lo que hizo este chamaquito puede ser considerado ingenuo, chistoso o fantasioso, tiene, sin embargo, algo muy rescatable: que captó que a Jesús le encantaría que lo invitara a estar con él. Y es que muchos creyentes ponen en su casa un Nacimiento y se conforman con dejar a Jesús ahí para contemplarlo a ratitos y olvidarse de Él el resto del tiempo mientras hacen otras cosas, pero Él no quiere quedarse ahí, quiere participar también de esas otras cosas. Es como esa visita que consideras ‘de cumplido’ y a la que dejas sentadita en la sala mientras vas a prepararle un refrigerio y en eso te das cuenta de que te ha seguido a la cocina y no le importa el tiradero que dejaron los niños, o que los trastes del desayuno estén sin lavar, y ni tiempo te da de avergonzarte de que vea esa parte de tu casa que no le pensabas mostrar porque te das cuenta de que se encuentra de lo más a gusto platicando o se acomide a echarte la mano preparando la botana o se sienta a ver el partido en la tele o se pone a hacer lo que sea que la familia esté haciendo, integrándose como un miembro más. Dios es así. No quiere que lo dejemos en el Nacimiento y nos desentendamos de Él, le gusta salir de ahí y entrar en nuestra vida. En la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 2Sam 7, 1-5. 8-12.14.16), vemos que cuando el rey David se estableció se puso a pensar que no estaba bien que él habitara en una casa y que el arca de la alianza de Dios estuviera en una tienda de campaña, pero Él le mandó decir: “¿Piensas que vas a ser tú el que me construya una casa para que o habite en ella?” (2Sam 7, 5) y luego mencionó algo que no se lee en la Lectura pero que resulta muy significativo, que Dios no había habitado en una casa, sino que había ido de un lado para otro en una tienda y que había estado con David dondequiera que había ido (ver 2 Sam 7, 6.9). Por lo visto a Dios no le gustaba tanto la idea de permanecer solo en una casa lejos de Su pueblo, sino la de estar con él en todas partes. Lo comprobamos en el Evangelio dominical (ver Lc 1, 26-38). Cuando Dios decidió poner Su morada entre nosotros, no descendió del cielo a habitar en un palacio o en una mansión, sino quiso encarnarse en el seno de María y venir a compartir realmente nuestra condición humana, hacerse uno de nosotros. Y seguramente no le ha de hacer gracia que celebremos Su Nacimiento limitándonos a ponerle una casita de madera para recordarlo a ratitos y arrullarlo el 24 en la noche como para que se duerma y nos deje tranquilos, sino quiere que lo tengamos siempre presente, que lo dejemos acompañarnos a todos lados, que le platiquemos, que le permitamos ayudarnos, meterse ‘hasta la cocina’, que lo integremos a nuestra familia, que nos sintamos tan ‘como en casa’ con Él que lo dejemos iluminar con Su amorosa presencia no sólo la Navidad, sino cada momento de nuestra existencia.
 
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=547Domingo, 18 de Diciembre de 2011 10:00 hrs.
Busca lo que buscasBusca lo que buscas, pero no donde lo buscas. Esto que parece acertijo yucateco (lo busco, lo busco y no lo busco), es en realidad un gran consejo de san Agustín, y aplica muy bien en esta temporada en la que por todos lados vemos anuncios, letreros y tarjetas navideñas que hablan de la alegría, la felicidad, la paz y la luz de la Navidad. Y es que algunos buscan la alegría navideña tomando ponche ‘con piquete’ en pachangas que de ‘posada’ tienen sólo el nombre; la felicidad en un aguinaldo que se esfuma tan pronto llega; la paz en medio de un atestado comercio; la luz en los foquitos del arbolito, y al final quedan agotados y vacíos. Otros se van al extremo opuesto y creen que la alegría, felicidad y paz de la Navidad consiste en procurar ignorarla, así que no ponen Nacimiento en su casa, no dan (aunque reciben) regalos, ni de broma aceptan reunirse con parientes a los que no toleran y considera el 25 de diciembre un día como cualquier otro. Al final sus esfuerzos resultan en vano, la Navidad llega y su auto-exclusión del festejo los deja, también, vacíos. En ambos casos sucede algo semejante, se busca algo bueno pero no se lo consigue porque se busca donde no está; se sabe que está allí pero no cómo alcanzarlo. Decía san Agustín que pasa como cuando viene hacia nosotros alguien que conocemos pero del que no recordamos su nombre, pensamos: ‘¿cómo se llama?, ¿Juan?, no, no es Juan. ¿Pedro?, no, no es Pedro’. No tenemos claro cómo se llama, pero sí cómo no se llama. Lo mismo sucede con algunos que confunden que hay algo grande que celebrar en Navidad con ‘celebrar en grande’, con ‘reventones’, decoraciones, cenas, regalos o la supuesta visita del inexistente santa Claus, y buscan inútilmente la alegría, la felicidad y la paz sumergiéndose en todo eso o tratando de evadirlo. Si se preguntaran, ¿es esto la alegría?, sabrían que no lo es; ¿esto me hace en verdad feliz? Dirían que no. Saben lo que buscan, pero no dónde buscarlo. Dice Juan el Bautista en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 1, 6-8.19-28): “En medio de ustedes hay uno al que ustedes no conocen” (Jn 1,26). He ahí la razón por la cual quedan defraudados los que creen que la Navidad es sólo una fiesta que toman como pretexto para divertirse o para evadirse. No han captado que no se trata de un fiesta en sí, ni de celebrar por celebrar, sino de festejar a Alguien, celebrar que Alguien ha venido a estar en medio de nosotros. Es en la venida del Emmanuel, del Dios-con-nosotros que hallamos la alegría de sentirnos incondicionalmente amados, la felicidad de sabernos llamados a la vida eterna, la paz de descubrir que en todo interviene Dios para nuestro bien, la luz divina que nos alumbra por dentro.

De niña veía un video de dibujos animados que pasaban el 25 de diciembre: ‘Cómo Odeón quiso robarse la Navidad’ (hoy se consigue en español en DVD como ‘Dr.Seuss’ How the Grinch stole Christmas’, que no tiene nada que ver con la versión de Hollywood). Se trata de un personaje verde, amargado, que vive en la punta de una montaña, dice que odia la Navidad y decide robársela. Se disfraza de sta Claus, y a su perro de reno, baja al valle cuando todos duermen y echa en su trineo arbolitos navideños, adornos y regalos. Deja todo vacío y vuelve a casa. Espera oír los lamentos de la gente cuando despierte y vea que le robó la Navidad, pero oye un bello villancico, que entonan los habitantes del valle. Con el canto sube hasta él una luz que lo ilumina, toca su corazón, lo suaviza y lo agranda. Arrepentido baja al valle, devuelve lo robado y al final comparte con todos un banquete en el que da un suculento bocado a su perrito, al que antes siempre había maltratado. A mis sobrinas les encantaba que les narrara esta historia, y ahora que ya son mayores de edad les sigue gustando, porque les recordaba, y les recuerda que la Navidad no depende de lo material. Para celebrarla bien no hace falta cenar pavo sino participar del banquete del Pan y la Palabra; no hay que llenar la casa de foquitos, sino dejarse iluminar por el amor de Aquel que es luz del mundo, no se necesita comprar o recibir obsequios de otros, sino aceptar y corresponder al mayor regalo que hay: la presencia de Dios entre nosotros.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=452Domingo, 11 de Diciembre de 2011 9:30 hrs.
Cuando des un regalo¿Alguna vez has invitado a comer o a merendar en tu casa a personas indigentes que te hayas encontrado en las calles? Posiblemente no (para como están las cosas, uno no suele invitar a casa a desconocidos, sean ricos o pobres). Así que lo más probable es que no hayas podido poner en práctica eso que aconseja Jesús: “Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos, y serás dichoso, porque ellos no te pueden corresponder...” (Lc 14, 13-14). Tal vez para muchos resulte difícil o incluso imposible realizar, al pie de la letra, esta propuesta del Señor, pero no deben descartarla del todo, porque hay otro modo de llevarla a cabo, que es muy sencillo y está al alcance de casi todos, especialmente en esta temporada. Consiste en sustituir las palabras ‘comida’, ‘cena’ o ‘banquete’ por la palabra ‘regalo’. De esta manera se mantiene intacto el sentido original de agasajar a alguien, pero aplicado de otra manera. El consejo entonces sería que cuando des un regalo, no pienses primero en dárselo a tus amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos, pues como a su vez te regalarán algo, ésa sería tu única recompensa. Tú da ese regalo a quien no podrá regalarte nada a cambio, pues entonces el Señor se asegurará de que recibas una recompensa, y ésta no será poca, nos lo anuncia Jesús: ‘se te recompensará en la resurrección de los justos” (Lc 14, 14). Y cabe aclarar que así como el Señor está hablando de banquete, es decir, no de una comida cualquiera sino de algo muy suculento y sabroso, del mismo modo se trata de regalar algo bueno y bonito, algo que sin duda agradaría a un familiar o amigo tuyo, o te haría quedar muy bien con el jefe o el conocido influyente. Y no tiene que ser costoso, ni siquiera nuevo. Cuántas cosas guardamos pensando: ‘por si acaso’ las necesito. Pues bien, es hora de aplicar ese ‘por si acaso’ no sólo a uno mismo, sino a otros, y regalar ‘por si acaso’ alguien más necesita esas cosas más que nosotros. Sobra decir que me refiero a cosas buenas, porque quién sabe por qué hay personas que cuando regalan algo a gente necesitada, echan mano de lo viejo, lo roto, lo inservible, haciendo sentir a los destinatarios de su donación que sólo son dignos de recibir lo que ellas tiraron. Tuve recientemente la experiencia de participar en un acopio de enseres domésticos en el que había un gran contraste entre cosas gastadas y polvorientas, cosas usadas pero excelentes, y cosas nuevecitas; y pensaba: gracias a Dios que quien donó lo bueno resistió la tentación de dárselo a quien pudiera agradecerle y regalarle algo a cambio, y en lugar de eso lo dio anónimamente. Sin duda alguna su satisfacción fue mayor que si se hubiera conformado con hacerlo de otro modo. Dice san Pedro, en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 2Pe 3, 8-14) que por ahora Dios nos tiene mucha paciencia, en espera de que nos convirtamos, pero cuando llegue el día del Señor, “perecerá la tierra con todo lo que hay en ella”. ¡Gulp! Eso significa que eso material a lo que tanto nos aferramos es perecedero, por lo que más nos vale desprendernos de ello, y una manera de lograrlo consiste en regalar lo que podamos a quienes más puedan aprovecharlo.

¿Qué tal si en esta Navidad donamos a alguna institución de caridad, cosas buenas y cosas nuevas, regalos que no nos avergonzaríamos de dar a nuestros parientes y familiares? Podemos donarlos en su nombre y regalarles la alegría de saber que recibirán la gratitud y las oraciones de quienes reciban lo donado.

En la Oración Colecta de la Misa de este domingo pedimos “Que nuestras responsabilidades terrenas no nos impidan, Señor, prepararnos a la venida de Tu Hijo”, aplicado a este caso, podemos traducirlo como un llamado a no limitarnos a regalar solamente en Navidad ni a quien nos pueda de alguna manera recompensar, sino todo el año y a quienes tal vez no conozcamos pero en quienes vive Aquel cuyo cumpleaños nos disponemos a celebrar.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=445Domingo, 04 de Diciembre de 2011 10:30 hrs.
Sonambulismo¿Sabías que hay una tremenda epidemia de sonambulismo? Probablemente no lo mencionen en las noticias, pero está sucediendo y es muy preocupante porque como los sonámbulos caminan, parece que están despiertos pero en realidad están dormidos y no tienen idea de lo que hacen, así que fácilmente pueden tropezar, caer en un agujero, lastimarse. Es algo muy grave y por ello es importantísimo evitar contagiarse. ¿Cómo lograrlo? Hay una manera, no cuesta ni un centavo y está al alcance de todos, pero lamentablemente no todo el mundo la aprovecha porque es un poquito difícil aplicarla. Consiste en no dormir. Y antes de que alguien proteste, alegando que una buena noche de sueño es indispensable para recuperar las fuerzas, cabe aclarar que no estoy sugiriendo que debamos mantenernos físicamente despiertos (lo cual sería no sólo imposible sino absurdo), sino espiritualmente despiertos. Sí, porque ese sonambulismo al que me he referido, no es del cuerpo, sino del alma, el cual resulta todavía peor, pues sus consecuencias pueden ser no sólo fatales sino eternas.

Tal vez por eso en el Evangelio que se proclama este Primer Domingo de Adviento (ver Mc 13, 33-37) Jesús nos pide que no nos durmamos sino velemos y estemos preparados, porque Él vendrá a nuestro encuentro y espera encontrarnos bien despiertos. Propone que seamos como un portero que se mantiene alerta porque no sabe si el dueño de la casa regresará al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada.

Los cuatro horarios que Jesús menciona son significativos por lo que sabemos sucedió en cada uno y lo que ello implica hoy para nosotros. 1. Al anochecer fue la traición de Judas, un discípulo que seguramente amaba a Jesús pero no quiso seguirlo, obedecerlo, amoldarse a Su voluntad; simulaba ser de los Suyos pero no lo era. Hoy muchos como él, aparentemente están dentro pero en realidad están fuera. Por ej. quienes se reconocen o se creen católicos pero no viven como lo exige la fe que dicen profesar. También hay algunos que se saben fuera pero aparentan estar dentro, por ej. miembros de sectas que usan lenguaje cristiano sólo para atraer a sus adeptos; mujeres que se autonombran católicas pero promueven el aborto; políticos que proponen un cristianismo sin Cristo. 2. A la medianoche los discípulos dejaron solo a Jesús. No quisieron presenciar Su agonía en el Huerto. Hoy muchos quisieran seguir a Jesús sólo por los milagros, quisieran buscar atajos a la Gloria sin pasar por la cruz. Se engañan pensando que pueden evadir el sufrimiento y/o desentenderse de los que sufren. 3. Al canto del gallo sucedió la negación de Pedro, uno que se sabía dentro pero aparentaba estar fuera. Como muchos que hoy se avergüenzan de su fe y no son capaces de vivirla o defenderla cuando es atacada. 4. A la madrugada los miembros del Sanedrín sentenciaron a muerte a Jesús sin haberlo realmente escuchado, motivados por sus prejuicios e intereses de poder. Son como los que hoy en día condenan doctrinas de la Iglesia que no conocen, llevados por lo que oyen decir a otros, malinformados por los medios de comunicación, influidos por un ambiente anticatólico.

Es interesante hacer notar que Jesús ha mencionado cuatro momentos de la noche en los que todo está negro. Es que cuando nos rodea la oscuridad es más fácil cabecear y sentir sueño. Y en un sentido espiritual, cuando nos encontramos sumidos en sombras (y ¡vaya que así está el mundo!), cuesta trabajo ver claro y es fácil confundirse, tomar lo bueno como malo y viceversa, caer en el sonambulismo espiritual, creerse muy despierto y en realidad estar durmiendo.

¿Cómo contrarrestar todo esto y lograr mantenernos alerta como nos lo pide Jesús? Apartándonos de la oscuridad que nos incita al sueño y dejándonos iluminar por el Señor, en Su Palabra, en la oración, en Misa, en la Confesión. Que en este Adviento no nos conformemos con encender las velas de la corona o llenar de foquitos el arbolito o la fachada de la casa, sino vayamos al encuentro de Aquel que es la Luz verdadera, la que nos ilumina y nos despierta y nos ayuda a ver, la única a la que no hay tiniebla que la pueda vencer.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=438Domingo, 27 de Noviembre de 2011 9:30 hrs.
Misericordia y justiciaMuchas personas consideran que Dios es tan Bueno que no juzga ni condena a nadie, y por eso el infierno está vacío y el cielo sobrepoblado. Otras, en cambio, se van al extremo opuesto y le tienen miedo a Dios porque piensan que es como un ojo inmenso al que no se le va una, que está todo el tiempo juzgándolas con absoluta severidad, registrando hasta sus más mínimas faltas y anotándolas con tinta indeleble en un misterioso libro que un día les mostrará para que comprendan por qué las mandará, merecidamente, al infierno. Pero estas visiones tan extremistas no tienen sustento real en la Sagrada Escritura, que suele plantear una visión equilibrada, que muestra que Dios es a la vez Misericordioso y Justo Juez. Tenemos ejemplo de ello en textos bíblicos que se proclaman este domingo en Misa. En la Primera Lectura (Ez 34, 11-12.15-17) Dios se presenta como un pastor amoroso que vela por su rebaño y va en busca de sus ovejas para encontrar a las que se han dispersado ‘un día de niebla y oscuridad’. Afirma “Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida; robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré.” (Ez 34, 16). Es una imagen bellísima que nos hace sentir amados y protegidos por el Señor. No en balde el Salmo que responde a esta Lectura proclama gozoso: “El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas” (Sal 23, 1-2). Hasta aquí todo es muy bonito y tranquilizador y nos mueve a sentirnos felices de estar bajo el cuidado de semejante pastor, pero todavía no cantemos victoria. Si buscamos ese texto de Ezequiel directamente en la Biblia nos damos cuenta de que en realidad dice: “a la que está gorda y robusta la exterminaré”. ¿Que quééé?, ¿la exterminará?, pues ¿qué tiene contra las ovejas gorditas si son muy simpáticas? De entrada se oye fatal (literalmente) eso de que exterminará a la oveja gorda y robusta (tal vez por eso en la liturgia cambiaron lo de ‘exterminar’ por ‘cuidar’), pero quien conoce la vida pastoril sabe que cuando una oveja engorda mucho más que las otras, es que se está comiendo la comida que les toca a las demás, dejándolas sin lo que les corresponde. Lo justo es retirarla del rebaño. Se entiende entonces que cuando Dios afirma que exterminará a la oveja gorda, añada, como a modo de explicación: “las pastorearé con justicia” (Ez 34,16).

Queda, pues, claro, por una parte, que Dios es un Pastor que ama tanto a sus ovejas que es capaz de ir a donde sea con tal de recobrar a la oveja perdida, hacer volver a la descarriada, curar y fortalecer a la herida y debilitada. Pero queda claro también que, como Él mismo lo anuncia: va a “a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos” (Ez 34, 17). Es que el amor de Dios no le impide juzgar. Amar no significa pasar por alto lo que está mal o permitir que se realice una injusticia. La misericordia consiste en poner el corazón en las miserias del otro (es decir, en su pecado), no en hacerse ‘de la vista gorda’. No pensemos que porque ahora disfrutamos a manos llenas de la misericordia divina, no nos llegará el día en que tengamos que someternos a la justicia divina. Ese día llegará. Lo anuncia el Evangelio dominical (ver Mt 25, 31-46). En él Jesús promete que vendrá a juzgarnos. Y retomando la imagen planteada en la Primera Lectura dice que así “como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos”, así nos separará a unos de otros. Cabe preguntarnos (para estar preparados), ¿cuál será el criterio para dicha selección? Desde luego la misericordia y la justicia, pero ojo, no solamente la divina sino la nuestra. Que hayamos sido misericordiosos y justos con los demás. Que, a diferencia de esa oveja robusta que se olvidó de las otras y se dedicó a engordar, nosotros hayamos aprendido de nuestro Pastor a darlo todo por los demás; hayamos sabido imitarlo en Su manera de amar.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=412Domingo, 20 de Noviembre de 2011 10:30 hrs.
Bienes duplicadosHaz una lista, mental o escrita, como prefieras, de cinco cosas buenas que sepas hacer bien, cinco aptitudes tuyas. Y no vayas a salir con que no tienes ninguna, porque Dios a todos nos las ha dado, a nadie ha dejado sin nada. No te quiebres la cabeza, pueden ser cosas tan sencillas como tener habilidad para reparar algo que se descompone en la casa, o para cortar el pelo o para coser o para jugar un juego de mesa.

Luego que tengas la lista, dale una leída, o releída, al Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 25, 14-30), porque trae unas indicaciones muy claras acerca de lo que debes hacer con tus aptitudes. En él Jesús narra una parábola acerca de un hombre que antes de salir de viaje, “llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes”, dándole a cada uno un cierto número de talentos según la capacidad de cada cual (el talento era una moneda, pero para este caso conviene considerar que la palabra también significa ‘aptitud’).

A uno le dio cinco, a otro dos y a otro uno. Tardó mucho tiempo en regresar, pero cuando lo hizo, los llamó a cuentas. Los dos primeros le reportaron que habían trabajado lo que les dio y le devolvieron el doble. El tercero le regresó lo mismo que le había dado, pues se limitó a esconderlo en un hoyo en la tierra (y tal vez se lo devolvió sucio y oxidado). A los dos primeros los felicitó cálidamente, les prometió confiarles cosas “de mucho valor” y a cada uno le dijo: “entra a tomar parte en la alegría de tu señor”. En cambio al tercero lo reprendió duramente, lo llamó inútil, y mandó que lo arrojaran a las tinieblas y que dieran su talento al que había hecho rendir más los que le había encomendado.

De esta parábola se puede deducir, en primer lugar, que un día el Señor te pedirá cuentas de lo que hiciste con lo que te confió. Y en ese sentido, estás a tiempo para revisar tu lista y preguntarte si estás ejerciendo o desperdiciando esas aptitudes, y si acaso has dejado alguna (ojalá no todas) en el olvido, considera que Dios no te las dio para arrumbarlas sino para aprovecharlas y proponte hacer algo al respecto; no querrás que te pase lo mismo que al que enterró su talento en un agujero. En segundo lugar, queda claro que no te regaló tus dones, sólo te los encomendó. Fíjate como ninguno de los tres le dijo: ‘pues yo me apropié de lo que me entregaste y como es mío hice con ello lo que se me pegó la gana y ni te lo regreso ni te doy explicaciones’, no.

Los tres le devolvieron todo, en tácito reconocimiento de que sabían muy bien que no eran los dueños sino los administradores. Y en tercer lugar, que Él espera que dupliques lo que te dio. ¿Cómo? Invirtiéndolo en un banco que se llama caridad. ¿A qué me refiero? A que por lo general se tiene la idea de que el primer objetivo de usar los propios dones es el propio beneficio, por ejemplo, conseguir el sustento propio y de la familia. Y aunque no se puede negar que es lógico y positivo que la gente gane dinero haciendo lo que se le da mejor, y así, por ejemplo, quien tiene muy buena sazón sea cocinera, el que maneja muy bien sea taxista y el que tiene muy buena voz sea cantante, no debes olvidar que Dios te dio tus dones para que edifiques Su Reino con ellos, para que los ejerzas no sólo para tu propio bien y el de tu familia, sino para hacer bien a otros, especialmente a los necesitados. Y así, por ejemplo, de vez en cuando la cocinera puede cocinar en un centro de asistencia, para que quien lo atiende, descanse; el taxista puede llevar gratuitamente a algún vecino sin empleo; el que sabe reparar cosas quizá puede echarle la mano a alguna vecina viejita que no tiene quién cambie un foco o tape una gotera; quien sabe cantar o jugar puede ir a un hospicio a entretener y alegrar a alguien al que nadie visita.

Poner los propios dones al servicio de los demás no sólo es un deber, sino es satisfactorio, algo que todos, chicos y grandes, podemos hacer, y, sobre todo, es la única manera de devolverle a Dios el doble de lo nos confía y empezar a participar, ya desde ahora, de Su alegría.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=404Domingo, 13 de Noviembre de 2011 9:30 hrs.
Por si acasoCuántas cosas hacemos ‘por si acaso’, la mayoría de las cuales resultan completamente inútiles. Guardamos un ‘chunche’ descompuesto ‘por si acaso’ un día aparece mágicamente la pieza que le falta o alguien puede repararlo; conservamos una prenda de vestir ‘por si acaso’ algún día nos vuelve a quedar, pero la verdad es que eso nunca sucede. Posiblemente los ‘por si acaso’ más sensatos sean los inspirados en eso de ‘más vale prevenir que lamentar’, relacionado a conservar la salud o salvar la vida. Por ejemplo, una persona me decía que consideraba su seguro de gastos médicos, ‘el dinero mejor tirado a la basura’, porque aunque pagaba mucho, pensaba que si acaso un día tenía que someterse a una costosa cirugía, contaría con un respaldo. Otro ejemplo es el del personal que se entrena por si acaso tiene que intervenir en casos de desastre; ello les permite reaccionar veloz y automáticamente si se presenta la emergencia.

Queda claro que es conveniente prever lo que pueda suceder, pero no se puede negar que en esta vida hay siempre un elemento de duda, no se tiene la seguridad de que aquello para lo que nos preparamos sucederá, así que tal vez eso que se guardó jamás vuelva a usarse, ese seguro médico no llegue a requerirse o en ese desastre no haya víctimas que auxiliar.

Podría decirse que de todos los ‘por si acaso’ que motivan a la gente a realizar algo en anticipación de un hecho que pudiera presentarse en el futuro, sólo hay realmente uno del que se puede tener la absoluta seguridad de que llegará y por eso vale la pena esperarlo debidamente preparados. ¿De qué se trata? Del encuentro que tendremos con Dios cuando termine nuestra vida terrena. Decía Benjamín Franklin que ‘en este mundo nada es seguro más que la muerte y los impuestos’, lo cual podrá ser cómico pero es inexacto porque no todos pagan impuestos; lo único sobre lo que no hay duda es que todos vamos a morir; lo que no sabemos es cuándo, por lo que nos conviene hacer caso de la recomendación que nos hace Jesús en la última frase del Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 25, 1-13): “Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora”. ¿A qué se refiere?, ¿en qué consiste ‘estar preparados’?, ¿cómo podemos prepararnos para ese momento? Lo descubrimos en la parábola que Jesús dijo a Sus discípulos acerca de diez jóvenes que en espera del esposo llevaban sus lámparas encendidas. Como éste tardó en llegar, a todas se les gastó el aceite, pero cinco de ellas que habían llevado un frasco extra (‘por si acaso’), pudieron rellenar sus lámparas y cuando llegó el esposo entraron con él al banquete; las otras en cambio tuvieron que ir a comprar aceite, al regresar la puerta estaba cerrada, suplicaron entrar pero el esposo les dijo que no las conocía y no les abrió. A primera vista parecería que las cinco que llevaron el aceite extra eran unas egoístas que pudiendo compartirlo con las otras no lo hicieron, pero la realidad es que el aceite representa algo que es imposible compartir porque es absolutamente personal: tu fe, tu esperanza, tu caridad, tu vida de oración, tu participación en los Sacramentos, tu vida como creyente, tu relación íntima con Dios, en fin, todo aquello que mantiene tu lámpara espiritual encendida. Se comprende así que a las que dejaron que su aceite se agotara y su lámpara se extinguiera el esposo les dijera: ‘no las conozco’. Es que dejaron perder lo que hubiera mantenido su relación con él.

Lo que tú experimentas al confesarte, al comulgar, al orar, es algo de lo que tal vez puedas hablar, pero que no puedes dar a nadie; no puedes decir: ‘toma, te traspaso mi reconciliación con Dios’, o ‘te regalo esta gracia que recibí al orar ante el Santísimo’.

Tu vida espiritual te pertenece sólo a ti; puede ser que su luz ilumine a otros (por ejemplo, a través de tu testimonio o tu oración por ellos), pero a nadie puedes convidar del aceite con el que tú rellenas tu lámpara interior, ésa que ilumina la particular senda por la que te encaminas a tu encuentro definitivo con el Señor. Y como no sabes cuándo sucederá, debes vivir cada día como si fuera el último (por si acaso es hoy, me voy a reconciliar; por si acaso es hoy, voy a ir a Misa; por si acaso es hoy, voy a ejercer la caridad). Es responsabilidad tuya asegurar que tu aceite no se vaya a agotar, porque hay un ‘por si acaso’ que de seguro, tarde o temprano, va a llegar...

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=395Domingo, 06 de Noviembre de 2011 9:30 hrs.
El Padre y el padre“A ningún hombre sobre la tierra lo llamen ‘padre’, porque el Padre de ustedes es el Padre celestial.” (Mt 23,9).

Si pensáramos que debemos tomar al pie de la letra estas palabras de Jesús que se proclaman en el Evangelio este domingo en Misa (ver Mt 23, 1-12), tendríamos que preguntarnos dos cosas: ¿se refieren única y específicamente al término ‘padre’?, porque de ser así podríamos vernos muy listos, salirnos por la tangente y en lugar de ‘padre’ optar por ‘papá’, ‘papito’, ‘papi’, ‘pa’ y cuantas variantes pudieran ocurrírsenos. ¿Se refieren más bien a que no debemos considerar a nadie como ‘padre’?, porque si así fuera tendríamos que suprimir no sólo del lenguaje cotidiano, sino del corazón al hombre que nos engendró, no reconocer su paternidad.

¿Suena lógico? No. Es obvio que no se pueden interpretar literalmente las palabras de Jesús, y la prueba de ello es que en la Biblia se emplea con frecuencia el término ‘padre’ para referirse a hombres. En el Antiguo Testamento, los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob son continuamente mencionados como ‘padres’ del pueblo judío (ver Is 51,2; Dt 29,12;), y también se llama padres a los profetas (ver 2Re2,12), y a otros hombres (ver Is 22,21). Y en el Nuevo Testamento, además de que se sigue reconociendo la paternidad espiritual de los patriarcas judíos (ver Hch 3,13; 7,2; Rom 9,10; Lc 1,73), los propios apóstoles Pedro y Pablo se refieren a sí mismos como padres espirituales (ver 1Tim 1,2; 1Cor 4,14-15;1Pe 5,13) y en otros pasajes también se hace referencia a padres (ver 1Jn 2, 13-14;). ¿Qué significa esto? ¿Que todos desobedecieron lo que les mandó el Señor? No. Significa que las palabras de Jesús no estaban pensadas para ser entendidas en forma literal. Para comprobarlo es indispensable situarlas en contexto, como quien dice averiguar qué dijo antes y después, a quiénes y por qué, entonces descubriremos lo siguiente: Él comienza dirigiéndose a Sus discípulos para advertirles que los escribas y fariseos no practican lo que enseñan, y pedirles: “Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra.” (Mt 23,3). Luego les explica la razón de la incongruencia de dichos escribas y fariseos: “todo lo hacen para que los vea la gente” (Mt 23, 5), y cita varios ejemplos que muestran que lo que a éstos les importa no es cumplir y enseñar a cumplir la voluntad de Dios, sino ser admirados y respetados, para recibir trato preferencial a dondequiera que van. Es entonces cuando Jesús pide a Sus discípulos que a ningún hombre llamen ‘padre’ y que ellos mismos no se dejen llamar ‘maestros’ o ‘guías’. Se entiende que no pretende suprimir esas palabras o esos conceptos (si no tuviéramos noción de lo que significa un ‘padre’ humano, ¿cómo podríamos entender lo que significa que Dios sea nuestro ‘Padre’); lo que Jesús desea es que Sus seguidores no caigan en la tentación de los escribas y fariseos, de buscar títulos y sentirse superiores a otros, ni vayan detrás de supuestos maestros o guías (como sucede ahora, que muchos ingenuos se van ‘con la finta’ y se vuelven alumnos de gurús exóticos a los que siguen ciegamente), cuando sólo Él es el verdadero y único Maestro.

Jesús no pretende que se borren del diccionario y de la vida familiar, cultural, laboral o educativa las palabras padre, maestro o guía, sino que tengamos claro Quién es Él y quiénes somos nosotros, y que no por seguirlo a Él nos sintamos por encima de nadie, porque, como lo expresa la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa, todos somos hermanos, a todos nos ha creado un mismo Dios, tenemos todos un mismo Padre.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=391Domingo, 30 de Octubre de 2011 9:30 hrs.
MisiónSiempre empezaba igual. Un señor de ojos azules y pelo platino llegaba a algún sitio público y se dirigía a sacar, discretamente y del lugar más insospechado, un sobre del que extraía fotos y una grabadorcita que de inmediato ponía en ‘play’. Entonces se oía una voz que le explicaba quiénes aparecían en las fotos (casi siempre personajes importantes y extranjeros), le proponía una peligrosa misión para ayudarlos a hacer un bien o para impedirles hacer un mal, y le advertía que si a él o a su personal lo herían, mataban o descubrían, la ‘organización’ negaría conocerlos (como quien dice: si sabes contar...). Por último avisaba que la grabadora se autodestruiría en cinco segundos y efectivamente, al tiempo señalado ésta empezaba a echar humito (ha de haber sido ‘made in China’).

Entonces el de los ojos azules se guardaba el sobre, ponía cara de ‘aquí no pasó nada’ y salía decidido a emprender la riesgosa misión encomendada, ayudado por sus asistentes: un experto en electrónica, un fortachón, uno que podía copiar los rasgos de cualquier persona, confeccionarse una máscara para lucir como ella y asumir su identidad, y una glamorosa espía.

Recordé esto, que sucedía en un programa de televisión que fue muy popular a finales de los sesentas (¡ay, en el siglo pasado!), porque este domingo se celebra el DOMUND o Domingo Mundial de las Misiones, y pensaba que la gente suele relacionar la palabra ‘misión’ con ir a evangelizar a los habitantes de algún país lejano o con realizar una tarea como la de aquella serie televisiva, pero eso es limitar su significado. Misión viene de un término en latín que significa envío, enviar. Y según vemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mc 16, 15-20), el Señor envió a Sus discípulos a ir por todo el mundo predicando el Evangelio.

Y es lógico suponer que no esperaba que dicho envío terminara cuando muriera el último apóstol, sino que continuara hasta el fin de los tiempos, lo cual significa que ahora el Señor nos envía a nosotros a realizar una misión, y cabe comentar que felizmente ésta es muy distinta a la de aquel programa de tele, no sólo porque no se nos comunica en secreto ni tenemos que realizarla a escondidas, ni ser expertos en circuitos, tener una fuerza descomunal, cambiar de identidad o espiar a otros, sino porque Aquel que nos envía no nos dice que si algo malo nos pasa se desentenderá de nosotros, todo lo contrario, nos promete estar pendiente y ayudarnos en lo que necesitemos, pues Él no graba Sus indicaciones desde alguna anónima oficina sino que nos las va diciendo al oído porque ¡viene a todas partes con nosotros! A estas alturas tal vez alguno diga: ‘bueno, me queda claro que tengo una misión, pero no sé cuál es ni qué necesito para cumplirla’, a lo que hay que responder: mira a tu alrededor y pídele al Señor que te haga sentir, que te haga saber de qué quiere que te encargues.

Tal vez tu misión sea animar la fe de tu cónyuge, o ser quien aclare las dudas de fe de un compañero de trabajo, o ayudar a preparar a alguien para recibir un Sacramento. Descubrir a qué misión te llama Dios es el primer paso, lo siguiente es procurar cumplir seis requisitos básicos de todo misionero. Para facilitar recordarlos la primera letra de cada uno forma el acróstico de la palabra ‘misión’: 1. Mantente informado de las necesidades de la Iglesia, qué temas quiere que se difundan, qué personas necesitan atención... 2. Instrúyete.

Familiarízate con la Biblia, conoce el Catecismo, lee lo que dice el Papa; prepárate para poder dar, como pedía san Pablo, testimonio de tu fe. 3. Sal de ti mismo, de tu comodidad, de tu pena, de tu miedo o inseguridad y atrévete a ir al encuentro de quien te necesite. 4. Inculturiza. Con respeto hacia las creencias de otros, reoriéntalas hacia Dios. 5. Ora por ti, por los destinatarios de tu misión y por todos los misioneros. 6. Necesita de los otros; admite tu necesidad, no te creas autosuficiente; no sólo des, sino aprende a recibir de los demás.

Cada año la Iglesia celebra el DOMUND no sólo para pedir que apoyemos las misiones con nuestra ayuda económica y oración, sino para recordarnos que todos y cada uno estamos llamados a cumplir una misión. ¿Sabes cuál es la tuya?

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=382Domingo, 23 de Octubre de 2011 10:00 hrs.
A Dios, no adiósLa estrategia era enviarle unas gentes que primero lo adularan (pues creían que sería susceptible a los elogios, como ciertos personajes vanidosos a los que basta elogiarlos para echárselos a la bolsa), y luego le plantearan una pregunta a la que si contestaba que sí, quedaría muy mal con la gente y si contestaba que no, lo acusarían con las autoridades. ¿A quién me refiero?, ¿acaso a un candidato político del que sus enemigos quisieran que su popularidad en las encuestas cayera vertiginosamente o sacar de la contienda con alguna triquiñuela? Nada de eso. Me refiero a Jesús, al que según narra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 22, 15-21), los fariseos, querían “hacer caer” con “preguntas insidiosas”, por lo que le enviaron unas gentes que luego de llamarlo ‘Maestro’ y alabarlo por su sinceridad, veracidad e imparcialidad, le lanzaron la estocada (o eso creyeron), preguntándole si era lícito o no pagar el tributo al César (que no era como decir ‘al Pepe’ o ‘a la Juanita’, sino que se refería al título empleado por el emperador romano, que exigía impuestos al pueblo de Israel, que estaba bajo su dominio).

La pregunta estaba pensada (es un decir) para perjudicarlo de todas, todas, pues si respondía que sí, dirían que estaba a favor de que los romanos oprimieran al pueblo, y si decía que no, lo harían quedar como un alborotador que azuzaba a la gente a no cumplir sus deberes cívicos. Creían haberle dado un golpe maestro al Maestro. Menuda sorpresa se llevaron cuando Jesús les hizo saber que se daba perfecta cuenta de que eran hipócritas y no se dejó atrapar en su trampa, pero no se conformó con eso, sino que fiel a Su costumbre de responder bien aún a los que lo cuestionaban con mala intención, aprovechó la ocasión para dar una valiosa enseñanza que iba mucho más allá de lo que ellos deseaban preguntar o incluso saber. Les pidió que le mostraran una moneda (con lo cual quedó claro que no llevaba dinero romano y en cambio ellos sí); cuando se la mostraron les preguntó de quién era la imagen grabada en ésta, y cuando le dijeron: “del César”, les dijo algo que los dejó turulatos: “Den, pues al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. ¿Qué quiso decir? Vale la pena reflexionar en ello, pues esta frase ha sido muy manoseada y malinterpretada, sobre todo por quienes parece que entienden lo de ‘a Dios lo que es de Dios’ de corrido y con minúscula: ‘adiós lo que es de Dios’, y pretenden enarbolarla para defender el ‘estado laico’ que según ellos consiste en desaparecer toda mención de Dios en la educación, en la cultura, en la vida social o política, y que aquel que ocupe un cargo público practique de manera vergonzante su religión, en lo oscurito, en la privacidad de su casa, sin que nadie lo sepa, y que los ministros de culto se queden encerrados en sus iglesias con los ojos levantados al cielo y la boca cerrada, sin darse por enterados de lo que sucede alrededor.

¿Qué quiso decir Jesús? Cabe interpretar que está indicando que las personas deben cumplir sus deberes hacia el estado y hacia Dios y dar a cada cual lo que le corresponda. Entonces hay que preguntar, ¿qué es lo que le corresponde al estado?, ¿el pago de impuestos?, pues se le pagan y listo. Pero hay que preguntar también, ¿qué es lo que le corresponde a Dios?, ¿qué es “lo que es de Dios”?, y la única respuesta es: ¡todo! Viene a la mente lo que preguntaba San Pablo: “¿qué tienes que no lo hayas recibido?” (1Cor 4,7). Tu vida, tu salud, tus talentos y capacidades, todo lo que eres y posees te fue dado por Dios, lo recibiste de Él. Todo lo tuyo es Suyo. Tú eres de Dios. Así que darle “a Dios lo que es de Dios” no puede pues entenderse como invitación a encerrarlo en el cielo y convertirlo en huésped ultra secreto que se visita de incógnito de vez en cuando, sino en tributarle la gratitud, la alabanza, el culto, el reconocimiento que merece, no sólo en nuestro interior más profundo, sino en nuestro comportamiento exterior; no sólo en la vida privada sino en la pública; no sólo cuando nada más Él nos ve, sino cuando nos mira todo el mundo.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=375Domingo, 16 de Octubre de 2011 9:00 hrs.
La fiesta de DiosEl contraste era notable. En un video casero en el que aparecía una familia celebrando el cumpleaños de su chamaquito, que salía soplando las velas de su pastel y estaba muerto de risa porque éstas no se apagaban por nada, niños y adultos sonreían y traían puestos chistosos gorritos; algunos salían inflando sus ‘espantasuegras’ o arrojando serpentinas, y se veía que se estaban divirtiendo mucho, había una excepción. Contrastaba el ceño fruncido de un señor que no traía gorrito. A la amiga que me estaba mostrando el video le pregunté quién era ese invitado que se veía tan enojado. Respondió que era un tío de su mamá. Pregunté: ‘¿estaba molesto porque no alcanzó gorrito?’ a lo que respondió: ‘¡no, qué va! si no se lo quiso poner. Está muy amargado y creo que no le gustan las fiestas, pero no importa porque no pensamos volverlo a invitar...’

Recordé esto al leer el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 22, 1-14). En él narra Jesús una parábola acerca de un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo, pero los invitados no quisieron ir, y cuando mandó que les insistieran e incluso les dijeran en qué consistiría el rico menú, como para ver si con eso lograba antojarlos para que asistieran, no sólo no se dejaron convencer sino que respondieron de la peor y más inesperada manera: ¡insultando y matando a los empleados que fueron a invitarlos! Parece imposible que alguien reaccione así ante una invitación tan gentil y generosa, pero desgraciadamente sucede. Por increíble que parezca, con demasiada frecuencia y en las más diversas circunstancias, el ser humano no solamente no agradece sino rechaza encolerizado participar del gozo al que Dios lo invita. Ahí tenemos, por ejemplo, el caso extremo de una mujer que entre millones de mujeres que desean con toda el alma tener un hijo pero no logran concebirlo, recibe la invitación a ser madre y se niega a aceptarla y provoca la muerte del hijo en sus entrañas. Y hay otros ejemplos que muestran con qué facilidad algunas personas rechazan los llamados de Dios a participar de Su alegría. Por ejemplo, hay quien no acude a la Confesión, que es una fiesta en la que somos invitados a recibir el abrazo del Padre y celebrar con Él que logró recobrarnos cuando estábamos perdidos; hay quien se pierde la Eucaristía, que es una fiesta en la que se nos ofrece el mejor banquete que puede haber. Pero despreciar las invitaciones a estas fiestas es despreciar a Aquel que nos invita a ellas.

En la parábola sigue contando Jesús que cuando aquel rey se vio rechazado por sus primeros invitados, mandó a sus empleados a ir a los cruces de caminos a invitar a todos los que se encontraran, y entonces el salón se llenó de comensales, buenos y malos, y cuando el rey entró a saludarlos, descubrió a uno que no iba adecuadamente vestido y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’, pero éste se quedó callado. Se suele interpretar que ese traje de fiesta representa el alma que debe estar limpia de pecado para poder entrar al cielo, por lo que este sujeto que no lo traía puesto representa al pecador que no ha querido arrepentirse. En ese sentido quizá cabría considerar que el pecado de ese hombre es uno del que tal vez no mucha gente se confiese pero debería, pues consiste en negarse voluntariamente a participar de la fiesta de Dios: no querer ser abrazado por Él, perdonado por Él, alimentado por Él; negarse a experimentar la alegría de cumplir Su voluntad: negarse a amar, a perdonar, a dar sin esperar recompensa, a poner los propios dones al servicio de otros; en resumen, rechazar la alegría de Dios. Cuenta la parábola que ese invitado que ni se vistió de fiesta ni dijo por qué, fue arrojado fuera. No es que lo castigaran, él mismo se castigó. Prefirió las tinieblas. Como aquel tío del video, eligió quedarse al margen de la celebración, y al margen se quedó. Pero para siempre...

Qué pena, en el amplio sentido de la palabra, si nos mantenemos aferrados a la propia amargura, pudiendo entrar a disfrutar la fiesta, la dulzura de la alegría de Dios.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=367Domingo, 09 de Octubre de 2011 9:00 hrs.
El reclamo de los frutos‘¡Cállate! Ya sé que está mal, pero no quiero que me lo digas, no quiero oírlo!’

Así solemos reaccionar cuando planeamos hacer o estamos haciendo algo que no está bien y no soportamos que venga alguien a cuestionarnos. Cuando era adolescente y fumaba, me chocaba que mi mamá me dijera que fumar me hacía daño; a una amiga que se enojó con sus suegros, le molestaba que su cuñado la sermoneara instándola a perdonarlos, y a su vez a él, que no era rencoroso pero sí infiel, lo encolerizaba ser amonestado por su relación extramarital. No nos gusta ser forzados a examinar las decisiones que tomamos llevados por el egoísmo, el rencor, la búsqueda de placer, el miedo, la presión social... No queremos que nadie nos haga ver que nos dejamos influir por las razones equivocadas. Ejemplo de esto es el encendido debate que provoca el tema del aborto. Las mujeres que están a favor porque alguna vez han abortado y/o quieren tener la posibilidad de poder recurrir a éste, no quieren ni oír hablar de que lo que llaman ‘interrupción del embarazo’ es, en realidad, interrupción de una vida, privar de la existencia al ser humano que se está desarrollando en el vientre materno. No se permiten aceptarlo porque entonces, en conciencia, tendrían que reconocer que cometieron un homicidio, o, si están pensando cometerlo, tendrían que cerrar la puerta a lo que parece ser la salida más fácil a un embarazo no deseado, y obligarse a considerar otras opciones que no quieren considerar, asumir consecuencias que no desean asumir. Se entiende que las voces de quienes se atreven a cuestionarlas las inquieten e incomoden profundamente y quieran acallarlas. A nadie le gusta tener que dar cuentas de sus actos. Es algo de lo que en cierta medida nos habla también el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 21, 33-43). En él narra Jesús una parábola sobre un propietario que plantó un viñedo, lo acondicionó con todo cuidado, lo alquiló a unos viñadores, se fue de viaje, y cuando llegó el tiempo de la cosecha mandó a recoger su parte de los frutos; los viñadores golpearon, apedrearon y mataron a sus primeros enviados; mandó a otros y los trataron igual; mandó por último a su hijo pensando que lo respetarían y también fue asesinado. Jesús se estaba refiriendo a lo que sucedió a los profetas del Antiguo Testamento, a lo que le sucedería a Él, y probablemente también a lo que ocurriría a quienes irían a predicar de Su parte (recordemos que Esteban murió apedreado, y Pablo, Pedro y los demás discípulos padecieron golpes y azotes, y fueron matados), pero cabe también aplicar Sus palabras hoy en día para recordar que todos somos trabajadores de una viña que no es nuestra, que hay un Propietario, que fue quien hizo todo lo posible para que esa viña brotara; se preocupó por dotarla de todo lo habido y por haber para que pudiera ser cultivada y desarrollarse a plenitud y estamos llamados a entregarle buenos frutos. En otras palabras, que no podemos sentirnos dueños únicos de nuestra existencia ni de la de otros, porque nosotros solamente la recibimos para administrarla no para apoderarnos de ella.

Y por más que golpeemos con ira, apedreemos con críticas o queramos borrar del mapa de nuestro aprecio o atención a quienes, enviados por el Dueño, vengan a reclamarnos frutos que de momento no queramos dar, no podemos ignorar sus reclamos porque sabemos que son los de Aquel que tarde o temprano regresará a pedir cuentas de todo lo que un día puso en nuestras manos.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=360Domingo, 02 de Octubre de 2011 10:00 hrs.
No, pero...No quiero levantarme de mi cama, las cobijas están calientitas y todavía tengo sueño. No quiero ir a la escuela, hay examen. No quiero ir a trabajar tengo demasiada chamba acumulada. No quiero hacer el quehacer, qué flojera. No quiero ir a esa reunión familiar. No quiero ir al doctor. No quiero hacer ejercicio. No quiero ensalada. No quiero dejar de fumar...

Probablemente todos hemos dicho alguna vez alguna de estas frases, y también probablemente acabando de pronunciarla hicimos justo aquello que dijimos que no queríamos hacer: nos levantamos de la cama, fuimos a la escuela o al trabajo, realizamos el quehacer, acudimos a la reunión, al médico, hicimos el esfuerzo de cambiar ciertos hábitos perjudiciales para nuestra salud. ¿Por qué? Porque no nos quedó de otra, porque por encima del ‘sentir’ estaba el ‘deber’. Es innegable que los seres humanos somos volubles, no siempre estamos en la mejor disposición para hacer aún lo que más nos gusta, mucho menos lo que no nos gusta, pero hay cosas que tenemos que hacer aunque no queramos, porque si no las hacemos, reinaría el caos, tanto en nuestra vida, como en la de quienes nos rodean.

Recuerdo que leí en un libro que me gustaba mucho de chica:‘Mujercitas’, que contaba la vida de una familia con cuatro hijas, que una vez en que éstas se estaban quejando de que tenían que hacer diversas labores en la casa y lo consideraban una molesta obligación, su mamá decidió darles una lección. Les propuso que al día siguiente nadie hiciera nada. De entrada les encantó la idea, pero al otro día comprobaron que tenía, como se dice popularmente, sus ‘asegunes’. Desperdiciaron toda la mañana durmiendo, pues como su mamá no las despertó, se levantaron tardísimo. Amanecieron tiritando porque nadie cortó leña ni prendió la chimenea. En la mesa no las esperaba su desayuno calientito porque nadie lo preparó. Y la alacena estaba vacía porque nadie fue a comprar algo para comer. No tardó cada una en comprender que aunque no quisiera hacer lo que le correspondía, debía disciplinarse y hacerlo, o saldría perjudicada y perjudicaría a otros.

Esto, que aplica a la vida cotidiana, aplica también a la vida espiritual. Si alguien dice: ‘qué pereza, no quiero ir a Misa’, y no va; ‘no quiero hacer oración, y no ora; ‘no quiero leer la Biblia, y no la lee; ‘no quiero ayudar en la parroquia’, y no ayuda; si se deja guiar solamente por lo que de momento le ‘nace’, corre el riesgo de quedarse dormido, dejar enfriar su amistad con el Señor y quedar con el corazón vacío, sin la gracia divina, sin el alimento que su alma requiere para enfrentar cada jornada.

En el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 21, 28-32), Jesús pone el ejemplo de dos hermanos cuyo papá los llamó a laborar en su viña. El mayor respondió, obediente y respetuosamente: ‘ya voy, señor’, pero como pasa con esos ‘ahorita’, que decimos en México (y que nunca se cumplen), no fue. El otro hijo en cambio de plano contestó: ‘no quiero ir’, pero se arrepintió. Tal vez lo conmovió ver a su papá alejarse decepcionado, tal vez creyó que si no trabajaba no recibiría su ‘domingo’; en todo caso, lo pensó mejor. Y Jesús pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” y la respuesta es: “el segundo”. No el ‘cumplidor sólo de dientes para afuera’, sino el que al principio no quería ir, pero al final fue.

Jesús aplicó ese ejemplo a quienes, como el primer hijo, aparentemente le decían ‘sí’ a Dios pero en realidad no hacían lo que Él les pedía, en contraste con quienes en un principio le habían dicho claramente ‘no’, pero se convirtieron y obraron en consecuencia. Pero quizá también podemos tomarlo como ejemplo de lo que debemos hacer cada vez que no queremos hacer algo que el Señor nos pide, cada vez que le hemos dicho o nos hemos sentido tentados a decirle ‘no’. Reflexionar y hacerlo. Sobreponernos. Que nuestro inconstante humor nunca nos impida disfrutar los constantes regalos del Señor.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=351Domingo, 25 de Septiembre de 2011 9:30 hrs.
Contratados y contratistas¿Por qué crees que a esas horas todavía nadie los había contratado?

Me refiero a esos trabajadores a los que el dueño de una viña encontró en una plaza ya al caer la tarde y a los que invitó a laborar para él, según cuenta el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 20, 1-16). Son mencionados en una parábola que narró Jesús, acerca de un propietario que a lo largo de toda una jornada estuvo contratando trabajadores para su viña. Salió al amanecer, a media mañana, a medio día, a media tarde y por último al caer la tarde, y en cada ocasión encontró a muchos dispuestos a trabajar. Y a los últimos les hizo esta pregunta: “¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’...” (Mt 20, ).

Como se sabe que ese propietario representa a Dios y los trabajadores a nosotros, cuando se reflexiona sobre esta parábola, generalmente el tema se centra en que para Dios nadie llega demasiado tarde, acoge lo mismo al que nació en familia creyente y fue bautizado desde chiquito, que al que se convierte al final de su vida. Es algo muy esperanzador. Pero ahora quisiera retomar la pregunta planteada al inicio para reflexionar en otro asunto: ¿Por qué sería que nadie había contratado a esas personas? Se me ocurren dos posibles razones.

La primera, que quizá no estaban buscando chamba. No imaginemos que estaban en la plaza con un letrero que decía: ‘se trabajan viñas’. Quizá ni les había pasado por la cabeza que podían laborar en una. Lo mismo sucede a mucha gente que va por la vida sin imaginar que podría poner sus talentos al servicio de Dios. Y sólo necesita que alguien las invite, le sugiera: ‘oye, ¿por qué no me acompañas a visitar a estos enfermos?’, ‘¿qué tal si me echas una mano en el albergue?’, ‘¿podrías ayudar a reparar eso que se averió en el asilo?’, ‘te gustaría dar catecismo?’, para descubrir una vocación que no sabía que tenía. Y la segunda posible razón por la que nadie los había contratado es que quizá tenían mala fama. Y aquí cabe dividir lo de la mala fama en dos aspectos.

Por una parte, mala fama en el sentido de que ya se sabía que eran rete chambones y por eso nadie les ofrecía empleo. Excepto el dueño de la viña. Esto significa que Dios a nadie considera inepto para trabajar para Él, no importa cuántas veces haya fallado o qué piensen los demás, para Dios es alguien al que vale la pena invitar a trabajar para Él. Y por otra parte, lo de la mala fama también puede tomarse en sentido de que tal vez habían hecho algo malo y eso los había marcado, y ahora todos les tenían desconfianza o miedo, les sacaban la vuelta, no creían que algo bueno pudiera venir de ellos y desde luego ni de broma pensaban contratarlos.

En ambos casos la invitación del dueño de la viña lo cambió todo, pues no sólo aceptaron sino que por lo visto hicieron muy bien su trabajo, pues la parábola no cuenta que al final los hubieran regañado (y hay parábolas en las que más de uno sale reprendido por no hacer lo que se le encomendó). Ello prueba que no hay que tener prejuicios a la hora de invitar a alguien a trabajar para la viña del Señor ni hay que dar a nadie por perdido. Y por último cabe destacar dos cosas: Una, que en todo momento Jesús los llama ‘trabajadores’, aun cuando estaban ociosos. Eso significa que para Él todos somos trabajadores, llamados a laborar en Su viña. Nadie debe sentirse excluido. Y dos, que el dueño de la viña les pregunta por qué no fueron contratados, lo cual significa que no sólo él salió a contratar, sino autorizó a otros, que tal vez se dejaron llevar por prejuicios y no invitaron a cuanto hubieran debido invitar. Se les olvidó algo que afirma la Primera Lectura dominical (ver Is 55, 6-9), que Dios no piensa como los hombres, que Sus caminos son muy distintos a nuestros caminos.

Este domingo la Palabra nos recuerda no sólo que Dios nos invita a laborar en Su viña, seamos como seamos o estemos donde estemos, sino que quiere que invitemos a otros. Y es que el Señor no quiere que nadie se quede sin recibir la paga generosa que tiene preparada para cuantos aceptan Su invitación: en esta vida, los torrentes de Su gracia, y, en la otra, la salvación.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=274Domingo, 18 de Septiembre de 2011 9:30 hrs.
Con o sin lupaComo un tipo de capa y gorra, ambas de tela de cuadritos, con una gran lupa en la mano para examinarlo todo. Así aparecía dibujado en las historietas el famoso Sherlock Holmes, investigador inglés que acompañado de Watson, su fiel amigo, analizaba escenas de crimen y hallaba siempre al culpable gracias a su agudísimo poder de observación. Era muy popular entre los niños de aquel tiempo, y así como ahora se venden capas de superman o de batman, entonces se vendía el conjunto de capa, gorra y lupa, para que los chamaquitos jugaran a ser Sherlock Holmes.

Recordaba esto y consideraba que podía ser una buena diversión infantil imitar a este detective, pero en la vida espiritual es un desastre. ¿A qué me refiero? A que hay personas que tienen lo que podría llamarse ‘complejo de Sherlock Holmes’, y van por la vida con una especie de lupa invisible, a través de la cual miran a los demás para examinarlos y detectar hasta la más pequeña imperfección y, lo peor de todo, para ver agrandadísima cualquier actitud que encuentran desagradable u ofensiva. Y añaden a todo esto una memoria prodigiosa que va registrando hasta el último detalle para no olvidarlo jamás. Se sienten muy listas porque ¡no se les va una!, pero no se dan cuenta de dos cosas, a cual más de graves: la primera, que ese afán de captar tan minuciosamente lo malo que los otros supuestamente hacen y les hacen, las daña sobre todo a ellas mismas, llenándolas de un rencor que las amarga, y la segunda, que cuando menos esperen les llegará la hora de presentarse ante Dios a entregarle cuentas y como llegarán aferradas a su lupa, como el lente de ésta sirve por ambas caras, Dios las verá desde el otro lado, y verá todos sus defectos y pecados agrandados. Y entonces a Él, que de por sí no se le escapa nada pero que misericordiosamente suele hacerse de la ‘vista gorda’ para disculparnos compasivamente, no le dejarán más remedio que ‘examinarlas, con lupa’.

Y si una persona piensa: ‘pues a mí no me da miedo que me examine así, no tengo pecados’, habría que recordarle que pecar no es sólo cometer algo ‘gordo’ como matar, robar o fornicar, sino todo aquello que atente contra el único mandamiento que nos dejó Jesús: que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado (ver Jn 15,12). Y basta que analice lo que pensó, dijo, hizo o dejó de hacer un solo día, para darse cuenta de que no todo (quizá casi nada) fue motivado por amor, sino por impaciencia, ira, envidia, pereza, resentimiento, afán de venganza y demás motivaciones contrarias a la voluntad divina. Entonces se dará cuenta de que ha cometido más faltas de las que pensaba y que en realidad no resistiría que Dios la examinara con lente de aumento, como ella examina a los demás.

En la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa dice: “El que no tiene compasión de un semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados?” (Eclo 28,3). En otras palabras, si no le pasas ni la más mínima falta a los demás y más bien las buscas y las haces más grandes de lo que son, te arriesgas a que Dios haga lo mismo con las tuyas. El Evangelio dominical (ver Mt 18, 21-35) plantea el asunto muy claramente: quien no ofrezca compasión, no recibirá compasión.

Conviene, pues, dejar que resuene en el corazón la última frase que nos dice este domingo el autor del Eclesiástico: “pasa por alto las ofensas” (Eclo 28, 7), como quien dice, no sólo no las contemples como con lente de aumento, ni siquiera las mires. De esa manera no sólo vivirás en paz, sino asegurarás lo más importante: que cuando llegues ante Dios nada le impida mirarte como le gusta mirar, misericordiosamente.

*Te recomendamos leer ‘Por los Caminos del Perdón” de Alejandra Ma. Sosa E.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=194Domingo, 11 de Septiembre de 2011 9:30 hrs.
¿Ayudar a los malvados?Pregunté a diversas personas: ‘¿tú ayudas a los que hacen el mal?’ y todas respondieron de inmediato que no. Es natural. Hacia quien realiza maldades la gente suele sentir indignación, enojo, sorpresa, decepción, incluso aversión, pero no deseos de ayudarle. Es por eso que resulta tan sorprendente lo que nos pide Dios a través del profeta Ezequiel en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Ez 33, 7-9).

Dice el Señor: “Si Yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es un malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida.” (Ez 33, 8). ¿Qué quéeeeeee?, ¿oímos bien?, ¿nos está diciendo el Señor que si pronuncia sentencia de muerte contra un malvado, en lugar de alegrarnos y pensar, ‘¡qué bien!, ¡un malvado menos en este mundo!’, y luego olvidarnos del asunto, ¿debemos ayudarle? ¡Sí!, pero no ayudarle a hacer el mal, sino a corregirse. ¿Cómo? Amonestándole. Pero y ¿cómo le hacemos? En primer lugar, ¿cómo saber contra quién ha pronunciado Dios sentencia de muerte?, en segundo lugar, si ya Dios dictó sentencia de muerte contra un malvado, ¿por qué en lugar de matarlo de una vez, nos envía a nosotros a amonestar a ese infeliz?, y, en tercer lugar, ¿cómo podríamos amonestarlo?, tal vez no sería posible o prudente acercarnos a semejante ‘malvado’, y aun si lo consiguiéramos, probablemente ¡no nos haría el menor caso! Para tratar de responder estas interrogantes conviene, antes que nada, que nos quitemos la idea equivocada de que los ‘malvados’ son los otros. Somos también nosotros. Todo aquel que en un momento dado se desvía de la voluntad de Dios, que es siempre buena, y sigue caminos de pecado, hace mal. Y todos podemos caer en ello. Ahora bien, hay de pecados a pecados. Los graves rompen la amistad con Dios, y quien los comete se hace acreedor a una sentencia de muerte, pero no referida a este mundo, no en el sentido de que Dios le quitará la vida como para desquitarse, enviándole fuego del cielo a que lo achicharre (Dios no es castigador y nunca hace eso), sino con relación a lo que San Juan llama ‘la muerte definitiva’, es decir, la condenación eterna. No en balde esos pecados son llamados ‘mortales’. No es fácil cometerlos, pero es posible. Se requiere pleno conocimiento, pleno consentimiento y que el asunto en sí sea grave, es decir, realizar algo que vaya gravemente en contra de la voluntad de Dios. Como se ve, quien los comete, se busca solito su propia condena. Así pues, cuando Dios dice que dicta sentencia de muerte contra un malvado, se está refiriendo al peligro de condenación eterna en el que se encuentra aquel que está en pecado mortal. Dios no lo condena, le anuncia que puede ser condenado. En este punto resulta muy conmovedor que ante quien en un momento dado rompe consciente y voluntariamente su relación con Dios y elige darle la espalda, Dios no se encoleriza, no lo borra del mapa, no se da por ofendido, no se desentiende, no reacciona como tal vez reaccionaríamos nosotros, sino busca darle otra oportunidad al pecador, una posibilidad de salvarse, y nos pide a nosotros, a ti, ayudarle. ¿De qué manera? Amonestándole. ¿De qué manera? Desde luego, cuando sea posible, hablar con él, con prudencia, claridad y firmeza. Y también amonestarle con la propia conducta. Quien da o acepta ‘mordidas’ se siente amonestado por quien se niega a realizar actos corruptos; quien platica chismes se siente amonestado por quien niega a hablar mal de los demás. Las acciones pueden amonestar más que las palabras. Y por último, aparte de hablar y actuar, no hay que desaprovechar lo que leemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 18, 15-20), que Jesús ofreció que si dos o más se ponen de acuerdo para pedir algo en Su nombre, el Padre lo concederá, así que estás llamado a unirte a otros para pedir la conversión de quienes hacen el mal. ¿Y yo por qué?’, tal vez preguntes. Porque como todos estamos en el mismo barco, sujetos a las mismas tentaciones, igualmente débiles y susceptibles de caer, el llamado que nos hace el Señor para que tratemos de ayudar a que otros corrijan su camino, es el mismo que les hace a otros para que nos traten de ayudar si nos desviamos. Ya lo dice el refrán popular: ‘hoy por ti, mañana por mí’.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=63Domingo, 04 de Septiembre de 2011 9:00 hrs.
CriteriosQue todos lo hacen. Que es lo que sale en la tele. Que así sucede en las películas. Que se considera ‘políticamente correcto’. Que es lo que se acostumbra. Que a tus amigos les parece bien. Que es lo que opina la mayoría. Que lo oíste en la radio. Que es lo que apoyan los intelectuales. Que está ‘bien visto’. Que es lo que se usa. Que está muy de moda. Que salió publicado en el periódico. Que lo afirmaron en una revista. Que lo leíste en un libro. Que eso dicen en internet. Que parece lógico. Que suena bien.

¿Alguna de estas frases expresa aquello que norma tu criterio?, ¿alguna muestra la razón que suele haber detrás de lo que piensas, crees, eliges, apoyas, haces o dejas de hacer?

Si nos detuviéramos a reflexionar seria y detenidamente acerca del origen de muchas de las ideas que consideramos propias, nos daríamos cuenta de que no las incorporamos a nuestra manera de pensar tras una madura reflexión, sino nos llegaron de fuera y simplemente las aceptamos sin cuestionarlas, como quien dice, nos las tragamos sin masticar, ¿por qué?, por la sola razón de que vinieron de personas o medios que tienen el poder de influenciarnos.

Una encuesta internacional realizada a fines del año pasado, mostró que los mayores ‘normadores de criterio’ en nuestro tiempo (y no sólo para las impresionables mentes infantiles o jóvenes, sino para las de los adultos también) son los medios de comunicación, incluido el internet. Ello significa que lo que leemos, escuchamos o vemos en la tele, en la radio, en la computadora, nos influye tremendamente. Resulta entonces urgente y vital que nos preguntemos: ¿qué mensaje nos transmiten dichos medios?, ¿qué ideas pretenden sembrar en nosotros?, ¿a qué intereses sirven?, ¿cuál es su propósito, su motivación? Lamentablemente basta echar un vistazo a los contenidos que suelen difundirse en la mayoría de los medios para comprobar que no sólo no se rigen por valores cristianos sino que tal parece que se han propuesto, a veces sutilmente y a veces abiertamente, atacar y/o ridiculizar a la Iglesia Católica y a sus miembros. ¿Qué hacer al respecto? ¿Cómo contrarrestar esa influencia negativa? Procurar contrastarlo todo con lo que sabemos que nos pide Dios, por ejemplo en Sus mandamientos, preguntarnos: ¿qué diría Dios de esto que estoy escuchando, o leyendo o mirando?, ¿estaría de acuerdo con lo que se plantea? Y, si se trata de críticas a principios o documentos eclesiales, acudir a las fuentes, informarse directamente. Aprender a tomar lo que venga de fuera, especialmente de los medios, con ‘pinzas’, no dejarse moldear por ello, sino cuestionar si es conforme a lo que uno cree y si no lo es, desecharlo. Que el criterio para aceptar algo no sea que se ‘usa’ sino que es coherente con la propia fe. Contaba el Papa que cuando era chico llegó el circo a su pueblo y él y sus hermanos pidieron a su papá los dejara ir. Les dijo: ‘denme una buena razón para darles permiso’. Contestaron: ‘que todos los niños van a ir’. Les respondió: ‘ésa no es buena razón’. Y no les dio permiso. Al otro día volvieron a pedirle los dejara ir, y les hizo la misma pregunta. Cada uno dio sus razones: que si para ver al elefante, a los payasos, a los malabaristas. Entonces les dio permiso y les hizo notar que hacer algo sólo porque otros lo hacen, nunca es una buena razón. Es una lección para aplicarla con relación a las propuestas que nos llegan del mundo, especialmente de los medios. Por ejemplo, no porque los protagonistas de un programa o de una película hagan algo significa que sea aceptable o digno de imitación. No porque un famoso comentarista afirme algo sobre la Iglesia significa que tenga razón o esté bien informado (de hecho sorprende el desconocimiento sobre temas de fe que suelen tener).

Hay que recordar siempre lo que nos pide San Pablo en la Segunda Lectura este domingo: ‘No se dejen transformar por los criterios de este mundo; sino dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.” (Rom 12, 2). En otras palabras, estemos atentos para no asumir como propios los criterios estériles, frívolos, pasajeros de un mundo que con frecuencia sólo busca engañarnos, y amoldémonos a los de Aquel que nos creó, nos conoce, nos ama y sólo quiere salvarnos.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=64Domingo, 28 de Agosto de 2011 9:20 hrs.
Como no hay otraSi fuera un partido político cabría esperar que, como muchos de éstos acostumbran, dejara de lado sus principios y estableciera alianzas con otros con los que no estuviera de acuerdo, con tal de conseguir más votantes y ganar poder. Si fuera un régimen político, cabría esperar que su criterio para establecer funcionarios o leyes lo dictara la opinión pública, y obedeciera a lo que una mayoría (inevitablemente influenciada por sus propios intereses, los medios de comunicación o la moda del momento), decidiera, dizque ‘libre y soberanamente’. Si fuera una empresa, cabría esperar que su lema fuera: ‘al cliente lo que pida’ y no tuviera empacho en hacer lo que fuera para darle gusto a su clientela y aumentarla cada vez más. Pero gracias a Dios no es un partido, ni un régimen político ni una empresa. Es la Iglesia Católica. Una institución como no ha habido, hay ni habrá otra en el mundo entero, y por eso ni ella se puede regir ni uno la puede juzgar como se rigen o se juzgan las organizaciones humanas.

¿Qué la hace tan distinta y especial? Lo averiguamos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 16, 13-20): la fundó Jesús. Es decir, que su existencia no se debió a una ocurrencia de los apóstoles ni de algún líder religioso ni de un político ni de algún personaje rico o influyente, sino que Dios mismo la instituyó. Ello tiene importantes implicaciones, entre las que cabe destacar dos: La primera es que las motivaciones de la Iglesia son distintas a las que suelen tener otras instituciones, y así, por ejemplo, si pide dinero no es para hacerse rica sino para brindar ayuda (no en balde es la institución mundial que más ayuda humanitaria, gratuita y sin distinciones, brinda en todo el planeta). Y las misiones que realiza no tienen como fin expandirse para adquirir poder, sino obedecer el mandato del Señor de ir a anunciar la Buena Nueva hasta los últimos rincones de la tierra (ver Mc 16,15), acercar al mayor número posible de personas a la salvación. Y, la segunda implicación es que la Iglesia no se rige por lo ‘políticamente correcto’, lo que está de moda, lo que se ‘usa’, sino por los criterios de Dios, y ya sabemos que Él suele ir a contracorriente del mundo. Y así, por ejemplo, no considera que un bebé recién concebido sea una molestia de la que haya que deshacerse, sino un alma para la eternidad, un ser humano destinado a hacer mucho bien en este mundo, por lo que acabar con él no sólo cancela una vida sino impide todo el bien que ésta hubiera podido realizar; tampoco ve a un anciano o a un enfermo teminal como alguien que merecer ser eliminado porque no tiene ‘dignidad’ pues no produce nada en términos económicos o ha perdido algunas facultades, sino como alguien que mantiene intacta su dignidad de hijo de Dios y puede, hasta su último aliento, hacer mucho bien, no sólo intercediendo por otros sino permitiéndoles vencer su egoísmo y ejercer la caridad. En un mundo en el que la vida humana es considerada desechable, alguien tiene que defender su valor desde su concepción hasta su fin natural; en un mundo en que las parejas se usan mutuamente como objetos de placer, alguien tiene que luchar por rescatar a la persona de la cosificación; en una sociedad que facilita el ‘divorcio express’ de los esposos, alguien tiene que otorgarles la gracia para poder cumplir ese hondo anhelo de todo ser humano de amar y ser amado en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y la riqueza...La Iglesia es ese ‘alguien’. Dios la fundó para ayudar al ser humano a navegar seguro aun en mares encrespados o con vientos contrarios, sin perder la brújula, sin olvidar el sentido de su existencia y su meta; y por ello la dotó de autoridad para decidir cuestiones, interpretar Su Palabra; otorgar Su perdón, hacerlo realmente presente en la Eucaristía, atar o desatar, bendecir, consolar, guiar, en suma hablar y actuar en Su nombre. Y por ello al elegir al discípulo que nombraría la roca sobre la cual fundaría Su Iglesia, al que le confiaría el timón de Su barca, Jesús no buscó al más guapo, simpático, carismático, sabio o político, sino al que atinó a dar la respuesta inspirada, al que supo dejarse iluminar por Dios (ver Mt 16, 17-18).

Se equivocan quienes esperan que la Iglesia se comporte como partido político, gobierno, empresa, club o cualquier otra institución humana. Nunca lo hará. Dios fundó la Iglesia no para darnos por nuestro lado, sino para conducirnos a Su lado...

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=65Domingo, 21 de Agosto de 2011 9:30 hrs.
Rebeldía y misericordiaQuienes tienen a su cargo a alguien de quien esperan obediencia, sea un hijo, un subalterno, un empleado, suelen tener por grave falta la rebeldía. Me decía un amigo maestro que puede pasar por alto que un alumno llegue un poco tarde o no traiga muy bien hecha la tarea, pero no que sea rebelde, que le desafíe, que no obedezca y haga lo que se le pegue la gana. No hay autoridad que apruebe la rebeldía, y a los rebeldes se les suele someter por la fuerza. Es por eso que resulta muy sorprendente lo que da a entender San Pablo en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Rom 11, 13-15. 29-32). Que la rebeldía de los judíos que no creyeron en Jesús, no movió a Dios a someterlos por la fuerza, sino que les tuvo paciencia y mientras tanto buscó la manera de regalar los dones que aquéllos no quisieron recibir, a otros que supieron aprovecharlos. Esto recuerda aquella parábola que contó Jesús de un hombre que dio una gran cena y al ver que aquellos a quienes había originalmente invitado no quisieron acudir, mandó invitar a unos que jamás hubieran imaginado poder participar de semejante fiesta (ver Lc 14, 16-21).

Afirma San Pablo que: “Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos Su misericordia” (Rom 11, 32). Él se refería principalmente a la rebeldía del pueblo elegido que rechazó a Jesús, pero sus palabras se aplican también a todo aquel que en algún momento se rebela contra los mandamientos del Señor y se aleja de Él.

¡Qué consolador resulta saber que el Señor reacciona ante las rebeldías del ser humano no como reacciona el mundo, forzando o rechazando a los rebeldes, sino con infinita paciencia y misericordia! Ello tendría que movernos a considerar, por una parte, que nunca debemos temer que por habernos alejado o haber caído en pecado, Él nos rechace cuando queramos volver a Él, pues nos está esperando siempre con los brazos abiertos. Y, por otra parte, que es una tontería rebelarse y alejarse de Aquel que es tan misericordioso, y peor aún si esa rebeldía es calculada, si alguien dice: ‘bueno, pues puedo ser rebelde y hacer lo que me pegue la gana, al fin que cuando quiera regresar el Señor tendrá misericordia de mí’. Consideremos esto: Si alguien estuviera dentro de una cabañita en la mitad de un paisaje nevado, disfrutando del fuego acogedor de la chimenea y de un humeante tazón de chocolate (digo chocolate porque soy chocolatera, pero cada quien piense en la bebida calientita de su preferencia), en compañía de sus seres más queridos, seguramente no querría salir y aventurarse a alejarse de allí, no sólo para no arriesgarse a extraviarse y morir congelado, sino para no perderse ni un instante de todo lo que está gozando ahí dentro. Así también el conocer la infinita misericordia del Señor, debe movernos no sólo a no temer jamás que nos rechace enojado cuando abandonemos nuestras rebeldías y volvamos a Él, sino sobre todo y primero que nada, a no querer caer en el pecado, a no alejarnos ni un instante del Señor, porque no hay sitio mejor que junto a Él, no hay lugar más acogedor que a Su lado.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=66Domingo, 14 de Agosto de 2011 9:30 hrs.
Para no hundirseContaba una señora que a su marido le diagnosticaron cáncer, y lo primero que hizo al recibir el diagnóstico fue irse a un centro comercial (el marido, ¿eh?, no la señora). ¿A qué fue? Dijo que a caminar para darse tiempo de digerir la noticia, de asimilar la impresión. Y decía ella que cuando supo que él fue allí le pareció muy bien porque era preferible eso a que hubiera ido a ahogar sus penas a un bar. Bueno, planteado así parece en efecto mejor opción, pero, ¿a quién se le ocurre irse a meditar acerca de la posibilidad de morirse antes de lo que pensaba, a un sitio tan lleno de luces, mercancías, música y desconocidos? ¿A qué conclusiones podía llegar allí?, ‘¡uy, todo lo que tengo que comprar antes de que sea tarde!’ o ‘¿ay, todo lo que ya no alcanzaré a comprar!’...? Me pareció triste que en un momento tan trascendental de su vida no se le hubiera ocurrido ir a una iglesia, a ponerse delante de Aquél con el que tal vez pronto tendría que encontrarse cara a cara; acudir a llorarle o a preguntarle o a suplicarle o a lo que fuera, pero haber ido a verlo, a encomendarle su salud, su vida, a sus seres queridos, en suma, haber ido a ponerse en Sus manos.

Recordaba esto al leer el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 14, 22-33). En él se narra que luego de la multiplicación de los panes y los peces Jesús despidió a la gente y obligó (así traduce la Biblia) a Sus discípulos a subir a la barca para ir a la otra orilla. Probablemente no se querían ir porque la estaban pasando muy bien, tal vez la gente estaba entusiasmada, incluso eufórica, felicitándolos por tener semejante Maestro, y quizá ellos ya se estaban creyendo la gran cosa, después de todo, habían proporcionado los cinco panes y los dos peces. Pero tuvieron que subir a la barca, y entonces, cuando ya estaban a medio lago las olas comenzaron a sacudirla porque el viento era contrario. Tal como le pasó a ese señor, cuando más contento estaba y menos lo esperaba, zas, llegó la mala noticia, la crisis, el problemón. Pero Jesús, que se había quedado en tierra, no los abandonó; desde el monte al que subió a disfrutar de un momento de silencioso diálogo con Su Padre, seguramente los contemplaba, intercedía por ellos y decidió ir a su encuentro caminando sobre el agua. Dice el Evangelio que cuando ellos lo vieron venir creyeron que era un fantasma y dieron gritos de terror, pero el Señor los calmó enseguida diciéndoles: “Tranquilícense y no teman. Soy Yo” Lo mismo que dice a todo el que sabe escucharlo, lo mismo que hubiera dicho a aquel señor si en lugar de haberse ido a una tienda hubiera ido a una capilla. ‘Tranquilízate, estoy aquí, no tienes nada que temer. Soy Yo a tu lado, el que todo lo puede, el que te fortalece, el que está a cargo de tu vida’. Entonces Pedro le pidió: “Si eres Tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”, a lo cual respondió Jesús: “Ven”. ¡Ah, cómo nos identificamos con Pedro, buscando pruebas, señales de que de veras el Señor está presente cuando nos zarandean las olas! Y lo que le contestó Jesús nos lo dice hoy a nosotros: ‘Ven.

Ven a verme un momento en el Sagrario; ven a recibirme en la Eucaristía; ven a dedicar unos minutos a leer y reflexionar Mi Palabra; ven y comprueba que soy Yo, ven y siénteme a tu lado y tranquilízate’. Pedro se bajó de la barca, tal vez creyendo que el mar se calmaría y el viento cesaría, pero no fue así y le entró miedo y comenzó a hundirse. Y qué bueno, digo no me alegro de que se hundiera, sino de que gracias a su miedo hizo una oración fabulosa, por breve y sustanciosa. Gritó: “Señor, ¡sálvame!”, y al instante Jesús le tendió la mano y lo sostuvo. ¡Cuánto aprendemos no de los ejemplos de valentía sino de los ejemplos de cobardía de los apóstoles!, ¡qué bueno que los evangelistas los registraron! Nos han dejado una muestra de lo que podemos decir cuando sentimos que nos hundimos en las dificultades: ¡Señor (es decir, Dueño mío, Creador mío, Aquél al que reconozco todo poder en el cielo y en la tierra), ¡Sálvame!, ¡no dejes que me hunda!, ¡sálvame de hundirme en la falta de fe, en la angustia, en la desesperanza!

Y cabe hacer notar dos cosas: La primera, que Jesús le respondió a Pedro al instante. El Señor siempre atiende nuestra oración. Y la segunda, que no lo sacó del agua ni lo libró del viento, lo libró de hundirse. De ello aprendemos algo fundamental: El Señor suele actuar así en nuestra vida, no siempre hace que desaparezca aquello que nos resulta preocupante, pero siempre nos sostiene y nos da Su fuerza, Su gracia, Su paz para salir adelante.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=67Domingo, 07 de Agosto de 2011 9:30 hrs.
Gratis-Mira lo que compré.

-¿Y para qué rayos compraste esto?

-Porque había una promoción: en la compra de uno me regalaban otro.

-Pero si no necesitas ¡ninguno de los dos!

-Pues sí, pero es que no quise desaprovechar la oferta, uno era ¡gratis!’

¡Ay, la seducción de lo gratuito! Los anuncios en canales de venta por TV suelen incluir un ¡¡gra-gra-gra-gra-gratis!! con la promesa de que si uno ‘llama ahora’ a las operadoras que ‘lo están esperando’, le van a regalar el doble de lo que compre (claro, pueden darse ese lujo pues de por sí lo que ofrecen cuesta muchísimo menos de lo que piden). En un mundo en que no solemos recibir algo por nada pues todo es ‘¿qué me das si te doy?’, nos encanta que nos regalen algo, pero normalmente lo que en el comercio se ofrece sin costo no es la gran cosa o, para recibirlo, tarde o temprano hay que dar algo a cambio. ¡Qué diferencia con lo que Dios ofrece gratuitamente! Eso sí que es verdaderamente regalado, se nos da sin que hayamos hecho algo para obtenerlo o merecerlo, y ¡cómo vale la pena! Considera, por ejemplo, que nada se nos cobró para recibir la vida y nacer en este mundo (con pase automático para la eternidad); nada pagamos para tener ojos, nariz, oídos, boca, un organismo tan extraordinario que no hay computadora que se le pueda comparar; para tener la capacidad de pensar, comunicarnos, imaginar, crear grandes obras de arte o de ingeniería o realizar descubrimientos; para poder contemplar el brillo del sol en las hojas de los árboles al amanecer; la sonrisa de nuestros seres queridos; el disco rojizo del sol ocultándose tras las montañas; las estrellas y la luna. Y cuando por tontos, ingratos, débiles y malos perdimos la amistad del Señor, no pagamos nada para recuperarla. Jesús pagó por nosotros. Y tampoco nos cobró. Vino porque quiso, a dar Su vida, a rescatarnos del pecado y de la muerte.

Todo lo que el Señor nos da es un regalo, un don Suyo, fruto de Su bondad y de Su amor por nosotros. Como dice el salmista, el Señor abre la mano y sacia de bienes a todos los vivientes (ver Sal 145,16). Como enfatiza el profeta Isaías en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Is 55,1-3), el Señor nos lo ofrece todo sin cobrarnos nada. Como lo comprobamos en el Evangelio dominical (ver Mt14, 13-21): Jesús alimentó a más de cinco mil personas, y no les pidió que organizaran una ‘cooperacha’ para pagarle los panes y los peces. Simplemente se los dio, como todo lo que nos da, como se nos entrega en la Eucaristía, como nos colma de Su gracia, como nos rescata continuamente de dificultades y peligros de los que ni nos damos cuenta, como hace todo por nosotros: porque Su amor, Su compasión, Su generosidad no tienen límites. ¡Qué maravilloso sabernos amados así, tan gratuita e incondicionalmente!

Ahora bien, cabe pensar que si a nosotros nos gusta que Él nos ame así, también a Él le habría de gustar que lo amemos de ese modo y así, por ejemplo, que aparte del momento en que acudimos a Él para pedirle lo que necesitamos, lo busquemos también por el simple placer de pasar un ratito disfrutando Su compañía; que procuremos darle gusto, tal vez haciendo algo bueno por los demás, sin alardear ni esperar que ellos o Él nos lo tomen en cuenta; que mantengamos nuestra amistad con Él aunque no siempre nos conceda lo que le pedimos, aunque no entendamos o nos duela lo que permite en nuestra vida, en suma, que lo amemos de tal manera que podamos afirmar, como san Pablo en la Segunda Lectura (ver Rom 8, 35-37.39), que ni tribulaciones ni angustias, ni hambre ni sed, ni la persecución o el peligro, ni la muerte ni la vida ni el presente ni el futuro ni los poderes de este mundo o creatura alguna podrán apartarnos del amor con que nos ama Cristo, amor gratuito al cual sepamos corresponder gratuitamente.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=68Domingo, 31 de Julio de 2011 10:15 hrs.
Saber pedirQue me gane la lotería o los pronósticos deportivos o el melate, o mejor aún, de una vez ¡todos!; que gane mi equipo favorito, que mi suegra se vaya a vivir a Timbuctú, que con un chasquido de mis dedos pueda aparecer todo lo que se me antoje...

Esta lista de peticiones fantásticas podría seguir y seguir, y probablemente coincidiría en algo, tal vez en mucho, con la que tú harías si Dios te ofreciera lo que leemos en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 1Re 3, 5-13) que le ofreció al rey Salomón: “Pídeme lo que quieras y Yo te lo daré”.

¿Te imaginas? ¿Que el Todopoderoso, Aquel para quien nada es imposible, te hiciera semejante oferta? ¡¡Uy!!, ¡¡lo que podrías pedirle!! No te alcanzaría la imaginación, la lengua, las horas para pedir y pedir y pedir. Te sentirías como en esos maratones que organizan algunas tiendas en donde le dicen a la clientela que todo lo que alcance a meter en su carrito en un minuto es gratis y ahí va la gente desesperada, corre y corre, arrojando como loca todo lo que encuentra a su paso (que, por supuesto, no son artículos buenos ni caros, ésos han tenido buen cuidado de ponerlos fuera de su alcance).

¿Qué pedirías tú si Dios prometiera darte gusto, fuera lo que fuera que le pidieras?, ¿qué encabezaría tu lista? Seguramente no lo que se le ocurrió a Salomón. ¿Qué crees que pidió? Ni te lo imaginas. Pidió: “sabiduría de corazón”(1Re 3,9). ¡¡Que ¿¿quéeeee??!!, ¿sabiduría?, ¿estaba bromeando?, ¿lo mal aconsejó algún enemigo suyo?, ¿qué pasó aquí?, ¿cómo fue que pudiendo pedir cualquier cosa, y cabe enfatizar: cualquier cosa, se le ocurrió pedir aquello?, ¿qué no supo qué contestar o dijo lo primero que le vino a la mente? Nada de eso. Si leemos el razonamiento que viene antes de su respuesta nos damos cuenta de que pensó muy bien qué debía pedir y pidió realmente lo mejor. De su discurso se desprende que lo que más quería era servir bien a Dios, y como Él le había confiado una difícil tarea para la que Salomón no se sentía capacitado, le pidió lo que más falta le hacía: sabiduría, que le permitiría aprender a conocer Su voluntad, caminar con rectitud, elegir siempre el camino mejor.

No fue una tontería de su parte, no desperdició una buena oportunidad, todo lo contrario, la aprovechó perfectamente, pidió lo máximo que podía pedir, ¿por qué?, no sólo porque era lo que le permitiría gobernar bien al pueblo que le había sido encomendado, sino porque con ello agradó a Dios, que viendo que Salomón no se dejó llevar por la ambición ni la avaricia, le concedió lo que le pidió, un corazón sabio y prudente, y le concedió también lo que no pidió: incomparable gloria y riqueza.

Alguno podría pensar que la historia acabó bien porque al fin y al cabo le fueron concedidas a Salomón grandes riquezas, pero no fue así. El final feliz no se debió a que Salomón se volvió rico, sino a que se volvió sabio, porque su sabiduría le permitió comprender lo que plantea la parábola que se nos presenta en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 13, 44-52), que el Reino de Dios es como un tesoro escondido, tan extraordinario que no hay con qué compararlo, pero hay que saber desapegarse de todo con alegría para poder disfrutarlo.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=69Domingo, 24 de Julio de 2011 09:10 hrs.
Semilla buenaSucede cada vez con mayor frecuencia, porque las noticias nos presentan un panorama cada vez más desalentador, que hay quienes se desaniman pensando que el mal está ganando la batalla, y quizá incluso se incomodan con Dios porque siendo Todopoderoso no parece hacer nada al respecto. Pero entonces, como suele suceder, la Palabra de Dios ilumina el asunto y la Primera Lectura (ver Sab 12, 13.16-19) y el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 13, 24-43), nos ayudan a poner las cosas en perspectiva.

El autor del libro de la Sabiduría empieza estableciendo que el Señor tiene todo el poder, que no tiene que rendirle cuentas a nadie y que no hay otro Dios más que Él. Y le dice: “Siendo Tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza, porque tienes el poder y lo usas cuando quieres” (Sab 12,18). Nos sorprende esta afirmación porque nos deja ver que, a diferencia de los seres humanos que, cuando tenemos tantito poder lo aprovechamos para imponernos a otros por la fuerza, atropellarlos en sus derechos o quitarlos de nuestro camino, Dios, que tiene todo el poder, lo usa de manera muy diferente, no con prepotencia sino con delicadeza. Pero ojo, no hay que confundir delicadeza con debilidad o con falta de fuerza o de firmeza, no. Dios nos trata con delicadeza para no avasallarnos con Su poder, pero eso no significa que no ejerza al máximo ese poder, lo hace, pero no como tal vez hubiéramos imaginado, para aniquilar a Sus enemigos, para imponer el bien a como dé lugar, no. Dios emplea todo Su poder de una manera discreta pero que se nota si se presta atención; silenciosa pero que se hace oír si se sabe escuchar; aparentemente inefectiva, pero increíblemente eficaz: Dios emplea todo Su poder no para arrasar sino para sembrar. La semana pasada en el Evangelio Jesús se identificaba a Sí mismo con un sembrador que sale a sembrar la semilla buena del Reino de Dios, una semilla que, como vemos en las parábolas del Evangelio de este domingo, es siempre fértil, siempre fecunda, y va creciendo, creciendo, en lo oculto, sin que se note, sin que se sepa cómo, pero crece sin detenerse, y brota y se desarrolla hasta alcanzar dimensiones que nadie hubiera podido imaginar, como sucede con una semilla de mostaza (mira por favor el recuadrito adjunto, ese puntito en el centro es una semilla de mostaza escaneada para que te des cuenta de su minúsculo tamaño), que pasa de ser una insignificancia a transformarse en un arbusto en el que las aves del cielo pueden anidar.

Podemos pues anteponer a las malas noticias de las que diario nos enteramos, la Buena Noticia del Reino de Dios, un Reino cuyas semillas siempre fértiles se siguen sembrando y siguen germinando en muchos corazones, moviéndolos, transformándolos, suscitando poderosos cambios, verdaderas conversiones. Y no dejar que nos deprima la realidad del mal que nos rodea, porque podemos tener la plena certeza de que por cada ciudadano del mundo que promueve la guerra, hay millones de ciudadanos del Reino que edifican la paz; por cada uno que se dedica a destruir, hay millones que se dedican a edificar; por cada uno que miente, hay millones que se atreven a decir y a afrontar la verdad; por cada uno que odia y se desquita, hay millones capaces de perdonar y amar.

Podemos tener la certeza de que el Todopoderoso está actuando para establecer entre nosotros Su Reino con toda Su fuerza, con todo Su poder, y pese a que las apariencias nos hacen temer un desastroso final, el mal no tendrá la última palabra, el Bien, así con mayúscula, logrará vencer.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=70Domingo, 17 de Julio de 2011 10:00 hrs.
Sembrar y repartirUn joven iba repartiendo unos volantes en las casas. Y no se daba cuenta de lo que sucedía luego con éstos, pero yo sí, porque iba caminando varios metros detrás de él. Miré que echó uno a través de una reja, pero éste cayó en un charco, deslizó otro bajo una puerta detrás de la cual ladraba un perro, que seguramente se puso a husmearlo y mordisquearlo; tiró varios en la entradita de una casa, pero el viento los voló a la banqueta, donde acabaron, en calidad de basura, remolinándose con otros papeles callejeros.

Intentó dejar algunos en los casilleros de un condominio, pero estaban ya tan retacados de propaganda que no les cabía nada. Por último, lo vi meter uno en mi buzón. Y debo confesar que en cuanto entré a mi casa, lo primero que hice fue sacar el volante. No necesité leerlo para enterarme de lo que decía, pues había recibido sopetecientos iguales y ya sabía que ese papelito verde ofrecía devolverle la salud a mi refrigerador, así que lo estrujé para hacerlo bolita (el volante, no el refrigerador) y sin pensarlo dos veces lo tiré a la basura. Pero entonces sucedió lo inesperado. Horas más tarde mi refrigerador comenzó a producir horrísonos ruidos (como si de veras lo hubiera estrujado); hagan de cuenta barriga de ballena con retortijón; quise pensar que quizá se debían a alguna pasajera alteración en el voltaje, pero cuando los ruidos no sólo no aminoraron sino se pusieron peor, me vi en la imperiosa necesidad de considerar seriamente buscar a alguien que pudiera ir a ver qué le pasaba al refri, pero ¿a quién, en fin de semana y en la tarde? Entonces recordé el volantito que tan displicentemente había tirado al mediodía, y tuve que ir avergonzada a rescatarlo del bote de basura, desarrugarlo lo mejor que pude y llamar a quien apenas unas horas antes casi hubiera jurado que nunca tendría necesidad de llamar.

Y comprendí el por qué aquella empresa no se había cansado de enviarme volantitos, porque sabían que tarde o temprano surtirían efecto, que lo que aparentemente era una labor inútil e incluso enfadosa, tanto para el que reparte los volantes como para el que se cansa de recibirlos, puede, inesperadamente, convertirse en una gran ayuda, llegar en el momento preciso y servir de algo, de mucho.

¿A qué viene al caso esta anécdota doméstica? A que en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 13, 1-23), vemos a un sembrador que salió a sembrar, y de los granos que arrojó, unos cayeron en un camino y se los comieron los pájaros; otros cayeron entre piedras, germinaron pero se secaron; otros crecieron entre espinas que los sofocaron y otros cayeron en tierra buena y dieron fruto. Y la actitud del sembrador me recordó la del joven de los volantes. Los dos salieron a repartir a diestra y siniestra, uno semillas, otro hojitas de papel, ambos con el mismo afán de abarcar el mayor territorio posible y ambos igualmente despreocupados de lo que sucedería después con aquéllas. Lo suyo era entregarlas y ya. Y por eso ninguno se detuvo a considerar: ‘ay no, aquí no echo la semilla (o aquí no dejo volante) porque tal vez sea en vano, quizá resulte inútil’. No. Se concentraron, uno en sembrar, otro en repartir, sin preocuparse por el resultado. Seguramente cada uno confiaba en que lo que estaba dejando aquí y allá era algo bueno que tarde o temprano produciría fruto. Y su suposición fue correcta.

Es interesante aprender de su ejemplo para ser más osados cuando se trata de sembrar en nuestro campo, compartir en nuestro mundo las cosas del Dios. Aprender a afanarnos en hacerlo sin que nos preocupe si obtendremos o no resultados. Lo nuestro debe ser sembrar, repartir, ¿qué? lo que el Señor nos ha enviado a sembrar y repartir: la Buena Nueva del Reino, a través de nuestro testimonio cristiano, de nuestras palabras de amor, de consuelo, de consejo, de bondad; de nuestros gestos de amistad, de comprensión, de solidaridad, de perdón; palabras y actitudes que tal vez en primera instancia serán desechadas, recibirán críticas, parecerá que cayeron en tierra dura, que se las llevó el viento o fueron arrojadas sin miramientos a la basura, pero que no permanecerán allí porque contienen algo mucho más valioso que la oferta de reparar un electrodoméstico, son capaces de reparar un corazón, y así, si quien las entrega persevera en su siembra, en su reparto, un día, cuando menos se piense, serán recordadas, revaloradas, rescatadas y aprovechadas, y darán fruto, a veces de treinta, a veces de sesenta, a veces de ciento por uno...

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=71Domingo, 10 de Julio de 2011 9:30 hrs.
Yugo que libera
Es la fatiga de ir a contracorriente, de empeñarse en vivir los valores del Evangelio en un mundo que se rige por criterios muy distintos. Y todos los días empeñarse en decir la verdad, en no caer en la corrupción, en no responder con violencia a la violencia, en no abandonar la propia fe y vivirla con coherencia.

Llega un momento en que el alma se siente cansada, tentada a dejar de luchar.
También hay cargas que agobian, no por su peso en sí, sino porque quien las lleva siente que nadie más comprende lo que se siente cargarlas ni puede ayudarle a llevarlas. El enfermo siente que carga solo con su enfermedad, con su temor al tratamiento, su temor a no curarse y a morir; los padres de familia sienten que cargan solos con la angustiosa responsabilidad de tratar de sacar adelante a sus hijos sin tener suficientes recursos. Toda persona que va arrastrando por la vida una carga que lo abruma, suele pensar que no hay nadie que pueda ayudarle a sobrellevarla, que tal vez haya quien la mire con compasión o simpatía e incluso le ayude de vez en cuando, pero la que tiene que llevar la carga de su angustia, de su trabajo, de su familia desintegrada, de su ancianidad, de su falta de salud, de su soledad, de su depresión, es ella sola.

¿Qué hacer cuando nuestros cansancios y cargas son tan grandes que amenazan con derribarnos, dejarnos derrotados y caídos? Prestar oído a lo que nos dice Jesús en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 11, 25-30): “Vengan a Mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y Yo les daré alivio.”

Estas palabras son un bálsamo para el alma fatigada, porque le hacen saber que no está sola, que tiene a Quién acudir, que hay Alguien capaz y dispuesto a ayudarle a aliviar lo que le abruma. Si quienes se sienten doblados bajo el peso de una fatiga imposible, escucharan estas palabras, levantarían la mirada, alzarían la cabeza, agarrarían fuerzas para enderezarse y pedir: ‘¡Señor, dame ese alivio!, ya no puedo más con todo esto que traigo encima, con todo lo que vengo cargando, ¡libérame!’. Y pueden estar seguros de que el Señor les respondería, pero cabe aclarar que quizá no como lo imaginarían, no los sacaría del mundo ni los libraría como por arte de magia de todo problema, sino les propondría:

“Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí que soy humilde de corazón, y encontrarán descanso.” Y si alguien se preguntara: ‘¿pero cómo me voy a liberar de todo lo que me agobia echándome un yugo encima?, así llevaría mi propia carga y ese yugo, ¡sería doble peso!’ Según la lógica humana tendría razón, parecería un contrasentido intentar liberarse de un peso echándose más peso encima, pero es que no se trata de aumentar la carga sino de sustituirla, y sustituirla, además, por algo que ¡no pesa nada! Asegura Jesús: “Mi yugo es suave y Mi carga ligera”, lo cual significa que si alguien se anima a poner Su carga en manos de Jesús y aceptar a cambio el yugo y la carga que Él le ofrece, se descubrirá de pronto yendo ligero por la vida, desagobiado, con un gozo y una paz que jamás creyó poder experimentar. ¿Cómo es eso posible? Porque el yugo de Jesús consiste en caminar por la vida unido a Él, y Su carga consiste en hacerlo todo con y por amor, y con semejante compañía nadie puede sentirse solo o incomprendido, y con semejante propósito todo se vive con un nuevo sentido, y aunque uno siga en la misma situación de antes sentirá que ya no pesa igual. Es que se adquiere nueva fuerza para cargar con el peso que sea, cuando se le ve no como razón para sufrir sino como pretexto para amar.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=72Domingo, 03 de Julio de 2011 9:00 hrs.
Tribulación y recompensaPor lo que se ve les fue re mal. A varios los apedrearon o los desbarrancaron o les cortaron la cabeza, y en general a casi todos los persiguieron hasta darles muerte. Prácticamente no se escapó ninguno, y los pocos que se escaparon de morir violentamente a manos de sus contemporáneos, no se escaparon de recibir feroces críticas, burlas, amenazas y el desprecio de muchos. Me refiero a los profetas. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento encontramos relatos que nos narran los horrores que enfrentaron estos hombres que se dejaron enviar por Dios en calidad de testigos y voceros Suyos, por lo que a más de uno le puede extrañar leer en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 10, 37-42) que Jesús diga: “El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta” (Mt 10,41). Alguien podría decir, ‘pues si mi recompensa va a ser que me vaya como les fue a ellos, no gracias, puedo pasarme sin ella’, a lo que cabría responder que, como decía al inicio, lo que se ve es que les fue mal, pero lo que no se ve es lo más importante, lo que sucedía en su corazón: que gozaron de la amistad de Dios, y a pesar de que podría parecer que Él los abandonó porque permitió que enfrentaran terribles dificultades, nunca los soltó de Su mano, sino que los colmó constantemente de Su fortaleza, de Su paz, de Su amor. Recordemos que en una de sus cartas San Pablo dice: “¡Cuántas tribulaciones hube de pasar, y de todas me libró el Señor!” (2Tim 3,10-17), y si uno pudiera preguntarle: ¿cómo que te libró?, ¡si fuiste apedreado, dado por muerto y arrastrado fuera de la ciudad; flagelado; encarcelado; naufragaste; te mordió una culebra, en fin, te sucedió de todo! (ver 2Cor 11,24-29), ¿cómo que te libró?, quizá nos respondería: ‘me libró porque nunca permitió que me derrumbara, que sucumbiera al miedo o a la desesperanza (ver2Cor 1, 1-10), e incluso en una ocasión se me apareció para darme ánimos (ver Hch 18,9). Su gracia me sostuvo incesantemente en mi debilidad. Y al final de mi carrera, recibí la corona prometida...

Queda claro que sí hay recompensa para los profetas, es decir para los que se dejan enviar por Dios a dar testimonio de Él, una que supera con creces cualquier tribulación por la que tengan que pasar. La recompensa de contar con el favor de Dios, con Su mirada benevolente, con Su gracia y con Su amor, ahora y para siempre.

Lo que quizá no queda muy claro es si cuando Jesús dice que “el que recibe un profeta por ser profeta” se refiere a que es profeta el recibido o el que lo recibe, pero ¡qué bueno que no quede claro!, porque así a todos nos queda el saco, pues desde nuestro Bautismo todos recibimos la dignidad de ser profetas, y por lo tanto a todos nos toca recibir o ser recibidos por ser profetas.

Cabe añadir que no siempre seremos bien recibidos, pero al igual que los profetas de los que nos habla la Biblia, contamos con la gracia del Señor, que nos sostiene. El asunto es que no le pongamos obstáculos sino realmente nos abramos a recibirla. Y en este sentido, no es casualidad que al inicio de este Evangelio dominical, Jesús advierta que el que no lo ama más que a su propio padre o madre, hijo o hija, no es digno de Él (oportuno llamado a quienes se ven tentados a anteponer a su familia a su fe y dicen, por ejemplo: ‘como mi marido no quiere que vaya a Misa, no voy’, ‘como mis hijos se burlan porque rezo el Rosario, ya no lo rezo’); que Jesús afirme que el que no toma su cruz y lo sigue, no es digno de Él (oportuna invitación a asumir lo que sea que nos sobrevenga por atrevernos a vivir cristianamente en un mundo cuyos valores se oponen a los de Cristo), y que añada: “El que salve su vida la perderá y el que la pierda por Mí, la salvará” (Mt 10,39). ¿Por qué lo hace? Porque sólo si nos abrimos enteramente al Señor, sólo si lo amamos por encima de todo, sólo si nos atrevemos a asumir nuestra cruz y seguirlo, sólo si estamos dispuestos a perder nuestra vida por Él, ganaremos algo que no se compara con nada: la recompensa eterna que nos tiene destinada.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=279Domingo, 26 de Junio de 2011 9:00 hrs.
TrinidadDice el dicho: ‘nadie sabe el bien que tiene hasta que lo ve perdido’. Y es verdad. Solemos dar por sentado mucho bien del que gozamos y tal vez ya no lo apreciamos. Lo bueno es que no hay que esperar a perderlo para valorarlo, basta con imaginar cómo viviríamos sin aquello para darnos cuenta de cuánto lo necesitamos.

Por ejemplo, podremos preguntarnos, si no hubiera Santísima Trinidad, si Dios no fuera Tres Divinas Personas en un solo Dios, ¿en qué nos afectaría?, ¿cambiaría en algo nuestra vida de fe? ¡Desde luego que sí! Veamos por qué.
Si sólo existiera Aquél al que llamamos Dios Padre, quizá lo llamaríamos así por habernos dado la existencia, pero no nos atreveríamos a llamarlo ‘Abbá’, papi, papito, como nos enseñó Jesús en el Padrenuestro; no sentiríamos hacia Él la confianza y cercanía que le tenemos, y más bien nos sucedería como a Su pueblo en el Antiguo Testamento, que aunque lo llamaba Padre le temía porque no veía en Él al papá amoroso sino a un Dios Todopoderoso, castigador y justiciero que podía aniquilarlo con el soplo de su aliento, Alguien a quien no se podía ver sin morir y del que no se podía pronunciar Su nombre. En la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa, Dios se describe a Sí mismo como ‘compasivo’, pero si nunca se hubiera encarnado, no hubiéramos experimentado Su compasión, podríamos creer que nos contempla compasivo desde el cielo, como quien ve llover y no se moja, pero no hubiéramos comprobado que de verdad padeció con y por nosotros. Su encarnación nos da la certeza de que Dios sabe lo que se siente someterse al tiempo, al espacio, pasar frío, hambre, sed, tener sueño, cansancio, llorar, ser traicionado, abandonado. Por otra parte, si no hubiera existido el Hijo, jamás hubiéramos descubierto lo que dice el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 3, 16-18), que “tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida” (Jn 3, 16), jamás hubiéramos sabido que Dios nos ama a tal grado que fue capaz de enviar a Jesús a rescatarnos del pecado y de la muerte. La existencia de Dios Hijo nos ha permitido experimentar la grandeza del amor divino y conseguir algo que por nosotros mismos jamás hubiéramos alcanzado: la salvación, saldar con Dios la deuda de nuestros pecados.

Resulta evidente por qué necesitamos no sólo a Dios Padre sino a Dios Hijo, pero cabe preguntarnos si sólo existieran dos Divinas Personas, ¿nos bastaría? No, porque nos hubiéramos sentido un poco al margen contemplando Su mutuo amor, un amor del que no hubiéramos creído que podíamos participar plenamente. Y cuando luego de Su breve paso por este mundo, Jesús volvió al cielo, nos hubiéramos sentido desamparados. Si no fue así fue gracias al Espíritu Santo, que nos comunica el amor divino. Por Él podemos integrarnos a la gran familia del Padre por nuestro Bautismo; por Él podemos entrar en comunión con el Hijo al que hace presente en la Sagrada Eucaristía. El Espíritu Santo que nos da vida, nos ilumina, nos guía, nos acompaña e intercede por nosotros, nos permite entrar en la dinámica del amor divino, para recibirlo y a la vez comunicarlo, lo cual nos hace plenos.

Cada año, después de haber celebrado la Pascua y la Ascensión del Señor y Pentecostés, llega la Solemnidad de la Santísima Trinidad, que, como el ‘gran finale’ de una obra magistral que mueve a los espectadores a ponerse de pie para reconocer con el mayor aplauso la excelencia de los actores principales, nos mueve a ponernos de pie para reconocer, agradecer y alabar la existencia de las Tres Divinas Personas y Su intervención en nuestra vida. Gran oportunidad que nos da la Iglesia para revalorar el bien incomparable de poder contar siempre y tanto, como lo dice San Pablo en la Segunda Lectura dominical, con “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo” (2Cor 13, 13).

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=73Domingo, 19 de Junio de 2011 9:30 hrs.
CambiazoSi hubieras sido el jefe de personal encargado de revisar sus referencias para ver si calificaban para el puesto al que aspiraban, los hubieras rechazado a las primeras de cambio. Se solicitaban personas valerosas y ellos eran rete miedosos (se supo que en un momento crítico habían dejado solo a su jefe para que se las arreglara como pudiera, que por temor uno de ellos incluso negó que lo conocía, y que en las últimas semanas se la pasaban encerrados a piedra y lodo, temerosos de salir); se requería gente que conociera las Sagradas Escrituras y no tenían trazas de haberlas leído, es más quién sabe si sabían leer; se pedía que tuvieran facilidad de palabra, pero ninguno tenía experiencia como orador, y por último, era indispensable que captaran con facilidad y rapidez lo que se les enseñara, pero francamente parecía que tenían tupido el entendimiento y eran unos ‘cabeza dura’.

Seguramente no los hubieras recomendado para el puesto, todo lo contrario. Pero si luego te hubieras enterado de que los habían contratado, y hubieras ido a ver cómo se estaban desempeñando, ¿cómo te hubieras quedado si hubieras visto que su desempeño no era malo, como hubiera cabido imaginar, ni siquiera ‘pasable’, sino extraordinariamente bueno, genial incluso? Tal vez hubieras pensado que habían tomado algún curso de capacitación ultra-rápida, pero no hay ninguno que pueda lograr tan espectaculares resultados de la noche a la mañana. Quizá hubieras considerado que los habías juzgado mal, pero una cuidadosa revisión a sus expedientes te hubiera confirmado que estabas en lo cierto al pensar que definitivamente no calificaban para la tarea. Entonces, ¿cómo entender semejante cambiazo?, ¿cómo explicarse que así como así hubieran pasado de cobardes a valientes, de ignorantes de la Sagrada Escritura a conocedores que eran capaces de citarla oportunamente con absoluta precisión y soltura, de trabados a elocuentes, de tardos para entender a dueños de una lucidez de verdad apantalladora?

Sólo existe una explicación, y la hallamos en las Lecturas que se proclaman este domingo en Misa (ver Hch 2, 1-11;1Cor 12, 3-7;12-13; Jn 20, 19-23), porque estamos hablando de los apóstoles de Jesús, y su transformación se debió a que Él les envió, como había prometido, Su Espíritu Santo, Aquel que sería su abogado, su defensor, su compañero en el camino, el que los guiaría a la verdad, les recordaría Sus palabras, les diría qué debían decir, los consolaría, fortalecería y colmaría de los carismas que necesitaran para cumplir la vocación a la que los había llamado. Fue el Espíritu el que vino y los dotó de todo aquello de lo que antes carecían y necesitaban para salir a la misión.

Como siempre que celebramos la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, la Iglesia nos presenta textos bíblicos que nos hablan de lo que el Espíritu Santo es capaz. ¿Por qué? Porque en estos tiempos, como en los de Jesús, sigue haciendo falta que haya quien se anime a ir, como pidió el Señor en el Evangelio del domingo pasado, a anunciar a todos la Buena Nueva, y hoy, como entonces, los que somos llamados ni nos sentimos ni estamos capacitados para esa tarea, así que la Iglesia quiere que recordemos que eso no es problema porque contamos con la ayuda extraordinaria del Espíritu Santo, que así como infundió en los apóstoles los dones que necesitaban para salir de su encierro a predicar en lenguas que todos podían comprender, así también infunde hoy en nosotros los carismas que necesitamos para poder dar un testimonio que todos puedan entender porque emplea el lenguaje universal del amor, el perdón, la justicia, la fraternidad, la paz.

Así que cada vez que sintamos que no estamos suficientemente preparados para ser testigos de Jesús, para anunciar Su Palabra o intentar edificar Su Reino en la casa, la comunidad, el trabajo, la escuela, y tengamos la tentación de darnos por vencidos y ni siquiera intentar presentar nuestra solicitud para que Dios nos asigne alguna chamba en Su viña, recordemos lo que sucedió a los apóstoles y pensemos que si ellos pudieron dar el ‘cambiazo’ para dar ‘el ancho’, también nosotros podemos, porque aquí no se trata tanto de contar con nuestras solas míseras fuerzas y capacidades, sino de ser dóciles a la intervención oportuna, poderosa y eficaz del Espíritu Santo.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=74Domingo, 12 de Junio de 2011 9:00 hrs.
PoderEs curioso que la palabra ‘poder’ puede ser interpretada de maneras muy distintas. Hay quien entiende por ‘poder’ simplemente un término que expresa que es posible realizar algo, que se tiene la capacidad, oportunidad, tiempo, o lo que sea que se requiere para lograrlo (decimos: puedo; voy a poder; podré, ¡sí se puede!). Pero hay también quien entiende el poder como la capacidad de dominar a otros, de estar por encima de ellos, de darles órdenes y que tengan que obedecerlas. Es el caso de muchos políticos, jefes y personas que tienen un puesto de mando o una posición privilegiada. Lamentablemente concebido así el poder puede ser terriblemente dañino, tanto para el que lo ejerce, que puede ir adquiriendo la falsa sensación de que es superior a los demás y, lleno de soberbia, cometer abusos y atropellos, como para el que lo padece, que se puede ver sometido a los caprichos e injusticias de un ‘poderoso’ del que depende.

Se dice que el poder emborracha, que a los listos los vuelve tontos y a los tontos los vuelve locos, y tal pareciera que esto es algo inevitable, una especie de enfermedad de la que automáticamente se contagian todos los poderosos y contra la que no cabe más que resignarse. Pero no es así. Ahí tenemos el ejemplo de don Juan de Palafox y Mendoza, cuya beatificación celebramos este domingo, y que ejerció los cargos de visitador, auditor, juez, virrey, obispo y arzobispo de México en 1642. De él nos dice el historiador Dr. Juan Pablo Salazar Andreu, que “no ha habido en toda la historia de todos los dominios españoles un hombre que acumule tanto poder, pues como Virrey era gobernador de los Reinos; fue Capitán General (jefe de los ejércitos), presidente de la Real Audiencia (equivaldría a ser Jefe de Gabinete, presidente de la Suprema Corte de Justicia y presidente de la Cámara de diputados y de la Cámara de senadores), Vicepatrono de la Iglesia (la autoridad más grande de la Iglesia local), Juez de Residencia de tres virreyes (Cerralvo, Cadereyta y Escalona), Arzobispo de México y Obispo de Puebla.”. He ahí un hombre ¡en verdad poderosísimo!, y sin embargo no sólo nunca abusó del poder, sino logró irse al otro extremo y vivir la humildad ¡en grado heroico! ¿Cómo le hizo? Nos lo dicen sus biógrafos: Supo mantenerse siempre en íntima amistad con Dios. Dedicaba largas horas diariamente a dialogar con Él y a leer la Biblia. Cabe suponer que la oración y la lectura de la Palabra de Dios iluminaron su manera de concebir el poder y de ejercerlo. Es significativo que en este domingo en que es beatificado, todas las Lecturas que se proclaman en Misa hacen referencia al poder, dándonos la oportuna posibilidad de relacionarlas con el caso de este notable beato y comprender de dónde le vino su concepto del poder y de dónde debe venirle a todo aquel que lo ejerza. En la Primera Lectura San Lucas narra que Jesús prometió a Sus apóstoles que recibirían la fuerza (el poder) del Espíritu Santo (ver Hch 1,8). En la Segunda Lectura, San Pablo ora para pedir a Dios que ilumine nuestra mente para comprender, entre otras cosas, “la extraordinaria grandeza del poder de Dios para con nosotros, los que confiamos en Él y en la eficacia de Su fuerza poderosa” (Ef 1,19). Y en el Evangelio vemos que Jesús, luego de afirmar que le “ha sido dado todo poder en el cielo y la tierra” (Mt 28,18), envía a Sus apóstoles a predicar y a bautizar a todas las naciones. (Mt 28,19).

Queda claro que el verdadero poder proviene de Dios, que lo comunica mediante Su Espíritu Santo para que quien lo reciba tenga la fuerza para realizar una misión, sea Su testigo, vaya de Su parte a anunciar la Buena Nueva, a establecer en el mundo Su Reino de amor, paz, justicia, verdad, fraternidad, perdón...

Pidamos al nuevo beato Juan de Palafox y Mendoza que ore por nosotros y por nuestro país, para que cuantos tienen poder o aspiran a tenerlo, sepan ejercerlo como él, no como permiso para abusar, sino como vocación para servir.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=75Domingo, 05 de Junio de 2011 9:30 hrs.
¿Amas a Dios?Si a quienes afirman creer en Dios se les preguntara si lo aman, seguramente responderían que sí. Pero entonces cabría cuestionar: y ¿en qué consiste amar a Dios?, ¿en tenerle cariño?, ¿en sentir bonito cuando se piensa en Él?, ¿en regocijarse de saber que existe? Desde luego algo debe haber de todo eso, pero no puede limitarse a un sentimiento. Si tomamos como referencia nuestro amor hacia los demás, podemos hacer una comparación y deducir que así como el amar a una persona no solamente consiste en sentir bonito al tenerla presente, sino en tratar de procurar su felicidad, cabría pensar que amar a Dios consiste también en procurar que esté verdaderamente feliz. Y ¿qué hace feliz a Dios? Nuestra felicidad. Sí, a diferencia de nosotros que con frecuencia buscamos egoístamente la felicidad sin preocuparnos por los demás o incluso los utilizamos para que nos hagan felices, la felicidad de Dios no está centrada en Sí mismo. Lo que a Él lo hace feliz es que nosotros seamos felices. Pero ojo, no hay que confundir este término. La felicidad a los ojos de Dios no consiste en que experimentemos ciertas alegrías o placeres efímeros que nos hacen, o creemos que nos hacen felices. No. La felicidad que Dios quiere para nosotros es la auténtica, una que no depende de las cosas de este mundo y que por lo tanto nadie nos puede arrebatar. ¿En qué consiste esa felicidad? En vivir conforme a la voluntad de Dios, porque sólo Él sabe lo que nos conviene, lo que nos hace bien.

Tenemos entonces que amar a Dios consiste en buscar hacerlo feliz; lo que lo hace feliz es nuestra felicidad; lo que nos da felicidad es vivir como Dios quiere que vivamos, y vivir como Dios quiere que vivamos es vivir cumpliendo Sus mandamientos. En el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 14, 15-21), dice Jesús: “El que acepta Mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a Mí, lo amará Mi Padre y Yo también lo amaré...”.  Cabría preguntar, ¿cuáles son esos mandamientos que debemos cumplir? Sin descartar los diez mandamientos, que como dijo el Papa Benedicto XVI en su libro ‘Jesús de Nazaret’, siguen vigentes para todos los cristianos, podemos referirnos principalmente a uno solo que los resume todos. Dijo Jesús: “Éste es el mandamiento Mío: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado” (Jn 15, 12).

Así pues, regresando a la pregunta inicial y relacionándola con esto último, podemos concluir que amar a Dios no solamente consiste en sentir bonitos sentimientos hacia Él, sino que se tiene que notar, ¿en qué? en que cumplimos lo que nos pide, especialmente en lo que se refiere al amor. ¿De qué sirve llevar una cruz sobre el pecho, si ese pecho alberga rencores y odios contra alguien?, ¿colgar un Rosario del retrovisor del coche si el conductor nunca se acuerda de su Madre del cielo sino más bien recuerda a claxonazos la mamá de los demás?, ¿acudir a Misa sólo por cumplir, sin ganas de recibir todos los dones que en ella Dios regala, y a la salida dedicarse a criticar?, ¿encomendarse a Dios, a la Virgen y a los santos, para salir a hacer el mal?

No se ama a Dios si no se ama a los demás. Dice San Juan: “Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.” (1Jn 4,20).

Cabe aclarar que cuando Jesús dice que el que lo ama cumple Sus mandamientos, y a éste Él y Su Padre lo aman, no está implicando que no amen a quien no los cumple, recordemos que a través del profeta nos ha dicho: “Los amaré aunque no lo merezcan” (Os 14, 5), sino nos está revelando la razón por la que vale la pena cumplir los mandamientos, por la que vale la pena amar: porque Él y Su Padre harán en nosotros Su morada (ver Jn 14, 23). Nuestro amor nos viene del Amor y nos atrae al Amor. Quien vive amando, vive albergando nada menos que a Dios en su corazón.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=281Domingo, 29 de Mayo de 2011 9:00 hrs.
Tu lugarUna amiga platicaba que tuvo que viajar a una ciudad en la que vive un hermano suyo con su esposa e hijos, y le ofrecieron que se hospedara en casa de ellos. Le daba pena molestar pero fue tanta la insistencia que aceptó. Y contaba que la emocionó que cuando luego de merendar se retiró a la habitación que le habían preparado, vio que cada miembro de la familia le había dejado ahí algo que pensaba que haría su estancia más agradable: su previsor hermano le dejó en el buró junto a la cama una linternita de pilas por si se iba la luz; su sobrino, su reproductor de discos compactos, con una variedad de CD de rock; su sobrina, su revista favorita; su cuñada, conocedora de sus gustos, le dejó un chocolatito sobre la almohada con una notita deseándole felices sueños; y su sobrino el más chico, dejó bien arrebujado en las cobijas el muñequito de peluche con el que él solía dormir abrazado y del cual estaba heroicamente dispuesto a desprenderse para que la acompañara a ella. Decía que se sintió muy conmovida de que hubieran tenido tales detalles con ella y que aunque no pudo aprovechar todas las cosas que le dejaron, todas le sirvieron para hacerla sentir bienvenida y querida. Y pensaba en que hubiera sido muy distinto quedarse en un cuarto de hotel, impersonal y frío, pues nadie lo hubiera preparado con cariño especialmente para ella.

Recordaba esto al leer que en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 14, 1-12) Jesús dice: “En la casa de Mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, Yo se lo habría dicho a ustedes, porque ahora voy a prepararles un lugar. Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar volveré y los llevaré conmigo, para que donde Yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 2-3). ¿Te imaginas al Señor preparándote un lugar para que puedas pasar la eternidad feliz con Él? ¿Cómo crees que sería?, ¿qué consideras que Él se aseguraría de que hubiera ahí? Toma en cuenta que, a diferencia de lo que le sucedió a mi amiga, no habría nada que tú no pudieras aprovechar o disfrutar; el Señor no prepararía para ti algo que no fuera absolutamente perfecto, maravilloso, pues Él te conoce como nadie, sabe tu historia, tus gustos, tus anhelos, tus sueños, tus esperanzas, lo que te haría más feliz, y no sólo por una noche o una estancia de pocos días, sino para siempre.

Y cabe destacar que aunque dijo: ‘voy a prepararles un lugar’ no se refería a lo que a veces imaginamos: un cielo azul en el que flotaremos aburridamente en medio de millones de almas tocando el arpa con el coro de los ángeles. Quién sabe de dónde sacamos semejante idea. Dice San Pablo que ni el ojo vio ni el oído oyó ni puede la mente humana imaginar lo que Dios tiene preparado para nosotros (ver 1Cor 2,9). No podemos visualizar cómo será, sólo podemos hacer pequeñas conjeturas, con base en lo que dicen las Sagradas Escrituras, y en este caso al leer en el Evangelio que Jesús habla de ‘muchas habitaciones’, podemos suponer que ello significa que en la vida eterna habrá algo especial para todos y para cada persona en particular; pues no seremos una ‘masa’ informe, ni nos fundiremos en el cosmos, como sostienen algunos seguidores de la ‘nueva era’, sino seguiremos siendo individuos, y cada uno experimentará aquello que lo colmará plenamente de dicha. Podemos tener la seguridad de que la vida eterna con Dios no será aburrida, y no habrá en ella nada inútil o fuera de lugar, nada que nos inquiete, disguste, lastime, preocupe o entristezca. ¿Por qué? Porque se ha encargado de preparárnosla Aquel que nos ama desde siempre y para siempre.

Si mi amiga pensaba que hubiera sido una pena no haber aceptado la hospitalidad de su familia, luego de ver con cuánto cuidado prepararon todo para ella, cuánto más nosotros podemos pensar que sería una verdadera pena que luego de todo el trabajo que el Señor se ha tomado para ir a prepararnos un lugar privilegiado junto a Él en la vida eterna, desperdiciáramos Su invitación, faltáramos a la cita, dejáramos desaprovechado el espectacular hospedaje celestial que nos tiene reservado...

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=76Domingo, 22 de Mayo de 2011 9:00 hrs.
¿Cómo reconocer Su voz?Eran varias hermanas y tenían la voz tan parecida, que la que tenía novio acordó con él una clave para que cuando llamara por teléfono supiera que era ella y no la confundiera con las otras, pues les divertía engañarlo haciéndose pasar por ella. Buena idea para evitar que una voz se confundiera con otras.

Recordaba esto al leer que en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 10, 1-10), Jesús dice que Sus ovejas conocen y reconocen su voz. Y cabe preguntar: ¿cómo le hacen?, y sobre todo, ¿cómo podemos hacerle nosotros?, ¿cómo podemos reconocer la voz del Señor cuando hay tantas otras voces hablando a nuestro alrededor?, ¿cómo distinguir lo que nos dice Él de lo que nos dicen en la radio, en la televisión, en el cine? ¿de lo que quieren hacernos creer los publicistas, los políticos, los que buscan obtener algo de nosotros? ¿Cómo poder estar seguros de que es la voz del Señor la que escuchamos y no la de nuestra imaginación o conveniencia? ¿puede haber algún tipo de ‘clave’ que permita distinguirlo? La respuesta es sí. Hay varias claves, y por lo pronto, cabe destacar dos, con base en las palabras de San Pedro que se proclaman en la Primera y Segunda Lectura de este domingo.

La primera clave o pauta para distinguir la voz de Dios de todas las otras es la verdad. Jesús es Veraz (ver 1Pe 2, 22). Eso significa que a diferencia de otras voces que te rodean, Él jamás te miente, nunca te dice ‘medias verdades’, nunca te trata de inducir al error, jamás te presenta como bueno lo malo o viceversa, nunca pretende convencerte de que hagas algo que te traerá malas consecuencias, no se conforma con darte por tu lado con tal de no incomodarte, sino te dice las cosas tal como son, aunque de momento te incomoden o te duelan, te dice no lo que quieres oír, sino lo que necesitas oír. Cuando Él te habla te ilumina, y Su luz penetra tus rincones más oscuros, lo cual puede resultar penoso y molesto porque te hace ver con toda claridad tus miserias y pecados, pero a la vez es sanador, porque te permite descubrir lo que necesitas arreglar...

Ahí tenemos como ejemplo a Pedro que ante la multitud que lo rodeaba se atrevió a anunciar y denunciar: “Dios ha constituido Señor y Mesías al mismo Jesús, a quienes ustedes han crucificado” No parecía muy aconsejable decir semejante cosa a tal muchedumbre, podía enfurecerla y arriesgarse a ser apaleado. Si lo hubiera aconsejado un director de relaciones públicas quizá le hubiera sugerido otro discurso, pero como Pedro estaba hablando de parte de Dios les dijo las cosas como eran, les echó en cara, con toda valentía el mal que habían hecho. Pero ojo, y esto es importante, no se trata de hacer que la gente se sienta mal diciéndole ‘sus verdades’, sino de animarla a cambiar. Luego de que sus primeras palabras “llegaron al corazón” de quienes le escuchaban y le preguntaron qué hacer, Pedro hubiera podido decirles: ‘pues ya no pueden hacer nada, ya cometieron el crimen, ahora aténganse a las consecuencias’, pero no, porque estaba hablando de parte del Dios del amor y la misericordia, y por eso les hizo ver que todavía estaban a tiempo de enmendar el rumbo.

Tenemos así otra clave para distinguir lo que viene de parte de Dios: invita siempre a la conversión y deja siempre abierta una esperanza. Las voces que no son de Dios pueden tratar de deprimirte, desanimarte, desviarte del buen camino (el demonio es experto en sembrar desesperanza, meter a la gente en callejones sin salida). En cambio lo que viene de Dios puede inquietarte en un principio, cuando te revela tus miserias, pero te muestra siempre, y cabe enfatizar el ‘siempre’, una salida que no es falsa, una luz al final del túnel (que no es un tren en sentido contrario), un camino hacia la salvación.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=77Domingo, 15 de Mayo de 2011 9:00 hrs.
Consuelos¿Te ha pasado alguna vez que todas las esperanzas que tenías puestas en alguien se hicieron pedazos y ello te rompió el corazón? Algo así deben haber experimentado los discípulos de los que nos habla el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 24, 13.35). Habían dejado todo por seguir a Jesús, convencidos de que era el Salvador prometido por Dios y anunciado por los profetas. Pero entonces sucedió lo impensable: lo vieron ser aprehendido, ultrajado, escupido, flagelado, matado en una cruz y sepultado en un sepulcro.

La realidad no podía ser más negra, más desoladora. Sentían que habían perdido todo: el tiempo, la ilusión, la esperanza. Y ahora volvían a su pueblo, a tratar de reemprender su vida donde la dejaron antes de haber conocido a Jesús. Habían salido de allí felices, animosos, volvían ahora dolidos, cabizbajos, mascullando su dolor. Seguramente se sentían muy solos, pero no lo estaban. Jesús caminaba a su lado. Dice el Evangelio que no lo reconocieron. ¿Por qué? Suele pasar que por estar esperando que Dios se manifieste de cierta forma (por ejemplo sanando a una persona enferma), no reconocemos que está manifestándose de otra forma (por ejemplo dándonos la fortaleza y el amor para atenderla). Ellos esperaban al mismo Jesús de antes, pero ahora Él era distinto, había resucitado; tenía Su mismo cuerpo, pero glorificado. Les preguntó: ‘¿De qué vienen hablando tan llenos de tristeza?’ Su pregunta nos impacta porque también está dirigida a nosotros.

Cuando venimos de regreso de un hospital, de una funeraria, de otra fallida entrevista de trabajo, de cualquier situación que nos ha devastado, el Señor que ha venido acompañándonos, pregunta: ‘¿de qué vienen hablando tan llenos de tristeza?’ No es que no lo sepa, sino que quiere que se lo contemos, que platiquemos con Él. Es que suele suceder que cuando vivimos algo muy doloroso nos encerramos en nosotros mismos o nos limitamos a contárselo a alguien muy cercano, pero se nos olvida compartirlo con Aquel que ha estado siempre a nuestro lado, con Aquel que es el Único verdaderamente capaz de darnos los tres consuelos que dio a Sus discípulos. ¿Cuáles? El primero: escucharlos.

No hay mejor interlocutor que Dios que nos conoce, nos comprende, nos ama como nadie y en todo interviene para bien. ¡Qué tontos somos cuando desperdiciamos la oportunidad de desahogarnos con Él! El segundo consuelo: Su Palabra. Dice el Evangelio que fue repasando con ellos las Escrituras, lo cual les permitió entender que en Jesús se cumplió todo lo anunciado, recuperar su fe en Él, comprender que en verdad era el Mesías esperado, captar que lo que padeció estaba considerado dentro del proyecto divino de la salvación humana y comprender el valor redentor del dolor y el sufrimiento. Queda claro no basta tener un monólogo con Dios: es necesario permitir que nos hable y nos conforte a través de Su Palabra, que siempre nos dice lo que en verdad necesitamos oír.

En este punto cuenta el Evangelio que cuando llegaron a donde se dirigían, Jesús hizo como que iba más lejos. Es que Él nunca impone Su presencia. Puedes conformarte con hablar con Él, incluso con escucharlo y hasta allí. ¡Ah!, pero si lo invitas a entrar, a quedarse contigo, hace lo más consolador que existe: ¡te permite entrar en comunión íntima con Él! Se te da en alimento para penetrar tu corazón, apuntalarlo e impedir que se te siga rompiendo o se te vuelva a romper... Los discípulos tuvieron esta experiencia extraordinaria y fue tan sanadora que aunque hacía un rato venían todos deprimidos por el camino, queriendo llegar pronto porque ya oscurecía, salieron corriendo, alborozados, a desandar el camino sin importarles que fuera de noche, pues en sus corazones había amanecido la esperanza, se había hecho la luz, y no podían esperar para compartir con los demás la Buena Nueva, los infinitos consuelos con que los colmó Jesús.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=78Domingo, 08 de Mayo de 2011 9:30 hrs.
Dolor y misericordia‘Como nunca te pagué la mercancía que me fiaste, fíame más’. ‘Como choqué tu coche, permíteme volver a manejarlo’; ‘como manché la ropa que me prestaste, préstame otras prendas tuyas’. Son frases que probablemente jamás vas a decir ni a escuchar. ¿Por qué? Porque parece absurdo solicitar un favor recordándole a alguien lo malo que sucedió la primera vez que te lo concedió. Te arriesgas a que te contesten: ¿cómo te atreves a pedirme que te siga fiando si no me has pagado?, ¿que te deje manejar mi coche si lo chocaste?, ¿que te preste más ropa si dejaste inservible la que te dejé usar? Y si esa persona te muestra el pagaré que firmaste, el coche que abollaste o la ropa que le arruinaste, seguro lo haría para echarte en cara las pruebas que te inculpan. Es por eso que sorprende lo que narra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 20, 19-31), que cuando Jesús se apareció a Sus discípulos después de haber resucitado y les mostró las heridas que tenía en las manos y el costado, huellas de la crucifixión, no lo hizo para reclamarles lo que por ellos padeció ni para hacerles saber que los hombres no merecían ya Su misericordia, sino ¡todo lo contrario! luego de mostrárselas les deseó la paz y les concedió un don extraordinario: el poder perdonar, en Su nombre, los pecados (no en balde éste es el texto evangélico que se proclama siempre en este Segundo Domingo de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia).

¿Por qué fue capaz Jesús de reaccionar así? Porque a diferencia de los ejemplos mencionados al principio, (en los que a alguien que ni lo esperaba ni lo quería, le quedan a deber, le abollan el coche o le manchan la ropa), lo que Jesús padeció fue algo que Él no sólo conocía y esperaba, sino que aceptó voluntariamente por una sola razón: por amor a nosotros. Ésa es una gran diferencia. Y por eso, cuando Jesús les mostró las heridas de Sus manos y costado no lo hizo en plan de reclamo sino para mostrarles las pruebas palpables de Su amor, un amor que lo hizo capaz de dar Su vida para rescatarlos -rescatarnos- del mal, del pecado y de la muerte.

Se explica así que muchas oraciones de la Iglesia, y en especial la que Jesús dictó a Santa Faustina, la Coronilla de la Divina Misericordia (que por cierto se rezará en el Vaticano antes de la Misa de Beatificación de Juan Pablo II), mencionen lo que padeció Jesús como medio de obtener el favor del Padre Eterno (‘Por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero’). Cualquiera hubiera podido pensar que sería absurdo recordarle al Padre la dolorosa Pasión de Cristo para pedirle un favor, que resultaría contraproducente pedirle misericordia para la humanidad recordándole aquel episodio en el que la humanidad no tuvo misericordia con Su Hijo, que sería arriesgarse a despertar Su ira el recordarle lo que por nuestra culpa padeció Jesús, pero resulta que es ¡todo lo contrario! Mencionar la dolorosa Pasión de Jesús es apelar al amor infinito que nos tiene, un amor que lo llevó al extremo de aceptar la muerte de Su Hijo con tal de rescatarnos a todos, de abrirnos a todos el camino de la salvación.

El sufrimiento de Cristo, asumido libremente y ofrecido por amor, tuvo un sentido redentor. Y también nuestro sufrimiento puede adquirir ese sentido, si lo unimos al de Cristo. Eso lo sabía muy bien el Papa Juan Pablo II. Él consideraba que si quien sufre une sus sufrimientos a los de Cristo, los convierte en un medio poderoso para interceder por muchos y presta a la Iglesia una ayuda invaluable en el combate cósmico contra el mal; he ahí la razón por la que aunque tuvo muchos sufrimientos, no se quejó de ellos, sino supo aprovecharlos hasta el final. No fue casualidad que cuando ya se estaban celebrando las primeras vísperas de la Fiesta de la Divina Misericordia, haya sido llamado a la casa del Padre aquel que vivió uniendo sus dolores a la dolorosa Pasión de Cristo para solicitar la misericordia divina para toda la humanidad.


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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=79Domingo, 01 de Mayo de 2011 11:00 hrs.
¡Eso es todo!Las mujeres tenemos fama de curiosas y comunicativas (por no decir metiches y chismosas, que se oye muy feo), características que quizá haya quien considere defectos, pero que para el Señor son cualidades que nos calificaron para ser las testigos privilegiadas de Su Resurrección. Así, leemos en el Evangelio que se proclama en la Vigilia Pascual -y que también puede proclamarse en la Misa del día- (ver Mt 28, 1-10), que fueron las mujeres las primeras en recibir la noticia de que Jesús había resucitado.

Y es muy curioso constatar cómo el Ángel que les dio dicha noticia, conocedor del alma femenina, hizo exactamente lo que se necesitaba para que ellas pudieran cumplir con el encargo que les haría. Primero las tranquilizó, claro; su repentina aparición en medio de un terremoto y de una luz como de relámpago fue tan impactante que los guardias al verle quedaron como muertos, así que aunque estaba visto que ellas no eran de esas damiselas que a la primera se desmayan, sin duda se espantaron, por lo que consideró necesario hacerles ver que no había nada que temer. Luego les demostró su carácter sobrenatural, revelándoles que sabía a qué iban, que estaban buscando a Jesús el Crucificado. En seguida les dio el anuncio más sensacional de toda la historia: ‘Ha resucitado como lo había dicho’, Después, sabedor de que, como buenas mujeres, no se iban a ir muy convencidas si no comprobaban con sus propios ojos que ahí no estaba su Señor, las invitó: ‘Vengan a ver el lugar donde lo habían puesto”(Mt 28,6). Entonces les encomendó lo que pidió Jesús: que anunciaran a Sus hermanos que resucitó, que iría delante de ellos y que los vería en Galilea, y por último añadió: ‘Eso es todo’ (Mt 10,7). Tal vez esta última frase le suene a algunos como cuando el vocero de un político que acaba de hacer una declaración, anuncia a la prensa: ‘no habrá preguntas’ y apaga el micrófono. Podría dar la impresión de que el Ángel, sabiendo que las mujeres solemos ser demasiado inquisitivas, dijo lo de ‘eso es todo’ como para desanimarlas a querer quedarse a interrogarlo para averiguar lo que pudieran, pues lo que quería era que se fueran de inmediato a cumplir lo que se les encargó, pero no se ve que ellas hubieran tenido intención de quedarse, dice el Evangelio que “se alejaron a toda prisa del sepulcro llenas de temor y de alegría” (Mt 28,8), se nota que lo que les urgía era ¡salir de allí!, por lo que podemos pensar que la frase encierra un significado más profundo, y para tratar de descubrirlo ayuda recordar que la pronunció luego de anunciar tres cosas: que Jesús había resucitado, que iría por delante y que podrían verlo. Como quien dice, en ese ‘todo’ está comprendida nuestra razón de ser como creyentes. ¿Qué sostiene nuestra fe? Que Jesús resucitó como lo había prometido, que todo cuanto dijo es verdad, que es Dios. ¿Qué sostiene nuestra esperanza? Que confiamos en Su promesa, que sabemos que ha ido por delante a prepararnos un lugar, que así como Él resucitó, resucitaremos nosotros. ¿Qué sostiene nuestra caridad? Saber que nos sale al encuentro y que vive, no sólo en Su Palabra y en los Sacramentos, sino también en quienes nos rodean, y podemos amarlo y servirlo en ellos. En ese ‘todo’ está el fundamento que da fuerzas para salir adelante al que sufre, al que vive una situación de dolor, pues sabe que Jesús ha vencido a la muerte, sabe que está presente a su lado, sabe que al final de esta vida se reunirá con Él. En ese ‘todo’ está también implicada la invitación a no complicarnos pretendiendo averiguar lo que nuestra limitada mente no alcanza a comprender, está un llamado a darle un voto de confianza a Aquel que no defrauda, y a no quedarnos cuestionando o contemplando Su sepulcro vacío, sino lanzarnos presurosos a anunciar a todo el mundo que Cristo, el Crucificado, muerto por nosotros, no se quedó en la cruz, no se quedó en el sepulcro. ¡Ha resucitado!

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=105Domingo, 24 de Abril de 2011 9:00 hrs.
Su dolorSi alguien hace algo malo contra ti, te traiciona, te lastima, te daña de alguna manera, ¿qué es lo que te duele? Casi todo mundo respondería que le dolería sentirse traicionado, lastimado, dañado. Y es que cuando sufrimos algo que percibimos como agresión, solemos reaccionar poniendo la atención en lo que nos pasó a nosotros y en cómo nos sentimos. Por ejemplo, quien sufre un robo suele dolerse por saberse injustamente despojado de lo que le pertenecía y por haberlo perdido. Probablemente no se duele por el ladrón, no le preocupa que dedicarse al hurto lo fracture como ser humano, afecte su alma, ponga en riesgo su salvación, más bien es probable que piense: ‘ojalá se muera y se vaya al infierno’.

Lo común es que ante las agresiones que sufrimos volvamos la mirada hacia nosotros mismos, pongamos la atención en nuestra condición de víctimas, nos concentremos en cómo el atropello que padecimos nos afecta. ¿Por qué? En el fondo, porque no amamos al agresor, no lo consideramos ése prójimo al que debemos amar como a nosotros mismos, o más aún, al que debemos amar como nos pidió Jesús: con un amor hasta el extremo, como el Suyo; no nos importa lo que le pase y seguramente no estaríamos dispuestos a dar nuestra vida por él. Así solemos reaccionar nosotros, pero, como siempre, Jesús reacciona de manera completamente diferente a la nuestra. Lo descubrimos en los relatos del Evangelio sobre Su Pasión y Su Muerte que se proclaman este Domingo de Ramos (ver Mt 26, 14-27.66) y el Viernes Santo (ver Jn 18, 1-19.42). Lo que a Jesús le preocupa no es lo que hacen contra Él, sino lo que esas malas acciones implican para quienes las realizan. Y es que Jesús no vive centrado en Sí mismo; Aquel que por nosotros fue capaz de ir voluntariamente a padecer todo lo que padeció (traición, abandono, incomprensión, injurias, escupitajos, azotes, burlas, corona de espinas, golpes, el camino al Calvario y la crucifixión), Aquel que, como hace notar San Pablo, dio Su vida por nosotros a pesar de que no lo merecemos porque somos pecadores (ver Rom 5,8), realmente nos ama, realmente se interesa por nosotros, por el estado de nuestra alma, por nuestra salvación. Y ese amor Suyo se revela, una y otra vez, de muchas maneras, a lo largo de Su Pasión.

Por ejemplo en la Cena, al anunciar que alguien lo va a traicionar, da la oportunidad a Judas de que reconsidere; cuando advierte a Pedro que lo va a negar, lo invita a orar para fortalecerse interiormente y no ceder a esa tentación; lo que responde y lo que calla cuando lo interrogan primero el Sanedrín y luego Pilato, busca hacerlos reflexionar, despertar sus conciencias. Consideremos también, por ejemplo, las preguntas que plantea. Cuando llegan a aprehenderlo: ‘¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? (Mt 26,55). Cuando Judas lo saluda con un beso: “Amigo, ¿es esto a lo que has venido?” (Mt 26,50). Cuando el siervo del sumo sacerdote lo abofetea porque no le pareció cómo respondió Jesús: “Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado, pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?” (Jn 18,23). Son todas preguntas que buscan que aquellos a quienes se las plantea se cuestionen, se den cuenta de que están haciendo mal, tengan oportunidad de conversión. Sólo un amor como el Suyo fue capaz de padecer lo que Él padeció sin llenarse de ira, de odio, de deseos de venganza, porque no estaba centrado en Sí mismo, no puso el acento en cómo lo afectaba a Él todo lo que padeció, sino en cómo afectaba a quienes se lo hicieron padecer. El dolor de Cristo no fue por Sí mismo sino por los otros; por nosotros. Como nos ama hasta el extremo sufre en carne propia nuestras miserias, nuestras caídas, nuestras faltas de amor. Si no hubiera sido así, a medio Calvario hubiera podido arrepentirse, detener todo, abandonarnos a nuestra suerte, permitir nuestra merecida condenación. Pero quiso seguir hasta el final, motivado por una sola intención: sanarnos con Su amor de nuestras faltas de amor, librarnos con Su muerte de nuestras tendencias de muerte y rescatarnos de nuestros abismos de pecado, porque lo que más le duele es el daño que pecar nos hace a nosotros mismos.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=108Domingo, 17 de Abril de 2011 9:30 hrs.
¡Responde!‘¡Deja lo que sea que estés haciendo y hazme caso! Así decía una señora que hablaba por su celular con alguien de quien por lo visto requería que le pusiera su total atención. Caminaba delante de mí pero se detuvo y yo me seguí, así que ya no me enteré de más, pero luego recordé sus palabras, y pensé que así le dice mucha gente a Dios. ‘¡Señor, ¡deja lo que sea que estés haciendo y atiéndeme, que mi enfermito se empeora, que mi matrimonio se derrumba, que necesito hallar empleo, que no puedo más! ¡Deja lo que sea que estés haciendo y respóndeme, que esta situación tan angustiosa duró demasiado!

También en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 11, 1-45) nos enteramos de una súplica parecida. Cuando enfermó Lázaro, hermano de Martha y de María, ellas enviaron a Jesús este recado: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo” (Jn 11,3), como quien dice, ‘deja lo que estés haciendo y ven’. Y le hacen notar que el que lo necesita es un amigo muy querido, como diciendo, ‘no te lo pide cualquiera sino alguien cercano a Ti que realmente merece que lo atiendas’. Como decirle ahora: te lo pido yo, que voy a Misa todos los domingos; que te sirvo fielmente en este ministerio; que vivo procurando cumplir Tu voluntad y por eso merezco que me hagas más caso que a los que ni se acuerdan de Ti. ¿Cómo reaccionó Jesús al recibir el recado?, ¿fue de inmediato? No. Se tomó su tiempito. Se quedó dos días más en donde estaba. Y si el recadero regresó a informar esto a las hermanas se habrán quedado muy desconcertadas. ¿Cómo que el Señor no dejó todo y vino corriendo a ayudarlas?, ¡si sabía que lo necesitaban! Quizá mil cosas pasaron por sus mentes, como por las de quienes piden algo a Dios y no ven resultados inmediatos. Tal vez pensaron que no le importaban tanto como creían, que tenía mejores cosas que hacer, que las había olvidado. Se sintieron defraudadas. Y peor tantito porque sucedió lo que temían y Lázaro falleció. Y fue hasta que éste ya llevaba cuatro días de sepultado cuando por fin llegó Jesús. Nos dice el Evangelio que María no salió a verlo, cabe pensar que estaba ‘sentida’ con Él. Pero Martha sí salió, y lo primero que hizo fue reprocharle: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 9,21). Y más tarde, cuando Jesús llamó a María, ésta le hizo un reproche semejante. El mismo que muchos le hacen a Dios cuando no les responde como quieren y con la prontitud con que quieren. Señor, si me hubieras atendido, si no te hubieras desentendido de mí, si me amaras, no hubieras dejado que esto me pasara. ¡Ah, cuántos injustos reproches recibe continuamente el Señor! No es verdad que se desentienda ni que no nos ame. Vemos cómo al llegar ante el sepulcro de Su amigo, se conmovió y lloró. El Señor no es indiferente a lo que nos sucede. Si no acudió presuroso a curarlo no fue porque no le importara sino porque tenía un plan mejor. No librarlo de la enfermedad, sino ¡de la muerte! Si Aquél que dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida” (Jn 9, 25), no nos responde como deseamos es porque pedimos lo que de momento creemos nos conviene, pero Él concede lo que de veras nos convendrá en términos de eternidad, de salvación, lo que foralecerá nuestra fe, afianzará nuestra esperanza, animará nuestra caridad. Las hermanas creyeron en Él; su dolor no las hizo alejarse, como sucede desgraciadamente con algunos creyentes que por no recibir la respuesta que esperan dejan de orar. Y cuando Jesús pidió lo impensable: que se abriera la losa que cerraba el sepulcro donde estaba el cadáver que, luego de cuatro días y en ese clima caliente, estaba ya en franca descomposición, Martha se limitó a hacerle notar que olía mal, preocupada de exponer a la terrible pestilencia a quienes habían venido a darles el pésame, pero accedió. Entonces Jesús mandó a Lázaro salir de allí y éste ¡salió! ¡Vivo! Jesús realizó un milagro espectacular que no dejó lugar a dudas acerca de quién era Él y permitió a quienes lo amaban, soportar lo que se vendría: verlo padecer y morir en la cruz. Hizo más de lo que habían pedido o imaginado, les concedió recuperar vivo a su hermano, pero a nosotros nos concede algo todavía mayor, porque al cabo de los años Lázaro volvió a morir, pero a nosotros nos ha concedido el regalo de la vida eterna, la certeza de saber que por grandes que sean nuestros problemas, por doloroso que sea perder seres queridos, por difíciles que se pongan las cosas, Aquel que todo lo puede nos ama y está pendiente de nosotros, y por eso nuestro sufrimiento tiene un límite y nuestra muerte no es un final.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=112Domingo, 10 de Abril de 2011 9:30 hrs.
Ver y no verHabía un antiguo cuento oriental que narraba que un rey había encerrado a sus tres hijos en un castillo sin ventanas, en donde habían crecido en total oscuridad. El hermano mayor era el único que recordaba cómo era la luz, y los otros le pedían constantemente que se los explicara y que les contara historias de su infancia, cuando vivía afuera, y se maravillaban de oírlo y él disfrutaba mucho la atención que recibía. Entonces inesperadamente una mañana se abrió la puerta y entró a raudales el sol. Todos cerraron los ojos, lastimados por su resplandor, pero pasado un tiempo se acostumbraron a la claridad y poco a poco fueron abriéndolos. El hermano menor gritó emocionado: ‘¡es la luz!’y quería salir, pero el mayor se lo impidió, cerró de golpe la puerta y dijo que eso que habían visto no era realmente la luz, sino producto de su imaginación, porque él les había explicado tan bien cómo era que habían creído verla. Logró convencerlos. Y desde entonces siguieron como antes, en total oscuridad, con ellos preguntando y él disfrutando platicarles cómo era la luz.

‘No hay peor ciego que el que no quiere ver’, dice el dicho, para referirse a quien neciamente cierra los ojos para no reconocer una realidad que tiene, como se dice popularmente ‘frente a sus narices’. Recordaba todo esto al leer lo que narra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 9, 1-41).

Empieza diciendo que Jesús vio a un ciego de nacimiento. De entrada resulta conmovedor comprobar que aun cuando una persona sea incapaz de voltear la mirada hacia Dios y darse cuenta de Su presencia en su vida, Él, en cambio, sí tiene Su mirada puesta en ella, y no es una mirada indiferente, sino compasiva. Jesús le dijo entonces a Sus discípulos: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 9,5), hizo lodo, lo puso en los ojos al ciego, le pidió que fuera a lavarse, éste obedeció y recobró la vista. Experimentó en carne propia lo que había anunciado Zacarías, lo visitó el sol que nace de lo alto y lo iluminó a él, que antes vivía en sombras de muerte (ver Lc 1, 78-79). Tan radical cambio en aquel hombre no pasó desapercibido, y sus vecinos y conocidos se preguntaban: ‘¿es él o se parece?’ Así sucede con quien ha tenido un encuentro con Dios y se ha dejado iluminar el corazón. Ya no es el mismo de antes, tiene ahora una nueva luz interior que se le nota, y hay un cambio también en su actitud, si antes su dios era el dinero, ahora es el Señor, si antes buscaba el poder para que otros lo sirvieran, ahora lo que busca es poder servir a otros, y así en todo. Claro que semejante cambio va a provocar en los que lo conocen muy diversas reacciones. Habrá quien se alegrará genuinamente por su conversión, pero habrá otros a los que su cambio los incomodará grandemente porque sin querer les echará en cara que ellos no han cambiado y no quieren cambiar. Es lo que sucedió a los fariseos de los que nos habla el Evangelio. No querían creer que ése, al que conocían de toda la vida, había sido curado, y lo cuestionaban, discutían entre ellos, lo volvían a interrogar, incluso buscaron a los papás de él para ver qué decían, y cuando le volvieron a hacer preguntas y él muy sensatamente les hizo ver que semejante curación no podía venir sino de Dios, en lugar de abrirse a esa posibilidad lo insultaron. Si hubiera dicho lo que querían oír, le habrían hecho caso, pero como dijo lo que no querían oír, lo tildaron de pecador y lo echaron fuera. Y justamente fuera fue que se encontró de nuevo con Jesús, ante el cual se postró para adorarlo. Los que lo corrieron le hicieron un favor, le permitieron encontrarse de nuevo con Aquel que es la Luz, ellos en cambio permanecieron en tinieblas. Como el hermano mayor de aquel cuento, se las daban de conocedores de la luz, pero al tenerla enfrente se negaron a aceptarla. De ellos dijo Jesús: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, continúan en su pecado” (Jn 9, 41).

En este Cuarto Domingo de Cuaresma quedamos invitados a preguntarnos cómo están nuestros ojos, no los del cuerpo, que no importa si andan medio ‘fallos’, sino los del alma. Si vemos realmente o sólo creemos ver. Y cómo se nos aplica lo que afirmó Jesús: “Yo he venido...para que los ciegos vean y los que ven se queden ciegos” (Jn 9, 39).

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=116Domingo, 03 de Abril de 2011 9:00 hrs.
Noticia compartida¿No te ha pasado que tienes una noticia que te alegra tanto que sientes necesidad de compartirla y se la dices a la primera persona con la que te topas? Y así, a la menor provocación, le haces plática al dependiente de la tienda, al chofer del taxi, a quien se te sentó junto en el camión, a quien sea, y le sueltas que te vas a casar, que nació tu primer hijo o nieto, que por fin conseguiste chamba, que te dieron de alta o cualquier otra cosa buena que acaba de sucederte. Y quizá tu interlocutor se te queda viendo con cara de ‘y a mí ¿qué?’, pero estás tan feliz que no te importa.

Claro que lo mejor es compartir la noticia con alguien que sabes que está deseando oírla y que se alegrará tanto como tú. Ejemplo de esto es lo que nos narra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 4, 5-42). Jesús llegó a un poblado, y mientras Sus discípulos se iban a comprar comida, se sentó en el borde de un pozo. Por lo que sucedió se puede deducir que Él estaba ya dispuesto a revelar Su identidad, a dar a conocer que era el Mesías enviado a salvar a Su pueblo. Es pues significativo que se sentara allí, como esperando comunicar Su noticia a alguien que tuviera sed, pero no sólo de agua, sino de salvación, alguien que necesitara oírla, alguien que verdaderamente se alegrara al conocerla. Dice San Juan que era mediodía. Eso significa, por una parte la hora del máximo calor, donde se experimenta la mayor sed, la mayor necesidad de beber del manantial de agua viva que Jesús viene a ofrecer. Y también la hora en que ilumina con toda su fuerza el sol y no hay sombras. Vienen a la mente las palabras de Zacarías: ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte’ (Lc 1,78-79).

Llega entonces al pozo una mujer que vive así , en sombras. Si se hubiera realizado una encuesta preguntando quién se hubiera considerado digno de ser el primero al que Jesús revelara que era el Mesías, ella no hubiera encabezado la lista de preferencias. Era samaritana, es decir, de un pueblo que estaba enemistado con los judíos; era mujer, en un tiempo en que no contaban los testimonios femeninos, y era pecadora y probablemente la comidilla del lugar, pues había tenido muchos maridos y actualmente tenía un amante con el que estaba viviendo. Sin embargo Jesús la considera la candidata ideal. ¿Por qué? Porque conoce que ella está muy sedienta, pero no sólo de agua, sino de algo que sacie ese anhelo interior, esa ansia de felicidad que la ha llevado a buscarla inútilmente y en su búsqueda equivocar rotundamente el camino (decía San Agustín: ‘busca lo que buscas, pero no donde lo buscas’). Y así, cuando ella se dispone a sacar agua, Él se dirige a ella con una petición inesperada: ‘Dame de beber’. Conmueve que el Señor se aproxima siempre a nosotros sin exigir, sin avasallar, vulnerable, necesitado de lo que podamos darle. Él es el manantial de agua viva y la mujer lleva tan sólo un cántaro, y cabe pensar que no muy grande, para poder cargarlo lleno, y de ese cántaro pide Jesús beber. El Señor se pone siempre a nuestro nivel, acepta nuestra pequeñez, lo poco que podemos ofrecerle. Él que es el Amor, se conforma con recibir el amor que brota de nuestro pequeño corazón; Él que es la Bondad, se alegra cuando hacemos aunque sea una insignificante obra buena; Él que nos lo da todo, se pone feliz cuando le damos algo. La petición que el Señor hace inicia un diálogo que Él aprovecha para revelarle que es el Mesías. La noticia debe haberla estremecido, no sólo por conocer al esperado Enviado de Dios, sino porque Él se dignó dirigirle la palabra, la trató con respeto, la miró con misericordia. Ahora ¡es ella la que tiene un notición que no puede guardarse!, y corre al pueblo a compartirlo, y es tal su testimonio que los mueve a ir a comprobar por sí mismos lo que dice.

En este Tercer Domingo de Cuaresma, llega oportuna la Palabra a despertar nuestra sed, a revelarnos Quién es el Único que puede saciarla, a invitarnos a acudir a Él y a llamar a otros a acompañarnos, para presentarle nuestros cántaros vacíos, con la certeza de que sólo Su manantial de agua viva puede llenarlos.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=121Domingo, 27 de Marzo de 2011 11:00 hrs.
Desconsuelo y consueloNo te preocupes, no lo pueden matar

Semejante afirmación se refería al héroe de un programa de televisión, de una serie viejita en blanco y negro, de la que mi mamá tiene varios episodios que le encanta ver porque, a sus noventa y dos años todavía aprecia que el protagonista ‘está muy chulito’.

La dijo un día en que al ver que al galán le dieron tremenda zoquetiza exclamé: ‘¡uy, lo van a matar!’. Ella sabía que eso no sucedería. Y, en efecto, terminados los trancazos el hombre se levantó ágilmente del suelo, sólo con el copete ligeramente despeinado, se ajustó la corbata y siguió como si nada. Y me pregunto qué hubiera sucedido si en lugar de eso, se hubiera quedado tendido, muerto. Seguramente mi mamá no lo hubiera podido creer, hubiera pensado que se estaba haciendo el muertito o que era un error, una broma, un sueño, incluso que estaba viendo un DVD ‘pirata’, todo, menos que fuera posible que al ‘santo’ (así se llama el programa, no tengo idea por qué), se lo escabecharan. Y es que ya se sabe que a los héroes de las series de acción que salen en la tele, les puede pasar de todo menos que los maten (claro, si los matan se acaba la serie). Así que los televidentes contemplan tranquilos cuanto le pase al protagonista pues saben que el final será feliz y no le ocurrirá nada irremediable o fatal.

Pues bien, si así sienten algunas personas con relación a héroes que al fin y al cabo no existen, podemos comprender cuánto más sentirían los judíos con relación al héroe real que estaban esperando, al Mesías, al enviado de Dios que vendría a traerles la salvación. Sin duda consideraban que sería alguien que gozaría de una especialísima protección divina, alguien al que nada malo podría ocurrirle. Por eso cuando Jesús, de quien Sus discípulos estaban convencidos que era el Mesías, les anunció que los dirigentes de Su pueblo lo rechazarían, lo escupirían, azotarían y condenarían a morir en una cruz, se quedaron pasmados. No podían concebir que ello fuera posible. Era el peor balde frío que les había caído jamás. Contrario a todo lo que hasta ahora habían creído con relación al Mesías. Jesús lo sabía. Y, como siempre, sensible y atento a lo que sucedía en el corazón de Sus discípulos, buscó la manera de disipar sus dudas y afianzarlos en su fe y en su esperanza.

Narra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 17, 1-9), que Jesús llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan, subió con ellos a un monte (en el Antiguo Testamento los montes son lugares privilegiados para las manifestaciones divinas) y se transfiguró ante ellos. Les dejó ver el resplandor de Su gloria. Y no conforme con eso, quiso probarles que el plan que les había anunciado no estaba en contradicción con lo anunciado en las Sagradas Escrituras, y así como cuando se afirma algo se busca un aval que dé fe de que aquello es verdad, Jesús les dejó ver que a Su lado estaban nada menos que Moisés y Elías. Cabe aquí comentar que los judíos solían referirse a la Sagrada Escritura usando un término genérico: ‘La ley y los profetas’´. Moisés, representaba la Ley, pues la recibió de manos de Dios. Y Elías representaba a los profetas. ¡Delicadeza del amor del Señor!, sabiendo que Sus discípulos se sentían desconcertados y tristes, y previendo que lo estarían todavía más cuando se les viniera encima lo que todavía faltaba por suceder, quiso consolarlos anticipadamente, fortalecerlos, dejarles ver que lo que les había dicho no era un error o un disparate sino que entraba dentro del plan de salvación que Dios previó desde antiguo. Y hasta el propio Padre intervino en esto, dejando oír Su voz, expresando Su amor por Jesús y pidiendo que lo escucharan.

En este Segundo Domingo de Cuaresma la Palabra nos presenta esta escena que nos invita a comprender que Dios tiene un plan de salvación para nosotros, y que aunque si nos preguntaran no querríamos experimentar el sufrimiento o la muerte, éstos forman parte inevitable pero pasajera de un camino que habrá de llevarnos a contemplar la gloria del Señor, como los discípulos, pero no sólo un ratito sino por toda la eternidad.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=127Domingo, 20 de Marzo de 2011 9:10 hrs.
¿De qué nos sirven las tentaciones?Alguien preguntaba el otro día: ‘¿Por qué permite Dios que vivamos tentaciones? Si quisiera podría librarnos de ellas, es más, podría haber determinado que éstas ni siquiera hubieran existido, y así se hubiera asegurado de que el ser humano nunca hubiera caído en ellas ni hubiera cometido pecados, entonces, ¿por qué deja que las experimentemos?, ¿de qué nos sirven las tentaciones?

Cabría dar cinco respuestas a esta interrogante: 1. Nos permiten ejercer nuestra libertad. Si Dios nos hubiera creado como ‘títeres del bien’ para que nunca pudiéramos hacer otra cosa que Su voluntad, sin libre albedrío para elegir cumplirla o no, no tendríamos libertad, un bien muy preciado del que Dios ha querido dotarnos y del cual no quiere privarnos, porque es lo que nos permite mostrarle nuestro amor y adhesión eligiendo libremente entre dos caminos, el que conduce hacia Él. 2. Nos muestran cómo somos. Nos ubican en nuestra realidad caída y pecadora. Si nunca sufriéramos tentaciones en las cuales caemos, quizá nos sentiríamos los ‘muy muy’, nos creeríamos superiores a los demás, casi casi (o sin el casi), dioses. El caer en una tentación nos hace darnos cuenta de cuán frágiles somos. Nos hace humildes.

Comentaba un señor que recién salido de confesarse de que, entre otras cosas, echaba maldiciones cuando estaba atorado en el tráfico, le tocó cinco claxonazos a otro automovilista, y cuando éste lo volteó a ver le hizo una señal grosera. Y en ese instante se dio cuenta de que ¡¡acababa de confesarse de eso, acababa de salir de la iglesia muy contento, sintiéndose perdonado por Dios, y ¡no había tardado nada en volver a caer en lo mismo! Las tentaciones nos permiten darnos cuenta de lo débiles que somos. Y eso ¿de qué nos sirve? Desde luego no para azotarnos contra las paredes, ni para sentir que no tenemos remedio y mucho menos para abandonar la lucha por alcanzar la santidad pensando que es algo imposible, sino para algo muy diferente y que constituye en sí mismo una punto aparte: 3. Nos ayudan a detectar qué nos hace caer, específicamente, a nosotros. Ello nos permite proponernos corregirlo (como esos hombres de los que nos hablaba el Evangelio en Misa el domingo pasado, que construyeron sus casas, uno sobre roca y otro sobre arena. La casa del primero resistió los torrentes que la embistieron, la del segundo se derrumbó. Ello permitió a su constructor no sólo darse cuenta de que la edificó mal, sino proponerse reconstruirla sobre sólidos cimientos. Esto a su vez conduce necesariamente al siguiente punto: 4. Nos permiten fortalecernos. Cuando superamos una tentación crecemos en fortaleza para superar otras. Y viceversa: caer en una nos debilita para caer en otras. ¿Cómo podemos aprovecharlas para fortalecernos? Porque facilitan algo fundamental en nuestra vida: 5. Nos mueven a reconocer que necesitamos y ¡mucho! la ayuda de Dios. Confesaba San Pablo que no comprendía su proceder pues no hacía lo que quería sino lo que aborrecía (ver Rom 7, 15), deducía que ello se debía a que en él habitaba el pecado y se lamentaba: “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?” y ahí mismo respondía que Jesús, por Quien daba gracias a Dios (ver Rom 7, 24).

Y es que nosotros caemos cuando enfrentamos tentaciones, pero Jesús no cayó. Como lo muestra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 4, 1-11), sufrió pruebas (y no sólo en el desierto, pues durante toda Su vida se le presentó la tentación, la posibilidad de cumplir o no los designios de Su Padre, y siempre optó por amoldar Su voluntad a la de Aquel). Así, el vivir tentaciones puede ser positivo si para superarlas nos tomamos más firmemente de la mano de Jesús, nos encomendamos más a Su ayuda, nos volvemos como esos niños pequeños que aprietan la mano de su mamá cuando están en medio de una multitud en la que podrían perderse, o como esas personas mayores que cuando caminan por una acera dispareja, se apoyan en el brazo de su acompañante. Así también nosotros, no tenemos que conformarnos con padecer o sufrir la tentación, sino podemos aprovecharla para aprender la lección que nos muestra acerca de nosotros mismos y nuestras míseras fuerzas; fortalecer aquello que necesitemos fortalecer en nuestra vida espiritual, y adquirir mayor intimidad y confianza con Dios para poder decir, como el salmista: “Cuando me parece que voy a tropezar, Tu misericordia, Señor, me sostiene” (Sal 94, 18).

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=131Domingo, 13 de Marzo de 2011 9:30 hrs.
SociosContaba un señor que tiene un pequeño club, que lo sorprende la cantidad de gente que pretende colarse sin ser socia, alegando que son sus cuates e incluso mostrando una falsa tarjeta de presentación suya. Y suele pasar que lo han hecho ir a la puerta a encontrar a un supuesto gran amigo sólo para confirmar que no tiene ni idea de quién es esa persona y por supuesto a dar órdenes de que no la dejen pasar.

Recordaba esto al leer en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 7, 21-27), que habrá quienes crean poder entrar en el Reino de los Cielos con sólo mencionar el nombre de Jesús o dárselas de amigos suyos, pero eso no bastará. Y es que así como los socios que frecuentan un club son conocidos y reconocidos por el dueño, que los saluda por su nombre e incluso puede ser que un día los deje pasar aunque hayan olvidado la credencial, y quienes no pertenecen a éste no pueden pasar aunque aleguen ser cuates de aquél, algunos que pretendan entrar al Reino sólo porque digan conocer a Jesús se van a llevar un chasco cuando Él les afirme: “Nunca los he conocido”. Pero, puede preguntar alguno, ¿cómo puede decir que no los conoce si sí sabe quiénes son? Porque el verbo ‘conocer’ tiene en la Biblia un significado más profundo que el de simplemente saber de alguien, implica una relación íntima, cercana. Se comprende entonces que Aquel que dijo que cuanto hagamos aún al más insignificante de Sus hermanos se lo hacemos a Él, pueda decir que no nos conoce si nunca ha experimentado, en la persona de los demás, nuestra caridad, nuestro servicio, nuestra solidaridad.

Así pues, tenemos que existe un riesgo real de quedar fuera del Reino, y no porque el Señor nos cierre la puerta en las narices, sino porque no cumplamos con lo que se nos pide para poder entrar. Y es que así como quien quiere ser socio de un club debe aceptar ciertas reglas y cumplir ciertos requisitos, del mismo modo, para entrar al Reino hay que estar dispuestos a conformar la propia existencia a los valores que ahí rigen, ¿cuáles? el amor, la justicia, la paz, la verdad, la misericordia, el perdón. Quien haga esto entrará en el Reino, y cabe aclarar que eso de ‘entrar’ no se refiere a que luego de que haya cumplido todo recibirá una especie de credencial que le abrirá las puertas, sino a que al estarlo viviendo descubrirá que ha entrado ya al Reino, que vivir todos esos valores es ya disfrutar de la alegría que experimentan todos los que pertenecen al Reino.

Como se ve, dependerá de cada quien elegir entrar o quedar fuera del Reino. Como lo plantea la Primera Lectura de la Misa este domingo (en Dt 11, 26-28): cada uno tiene frente a sí dos opciones, cumplir o no los mandamientos del Señor. Si los cumple será bendecido, si no, será maldito. Y no porque el Señor lo maldiga, sino porque su propia elección terminará por arruinarlo. Y cabe aclarar que, como siempre, la razón por la que el Señor nos invita a cumplir Su voluntad no es porque quiera dominarnos sino beneficiarnos. Esto se comprende más claramente en el ejemplo que menciona Jesús en el Evangelio: Quien cumple la voluntad del Señor es como alguien que edifica una casa sobre roca, tan sólida que resiste torrentes y vendavales. Es decir, quien tiene su vida cimentada en Dios, encuentra en Él la fortaleza, la serenidad, el consuelo, la esperanza que le permiten sobrevivir cualquier dificultad, por grande que sea. En cambio quien no la cumple se parece a quien edifica sobre arena. No tiene de dónde agarrarse a la hora en que sufre algún problema y fácilmente puede derrumbarse.

En este domingo previo a iniciar el camino de conversión de la Cuaresma, estamos a buena hora para disponernos a pertenecer al Reino, y no porque mostremos un charolazo ‘pirata’ sino porque nos esforcemos por cumplir lo que se requiera para conseguir la membresía oficial. Es gratuita, puede ser vitalicia y, lo mejor de todo, nos permitirá de verdad conocer y ser conocidos por el Dueño, que nos dejará entrar a estar con Él y disfrutar una dicha que no tendrá final.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=136Domingo, 06 de Marzo de 2011 9:30 hrs.
¿De qué te preocupas?¿Cuántas veces necesitas que te repitan algo para que por fin se te grabe?, ¿dos?, ¿tres?, ¿cuatro?, ¿cinco? Pues por repeticiones no paramos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa. ¡Cinco veces! nos plantea Jesús que no debemos preocuparnos (ver Mt 6, 24-34), cinco veces en diez versículos, se nota que es un tema que al Señor le interesa enfatizar, se ve que no quiere que nos preocupemos. ¿Por qué? Cabe dar cuando menos dos respuestas: Una tiene que ver con las razones y la otra con las consecuencias de toda preocupación.

En la primera cabe preguntar: ¿Existe alguna razón que justifique que nos preocupemos? La respuesta es no. ¿Por qué? Nos lo dice Jesús: porque somos lo más valioso a los ojos del Padre, porque Él está pendiente de nosotros, porque sabe bien lo que nos hace falta y nos dará lo que necesitemos cuando lo necesitemos (que, cabe aclarar, no es lo mismo que lo que creemos que necesitamos cuando creemos que lo necesitamos). Podemos pues vivir tranquilos, confiados en que, como decía San Francisco de Sales: Dios no permitirá que nos ocurra ningún mal o nos dará fortaleza y luz para superarlo.

La segunda tiene que ver con lo que obtenemos al preocuparnos. Pregunta Jesús: “¿Quién a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento?”, como quien dice: ¿qué ganamos con preocuparnos? ¡nada! Por más noches de insomnio que pasemos dándole vueltas a un asunto, por más que nos retorzamos las manos o nos comamos las uñas, angustiándonos no conseguiremos el bien que esperamos. Y cabe añadir que, por el contrario, podemos provocarnos un gran daño, y no sólo a nivel físico (como tensión nerviosa, úlcera, desvelos, agotamiento, malhumor, depresión), sino a nivel espiritual: Afirmaba San Francisco de Sales que con excepción del pecado el peor mal para el alma es la inquietud. Y es que cuando alguien está inquieto, preocupado, no hace más que pensar en aquello que lo angustia; no tiene paz para orar, se centra en sí mismo olvidando a los demás, se siente desolado, abatido, comienza a deprimirse y desesperarse, Decía el santo que entonces el alma queda debilitada, frágil, muy vulnerable a los embates del maligno que aprovecha para inducirla a desconfiar del amor de Dios, a caer en la desesperanza y eventualmente a perder la fe.

Así pues, si no hay razón que justifique nuestra preocupación y las consecuencias de preocuparnos son tan negativas, ¿por qué lo seguimos haciendo? Me decía una señora: ‘ya sé que Dios me ama y sé que no debo preocuparme, pero si me toca vivir algo muy doloroso o difícil no puedo evitar pensar que Él se ha olvidado de mí, que como a esos funcionarios públicos a los que en las giras la gente les entrega cartas y papelitos con peticiones urgentes, y éstos se los dan a algún subalterno y no se vuelven a ocupar de ellos, a Dios se le ‘traspapeló’ mi caso y está tan ocupado con las cosas importantes que suceden en el mundo que no se acuerda de lo que a mí me pasa’. Si acaso compartes esta equivocada idea, mira lo que dice la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Is 49, 14-15). A Dios no te le olvidas nunca. Y si buscas en tu Biblia ese pasaje y continúas leyendo un poco más descubrirás cuánto te ama y qué lejos está de ser un Dios ajeno o lejano. ¿Has oído que para recordar algo que tienen pendiente algunas personas acostumbran amarrarse un hilito en un dedo? Pues bien, Dios ha ido mucho más lejos para recordarte siempre. Ha tatuado tu nombre en la palma de Su mano...

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=139Domingo, 27 de Febrero de 2011 10:30 hrs.
Sonríe, te estamos filmandoUn rechinido de llantas, unos giros vertiginosos, un estruendo, todo se pone oscuro y cuando logras abrir los ojos descubres que estás sentado en una butaca de un cine y no tienes idea de cómo llegaste allí. Miras alrededor y te das cuenta de que eres el único espectador y la función todavía no comienza.

Te quieres poner de pie pero no lo consigues, estás extrañamente atrapado en tu asiento. Ya comienzas a preocuparte cuando en eso aparece, quién sabe de dónde, un ser angelical que te informa lo que está pasando. Tuviste un accidente que te tiene entre la vida y la muerte, y mientras el ‘alto mando’ decide si te deja todavía continuar en este mundo o si ya te llegó la hora de pasar al otro y entregarle cuentas, se te va a permitir ver proyectada en pantalla gigante, con calidad digital, tercera dimensión y desde luego a todo color, la película de tu vida. Dicho esto desaparece y comienza a oscurecerse la sala.

Todavía no te repones de la impresión pero como no puedes hacer nada más que ver la proyección, te dispones a disfrutarla -después de todo siempre soñaste con aparecer en la pantalla grande- y hasta te preguntas si habrá palomitas.

Comienzan a pasar escenas de tu niñez de las que ya ni te acordabas. Algunas te conmueven, otras te hacen reír. Luego siguen las que corresponden a años posteriores, y así, vas viendo transcurrir tu existencia hasta llegar a los años más recientes. Y entonces te das cuenta de algo en lo que hasta ese momento no te habías fijado. Tal parece que el camarógrafo se empeñó en captarte a ti y a nadie más, sólo apareces tú y sólo se oye tu voz. Esto lejos de alimentar tu ego comienza a preocuparte, porque en las escenas que están pasando ante tus ojos, a veces se te ve lanzar insultos, hacer muecas de desprecio, hablar pestes de alguien, desquitarte....Están captadas todas y cada una de las veces en que dijiste o hiciste algo injusto, impaciente, iracundo, vengativo, rencoroso. Recuerdas perfectamente lo sucedido en cada una, pero piensas que si la cámara no te hubiera captado sólo a ti se entendería muy bien ante quién y por qué estás reaccionando así, se vería lo que te estaban diciendo o haciendo, se justificaría tu agresiva actitud. Te preocupa que eso de que sólo salgas tú te esté haciendo quedar muy mal, te reste puntos, contribuya a que se tome una decisión que no te favorezca. Te desesperas.

Protestas a gritos, llamas al ‘cácaro’, exiges que muestren también la parte de los otros, armas tal escándalo que se detiene la función, se encienden las luces y el ser angelical reaparece de nuevo, esta vez trayendo una Biblia en la que te muestra la página del Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 5, 38-48) y te dice: ‘aquí está la explicación del por qué la película está filmada así. No hace falta tomar a los otros porque el Señor no te ha invitado a tratar a los demás como ellos te tratan a ti; no te ha pedido que apliques aquello de ‘ojo por ojo y diente por diente’: no me saludan, yo tampoco; me maltratan, los maltrato; me calumnian, los calumnio’. Por el contrario, el Señor te ha llamado a amar aunque no te amen, a bendecir aunque te maldigan, a rogar por otros aunque te persigan o digan cosas falsas de ti. Así, en la película de tu vida no hace falta ver a los que te rodean porque por malo que sea lo que hayan dicho o hecho contra ti, nada justifica que tus palabras o acciones no hayan sido lo que se esperaba de ti como discípulo de Aquel que te dejó un solo mandamiento: que ames a los otros como Él te amó, hasta dar la vida por ti’.

En un instante comprendes que has vivido en un grandísimo error y quieres de todo corazón tener ocasión de remediarlo. En eso en un parpadeo de pronto te ves en una cama de hospital, oyes que se reactivan los aparatos, a los doctores comentar sorprendidos que por unos segundos te dieron por muerto pero estás reaccionando, y comprendes agradecido que se te ha concedido otra oportunidad, y esta vez te propones actuar de una manera muy distinta en esa película sobre tu vida que todavía falta por filmar...

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=145Domingo, 20 de Febrero de 2011 11:00 hrs.
PlenitudSi una mamá decidiera que como a su niño no le gustan mucho las verduras mejor le va a dar de comer sólo lo que le agrada: papas fritas y pastelillos; o si quien dirige una secundaria decidiera que como a algunos alumnos, por ir a un ‘antro’ entre semana y desvelarse, les cuesta llegar temprano a clases, les va a permitir entrar a las doce del día; o si un policía de tránsito al ver que algunos automovilistas se pasan los altos, decidiera apagar todos los semáforos, ¿estarían haciéndole un favor a ese niño, a esos adolescentes, a esos conductores? Quizá pensarían que sí, pero sería todo lo contrario, lejos de favorecerlos los perjudicarían. Exigirle al niño que se alimente sanamente, al joven que se discipline y a los que manejan un coche, que respeten el reglamento, es para beneficio suyo y de todos, aunque tal vez de momento no lo vean así.

Cumplir las reglas, cuando son para bien, podrá ser latoso pero vale la pena. Lamentablemente los seres humanos tendemos a buscar lo facilito: ganar dinero sin haber trabajado, enflacar sin haber hecho dieta o ejercicio, tener un título sin haber estudiado. Y cuando sentimos que alguna regla nos exige algo que nos resulta trabajoso o nos da flojera cumplir, buscamos la manera de sacarle la vuelta o hacerlo por encimita, al ahí se va, el mínimo nomás para cubrir el expediente...
Sucede ahora y sucedía antes. En tiempos de Jesús mucha gente se había acostumbrado a obedecer la ley de manera superficial o interpretándola a su propia conveniencia. El problema es que se trataba nada menos que de la ley que Dios había dado para bien de Su pueblo. Como leemos en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Eclo 15, 16-21), Dios dio, junto con Sus mandamientos, la libertad de guardarlos o no. Quien los guarda tiene vida, quien no, opta por la muerte, y no porque Dios se desquite y lo mate por desobediente, sino porque quien le da la espalda a lo que lo beneficia, solo se perjudica.


En ese sentido, resulta significativo lo que se proclama en el Evangelio este domingo (ver Mt 5, 17-37), que Jesús afirmó que no vino a abolir la ley sino a darle plenitud. Con ello no sólo respondió implícitamente a quienes lo criticaban porque según ellos no cumplía la ley (por curar en sábado; comer en casa de pecadores; etc.), y a Sus discípulos, que quizá también se preguntaban si Su Maestro impondría una ley por completo nueva, distinta a la ley de Moisés que hasta ahora los había regido, sino que dejó claro que no bastaba con cumplir la ley sólo por cumplir, a medias o aparentemente, sino que ésta debía normar no sólo la conducta sino el corazón. ¿Por qué planteaba esto Jesús? ¿Qué sentido tenía pedirles que cumplieran más profundamente los mandamientos?, ¿no era agobiarlos con cargas extra, lo mismo que les criticaba a los fariseos (ver Mt 23,4)? Desde luego que no, era ¡todo lo contrario! Lo que Jesús proponía, lejos de aplastarlos los levantaba, en lugar de hundirlos los rescataba. ¿Por qué, si aparentemente les exigía más? No sólo porque el darle por su lado a la gente no es lo que la beneficia y porque el ser humano crece cuando se le exige, sino ante todo porque quería invitarlos a ser conscientes de su valor como seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios, animarlos a no admitir pensamientos, palabras o actitudes que los rebajaran en su dignidad de hijos del Padre. Se entiende así que los invite a no sólo conformarse con no matar, sino ir más allá y no permitir que oscureciera la luz de su corazón el odio o el resentimiento; a no limitarse a no cometer adulterio, sino ni siquiera desearlo, es decir, no permitirse usar a otra persona como objeto ni con el pensamiento; a no sólo no mentir al jurar, sino ser tan veraces que fuera innecesario hacer un juramento para tener credibilidad. En suma, Jesús los invitó -y nos invita hoy a nosotros- a vivir en plenitud y no seguir los caminos mediocres de un mundo que prefiere la ley del menor esfuerzo. Ser herederos del Reino, conciudadanos de los santos, miembros de la familia de Dios, es todo un compromiso, no sólo un privilegio...


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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=149Domingo, 13 de Febrero de 2011 10:00 hrs.
Los cerillos de DiosCuando era adolescente, a mis amigos y a mí nos gustaba jugar un juego que quién sabe si ya pertenezca a la prehistoria o alguien lo juegue todavía, llamado ‘si fuera’. Consistía en esto: alguno salía un momento para que los demás eligieran secretamente a alguien del grupo. Cuando aquél regresaba trataba de adivinar a quién habían elegido, y para ello sólo podía hacer preguntas metafóricas, que plantearan comparaciones que pudieran ser reveladoras del carácter de esa persona. Por ejemplo: ‘si fuera música, ¿qué música sería?’; ‘si fuera un paisaje, ¿qué clase de paisaje sería?’; ‘si fuera un animal, ¿qué animal sería?’, etc. Lo interesante era que el juego no sólo permitía a los participantes descubrir cómo eran percibidos por los demás, sino también autoanalizarse, pues en la ronda de preguntas, al elegido que estaba siendo descrito le tocaba también responder.

Recordaba esto al leer que en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa, Jesús nos dice: “Ustedes son la luz del mundo” (Mt, 5, 14), y pensaba que si hoy jugáramos aquel juego y a alguien le tocara responder sobre sí mismo: ‘si fuera luz, ¿qué clase de luz sería?’ probablemente nadie, a menos que fuera un ególatra desmedido, respondería describiéndose como una gran luz, más bien todo lo contrario. Solemos tener muy claras (es un decir), nuestras tinieblas, sabemos bien lo lejos que estamos de ser ‘luminosos’. Y sin embargo Jesús afirma que somos ‘luz del mundo’. ¿Cómo tomar esto?, ¿como un inmerecido cumplido?, ¿como una propuesta bonita pero inalcanzable? No. Las palabras de Jesús no están fuera de la realidad. Pueden cumplirse en nosotros. Y la prueba de ello nos la ofrece San Pablo. Lo consideramos un ‘super-apóstol’, y si tuviéramos que compararlo con alguna luz, seguramente lo describiríamos como una estrella, pero en la Segunda Lectura que se proclama en Misa este domingo, él confesó sentirse débil y estar temblando de miedo (ver 1Cor 2, 3), es decir que estaba muy lejos de creerse una ‘luminaria’, y sin embargo ¡lo era! ¿Cómo logró algo tan aparentemente imposible? Porque puso su nada en manos de Dios; porque sentirse débil no lo desanimó, no lo hizo quedarse cruzado de brazos, sino lo movió a confiarse enteramente en el poder y la fuerza de Dios, y así, aunque carecía de brillo propio, pudo ser reflejo de Aquel que es verdaderamente Luz del mundo. Del ejemplo de San Pablo aprendemos que la conciencia de nuestra falta de luminosidad no es pretexto para conformarnos con las tinieblas que nos rodean. Si el Señor dice que somos luz del mundo (y en ningún lado se leen letras chiquitas que digan: ‘aplican restricciones’), ello significa que todos hemos sido llamados a romper la oscuridad. ¿Cuál? La del miedo, la de la ignorancia, la de la falta de fe, la del rencor, la de la injusticia, la de la violencia, la del mal, la que envuelve tu mundo, nuestro mundo. Pero, ¿cómo podemos hacerlo si nos sentimos insignificantes? Poniéndonos, como San Pablo, en las manos de Dios para que Él nos haga brillar. Y si no podemos servirle como antorchas, al menos podemos servirle ¡como cerillos! Sí. Considera esto: un cerillo no iluminará como una vela, pero cuando llega un apagón, alumbra lo suficiente para permitir encontrar y encender la vela; un cerillo no será una fogata que congrega gente alrededor de su hermoso fuego, pero gracias a él se puede encender esa fogata. Su llamita podrá ser débil y breve, pero si es oportuna puede lograr ¡grandes cosas!


Eso sí, hay que estar conscientes de que para poder dar la llama que se espera de nosotros, tendremos que dejarnos tallar, desgastar, y no ser de esos cerillos que encienden su llamita sólo si los frotan en su cajita sino de ésos que prenden en cualquier lado, raspándolos contra la pared, la suela del zapato, el suelo...Y estar también dispuestos a pasar desapercibidos (todo mundo admira la luz de las velas del pastel o del candelero; la de la chimenea o la fogata, nunca al cerillo que la encendió...).


Así pues, que nuestra pequeñez no sea pretexto para permanecer a oscuras. Espera nuestra ayuda Aquel que afirmó haber venido a traer fuego a la tierra y anhelar que ya estuviera ardiendo (ver Lc 12,49). No olvidemos que un solo cerillo basta para iniciar un incendio...


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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=154Domingo, 06 de Febrero de 2011 11:20 hrs.
Contraposiciones

¿Qué es mejor, ser sabio o ignorante?, ¿poderoso o débil?, ¿importante y admirado o insignificante y despreciado? Probablemente mucha gente elegiría en cada caso la primera opción sin pensarlo dos veces, pero también sin considerar que quizá estaría en perfecta armonía con los criterios del mundo pero en total contradicción con los de Dios. Y es que en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 1Cor 1, 26-31) dice San Pablo que Dios elige a los ignorantes, débiles, insignificantes y despreciados. Semejante afirmación parecería dar la razón a los no creyentes que juzgan que la religión es para tontos e inseguros que merecen, si no desprecio, cuando menos lástima. Pero no es así. Para comprenderlo es indispensable establecer a qué se refiere cada término, porque cada uno tiene un significado distinto para el mundo y para Dios.

Ser sabio, para el mundo, es tener un gran cúmulo de conocimientos. Pero el saber mucho no asegura la salvación y puede convertirse en un obstáculo: Si no va acompañado de principios éticos, morales, el conocimiento puede encaminar al ser humano hacia su destrucción. No sólo porque se sabe cómo hacer algo es correcto hacerlo (por ejemplo una bomba, un aborto, una clonación). También puede suceder que el sabio de este mundo pretenda aproximarse a Dios como quien analiza algo bajo el microscopio, y si no obtiene todas las respuestas -y es evidente que no las obtendrá pues Dios está muy por encima de la estrecha capacidad humana- se niegue a creer en lo que está más allá de lo que conoce y puede ver, tocar, en suma, abarcar. Y por último, también puede ocurrir que quien cree saber mucho pierda la capacidad de asombro y se vuelva como esos escribas y fariseos de tiempos de Jesús que conocían a fondo las Escrituras pero ya no se dejaban conmover y mucho menos mover por ellas.

A los sabios del mundo Dios contrapone los ignorantes del mundo. ¿Qué se entiende por este término? No tiene nada que ver con la educación, la ciencia o la cultura a nivel humano. A diferencia de lo que puede pensarse, Dios no limita nuestro conocimiento sino todo lo contrario, le quita todo límite, porque lo abre a la verdadera sabiduría que es la que proviene de Él. El ignorante de este mundo es aquel que no cree saberlo todo y por eso le pregunta todo a Dios; que no cree que puede entenderlo todo y por eso calla y reflexiona; que no cree captarlo todo y por eso pone su mirada y su confianza no en sí mismo sino en su Creador. El ignorante de este mundo es el verdaderamente sabio, a diferencia del sabio de este mundo que ignora lo único que vale la pena conocer.

Ser poderoso para el mundo es tener la capacidad para mandar a otros, someterlos, humillarlos, arrasarlos, destruirlos. Pero por más poderoso que se crea o sea un ser humano, su poder está restringido porque depende de sí mismo y de algo tan frágil como su salud o tan perecedero como su dinero o sus armas. A los poderosos de este mundo Dios contrapone a los débiles, y cuidado con entender este término como sinónimo de blandengues, porque no lo es. Los débiles de este mundo son los que no confían en sus propias fuerzas y por eso se ponen en las manos del Todopoderoso, y así, en la debilidad humana del que se abre a la gracia de Dios se manifiesta en todo Su poder la fuerza de Dios, y por ello los débiles del mundo son infinitamente más poderosos que los poderosos del mundo.

A los importantes y admirados en este mundo Dios contrapone a los insignificantes y despreciados, es decir, a los que no son tomados en cuenta porque no viven volcados hacia afuera, pendientes del qué dirán, sino que calladamente, anónimamente se esfuerzan en imitar a Aquel que no vino a ser servido sino a servir y por amor a nosotros se humilló hasta morir en la cruz.

Queda claro pues que Dios no se guía por apariencias, por lo que no vale la pena querer ser sabios o poderosos o importantes a los ojos del mundo, sino a los ojos de Dios, y para conseguirlo, no requerimos escalar posiciones ni cosechar aplausos, sino esforzarnos por vivir conforme a lo que plantea Jesús en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa: (ver Mt 5, 1-12): desapegados de los bienes materiales, con un corazón compasivo, misericordioso y limpio y trabajando cada día por edificar en el propio corazón, en la familia y en el mundo, la justicia y la paz.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=161Domingo, 30 de Enero de 2011 12:00 hrs.
PescadorSi alguien trabaja en lo que le gusta y sabe hacer, de seguro no querría cambiar de oficio. Por ejemplo quien disfruta manejar su taxi no querría pasar ocho horas encerrado detrás de un escritorio y viceversa, a quien le gusta emplearse en una oficina no querría pasarse el día yendo de aquí para allá. Lo que probablemente sí aceptarían ambos sería aprender a realizar mejor su chamba, mejorar lo que ya son.

No sorprende que el Señor lo sepa, el que nos creó conoce perfectamente nuestra psicología, pero sí llama la atención cómo lo toma en cuenta. Él, que tendría todo el derecho y la autoridad de pedirle a alguien a quien llama a Su servicio que renuncie a aquello para lo que es bueno, que nunca más vuelva a ocuparse de hacer algo que se le da, para lo que tiene facilidad y vocación, no lo hace. Al contrario. A Aquel que nos dio nuestros dones y capacidades no le gusta que los desperdiciemos sino busca siempre modos de aprovecharlos al máximo.

Lo vemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 4, 12-23). En él se nos narra que “Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: ‘Síganme y los haré pescadores de hombres’...” (Mt 4,18-19). Los invitó así a darle un giro distinto a lo mismo que sabían hacer, hallarle un nuevo objetivo, infinitamente más pleno y satisfactorio: los invitó a poner sus cualidades al servicio del Reino de Dios. Tender sus redes no ya en el mar, esperando sacar muchos pescados, sino en el mundo, con la esperanza de salvar de sus turbulentas aguas muchas almas. Dice el Evangelio que en respuesta a esta invitación ellos de inmediato lo siguieron. Y vemos que siguieron siendo pescadores, pero con ese sentido que transforma y engrandece cualquier tarea por insignificante que sea: el de trabajar para el Señor. Y ni siquiera cuando Pedro fue nombrado por Jesús la roca sobre la que edificaría Su Iglesia (ver Mt 16, 18-19) dejó de lado su vocación, al contrario, se afianzó tanto en ella que incluso su barca se volvió símbolo de la Iglesia y heredó su título y su labor de pescador espiritual a todos sus sucesores.

Qué oportuno resulta que se proclame este texto ahora que estamos festejando la noticia de la próxima beatificación de Juan Pablo II, porque en él tenemos una clara muestra de que aceptar la invitación del Señor ni daña ni desvía ni suprime las cualidades de quien es llamado, sino todo lo contrario. Su agudeza e inteligencia, su talento como orador y escritor, su sensibilidad y empatía; su facilidad para comunicarse en alguno de los muchos idiomas que hablaba o incluso con una simple sonrisa y una mirada, su fe inquebrantable, su firme esperanza, su caridad y compasión, bondad y alegría, paciencia y afabilidad, rectitud y valentía, todo se aprovechó cuando aceptó seguir al Señor, primero como sacerdote, luego como obispo y después como cardenal. Y cuando le tocó poner las manos sobre el timón de la barca de Pedro, sus virtudes fueron aún más aprovechadas en su nueva encomienda. Fue un pescador de almas que navegó con su brújula siempre orientada hacia el Señor, nunca dudó en surcar los océanos buscando toda clase de peces, y con el mismo amoroso afán lanzaba una red inmensa que capturaba a millones, que un anzuelito para rescatar de las aguas turbulentas a quien acudía a solicitar su consejo, en un encuentro personal. Y cuando el clima le era adverso y parecía que su afán sería en vano, no escatimaba esfuerzos, bogó siempre mar adentro.

En este domingo en que la Palabra nos hace presente la invitación del Señor a seguirlo, y las noticias nos muestran el feliz resultado de aceptarla, recordemos la voz de un Pescador que lo primero que hizo cuando subió a la barca fue animarnos a nunca tener miedo de aceptar el llamado del Señor.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=282Domingo, 23 de Enero de 2011 10:00 hrs.
Llamados a más...Una amiga me compartió una anécdota que cambió su vida: había ido con su tío a pedir chamba a la bolsa de trabajo de una parroquia, y cuando la señorita que llenaba el formulario le preguntó a él de qué quería trabajar, le respondió: ‘de lo que sea’; le explicó que tenía que poner algo específico en la solicitud, pero él insistió en que podía trabajar en lo que fuera porque sabía hacer un poco de todo y mientras no fuera ilegal o pecado no le sacaba la vuelta a nada, no le daba flojera trabajar. Me contó que la sorprendió mucho la disponibilidad de su tío y se sintió avergonzada de sí misma, pues ella estaba considerando solicitar empleo poniendo muchos ‘peros’ para que no la pusieran a hacer ciertas cosas relacionadas con su chamba que le daban flojera. Su tío consiguió empleo ese mismo día y tiempo después le comentó que su trabajo le resultaba muy variado porque hacía lo que se ofrecía; ella le preguntó si le pagaban bien y si estaba contento, a lo que respondió que sí, pero que no era por el dinero, aunque le parecía bien lo que ganaba, sino porque le gustaba poder hacer de todo. Y cuando ella cuestionó si no sentía que lo explotaban pidiéndole hacer demasiadas cosas, su respuesta se le quedó grabada: ‘No, qué va. No me explotan, me aprovechan, que es distinto, y eso me hace muy feliz’. Esa afirmación la impactó y la hizo reflexionar y darse cuenta de que no sólo en la chamba sino en la vida, podía tener dos actitudes: tratar de hacer lo menos posible, con lo cual descansaría pero se sentiría desperdiciada, o hacer lo más que pudiera, con lo cual quizá a veces se cansaría, pero se sentiría, como su tío, aprovechada, satisfecha y feliz.

Lo que me platicó vino a mi mente al leer los textos de la Misa de este domingo, y meditar que tanto las Lecturas como el Evangelio tienen dos elementos en común. El primer elemento es un llamado de parte de Dios. Él crea a cada ser humano, lo dota de muchas cualidades para que sirva para muchas cosas y lo envía al mundo. Es significativo leer en la Primera Lectura que Su enviado fue elegido “desde el seno materno”; que Pablo reconoce, en la Segunda Lectura, que su vocación es ‘voluntad de Dios’ y que en el Evangelio, Juan el Bautista menciona al que lo ‘envió a bautizar’. Tenemos así una vocación, un llamado divino. El segundo elemento es una especie de ampliación de ese primer llamado, en la que el Señor pide a Sus enviados más de lo que ya les había pedido (y cabe pensar que más de lo que quizá habían pensado que les pediría). El Señor no sólo llama y envía una vez; suele seguir llamando, seguir encomendando nuevas y diferentes tareas, y con ello nos permite no desperdiciar ni una sola de nuestras habilidades. El que nos creó y nos ama, sabe mejor que nosotros de qué somos capaces, y no quiere que desaprovechemos Su gracia, que es exactamente lo que hacemos cuando nos encerramos en los límites que nosotros solitos nos marcamos al pensar que sólo servimos para una cosa. En el libro ‘Luz del mundo’ se le planteó a SS Benedicto XVI que, como es sabido, no aspiraba a ser obispo, ni Prefecto, y mucho menos Papa, si no daba miedo tener que aceptar que sucediera una y otra vez lo que menos esperaba, a lo que respondió, como siempre sabiamente, que en su ordenación le dijo sí al Señor, y ese sí implicaba aceptar todo lo que Él le fuera pidiendo, y confiar en que si se lo pedía sería porque estaría a su lado para ayudarle a cumplirlo.

Hoy más que nunca el Señor está necesitando trabajadores para su Reino que, como el tío de mi amiga, estén dispuestos a trabajar en todo lo que se ofrezca sin poner ‘peros’, y nos va proponiendo proyectos que sabe podemos realizar. Nos dice, parafraseando Sus Palabra en la Primera Lectura: es poco que hagas sólo esto, tengo para ti pensado ¡mucho más! Es poco que ames sólo a tu familia, que hables de Mí sólo a los tuyos, que ayudes sólo a tus conocidos; puedes abrir tu corazón a muchos otros. Sueño para ti grandes cosas, que pongas todos tus dones al servicio de muchos... Lo de hasta ahora es bueno, pero es poco, porque Yo sé que tú puedes hacer ¡tanto más! La pregunta es: ¿lo harás?...

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=283Domingo, 16 de Enero de 2011 10:00 hrs.
Calladamente‘El bien no hace ningún ruido y el ruido no hace ningún bien’. Sabio dicho que le oí a mi mamá alguna vez, y que ahora recuerdo porque resume admirablemente lo que plantean las Lecturas que se proclaman este domingo en Misa. Empiezo de atrás para adelante: el Evangelio narra que Juan estaba en el río Jordán, bautizando a quienes querían expresar con un bautismo de agua que estaban arrepentidos de sus pecados y deseaban quedar limpios de ellos, cuando en eso llegó Jesús y le pidió que lo bautizara. Él, que nunca cometió pecado y que por lo tanto no tenía de qué arrepentirse, Él, que venía a salvar a todos los pecadores, no quiso hacer alarde de Quién era, no se presentó allí a anunciar la salvación como esos predicadores que encuentra uno en algunos púlpitos televisivos, que creen que a fuerza de gritos convertirán a sus oyentes. No. Él simplemente se colocó allí, en medio de todos, como uno de tantos, asumiendo plenamente Su abajamiento, Su renuncia a los privilegios de Su condición divina (ver Flp 2,6-7). Y así siguió. Dice San Pedro en la Segunda Lectura, que después de que Jesús fue bautizado “pasó haciendo el bien” ( Hch 10,38), y lo hizo como lo hacía todo, calladamente. Tal como lo había anunciado el profeta Isaías siglos antes, en el texto que se proclama como Primera Lectura: “No gritará, no clamará, no hará oír su voz por las calles.” (Is 42, 2-3). Siendo Todopoderoso, el Señor eligió voluntariamente no hacer nada por la fuerza, venir discretamente, humildemente, a hacerse uno de nosotros. Y en Él tienen cumplimiento diversos textos proféticos de la Sagrada Escritura que la gente no solía relacionar entre sí: los que anunciaban que Dios habitaría en medio de Su pueblo y los que anunciaban que Dios enviaría a un Salvador. Es por eso que la voz del Padre que se escucha cuando Jesús es bautizado, emplea las mismas palabras del profeta Isaías al presentar a Su elegido, a Aquel en quien tiene Sus complacencias, pero marcan una diferencia abismal: no se trata simplemente de un siervo, de un elegido, se trata, nada menos que del ¡Hijo de Dios!. Tras de siglos de estar a la espera de que Dios respondiera al profeta que clamaba: “¡Ah, si abrieses los cielos y descendieses!” (Is 63,19),  el Señor respondió de manera extraordinaria, abriendo en efecto los cielos y haciéndose presente entre nosotros.

Recién salidos del tiempo navideño, cuando lo tenemos todavía muy presente pequeñito, arropado en pañales, recostado en un pesebre, San Mateo nos muestra a Jesús igualmente humilde, pero ya adulto, recorriendo nuestros caminos, solidario con nuestra humanidad caída, dispuesto a sumergirse silenciosamente en las aguas en las que pretendemos lavar nuestras miserias, pero no para quedarse en ellas sino para ayudarnos a salir y seguirlo. A Aquél del que dijo Juan: ‘entre vosotros hay uno al que no conocéis” (Jn 1,26), se ha quedado entre nosotros y sigue haciendo el bien, ¿sabemos reconocerlo a nuestro lado?

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=285Domingo, 09 de Enero de 2011 11:00 hrs.
Para todosPara los judíos y para el resto del mundo; los cercanos y los lejanos; los que lo estaban esperando con ansia desde hacía siglos y los que no tenían ni idea de que habría de venir; los que supieron advertir Su llegada y aquéllos a los que les pasó completamente desapercibida; los que vivían en tierra de sombras y los que se sentían iluminados aunque estaban a oscuras.

Para los fervorosos creyentes y para los que no tenían fe; los que abrazaban su religión y los que la atacaban; los que conocían las Escrituras y los que no las conocían; los que, conociéndolas, procuraban cumplirlas y los que aunque las conocían no se dejaban ya mover por ellas.

Para los que se sabían necesitados de Él y para los que pensaban que no les hacía falta; los insatisfechos y los satisfechos; los preocupados y los despreocupados; los interesados y los indiferentes; los desesperanzados y los que mantenían la esperanza.

Para los que conocían el sufrimiento y para los que todavía no habían sufrido; los maltratados y los privilegiados; los atropellados en sus derechos y en su dignidad y los admirados y respetados; los que caminaban ligeros y los que se arrastraban agobiados por la carga; los enfermos y los que tenían salud.

Para los que no poseían nada y para los que creían tenerlo todo; los que se conformaban con poco y los ambiciosos; los desprendidos de los bienes de este mundo y los avariciosos; los que pasaban hambre y los que comían de más.

Para los felices y para los afligidos; los contentos y los descontentos; los de dulce carácter y los amargados; los que estaban rodeados de seres queridos y los que no tenían a nadie en este mundo.

Para los llenos de amor y para los llenos de odio; los de buena voluntad y los malintencionados; los que sabían perdonar y los rencorosos; los que querían vivir en paz y los que querían hacer la guerra; los pacíficos y los violentos; los mansos y los iracundos.

Para los virtuosos y para los viciosos; los veraces y los mentirosos; los honrados y los corruptos; los caritativos y los envidiosos; los castos y los lujuriosos; los humildes y los orgullosos.

Para los que entendían el sentido de su existencia y para los que no le hallaban razones; para los que apenas comenzaban su vida y para los que estaban ya por terminarla; para los hombres y para las mujeres, de cualquier raza y condición.

Para todos vino el Señor; para todos brilló Su estrella. ¿Quién la supo captar? Nos lo dice el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 2, 1-12): No fueron aquéllos de los que cabía esperar que hubieran sido los primeros en darse cuenta, los que estaban más cerca, pues estaban cegados por sus propios intereses, demasiado ocupados en sus propios asuntos; fueron unos sabios del lejano Oriente, sensibles a las señales del cielo, quienes no sólo contemplaron la estrella sino supieron interpretar su fulgor, comprender que los invitaba a seguirla y aceptar su callada y luminosa invitación. Y entonces ella los fue guiando, conduciendo, hasta el mismísimo lugar donde había nacido el Rey, el Salvador prometido y anhelado, el deseado de las naciones, el Sol que nace de lo alto, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, Aquél a quien San Juan llama “Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9), la única capaz de rescatarnos de toda tiniebla, de toda desesperanza. Y desde entonces esa Luz del Señor sigue brillando para todos, esperando que todos la veamos, que dejemos que nos alumbre el corazón y nos mueva a salir de nosotros mismos, buscarlo a Él, y poder decir, al encontrarlo: “vimos surgir Su estrella, y hemos venido a adorarlo” (Mt 2, 2).

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=19&a=286Domingo, 02 de Enero de 2011 10:00 hrs.