Desde la Fe - Canal RSS - Para niños como tu - Cuento (Para comprender mejor el Evangelio)http://www.desdelafe.mx/apps/article/?z=18Un santo que habla con tu ángel de la guarda
En 1887, en Pietrelcina, pueblito de Italia, nació Francisco Forgione, un niño travieso pero piadoso que asistía a Misa y le pedía mucho a Dios poder ver a Jesús y a María. Su mamá contaba que aquel pequeño hablaba con el ángel de la guarda de algunas personas, y que no era nada extraño para él. A los 16 años ingresó al convento de frailes capuchinos para ser ordenado sacerdote y hacerse llamar “Fraile Pío” en honor a San Pío V, un Papa muy humilde.

Un día brotó sangre de las manos y pies de Fray Pío. Sus superiores, asustados, le enviaron al médico, pues la sangre seguía saliendo y no cicatrizaba; sólo se percibía un aroma delicioso. “¡Son las heridas de Cristo crucificado!”, resolvieron los frailes, y le llamaron “estigmas”.

A pesar de estos estigmas, el Padre Pío –como también le llamaban– se dedicó a su labor; celebraba la Santa Misa y confesaba; pronto comenzó a saberse que el Padre Pío también conocía los problemas de las personas antes de hablar con ellas, y que podía estar en dos lugares a la vez (bilocación); así, su fama de santidad creció. Lo visitaban muchas personas y le tomaban fotos, pues empezaron a suceder milagros por su intercesión. Algunos decían que el Padre Pío había ido a visitarlos a su casa cuando en realidad no había salido del convento. Otros decían que en plena guerra, cuando intentaban bombardear un lugar cercano al convento, el Padre Pío apareció en el cielo frente a los aviones, los cuales tuvieron que girar en otra dirección y no pudieron cumplir su misión. En una ocasión, el encargado de aquel ataque aéreo llegó al convento y se encontró con todos los frailes. El Padre Pío lo vio y le reclamó muy enojado: “¿porqué quería acabar con todos nosotros?”. Aquel hombre lo reconoció y salió huyendo. 

Fray Pío murió a los 81 años, pero sigue hablando con nuestro ángel de la guarda. Este 23 de septiembre, en su fiesta, ¿tú qué le pedirías? Seguro le hablará de ti a Dios.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=6923Domingo, 18 de septiembre de 2016, 14:00 horas
El que persevera alcanza
En el norte de África, en el año 332, nació una pequeñita llamada Mónica. Le encantaba hacer oración porque eso le daba mucha paz y alegría. Creció y contrajo Matrimonio con un hombre bueno, pero de carácter muy fuerte. Su esposo le gritaba y la amenazaba como solían hacerlo todos los demás hombres de aquella época, pero nunca le hizo daño porque ella siempre le pedía a Dios que la ira y el mal genio de su esposo disminuyeran.  Y así ocurría.

Tuvieron tres hijos, el mayor de ellos era Agustín. Mónica oraba todos los días y le pedía a Dios que Agustín se corrigiera, pues aunque era inteligente y siempre buscaba una explicación a todas las cosas, era muy travieso y desordenado. Tan fuerte fue la oración de su madre, que Agustín no sólo mejoró su conducta, sino que llegó a dejar todos sus vicios y seguir las enseñanzas de Cristo, hasta ser Obispo, uno de los más sabios y santos.

Mónica fue una esposa y madre paciente. Y Agustín un hijo rebelde, que fue transformado por Dios para alcanzar la Verdad que buscaba, gracias a la incansable oración de su mamá. Ellos son dos grandes santos que festejamos el 27 y 28 de agosto, respectivamente. 

"Es imposible que un hijo se pierda entre tantas lágrimas y oración".
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=6893Domingo, 21 de agosto de 2016, 14:00 horas
Honrarás a tu padre y a tu madreDentro de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, el cuarto nos pide: “honra a tu padre y a tu madre”. La palabra honrar significa tener respeto y consideración hacia una persona.
Desde que nacimos, nuestros padres han estado atentos a todo lo que necesitamos: alimento, ropa, medicinas, diversión, etc. Mientras estudiamos, nos ayudan con las tareas y buscan proporcionarnos todo lo necesario para nuestro óptimo aprendizaje. Pero hay algo todavía más importante: aunque llegamos a equivocarnos o causarles un fuerte disgusto, siempre nos perdonan y dan apoyo, porque somos sus hijos; no nos abandonan, e incluso, una vez casados, seguirán pendientes de nosotros .
Dentro de algunos años, cuando seas adulto, tus padres serán mayores, y quizá ya no podrán hacer muchas cosas como ahora; y aunque tú ya no vivas con ellos, puedes ayudarlos visitándolos, solventándoles algunos gastos o tal vez ayudándoles en su aseo, vistiéndolos o dándoles de comer, tal como ellos hicieron contigo muchos años atrás.
Honrar a papá y mamá es un mandamiento que debemos cumplir ahora y mañana: y para saber qué tanto lo estamos haciendo, responde en secreto a estas preguntas, y busca cambiar en lo que estés mal.
1. ¿Desobedezco a mis padres?
2. ¿Les falto el respeto?
3. ¿Me avergüenzo de ellos?
4. ¿Les digo mentiras?, 
5. ¿Aprovecho todo lo que me dan: (escuela, domingo, tiempo)?
6. ¿Les he dicho que los amo?

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=6304Mon, 22 Jun 2015 00:00:00 GMT
¡Gracias, papá!Para que Jesús fuera creciendo en edad y sabiduría, fue necesario que su padre adoptivo, san José, estuviera a su lado trabajando, asistiendo fielmente a santa María, su esposa; resguardando la casa, reparando lo dañado en el hogar, durmiendo poco en situaciones de peligro o angustia y enseñando al pequeño Jesús a trabajar con empeño, con amor, para llegar a ser todo un hombre justo y bueno.
Tal como san José, nuestros papás tienen el sagrado oficio de ser tronco del árbol de nuestra familia: papá significa amor, sabiduría, disciplina, liderazgo y muchas otras virtudes. Por ello, Dios concede que un padre de familia tenga fortaleza, vigor, astucia y mucho celo por su familia, y a pesar de que a veces papá sea callado o serio, que esté bastante ocupado o parezca severo, Dios ha sembrado en él mucha ternura, cariño y deseos de ver que su hogar crezca como un robusto árbol que destaque por su altura y firmeza.
Ahora que se acerca el Día del Padre, fiesta que estaremos celebrando el próximo 21 de junio, hagamos que papá se sienta animado por nuestra oración, cariño y respeto.

Actividad
En un trozo de cartulina, dibuja con pintura de agua color café el tronco de un árbol alto. Consigue también pintura verde oscuro, y con tus manos, plasma el follaje sobre el tronco. Si tienes hermanos, que cada uno de ellos estampe también su mano en ese tronco, a manera de ramas, con un color más claro o distinto. Escribe al pie del tronco, entre las raíces, el nombre de papá.
Recorta o enmarca esa pintura y antes de dársela como regalo del Día del Padre, reza un momento pidiendo a Dios que cuide el corazón de tu papá para que siga siendo custodio de tu familia, que sea feliz y que disfrute mucho de las alegrías que tú puedas darle.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=6291Junio 16 de junio de 2015
¿Qué son las tentaciones?Durante esta Cuaresma seguramente escucharás en la Misa la invitación de tu sacerdote a ser fuerte para “vencer las tentaciones”. Pero, ¿qué son las tentaciones? ¿de qué se trata?
Una tentación no es otra cosa que ese deseo de realizar algo que inmediatamente parece agradable, pero que muy probablemente te causará algún tipo de daño.
Las tentaciones son la mejor arma del Diablo, y con ellas quiere separarnos del bien; es decir, quiere alejarnos de Dios para llevarnos a la oscuridad y a la tristeza. Así que debes prepararte para enfrentarlas desde ahora:
1. Cuando escuches dentro de ti una voz que te dice “cuidado, es peligroso”, pregunta a tus papás o catequista si se trata de una tentación y cómo puedes vencerla.
2. Las tentaciones te hablan en secreto, diciéndote “que nadie se entere” o “escóndete para que nadie se dé cuenta”.
3. Las tentaciones también estarán insistiendo en que hagas las cosas más fáciles y sin esfuerzo (haciendo trampa o engañando), pero eso es una mentira, pues todo lo que hacemos requiere de esfuerzo y empeño.
4. Por último, las tentaciones se llaman unas a otras: si una logra convencerte, vendrán otras enseguida hasta apartarte de Dios: ¡no te dejes derrotar!
Cuando las tentaciones quieran conquistar tu corazón, pide a los ángeles y a los santos que te ayuden: ¡Dios no te dejara sólo en esta batalla!

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=6037Luneas, 16 de marzo de 2015
Quieres ser amigo de Jesús?Aquellos niños y niñas con los que la pasamos bien, con quienes nos agrada jugar, hacer la tarea o simplemente platicar a la hora del recreo, decimos que son especiales para nosotros porque les vamos tomando cariño. A ellos les llamamos “Amigos”.
“Amigo” tiene un significado muy especial: viene de “amicus”, una antigua palabra latina que se forma de otras dos: “anima”, que significa alma, y “custos” que quiere decir custodio o guardián. Al decir “amigo” nos referimos a aquella persona en quien confiamos, en quien nos apoyamos, y que está dispuesta a ayudarnos en todo momento.
Tener amigos es “tener un tesoro”, y por lo tanto, hay que cuidarlos. De hecho, Jesús nos enseñó cómo la amistad va más allá de meras palabras.
Cuando Jesús comenzó a llamar a sus discípulos, éstos fueron conociéndolo, supieron dónde vivía, lo que le gustaba y cómo se divertía. Y fueron haciéndose amigos: confiaban plenamente entre ellos, y aprendían de Jesús todo lo que sabía. Jugaban, corrían, a algunos les cambió el nombre por uno más simpático: todo lo que hacen los amigos. 
En una ocasión, los amigos de Jesús lo abandonaron: tuvieron miedo de las cosas que se decían de Él y sobre todo de la condena que le habían impuesto: la muerte. Jesús, en lugar de enojarse con ellos y dejar perder esa amistad, fue a buscarlos después de resucitar: y como un verdadero amigo, los perdonó, los abrazó, volvió a convivir con ellos y les invitó a ser siempre sus amigos. 
Ahora que se acerca el Día de la Amistad, no olvides dar un abrazo muy fuerte a quienes son tus amigos, ¿y porqué no? Ir a buscar a aquellos con los que alguna vez te molestaste para que vuelvan a convivir como antes.
Jesús dijo que si hacemos todo lo que Él nos enseñó, seríamos sus amigos para siempre: ¿Te gustaría? 
Comienza por preguntar a tus papás, a tu catequista o a tu párroco, qué tienes que hacer para ser amigo de Jesús… escúchalos y empieza a buscar la Amistad de Jesús.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=5976Sat, 07 Feb 2015 00:00:00 GMT
Un regalo para el Niño DiosUn regalo para el Niño Dios

Mauricio Carmona Rodríguez 
Después de su nacimiento, el Niño Jesús debía ser presentado al templo de Dios junto con su madre para realizar los tradicionales ritos religiosos, que consistían en dar gracias a Dios por el nacimiento de un niño y para que la mujer pudiera incorporarse nuevamente a sus actividades tras el gran esfuerzo de ser madre.
Para recordar este acontecimiento, cada 2 de febrero llevamos la imagen del Niñito Dios al templo, muy bien arreglado y vestido como para una fiesta, la fiesta de su Presentación. Lo llevamos acompañados de algunas velas (llamadas también candelas) porque Jesús representa ‘Luz para el mundo’ con sus enseñanzas, porque ilumina con su amor. Por eso le hacemos a Él una fiesta muy bonita, nos reunimos con amigos y familiares para comer tamales, algo muy típico en las celebraciones en nuestra patria.
“La fiesta de la Presentación del Niño Jesús al templo”, también llamada “Día de la Candelaria”, nos permite sentirnos protectores de ese pequeño indefenso que ha venido a rescatarnos del mal. Y así como María y José cumplieron con la ley de su tiempo –que pedía dar alguna ofrenda por los niños y, de esta manera, consagrarlos a Él– en nuestros días seguimos conservando la bella tradición de llevar a la parroquia a nuestros niños y niñas cuando cumplen tres años de edad. 
Pero en el mundo existen muchos niños que viven sin sus papás desde muy pequeños, ellos son cuidados en orfanatos o casas de atención donde no tienen todos los recursos para ser felices. Jesús nos enseñó que debemos amarnos y ayudarnos mutuamente, y qué mejor ocasión que el “Día de la Candelaria” para dar un poco de nosotros a esos otros niños a los que no se les hace fiesta.

Actividad
Investiga con tus papás si existe alguna casa de cuidado de niños cerca de tu domicilio. Consulta si puedes dar alguna donación: pañales, ropita, biberones u otras cosas. Cuando la imagen del Niño Dios de tu familia esté en el lugar que le corresponde, pon entre sus manitas el nombre del lugar al que has dado tu ayuda, será tu regalo para Él y seguramente le harás muy feliz.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=5970Sun, 01 Feb 2015 00:00:00 GMT
¿Qué pasa en la Misa?¿Qué pasa en la Misa?

La Misa es la Gran Celebración de la Iglesia porque nos reúne a escuchar la Palabra de Dios y recordar la Cena en que Cristo nos dejó su Cuerpo y su Sangre. Cada momento de la Misa es muy importante y especial, como verás a continuación: 

Al iniciar:
 Nos reunimos y saludamos todos bajo la mirada de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque en todo lo que sucederá dentro de la Misa estará presente Dios.

Acto Penitencial y Gloria:
Decimos “Señor, ten piedad”, pidiendo a Dios que perdone nuestros errores, nuestras fallas hacia otros o hacia nosotros mismos por el pecado. Y como su Amor es tan grande y nos perdona, le cantamos “Gloria” alabando su Poder y la Paz que nos brinda.

Lectura de la Palabra.
Dios nos habla y por eso escucharemos lecturas bíblicas, de profetas o apóstoles donde Él busca salvar a su pueblo, o quiere enseñarnos a ser mejores. Cantamos un “salmo”, una alabanza poética a Dios y también escuchamos a Jesucristo en el Santo Evangelio.

Homilía:
El sacerdote que está presidiendo nuestra Misa y que ha estudiado la Palabra de Dios, hará una “homilía”, una reflexión para explicarnos lo que Dios quiere decirnos en las lecturas. Nos animará y nos dará los consejos necesarios para mejorar nuestros pasos.

Ofertorio:
Nosotros “ofrecemos” a Dios nuestro trabajo diario en el pan y el vino que llegan al Altar. Al dar un poco de nuestro dinero o alguna ofrenda en la Misa, damos parte de nuestro esfuerzo diario a Dios y Él lo recibe junto con nuestras oraciones.

Consagración:
Bajo las manos del sacerdote y con la oración de todos, el Espíritu de Dios desciende y permite que el pan y el vino se transformen en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. El sacerdote eleva uno y otro, y de rodillas le adoramos junto con los ángeles y los santos que en ese momento no vemos, pero están ahí, diciendo junto con nosotros: “Señor mío y Dios mío”.

Comunión:
Tal como nos enseñó Jesús y unidos como hermanos rezamos a Dios diciéndole “Padre Nuestro”, enseguida nos deseamos “la Paz del Señor” porque así pidió Jesús que lo hiciéramos. Y al encontrarnos todos en esa alegría y disposición, pasamos a recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la comunión.

Al terminar la Misa el padre nos dice: “pueden ir en paz”, porque iremos nada menos que con Dios en nuestros corazones a continuar nuestra labor en el mundo, y con Él a nuestro lado, irán también sus santos y sus ángeles para que alcancemos cada día la felicidad.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=5939Sun, 18 Jan 2015 00:00:00 GMT
¡Gracias, san Antonio Abad!¡Gracias, san Antonio Abad!

Mauricio Carmona Rodríguez
Hace muchos años vivía un muchacho rico que había quedado huérfano. Con todo el dinero que tenía, no necesitaba trabajar, y los amigos que le rodeaban sólo le acompañaban para sacar provecho de su fortuna.
Un día, aquel muchacho de nombre Antonio, se topó con un par de ermitaños, hombres que vivían en la soledad y el silencio del desierto. Le explicaron que la felicidad no se encontraba en las riquezas, ropajes o palacios, sino en la oración y la tranquilidad del alma. Le hablaron de Jesucristo, de cómo oraba en el desierto y de cómo pedía, a quienes le seguían, encontrar la paz perdonando a aquellos que les ofendían, y amando a todos por igual.
Antonio quiso encontrar la felicidad de la que hablaba Jesús, y de inmediato regaló su fortuna a los pobres y siguió a aquellos hombres que vivían a las afueras de la ciudad. Todos los días hacían oración contemplando a Dios en la naturaleza. 
Un día, caminando en soledad, Antonio se topó con un jabalí herido. Con mucho cariño lo curó y alimentó para que sanara. Ese jabalí tuvo crías y junto con ellas acompañó por largo tiempo a Antonio. Se dice que ayudó a muchos otros animales, incluso a un león, y por eso aprendió a dar amor y cuidar de la naturaleza.
Antonio también aconsejó a muchos hombres y mujeres, por lo que fue llamado “Abad”, es decir, dirigente y consejero.
Si tú tienes una mascota, debes dar gracias a Dios por contar con un santo que la cuida: san Antonio Abad. Y tú, al querer y cuidar a tus mascotas y procurar su limpieza y alimento, estás imitando a ese gran santo que la Iglesia recordará el próximo 17 de enero.
Pregunta si en tu parroquia se realizará la tradicional bendición de las mascotas para que asistas ese día con ellas, y así des gracias a Dios por la alegría que recibes de tus animalitos.


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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=5915Thu, 08 Jan 2015 00:00:00 GMT
La ofrenda de los Reyes MagosLa ofrenda de los Reyes Magos

Mauricio Carmona Rodríguez 
Cuando María y José cuidaban del pequeño Jesús, llegaron unos hombres sabios que las estrellas habían guiado hasta aquel lugar. Se les llamaba “magos” porque sabían muchas cosas sobre la naturaleza y sobre los mensajes de Dios, de manera que con sus conocimientos y con la virtud que tenían de interpretar las cosas, solían impresionar a toda la gente.
 Así pues, llegaron al lugar donde estaba Jesús junto con sus padres. Al verlo se arrodillaron, pues entendieron que ese Niño era más que cualquier rey. Sabían que ningún regalo sería suficiente para alguien tan importante como Él; sin embargo, le obsequiaron Oro, Mirra (que es una resina aromática rojiza) e Incienso (que al quemarse eleva un humo perfumado). Estos regalos simbolizan su “realeza”, porque Jesús es Rey; su “humanidad”, puesto que es hombre, y su “divinidad”, ya que también es Dios. 
Y como el pequeño Jesús jamás olvidó esa muestra de humildad y amor, ahora aquella manifestación de cariño se hace presente en nuestros hogares cada día 6 de enero, cuando los niños, principalmente, reciben de los Reyes Magos una muestra de mucho afecto, con la que quieren decirles que Dios los ama y les bendice, que sus papás están orgullosos de ellos y que en cada hombre y mujer, desde pequeños, habita Dios, quien quiere “manifestarse” al mundo, es decir, que quiere hacer maravillas inspirándoles buenas obras, como la obediencia y respeto hacia papá y mamá, la amistad para con todos y el empeño que se debe poner al estudiar, al ayudar en los quehaceres del hogar, al cuidar a los hermanos pequeños y al hacer oración a Dios con mucho cariño todos los días. Así, tus buenas obras nunca serán olvidadas por Dios, como nunca olvidó la de aquellos Magos. 
Y tú, ¿vas a escribir una carta a los Reyes Magos? No olvides anotar en ella que le digan a Dios lo mucho que le quieres, que deseas que siga bendiciendo a tu familia y, sobre todo, que no dejarás de ser bueno para manifestarlo a los demás con tus buenas obras.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=5912Sun, 04 Jan 2015 00:00:00 GMT
¿Te gusta dibujar?Desde la Fe invita a todos los niños hasta de 12 años de edad, a participar en un concurso de dibujo sobre san Felipe de Jesús.
Bases:
1. Deberán realizar un dibujo en papel o cartulina tamaño carta, inspirado en algún momento de la vida de san Felipe de Jesús. 
A los niños que no conocen la biografía del santo, se les recomienda leerla en forma de cuentito en la colección ‘Vidas Ejemplares’ editada por la Obra Nacional de la Buena Prensa, o bien, en internet en: bit.ly/NxlEDE
2. La técnica es libre. Pueden usarse crayolas, lápices de colores, pinturas de agua, plumones, según el gusto de cada autor.
3. El dibujo deberá traer en la parte de atrás los siguientes datos:
Título del dibujo. 
Nombre y edad de su autor;
Teléfono y dirección.
4. Los dibujos pueden ser entregados en las oficinas de Desde la fe, en Casa Miranda, San Juan de Dios 222-C. Colonia Villa Lázaro Cárdenas. CP.14370 México, D.F. Delegación Tlalpan.
5. La inscripción queda abierta a partir de la publicación de esta convocatoria, y se cerrará el día 31 de octubre. Los dibujos enviados por correo deberán tener sello anterior a esta fecha para tener derecho a participar.
Premios
6. Todos los participantes recibirán diploma. 
7. Habrá un jurado calificador que premiará los mejores dibujos.
8. Los dibujos serán exhibidos en la Catedral de México.
9. También serán publicados en Desde la fe y en las páginas de internet de Desde la fe y del Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México. www.siame.mx

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=3420Domingo 05 de Agosto de 2012 12:30 hrs
Vive y experimenta el amor de Dios / La luz en el espejoLa Cuaresma nos adentra en el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.
Este misterio surge del amor de Jesús, que para demostrarnos que nos ama más que nadie, nos dio lo más grande: su propia vida.
Jesús te ama tanto que quiere darte su vida. ¿Cómo puedes recibirla si no estuviste ahí cuando murió? Pues haciendo que aquel momento no sólo suceda en el tiempo de los hombres (que se mide con años, meses, días), sino en el tiempo de Dios, donde no hay antes ni después, sino todo es ahora.
Así, desde un sólo punto, puedes ver el antes, el ahora y el después. En el tiempo de Dios, el momento en que Jesús entrega su vida llega a las personas que vivieron antes de Jesús y también a las que llegamos después.
De esta manera, cuando entramos en el Misterio de Jesús, no recordamos algo pasado, sino actualizamos, volvemos a hacer presente, en el día de hoy, la entrega de Jesús por nosotros.

Experimento
Necesitaremos una linterna, un espejo, un lápiz y una hoja blanca.

Instrucciones 
En la hoja escribe la fecha de hoy.
En un cuarto oscuro o cuando sea de noche, acomoda el espejo y la hoja en ángulo recto. Párate enfrente del espejo, enciende la linterna y apúntala hacia el espejo, inclinándola para que logres que la luz del espejo se refleje en la hoja. Luego quita la hoja y fíjate dónde está la luz que se veía en la hoja.

Conclusiones
La luz choca en la superficie del espejo y se refleja en la hoja, porque la luz viaja en línea recta hasta que choca con un objeto.  
El Misterio de Jesús es como la luz que está en el espejo, que se hace presente en todas las hojas que estén en su camino, esto es, en todas las personas que se abren a su amor.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=2793Domingo 18 de marzo de 2012 12:30 hrs.
Cuento: ¿Se equivocó el sacerdote?Mientras el pequeño Alfredo estaba en Misa con su mamá, Doña Marcela, algo llamó su atención, pero su mamá le dijo que tuviera paciencia y que le explicaría al salir del templo. Una vez afuera, ella le compró un algodón de azúcar y lo invitó a que se sentara en una de las bancas del atrio. Luego le dijo: “¿Qué es lo que quieres saber?” Entonces Alfredito le dijo: “Cuando el sacerdote nos mostró la hostia dijo: ‘este es el Cordero de Dios’ ¿Se equivocó o estaba pensando en otra cosa?”.

La mamá del niño comprendió la inquietud del niño y le contestó: “Aunque eso te lo explicarán en la preparación para tu Primera Comunión, yo trataré de que lo entiendas por ahora”. Marcela inició la explicación: “En aquel tiempo, el pueblo de Israel tenía como su animal preferido el cordero. Por eso, cuando querían ofrecerle a Dios lo mejor, le ofrecían un cordero. Tenía que ser uno sin mancha y, preferentemente, la primera cría”. Alfredito volvió a preguntar: “¿Y cómo se lo ofrecían?” Doña Marcela le explicó: “Lo sacrificaban. Era la forma de pedirle a Dios que los protegiera y ayudará. También así sellaban con Dios los pactos o alianzas”.

El niño pidió algunos ejemplos. Su mamá le dijo: “Cuando Dios liberó al pueblo judío de la esclavitud de Egipto, hizo con él una alianza y le pidió a Moisés que la sellara con la sangre de un cordero. Desde entonces los judíos recordaban cada año aquella primera alianza. Para hacerlo, sacrificaban un cordero, le ofrecían a Dios la sangre y después se comían la carne en una cena a la que le llamaban: cena pascual”. Marcela quiso profundizar en la reflexión y continuó: “Eso cambió después. La alianza antigua quedó atrás y se hizo una nueva”. El niño interrumpió: “¿Cuándo se hizo el cambio?”. Su mamá le dijo: “Cuando Jesucristo se hizo hombre, declaró que la antigua alianza, la de Moisés, quedaba superada por la nueva alianza que Él haría. Cristo nos dijo que Moisés había enseñado a cumplir la ley, pero que Él daría plenitud a la ley con el mandamiento del amor.” Alfredito siguió preguntando: “¿Cristo selló su nueva alianza sacrificando a un cordero?”.

Doña Marcela le explicó: “No. Jesucristo tomó el lugar del cordero y, con su muerte, no sólo perdonó nuestros pecados, sino también nos abrió el camino de la resurrección. Por eso en su Última Cena hizo una nueva alianza ofreciendo su cuerpo y su sangre en lugar del sacrificio de un cordero. Así nos enseñó que no es el sacrificio de animales lo que agrada a Dios ni lo que perdona los pecados.”

El niño exclamó: “Ya entendí. Juan Bautista era profeta y por eso sabía que Cristo moriría por nuestros pecados. Por eso les dijo a sus discípulos que Jesucristo era el verdadero Cordero de Dios”. Marcela le dijo: “Y como Cristo quiso permanecer con nosotros en la sagrada comunión, cada vez que vamos a comulgar, el sacerdote levanta la hostia consagrada y repite las palabras del Bautista. Así nos recuerda que Cristo murió por nosotros sellando con su sangre la nueva alianza”. Alfredo agradeció la explicación. Pronto hizo su Primera Comunión y recibió al verdadero Cordero de Dios.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=688Domingo, 15 de Enero de 2012 12:30 hrs.
Cuento: La tumba de los Reyes MagosEn una ocasión el director del coro de la Catedral de Puebla fue invitado a participar con sus niños en el festival de coros en Alemania. Durante el evento, el grupo de México hizo un magnífico papel y luego todos visitaron la Catedral de Colonia de la mano de un guía. El pequeño Hugo -quien había viajado con su mamá- estaba tan impresionado por la belleza del recinto, que dijo: “Me ha fascinado este lugar. Sólo me falta descubrir qué hay en la capilla que está bajo el altar”, por lo que ambos caminaron hacia ese lugar. Ahí se quedó admirado cuando vio algo semejante a un ataúd.

En ese momento se acercó el guía y le dijo: “Ahí dentro están los restos de los Reyes Magos”. Cuando Hugo escuchó esas palabras, pensó que el guía bromeaba, pero éste continuó: “En Colonia estamos orgullosos de tener la tumba de los magos que adoraron al Hijo de Dios”. Hugo se quedó callado y sólo en el avión de regreso a México se atrevió a preguntar a su mamá: “¿Es cierto que los Reyes Magos murieron?” Su mamá respondió: “Tengo que decirte la verdad: al igual que todos los seres humanos, también ellos tuvieron que morir”.

Hugo quería saber más sobre los Reyes Magos y le pidió a su madre que le hablara al respecto. Ella le explicó que después de que los tres magos de Oriente llegaron a adorar al Niño Jesús en Belén con oro, incienso y mirra, la tradición dice que regresaron a su lugar de origen y, después de 33 años recibieron la visita del apóstol Tomás, quien les contó las maravillas que, pasados 30 años, hizo el niño que ellos habían adorado: sus milagros, su predicación, su muerte en la cruz y su resurrección. En esa visita Santo Tomás los bautizó y los convirtió en obispos, pero durante la época de la persecución romana fueron martirizados”. Viendo que el niño ponía cara triste, su madre le aclaró: “No te pongas triste. La historia no termina aquí.

En la era de Constantino el Grande sus restos se trasladaron desde Palestina a la gran ciudad de Constantinopla. Posteriormente fueron llevados a la ciudad italiana de Milán. Finalmente, en 1164 el emperador Federico Barbaroja donó sus restos al obispo de la ciudad de Colonia. Así fue como llegaron a la catedral de Colonia”. Hugo expresó: “Nunca imaginé a los Reyes Magos muertos”. En ese momento su madre comprendió la preocupación de su hijo y le dijo: “Para los que creemos en Cristo, la muerte no es el final de la vida. Él nos ha dicho que continuaremos viviendo en su presencia.

Por eso los Reyes Magos pueden orar e interceder por nosotros”. El niño preguntó: “¿Los Reyes Magos piden por nosotros ante Dios y nos ayudan a recibir sus bendiciones?”. Su madre sonrió y le dijo: “Por supuesto. Su espíritu hace que todos los años millones de niños reciban regalos especiales, que las personas compartan sus bienes con los más necesitados y que los egoístas descubran en la pequeñez de los niños la grandeza de Dios”.

Hugo quedó muy contento con esas palabras y dijo: “Este viaje ha sido una de las mejores experiencias de mi vida”. Semanas después, cuando llegó el 6 de enero, Hugo encontró regalos a los pies de su cama. Junto a ellos había una nota firmada por Melchor, Gaspar y Baltazar. El texto decía: “Querido Hugo: te agradecemos que hayas cantando para nosotros en la Catedral de Colonia. Nuestro espíritu continuará viviendo y anunciando con regalos el nacimiento del Hijo de Dios”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=620Domingo, 08 de Enero de 2012 12:30 hrs.
Cuento: La que más robóLa tienda era pequeña pero ofrecía a los clientes los productos básicos. Don Luis, su dueño, era un hombre tacaño y desconfiado. Para protegerla de los ladrones había puesto espejos en los pasillos, torniquetes en la salida y un policía en la puerta. El mínimo robo le había permitido encarcelar a varios ladrones. Pensaba: “Sólo una persona ingenua se atrevería a robarme.

Sin embargo, aquel día mediría sus fuerzas con una mujer. Por su parte, Carmen era pobre, pero no ingenua. Quizá lo había sido un año atrás, cuando se entregó por amor y fue abandonada por su embarazo. No obstante, eso la convirtió en una mujer fuerte y decidida. Lamentablemente, ahora vivía una situación difícil. Por no aceptar las propuestas indecentes de su patrón, él la había despedido sin pagarle el sueldo que había ganado con tanto esfuerzo durante el último mes. Ella no temía pasar hambre, pero estaba angustiada por su hijo.

 La alacena estaba vacía y en el sencillo hogar no tenía algún objeto de valor para vender o empeñar. Solicitó trabajo, pero nadie le dio la oportunidad. Pidió limosna, pero nadie se compadeció de su necesidad. Presionada por el llanto de hambre de su pequeño, decidió entrar a la tienda para robar sólo una pieza de pan. Don Luis, al percatarse de su apariencia humilde, la observó con desconfianza y no apartó los ojos de ella. Carmen, con el niño en brazos, tomó la pieza anhelada e intentó salir de prisa. El comerciante, furioso, ordenó que la detuvieran. Carmen fue llevada a la comisaría. Allí, el dueño de la tienda, sin compadecerse del  niño que devoraba gustoso la pieza de pan, le gritó: “¡Eres una ladrona! ¡No podrás librarte de la cárcel!”. El oficial en turno condujo a la acusada a una celda y le dijo al agraviado: “Pronto llegará la autoridad para que presente la denuncia”.

Don Luis esperaba impaciente la llegada del juez. Desde su lugar observaba con enojo a la mujer que parecía hablar sola. Sabía que sólo le había robado una pieza de pan, pero no podía permitir que ella hiciera añicos su fama de hombre duro, su orgullo y su soberbia. Como la mujer seguía hablando sola, el tendero se acercó curioso para constatar que estaba loca. Pensaba: “Sólo una enferma mental se podría atrever a desafiarme”. Carmen mantenía a su hijo sobre su regazo. Mientras lo veía comer su pan con gusto, le sonreía y le decía: “No te preocupes, todo va a estar bien porque ella nos ayudará”.

Don Luis vio que la mujer sostenía con su mano derecha un pedazo de papel. Observó cuidadosamente y descubrió que se trataba de una imagen de la Virgen María. Luego, escuchó con atención lo que ella decía: “Madre mía: sé que tú habrías hecho lo mismo si tu hijo Jesucristo hubiera pasado hambre. Desde mi más tierna infancia, siempre he creído en ti y, tú nunca me has abandonado. Por eso, confío plenamente en ti y, hoy, me pongo nuevamente en tus manos. Sé qué no me abandonarás. Convierte el corazón de quien me acusa”.

Después de escuchar aquellas palabras, el comerciante regresó a su lugar, pero su rostro ya no era el mismo. Cuando llegó el juez, llamó al tendero y le preguntó: “¿Es cierto que una mujer le robó?”. El  hombre contestó con voz muy baja: “¡Sí!”. Entonces, el juez solicitó más información: “¿Puede decirme el monto?”. Don Luis respondió: “Al principio, pensé que sólo había sido un pan”. El juez mandó traer a Carmen y le advirtió: “Está usted acusada por el delito de robo, ¿reconoce los cargos en su contra?”. Carmen movió la cabeza asintiendo y, cuando el juez iba a dictar la sentencia, el comerciante lo interrumpió diciendo: “Quisiera ampliar mi declaración.

Cuando llegué a este juzgado, mi intención era denunciar a esta mujer por un robo menor; sin embargo, he cambiado de opinión, porque acabo de sufrir un robo mucho mayor”. El juez, confundido, exigió una explicación. Don Luis, aclaró: “Hace unos momentos la acusada me hizo recordar mi infancia. En aquellos días, ante cualquier problema, mi madre me levantaba el ánimo diciendo: ‘Todo va a estar bien porque Ella nos ayudará’. Mi madre  me enseñó a orar y a confiar totalmente en la Virgen María.

Mientras lo hice no me faltó nada y caminé por el buen camino. Pero con el paso del tiempo y mi auge económico, me sentí autosuficiente y me olvidé de Dios y de Ella. La confianza que antes depositaba en lo sobrenatural la puse en los bienes materiales. Me olvidé de orar y mi corazón se volvió tan duro y mezquino que una simple pieza de pan me daba motivo para encerrar a cualquiera en la cárcel. Hoy, al escuchar la oración de esta mujer, descubrí que a los dos nos habían robado. Yo perdí mi corazón cuando permití que el dinero se apoderara de él, obligándome a vivir en soledad y sin sentido. En cambio, esta mujer confía ciegamente en la Virgen porque, por amor, Ella le robó el corazón”. El juez interrumpió al comerciante y le preguntó: “¿Quiere o no levantar una denuncia por robo?”.

Don Luis contestó: “La estoy haciendo pública, pero ¿cómo encarcelar al dinero o al egoísmo, culpables que robaron la mejor parte de mi vida?”. El juez, desesperado volvió a preguntar: “¿Quiere proceder en contra de quien le robó un pan?”. El tendero le respondió con una pregunta: “¿Sería sabio competir con alguien más fuerte que yo? En este caso la principal ladrona tiene más poder”. Y continuó: “Yo escuché a esta mujer pidiendo ayuda a la Virgen, ¿podría atreverme a retar a tal abogada y protectora? Por eso, decidí retirar los cargos contra la acusada”. El juez preguntó: “Entonces declara inocente a esta mujer?”.

Don Luis respondió: “No exactamente. La declaro cómplice porque, ella, con su testimonio y oración, ayudó a la Virgen para que robara nuevamente mi corazón”. Finalmente, el hombre concluyó con una petición: “Sé que todo ladrón merece la cárcel y, aunque mi declaración sea clara y contundente, quiero hacerle una súplica: si encuentra a la Virgen, por favor, no la encierre, prefiero que siga libre por el mundo, robando corazones”.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=602Domingo, 01 de Enero de 2012 10:30 hrs.
Cuento: El planeta de los ciegosEn Blind, un planeta muy lejano a la Tierra, vivían personas muy semejantes a los humanos. Construían ciudades, trabajaban, formaban familias y hacían casi todo lo que hace la humanidad. Sin embargo, tenían una gran diferencia: no podían gozar el arco-iris, los atardeceres, las noches estrelladas, el color de las flores, ni el rostro de sus seres queridos. Aunque estas cosas existían en Blind, sus habitantes no podían gozarlas porque estaban ciegos. Si no fuera así, gozarían de las tres lunas que giraban alrededor de su planeta. Se admirarían del atardecer con sus dos soles: amarillo y violeta. Quedarían extasiados con los mares transparentes y sus gigantes flores multicolores. Aquel mundo era más bello que la Tierra, pero lamentablemente sus habitantes no podían disfrutarlo. Por ventura, aquella adversidad no sería eterna.

Cierto día, gracias a su enorme telescopio, Lumen, un científico de la Tierra descubrió Blind, el planeta de los ciegos. Admirado por su gran belleza, se preocupó mucho cuando supo que sus habitantes no podían gozarla. Con un corazón generoso y el deseo de sanar a los ciegos, fabricó una nave especial para viajar al lejano planeta. Cuando el artefacto estuvo listo, buscó al mejor médico de ojos y así emprendieron juntos el viaje.

Al llegar a Blind se presentaron ante sus habitantes y les ofrecieron un remedio para que sus ojos vieran la luz. Lumen y el especialista en ojos pensaron que todos se acercarían a recibir la curación. Pero no fue así. Sólo unos cuántos se acercaron a la nave visitante y se sometieron al tratamiento médico. La operación fue todo un éxito. Quienes la recibieron comenzaron a ver a sus semejantes y su hermoso planeta, y cuando descubrían la belleza, que habían desconocido por siglos, saltaban de alegría, daban mayor valor a las cosas y amaban más profundamente a sus seres queridos.

Los ahora sanos bendijeron la luz, la comunicaron a sus hijos y nunca se separaron de ella. Lumen, el científico se sintió contento, pero no satisfecho. Su deseo era que todos conocieran la luz. Para ello pidió a quienes ahora podían ver, que hablaran de la luz entre sus compatriotas. Así, entusiasmados por sus compañeros, todos se acercarían al médico y recibirían el poder de la luz. Sin embargo, muchos ciegos escucharon la noticia pero prefirieron ignorarlos y seguir en su oscuridad. Pensaban: “¿Para que ver si siempre hemos estado ciegos? ¿Para qué cambiar si así nos sentimos bien? ¿Por qué pensar que podemos mejorar si no conocemos algo mejor?”.

Lumen hizo todo lo posible para convencerlos sobre el don maravilloso de la luz, pero muchos rechazaron su invitación y prefirieron seguir con sus ojos inútiles. Decepcionado de su misión, el científico decidió regresar a su planeta. Preparó la nave. Cuando todo estaba listo para el viaje de regreso, el médico le informó que había decidido quedarse en aquel planeta. Intrigado por la decisión, Lumen le preguntó: “¿Para qué permanecer en este mundo?”. El médico le contestó: “Posiblemente alguno se arrepienta de vivir en la oscuridad y decida buscar la luz. No quisiera que su arrepentimiento fuera en vano. Por eso he decidido quedarme, para ofrecer la luz a quien la busque”. Lumen inició el viaje de regresó a la Tierra dejando en Blind al médico.

El científico y el médico habían descubierto que su trabajo y su generosidad podrían ser muy valiosos e importantes, pero también descubrieron que no se puede obligar a los ciego a buscar la luz, no se puede obligar a alguien a ser mejor o a ser feliz. Mientras Lumen se alejaba del planeta de los ciegos pensaba: “Ahora entiendo aquel refrán popular que dice: ‘No hay peor ciego que el que no quiere ver’”.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=576Domingo, 25 de Diciembre de 2011 10:00 hrs.
¿Desde cuándo me quieres?El domingo anterior a Navidad, Nora preparó un desayuno especial para la familia. Marco, su hijo, le dijo: “Se ve que nos quieres mucho porque cocinas muy rico para nosotros”. Luego le preguntó: “¿Desde cuándo me quieres?”. Ella contestó: “Desde mucho antes que nacieras. Te quiero desde el momento en que supe que estaba esperando un hijo”. Marco no podía creer lo que escuchaba y le preguntó a su papá: “¿Es cierto?”. Él le dijo: “Así es. No sabíamos como serías. No conocíamos el color de tus ojos, ni el de tu piel y, sin embargo, ya te amábamos. Tu mamá se cuidaba mucho y yo le acariciaba la barriguita para que tú sintieras nuestro afecto”.

Después de escuchar esas palabras, Marco dirigió su mirada hacia el Nacimiento que habían puesto en la sala. Ahí estaban las figuras de María y de José. El niño comentó: “Estoy seguro que ellos también amaron al niño Jesús desde antes de su nacimiento”. Luego preguntó: “¿Pero quién le avisó a la Virgen María que iba a tener un bebé?”. Nora sonrió y le explicó: “Ella recibió el aviso de alguien muy especial: del arcángel Gabriel. Dios lo envió para informarle a María que sería la madre del Hijo de Dios. Por eso el ángel le dijo que en ella se cumplirían las palabras del  profeta Isaías. María daría a luz a su hijo y seguiría siendo virgen. Con esa señal prodigiosa Dios anunciaría la llegada de su Hijo al mundo”. Marco preguntó: “¿Hubo otras señales?”. El papá le contestó: “¡Sí!, y todas se cumplieron.

Anunció que el Mesías nacería en Belén y que sería descendiente del rey David; que una estrella marcaría su nacimiento y que magos de tierras lejanas llegarían a adorarlo. Pero, la principal señal fue la de la virginidad de María. Y para que ella pudiera comprender mejor y acrecentara su fe, el ángel le dio una prueba del poder de Dios. Le dijo que su prima Isabel, que no podía tener hijos, ya tenía seis meses de embarazo. Si por el poder de Dios una mujer estéril podía convertirse en madre, también una mujer que diera a luz podía permanecer virgen”. Nora comentó: “El arcángel Gabriel le dijo que el Espíritu Santo descendería sobre ella y así se convertiría en la madre del Hijo de Dios”. Marco volvió a preguntar: “¿Y María, qué le contestó al ángel? ¿No se llenó de soberbia porque sería la madre de Jesucristo?”. Su papá le contestó: “Todo lo contrario: aceptó la voluntad de Dios y dijo: “Yo soy la esclava del Señor. Que se cumpla en mí lo que Dios quiere”. Desde ese momento el Salvador empezó a crecer en su vientre y, desde el principio, ella lo amó como nosotros te amamos a ti”.

La mamá de Marco hizo otro comentario: “María era muy servicial. Al enterarse de que su prima Isabel podría tener dificultades por su embarazo, acudió a ayudarle y permaneció con ella tres meses”. Marco concluyó: “Ahora quiero más a la Virgencita. Hoy aprendí que Dios la eligió para que fuera la madre de Jesucristo. Debemos parecernos a ella cumpliendo la voluntad de Dios, llevando a Cristo en nuestro interior y ayudando a los más necesitados. Si María fue madre y siguió siendo virgen, las profecías se han cumplido. Por eso debemos estar alegres y celebrar así la Navidad”.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=548Domingo, 18 de Diciembre de 2011 10:00 hrs.
Cuento: Los MensajerosEl domingo por la mañana, Angelita asistió con sus papás al teatro. Estuvo feliz viendo una historia del palacio real. Al salir, la niña preguntó: “¿Por qué los pajes anunciaban con trompetas la llegada del rey?”. Su papá le explicó: “Era una costumbre muy antigua. Las personas importantes nunca llegaban de improviso. Enviaban una avanzada de mensajeros para prevenir su importante llegada y por eso se anunciaba su arribo a los salones, a los palacios y a las ciudades.” Angelita comentó: “Eso lo he visto en algunas películas”.

La mamá de la pequeña le aclaró que en las poblaciones antiguas no sólo se anunciaba la llegada de los reyes o príncipes, sino también la de personas o grupos especiales. Le dijo: “Si la gente no estaba preparada se perdía la presencia temporal de circos, vendedores e incluso médicos. Por eso los visitantes preparaban su llegada mediante mensajeros que llegaban con anticipación al lugar”.

Su papá le explicó: “Cuando se anunciaba la llegada de un médico, los enfermos se llenaban de esperanza ante la posible solución a sus dolencias. El mensajero era de vital importancia. Tenía que hablar muy bien del rey, médico, músico o vendedor que lo enviaba, para que lo esperaran con alegría, admiración y atención. Si el mensajero no hacía bien su labor, nadie tendría interés en recibir a quien él anunciaba. Por eso, el mensajero era escogido con mucho cuidado”. Angelita comprendió muy bien la importancia de los mensajeros.

Después de la charla, asistió con su familia a la Misa dominical. Ahí escuchó que el sacerdote hablaba sobre el Adviento, pero ella no entendió. Al salir de la iglesia, le pidió a su mamá que le aclarara la idea. Ella le dijo: “El Adviento es un tiempo de espera. Recuerda el tiempo que Dios utilizó para preparar la llegada de su Hijo al mundo”. Después le recordó: “Tú ya entendiste lo que es un mensajero. Eso te permite entender más fácilmente que Dios eligió a los mejores mensajeros para que prepararan la llegada de Jesucristo.

Dios no quería que nadie se perdiera el amor y el perdón que Cristo traería al mundo”. La niña preguntó a su papá: “Quiénes fueron los mensajeros que prepararon la llegada de Cristo? Él le contestó: “Fueron los profetas. En distintas épocas prepararon al pueblo de Israel para que cambiara su corazón mediante el arrepentimiento. Sólo así podría reconocer al Hijo de Dios cuando viniera al mundo”. Angelita dijo: “Ya comprendí que hubo muchos profetas, pero ¿quién fue el último profeta que lo anunció?”.

Su papá le respondió: “Fue san Juan Bautista. Él predicó el arrepentimiento y la conversión para que nadie tuviera obstáculos para recibir a Dios. Convertirse significa corregir el rumbo, reconocer que estamos equivocados y remediar la situación. Por eso, Juan invitaba a la conversión y a la penitencia por las malas acciones. Así nadie perdería la oportunidad de salvarse.”

La niña exclamó: “Ahora comprendo que Juan fue un excelente mensajero. Y lo sigue siendo en este Adviento. Nos recuerda que si queremos encontrarnos con Jesús, necesitamos un corazón arrepentido y abierto al amor.” Su mamá concluyó: “Cuando Cristo resucitó, nos pidió a los bautizados ser sus mensajeros. Por eso, no es suficiente vivir el amor y enmendar nuestras faltas.

También tenemos que ayudar a que lo conozcan quienes no lo conocen, para que se acerquen a él y gocen de su amor. Esta es una tarea especial para el tiempo de Adviento y Navidad. Así, cuando Cristo regrese definitivamente, habremos ganado la oportunidad de gozar, con él, de su reino”.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=444Domingo, 04 de Diciembre de 2011 9:30 hrs.
Cuento: El día y la horaCuando murió la abuelita de David, el pequeñito se sintió muy triste. Mientras Margarita, su madre, lo abrazaba, el niño le dijo: “Me había prometido que me iba a llevar al cine y que en la navidad terminaría de tejer mi bufanda. Extraño mucho a mi abuelita”. Su mamá le dijo: “La vida no depende sólo de nosotros. Su muerte nos tomó a todos por sorpresa”. El pequeño le dijo: “Cuando yo me muera les voy a avisar a todos con tiempo para no tomarlos desprevenidos”.

Margarita creyó conveniente hacerlo reflexionar y lo cuestionó: “¿Y cómo le harás para saber cuándo te vas a morir?” El niño le contestó: “Muy fácil: le pregunto a Dios y ya”. Margarita cruzó las manos y lo siguió cuestionando: “Me imagino que falta mucho para ese momento, pero, ¿por qué no le preguntas ahora mismo?”. El chiquillo contestó con una seguridad increíble: “Lo haré en este momento”. En seguida se hincó frente a una imagen de Cristo y estuvo haciendo oración en voz alta: “Diosito, dime por favor cuándo me voy a morir”.

Después de un rato, la mamá se acercó al niño y le preguntó: “¿Ya tienes la respuesta?” David le contestó con voz triste: “¡No! Por más que le pregunto no me la dice”. Margarita le dijo: “Ni te la dirá porque es un secreto que sólo Dios conoce. Por eso, tu abuelita, tu abuelito y otras personas que queremos, han fallecido en forma repentina”. El niño cuestionó a su madre: “¿Por qué Dios no nos dice la fecha? Si lo hiciera, siempre estaríamos preparados”.

Su mamá le respondió: “Tu abuelita no sabía ni el día, ni la hora y sin embargo estaba preparada para ese momento. Su preparación fue sencilla: vivió de la mejor manera cada instante. Amó a Dios y a su prójimo a toda hora. Dejó que su corazón se mantuviera lleno de amor y siempre pidió perdón por sus ofensas y pecados”. Luego le preguntó al pequeño: cuando tu maestro les avisa que próximamente va a haber examen, ¿qué hacen los alumnos?”. El niño respondió: “Se ponen a estudiar días antes”.

Ella volvió a preguntar: Y si no les dijera la fecha exacta del examen, ¿qué harían? David pensó un poco y contestó: “Estudiaríamos todos los días para que no nos sorprendiera”. Margarita le dijo: “Pues bien, si Dios nos dijera el día de nuestra muerte muchos vivirían de forma descuidada, egoísta y pecaminosa, y cuando se acercara la hora comenzarían a amar de verdad y a pedir perdón de sus faltas para morir en paz.

Pero no se trata de eso, sino de vivir todos los días de la mejor manera. Por eso Dios no nos dirá la hora de nuestra muerte. Para que estemos preparados siempre. Para que vivamos cada día a plenitud. Para que pidamos perdón por cada ofensa cometida y para que aprovechemos toda oportunidad de hacer el bien”. David sonrió, se acercó a la fotografía de su abuelita; la miró con mucho cariño y dijo: “Por eso mi abuelita vivió siempre cumpliendo la voluntad de Dios.

Ella estaba preparada para cualquier momento. Quizá no pudo cumplir algunas promesas que me hizo, pero a Dios le cumplió todo lo que Él le pidió. Margarita concluyó: “Sí hijo. Por eso tengo la seguridad de que ella está en la presencia de Dios. Seguramente ora por nosotros para que, aunque no conozcamos ni el día ni la hora, estemos siempre preparados.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=436Domingo, 27 de Noviembre de 2011 10:00 hrs.
Cuento: Jugando y aprendiendoGustavito y Sebastián llegaron a visitar a Adrián y a Juan Manuel, e inspirados por la canción de los tres cochinitos de Cri-Cri, se les ocurrió jugar al rey para expresar sus más grandes deseos. Gustavito fue el primero. Los niños le pusieron una corona de cartón y una toalla a manera de capa. Después lo sentaron en un sillón y dijo sus deseos: “Si yo fuera rey me gustaría tener muchas riquezas y con ellas cumplir todos mis caprichos: comprar casas, coches, juguetes y dar dinero para pasar año sin ir a clases; romper vidrios, hacer travesuras y dar dinero para que nadie me moleste por eso”.

Después de que Gustavito comentó sus deseos tocó el turno a Sebastián. El chiquillo se sentó en el sillón y dijo: “Yo he visto que los reyes tienen muchas armas. A mí me gustaría tener mucho poder y acabar con todos mis enemigos; echaría bombas a la escuela para que ya no hubiera clases; metería en la cárcel a los maestros que dejan tareas y tendría otra cárcel para encerrar a todos los niños que no me caen bien y a mis papás cuando me pusieran a hacer algo o me regañaran”.

Tocó el turno al pequeño Adrián. También le pusieron la capa, la corona de cartón y lo hicieron sentirse importante. Adrián se emocionó y comenzó a decir: “Si yo fuera rey pediría que todas las muchachas se enamoraran de mí y me llenaran los cachetes de besos. Que me cargaran para no caminar y les pediría que me quitaran los calcetines apestosos después de jugar futbol.

Yo les aseguro que todos me envidiarían”. Mientras los chiquillos jugaban, sus papás se acercaron a la puerta sin que ellos se dieran cuenta y observaron todo lo que hacían. Cuando le llegó el turno a Juan Manuel lo sentaron en el sillón, le pusieron la capa, la corona y también le hicieron homenaje de rey. Entonces el pequeño se levantó de la silla, después se quitó la capa y la corona. Cuando los otros niños se admiraron y le preguntaron por qué hacía eso, Juan Manuel les explicó: “Si yo pudiera ser rey, preferiría dejarle el lugar a un amigo mío. Él no sería un rey como el que quieren ser ustedes. No pensaría únicamente en el dinero porque el dinero a veces echa a perder a las personas. No sería egoísta y pensaría primero en los demás. Mi amigo no podría ser un rey que lanzara bombas para destruir porque a Él le gusta construir.

Él no estaría de acuerdo en poner cárceles porque le gusta luchar por la libertad. A Él tampoco le gustaría destruir las escuelas o encerrar a los papás, porque Él sabe que las escuelas nos ayudan a ser mejores y que cuando nuestros papás nos exigen algo es porque es bueno para nosotros.

Tampoco trataría a las mujeres como si fueran cosas”. Ante las palabras de Juan Manuel, los niños se quedaron extrañados y le preguntaron: “¿Cómo sería tu amigo si estuviera en el trono?”. El pequeño les contestó: “Mi amigo trataría a todos con amor y buscaría lo mejor para todos.

Corregiría con afecto a los que actúan mal. Buscaría la igualdad entre los hombres y las mujeres. Nos enseñaría que el dinero no es lo más importante en la vida. Y sobre todo, nos pediría a todos que trabajáramos con Él para transformar el mundo”. Los niños se entusiasmaron por aquellas palabras y dijeron: “Nosotros también quisiéramos tener un rey así”. Luego Sebastián preguntó: “¿Cómo se llama tu amigo, el que quieres que sea rey?”. Juan Manuel les contestó: “Mi amigo se llama Jesús. Y estoy seguro que si todos los seres de la tierra lo aclamamos como rey, el mundo será totalmente distinto”.

Los papás de los niños se quedaron admirados, sobre todo por que los cuatro chiquillos pusieron una imagen de Cristo en el sillón. Lo rodearon con la corona de cartón y le gritaron: “Viva Cristo Rey”.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=411Domingo, 20 de Noviembre de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Multiplicar o disminuirLas catequistas de la parroquia de San Cosme tuvieron la tradicional reunión mensual con los niños para ayudarlos a crecer con una formación sólida en valores. La coordinadora, Tony tomó la palabra y, después de saludar a los niños les dijo: “Hoy vamos a hablar del valor de la confianza y reflexionaremos sobre cómo multiplicarla o disminuirla”. Luego preguntó: “¿Alguien sabe que es la confianza?” Un niño llamado Tomoya contestó rápidamente: “Confianza significa confiar en alguien”.

Tony asintió con la cabeza y dijo: “Cuando confiamos en una persona creemos en ella. Creemos que no nos va a fallar”. Nahómi, otra de las niñas del grupo, levantó la mano y pidió un ejemplo. La catequista le dijo: “Ustedes están en clases conmigo porque sus padres confían en que yo puedo enseñarles algo bueno. Eso significa que ellos tienen fe en mis capacidades, en mi compromiso y en mi responsabilidad. Ahora ustedes me van a poner un ejemplo”. Tomoya volvió a tomar la palabra: “Mi papá confía en su mecánico. Le lleva su automóvil porque cree que él va a hacer su mejor esfuerzo y su mejor trabajo para que el auto esté bien. Además cree que no va a ser abusivo cuando cobre su servicio”.

Tony aplaudió el ejemplo y luego se dirigió a Nahómi para pedirle otro. La pequeña comentó: “Mis papás confían en mí cuando me piden que vaya a un mandado. Ellos saben que no me voy a gastar el dinero en otras cosas y que no voy a irme a otro lado. También confían en mí cuando me mandan a la escuela porque creen que no me voy a ir ‘de pinta’. Mis papás confían también en mis hermanos mayores cuando los dejan salir a una fiesta confiando en que no se van a emborrachar o a hacer cosas malas”.

Tony le dijo a la pequeña: “Muy bien, Nahómi. Hace un momento no entendías qué era la confianza y ahora nos diste muy buenos ejemplos”. Tony continuó con su reflexión: “La confianza tiene mucha relación con la fe que los demás tienen en nosotros. Si creyeran que somos irresponsables o incapaces de hacer las cosas, malos o sinvergüenzas, no podrían confiar en nosotros”.

El niño Tomoya volvió a opinar: “Por eso, cuando alguien confía en nosotros, tenemos que esforzarnos para no defraudarlo”. Tony le dio la razón: “Exacto. Si alguien defrauda la confianza que se puso en él, con sus actitudes hace que no se vuelva a confiar en él. Quiero que me pongan un ejemplo de esto.” Los niños pensaron un poco y la primera en contestar fue Nahómi: “Si un niño les miente constantemente a sus padres, ellos dejarán de creer en lo que dice.

Por eso es necesario decir siempre la verdad”. Tomoya levantó la mano para poner su ejemplo: “Yo hablaré del empleado de una empresa al que su patrón le ha dado empleo y además ha puesto su confianza en él. Le dio las llaves de la oficina, le confió la caja del dinero y además lo considera su amigo. Si ese empleado se porta irresponsablemente y descuida su trabajo, pierde las llaves, abre a la hora que se le ocurre o pierde el dinero que hay en la caja, no solamente puede perder la confianza de su patrón sino también la amistad que le ha ofrecido”.

Tony quedó muy admirada de aquella respuesta tan completa y la aprovechó para dar una conclusión. “Hoy hemos aprendido que la confianza es un valor que tenemos que cuidar. Los demás confían en nosotros cuando somos responsables y, dejan de confiar cuando no hacemos lo que esperan de nosotros. La confianza surge del cariño y del amor que las personas nos tienen.

Por eso los padres confían en sus hijos, los esposos confían entre sí y los maestros confían en los alumnos. Si defraudamos la confianza que ponen en nosotros actuamos muy mal y salimos perdiendo”. El niño Tomoya volvió a tomar la palabra y dijo: “El evangelio de este domingo dice que Dios confía en nosotros y que ha puesto en nuestras manos muchas bendiciones. Los cristianos debemos valorar, agradecer y multiplicar las bendiciones.

Desafortunadamente hay quienes, sin esfuerzo y trabajo cotidiano, las desperdician, y hasta parece que las entierran, echando a perder su vida y defraudando la confianza que Dios puso en ellos”. Finalmente, la pequeña Nahomi concluyó: “Yo estoy muy contenta de que Dios me haya dado la vida y haya confiado en mí. Por eso lucharé cada día para multiplicar mis talentos y bendiciones”. Luego se dirigió a su maestra: “Gracias, maestra María Antonieta, por darnos la lección de hoy, porque cada lección nos ayuda a acercarnos a Dios y es una bendición”.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=405Domingo, 13 de Noviembre de 2011 10:00 hrs.
Cuento: Sufrimientos innecesariosEl maestro inició la clase preguntando a sus alumnos: “¿Cómo les fue el fin de semana?”. Todos contestaron en forma positiva, menos el pequeño Agustín, que dijo: “A mi me fue muy mal. El viernes pasado salí muy contento de clases con mi primo Memo porque iríamos de viaje a Acapulco. Yo pensaba que todo saldría bien, pero no fue así”. El maestro le pidió: “¿Podrías explicarnos por qué fallaron las cosas?”. El niño comenzó su historia: “El plan incluía el viaje de dos familias, la de mi tío y la mía. Antes del viaje, mi tío, revisó su auto con mucho cuidado y le llenó totalmente el tanque de gasolina”.

El maestro reconoció que el tío de Agustín había actuado responsablemente y comentó: “Esa actitud fue muy positiva. Es muy bueno ser precavido y estar preparado porque nunca sabemos lo que puede suceder en el camino. Me imagino que tu papá actúa de la misma manerao”. Agustín negó con la cabeza y, ante la admiración de todos dijo: “Lamentablemente mi papá no revisó nada. Solamente nos dijo: “Súbanse y Vámonos”. El profesor comentó: “Eso no fue correcto. Es un actitud necia e imprudente que puede afectar a toda la familia”. Agustín continuó diciendo: “Efectivamente.

La necedad de mi papá afectó nuestros planes. El viernes por la tarde, las dos familias salimos juntas, cada una en su propio auto. Cuando íbamos a la mitad del recorrido, mi papá se dio cuenta que nuestro auto se estaba quedando sin gasolina. Y lamentablemente no había ninguna gasolinera antes de Acapulco. Mi tío no nos pudo ayudar. Si compartía su gasolina con nosotros, no le alcanzaría el combustible para llegar a su destino. Así que él y su familia continuaron el viaje hasta el puerto.

Nosotros nos quedamos a mitad del camino en espera de ayuda. Llegó la noche y nos vimos obligados a dormir en el auto. Al día siguiente, el sábado, una camioneta se detuvo y nos dio gasolina. Pero eso no fue todo”. El maestro interrumpió preguntando: “¿Todavía hay más? ¡No lo puedo creer!” El niño prosiguió: “Cerca de Acapulco, una llanta se ponchó y, por desgracia, mi papá no tenía las herramientas para cambiarla. Así que nuevamente tuvimos que esperar hasta que otro auto se detuvo para prestarnos su herramienta”. El profesor dijo: “Menos mal que recibieron ayuda y pudieron llegar a su destino”. Agustín aclaró: “Si, llegamos el sábado por la tarde, pero continuaron los problemas” Los compañeros de Agustín no podían creer lo que escuchaban y preguntaron que más había sucedido.

El pequeño, sumido en su tristeza les dijo: “La falta de previsión siguió dificultando las cosas. La familia de mi tío había llegado a su hotel sin dificultad porque él había hecho las reservaciones respectivas, pero desafortunadamente, mi papá no hizo reservaciones y, como todos los hoteles estaban llenos tuvimos que dormir en la playa. Y, por si fuera poco, mi mamá olvidó en México el repelente para mosquitos y el protector para el sol. Así que por la noche nos picaban los mosquitos y por la mañana nos quemaba fuertemente el sol”. El maestro abrazó a Agustín y le expresó su cariño.

Le dijo: “Ahora entiendo por qué estás tan triste. Un viaje que pudo ser excelente resultó casi una tragedia. Con razón tu primo Memo está muy contento mientras tú te sientes muy decepcionado de ese viaje”. Luego, el profesor se dirigió al grupo diciendo: “Le agradezco a Agustín que nos haya contado su experiencia porque todos podemos aprender una lección: es mejor ser precavidos que necios”. Agustín reafirmó aquel comentario: “Yo ya lo comprobé el fin de semana”. Admirado por la sinceridad del niño, el profesor continuó: “La prevención y la preparación son de tal importancia que hasta el evangelio nos dice que debemos estar preparados para cuando llegue nuestro momento final.

No sea que Dios nos encuentre con pocas obras buenas, llenos de maldad y enemistados con nuestros semejantes. El evangelio nos advierte ser precavidos para no queda fuera del reino de los cielos”. Agustín dijo: “Yo me quedé sin gozar Acapulco pero no me quiero quedar sin gozar el Reino de Dios”. Gracias a la mala experiencia que sufrió Agustín, sus compañeros aprendieron que la diferencia entre la prudencia y la necedad. ¿Y tú que lees este cuento estás preparado para el momento en que Dios te marque el final de tu vida? ¿Mantienes la llama de tu fe encendida o has dejado que la apaguen los vientos de las preocupaciones y quehaceres cotidianos? ¿El momento de tu encuentro con Dios será sufrimiento o alegría?.


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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=394Domingo, 06 de Noviembre de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Los tenis pirataEl pequeño Tahir acompañó a su papá al centro porque necesitaba unos tenis nuevos. Mientras recorrían las calles vio el calzado que necesitaba y le dijo a su papá: “Estos son los tenis que estoy buscando”. Su papá se detuvo ante el local callejero y le pidió al vendedor que se los mostrara. Los observó y después los regresó al encargado del puesto. Tahir se admiró de que su papá no los hubiera comprado, pero no le dijo nada. Después de algunos minutos entraron a una tienda que exhibía lo que buscaban. Su papá observó con atención los tenis y luego los compró. Entonces Tahir le preguntó: “¿Por qué compraste los tenis en este lugar si cuestan más?”.

Su papá le sonrió y le dijo: “No te dejes llevar por las apariencias. En el local anterior nos querían engañar. Nos ofrecían aquellos tenis como originales, pero en realidad eran ‘pirata’. Tahir comprendió que su papá había actuado sabiamente para no ser engañado y le dijo: “Estoy orgulloso de ti porque me enseñaste a no dejarme llevar por las apariencias”. Cuando regresaron a casa el pequeño le contó a su mamá lo sucedido. Ella le dijo: “Desafortunadamente hay piratería en todo, incluso en las relaciones personales o en la fe”. Tahir pidió algún ejemplo y su papá se lo dio: “Sería incorrecto que alguien fingiera ser distinto sólo para enamorar a su pareja. También sería incorrecto que un político fingiera preocuparse por la comunidad sólo para ganar una elección”. Su mamá aprovechó para profundizar, abrió la Biblia y le dijo: “Te voy a leer un texto del capítulo 23 de San Mateo para que conozcas la opinión de Cristo sobre este tema”. Después leyó: “Jesús dijo: No imiten a los fariseos porque dicen una cosa y hacen otra.

Todo lo hacen para que los vea la gente… Les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame ‘maestros’. Ustedes tomen en cuenta que no hay más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. Solo hay un Padre. Y el único guía para llegar a Él es Cristo. No permitan, pues, que nadie ocupe el lugar que le corresponde a Dios y a su hijo Jesucristo”. Con aquella lectura Tahir comprendió que los fariseos eran como productos “pirata” que aparentaban ser buenos y perfectos, pero en realidad sólo fingían e intentaban engañar a Dios y a los demás. Dijo: “La única manera de ser grande de verdad es ser grande en el amor, ayudando y sirviendo a nuestro prójimo”.

Después le preguntó a su papá: “¿Por qué Jesús no quiere que te diga a ti ‘Papá’ ni que llame ‘Maestro’ a mi profesor de la escuela?”. Él le explicó: “Jesús no prohíbe el uso de títulos o palabras. Lo que rechaza son las actitudes soberbias o las apariencias hipócritas. Es cierto que prohíbe que alguien obligue a otro a darle un título cuando no se lo ha merecido, pero si un papá no se siente Dios ni quiere quitarle a Dios su lugar sino, más bien, seguir sus mandamientos y dar a sus hijos lo mejor, ellos pueden llamarle Padre o Papá sin ningún problema. Si los maestros no son soberbios ni se creen Dios, sino más bien se esfuerzan en seguir el ejemplo de Cristo y compartir sus conocimientos, se les puede llamar maestros. E incluso, podemos decirle ‘padre’ a nuestro sacerdote, porque con su actitud de servicio él representa y nos acerca al único y verdadero Padre Dios”. Después de escuchar esas palabras, Tahir dijo: “Ya entendí. Dios no quiere fe o amor pirata. Quiere un corazón original y no imitaciones o apariencias”.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=392Domingo, 30 de Octubre de 2011 10:00 hrs.
Cuento: La niña curiosaDurante una visita a la Ciudad de México, Marianita fue con sus papás a la Basílica de Guadalupe, se sorprendió por la gran cantidad de personas que visitaban el santuario; observó a todos los visitantes y pudo distinguir que unos eran turistas y otros, fieles devotos que participaban rezando el Padre Nuestro. Al ver a tanta gente haciendo oración la niña preguntó a sus padres: “¿Cómo es posible que estas personas tengan la misma fe y conozcan lo mismo? ¿Quién les enseñó el Padre Nuestro?”.

Su papá le dijo que casi siempre eran los papás o los catequistas quienes enseñaban la fe a los niños. La niña siguió pensando y volvió a preguntar: “¿Y a los papás y catequistas quién les enseñó?”. Su mamá contestó: “A ellos también les enseñaron sus papás y sus catequistas”. Le explicaron que nadie nace conociendo a Dios; fue necesario que Él se mostrara al mundo para que conocieran su amor. Marianita siguió preguntando: “¿Y cuándo fue la primera vez que Dios se dio a conocer?” Su mamá dijo: “La primera vez fue cuando creó el universo, porque a través de la creación de un mundo tan maravilloso mostró su amor a la humanidad”.

Marianita no quedó satisfecha con la respuesta: “El mundo es muy bonito y los que conocemos a Dios sabemos que él lo hizo, pero ¿Quién fue la primera persona que platicó con Dios?”. Su padre dijo que fue Abraham; le explicó que a partir de ese hombre, Dios fue formando un pueblo al que se mostró poco a poco. Marianita opinó: “Entonces Abraham platicó a los demás cómo era Dios y qué quería de las personas”. Su papá dijo que sí y continuó: “Después de Abraham continuaron esa misión su hijo Isaac y su nieto Jacob. Después todos los hijos de Jacob, Moisés y los profetas, hasta que vino al mundo Jesucristo, el Hijo de Dios. Él nos enseñó el mejor camino para llegar a Dios y para vivir bien en la Tierra en paz y armonía”.

Marianita contrariada preguntó: “Si Dios ya nos dijo cómo podemos hacer que este mundo sea mejor y cómo podemos ganar el cielo ¿Por qué no todas las personas le hacen caso?”. Sus papás le respondieron: “Dios quiere que todas las personas sean felices y que se salven; pero muchos no conocen su palabra y por eso no la siguen.

Cristo cumplió su misión dando todo por nosotros, incluso, su propia vida en la cruz, después resucitó y envío a sus discípulos a predicar por todo el mundo. Ellos lo hicieron tan bien que no les importó ser martirizados por enseñar el mensaje de Dios; lamentablemente algunos malos cristianos no han querido continuar la misión que Cristo dio a sus apóstoles”.

Marianita preocupada dijo: “Ya comprendí. Para salvar a la humanidad, Dios ya hizo lo que le toca, pero también nosotros somos responsables de que su palabra se extienda por el mundo, nos toca continuar su misión –y mirando alrededor continuó-; si en este lugar hay mucha gente que tiene fe y que se acerca a Dios es porque sus papás, catequistas, amigos o vecinos cumplieron con la misión de enseñarles el amor de Dios.

Yo haré lo posible para que las personas que estén cerca de mí conozcan a Dios y se salven”. Su papá, alegre le dijo: “¡Quién iba a decir que gracias a unas preguntas ibas a terminar como misionera!” Y su mamá concluyó: “Todos los bautizados somos misioneros y tenemos que hacer nuestra tarea en la casa, escuela, trabajo o donde sea. Pero también tenemos que ayudar con nuestra oración y ayuda económica a los misioneros que dejan su casa y su país para llevar el mensaje de Dios al mundo entero”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=381Domingo, 23 de Octubre de 2011 9:30 hrs.
Cuento: A Dios lo que es de DiosEdgar deseaba profundamente que sus alumnos aprendieran a reflexionar antes de responder a las preguntas importantes. Por eso les dijo: “Las respuestas rápidas no siempre son las mejores. En ocasiones nos pueden meter en problemas”. Una de las alumnas intervino: “Eso es cierto. A veces somos muy arrebatados en nuestras respuestas y sin querer ofendemos a los demás”.

Edgar continuó: “Por eso es necesario reflexionar antes de contestar. Una respuesta adecuada puede salvarnos incluso de la muerte”. Los alumnos pidieron algún ejemplo y su maestro les dijo: “Voy a tomar el ejemplo de un texto muy famoso del Evangelio en el que se menciona una trampa que le quisieron poner a Jesús a través de una pregunta capciosa. De tal manera que si contestaba sí o no, se metería en serios problemas. Parecía una trampa que no tenía salida, pero Jesús salió victorioso. Por eso vamos a analizar la situación, la pregunta y sus consecuencias”.

El maestro les dijo que en tiempos de Jesús, los romanos habían conquistado su tierra y exigían a los judíos el pago de los impuestos. También les explicó que aunque la mayoría de los judíos estaba en contra de ese pago, debían cumplir con él porque de lo contrario eran considerados enemigos por los romanos.

Luego les dijo: “A Jesús le preguntaron delante de todo el pueblo si se debía o no pagar los impuestos. Esa pregunta era una trampa. ¿Me podrían decir por qué?”. Los alumnos se concentraron en la pregunta y guardaron silencio mientras analizaban las posibles respuestas y sus consecuencias. El maestro insistió: “Piensen en qué hubiera pasado si Cristo hubiera dicho que sí, o lo que hubiera pasado si hubiera dicho que no”. La pequeña Liz levantó la mano para responder y dijo: “Si Jesús hubiera contestado que sí era bueno pagar el impuesto, el pueblo hubiera pensado que Jesús estaba a favor de los romanos y entonces lo habrían considerado traidor. Pero si Jesús hubiera dicho que no era bueno pagar el impuesto, los que lo interrogaron lo habrían acusado con los romanos como un rebelde”. El profesor Edgar reconoció que Liz había contestado correctamente. Por eso subrayó: “La intención de los enemigos de Jesús era ponerlo entre la espada y la pared para tener una razón con la cual acusarlo o contra el pueblo judío o contra los romanos. Pero Jesús no cayó en la trampa. Lleno de sabiduría contestó de una manera que ni se esperaban”. Los niños preguntaron con curiosidad: “¿Cómo contestó?”. Edgar les  dijo que Jesús había pensado muy bien las cosas y que antes de responder, les hizo una pregunta a sus enemigos. “Jesús les preguntó qué imagen tenían acuñada las monedas con las que se pagaba el impuesto.

Como ellos tuvieron que contestar que era la del César, el emperador de Roma, Jesús aprovechó para responderles así: Entonces denle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. De esa manera no cayó en su trampa y al mismo tiempo aprovechó para decirles que no deberían de confundir la misión y la palabra del Hijo de Dios con cosas meramente humanas”. Los alumnos se quedaron admirados de la manera en que respondió Cristo y uno de ellos concluyó: “Ahora sí entendí que es muy importante reflexionar y pedir a Dios sabiduría para contestar adecuadamente a cualquier situación de la vida. Y hoy puedo sacar otra conclusión: Si las monedas con la cara del César debían entregarse al César, nosotros debemos entregarnos a Dios porque fuimos creados a su imagen y semejanza. Por lo tanto llevamos su imagen en nosotros”.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=374Domingo, 16 de Octubre de 2011 10:00 hrs.
Cuento: La fiestaEl día del niño, la maestra de Fernando se había empeñado en preparar una fiesta para todo su grupo. Ella Pensaba: “Espero que les guste a mis chiquillos. Siempre quiero lo mejor para ellos”. Cuando Fernandito entró al salón se puso muy contento y expresó: “¡Qué bonito arregló la maestra! Se ve que nos quiere mucho”. La maestra quería tanto a sus alumnos que había preparado personalmente los alimentos de la fiesta gastando sus ahorros y sacrificando su tiempo.

Lamentablemente muchos niños no asistieron al festejo. Por eso Fernandito le comentó a su amigo Martín: “La fiesta está muy bonita. ¿No te parece feo que algunos alumnos hayan despreciado tantas cosas bonitas?”. Martín le contestó: “¡Sí! Pero lo que se me hace más feo es que hayan despreciado a la maestra. Seguramente ella se pondrá muy triste y dejará de querernos”. La maestra escuchó la conversación de los niños y les dijo: “Yo amo profundamente a todos los niños y especialmente a mis alumnos. Quiero que comprendan que mi amor no disminuye por el hecho de que algunos no me respondan”. Fernando se admiró de esas palabras, pero dijo un poco enfadado: “Si yo fuera usted, hubiera obligado a todos para que vinieran a la fiesta”.

La maestra le respondió. “Yo no podría hacer eso. Aunque deseo compartir mi amor con todos, no puedo obligarlos a que me amen. Si los alumnos estuvieran aquí por obligación no podrían gozar la fiesta, porque las fiestas se gozan cuando uno se siente cerca de los seres amados”. Fernandito y Martín la abrazaron fuertemente mientras le decían: “Nosotros si gozamos porque la queremos mucho”. Como la maestra vio que había más regalos y alimentos de los que los niños podrían consumir, decidió salir a la calle en busca de otros niños que quisieran aprovecharlos, y sólo les pidió un requisito. Les dijo: “Pueden entrar a la fiesta y gozar de todo. Lo único que les pido a cambio es que se laven las manos antes de tomar los alimentos”.

Muchos niños de la calle entraron y gozaron el festejo. Todos fueron bienvenidos, menos uno que fue expulsado por no cumplir el mínimo esfuerzo de lavarse las manos. Cuando Fernando regresó a su casa, les comentó a sus papás lo sucedido. Entonces su papá aprovechó la ocasión para leerle un texto del evangelio y explicarle: “En una ocasión Jesucristo comparó el reino de los cielos con un banquete, al que fueron invitados buenos y malos.

Sin embargo muchos no asistieron porque no amaban al anfitrión. Esa comparación nos explica que aunque Dios ama a toda la humanidad, hay quienes no aceptan su amor y no tienen interés en vivir eternamente con Él. La comparación nos dice también que hay otros que tampoco podrán entrar en el reino de Dios porque, aunque sí quieren gozar de él, no están dispuestos a hacer ni siquiera el mínimo esfuerzo para conseguirlo. Son los que quieren ser amados pero sin corresponder al amor. Por eso Jesús nos aclara que sólo podrán compartir su reino quienes hacen el esfuerzo de corresponder al amor de Dios”. Por la noche, antes de dormir, Fernandito dio gracias a Dios por la fiesta y el amor de su maestra. Agradeció también el texto del evangelio explicado por su papá y la invitación que Dios le hacía para participar en su reino. Finalmente, pidió sabiduría para saber responder con amor a tu amor.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=366Domingo, 09 de Octubre de 2011 10:00 hrs.
Cuento: El valor de la vida humanaEl maestro Enrique organizó con sus alumnos una visita al Museo de Historia Natural para que descubrieran el valor de la vida. Los niños pasaron por diversas salas y conocieron la grandeza del universo, pero sobre todo lo maravilloso de la vida en el planeta Tierra. Los niños estaban admirados y el maestro aprovechó para decirles que la humanidad tenía una parte muy importante en la conservación de todo lo que estaban viendo. También les dijo que ningún ser humano tenía derecho a destruir la vida y la naturaleza sólo por capricho.

Después los llevó a una sala donde se mostraba a todos los animales que habían desaparecido del planeta por irresponsabilidad del ser humano. Les dijo: “Estos animales y plantas tenían que seguir viviendo, pero se han extinguido por culpa del hombre.

Cuando el ser humano se deja llevar por el egoísmo y un simple deseo de destrucción, no sólo es capaz de destruir el mundo sino también a sí mismo”. El recorrido del museo se hacía cada vez más interesante. El maestro se volvió a detener frente a una vitrina que mostraba el desarrollo de un pollito. Los niños se quedaron maravillados, pues nunca habían visto con tanta claridad cómo la vida se va desarrollando poco a poco, hasta permitir el nacimiento de un pajarillo.

El maestro Enrique les explicó que la vida era un milagro de la naturaleza y para quienes creían en Dios, un milagro de Dios. Uno de los niños preguntó: “Este caso del pollito de la vitrina es uno, pero ¿cómo se forman los demás pollitos?”. El maestro le contestó: “Todos los seres vivos siguen siempre un mismo proceso de desarrollo y formación. Así como este pollito, todos los pollitos tienen el mismo desarrollo hasta salir del cascarón”. Otro de los niños hizo otra pregunta: “¿Cómo nos desarrollamos los seres humanos?”. Para contestar la pregunta el maestro los llevó a otra sala.

En ella se mostraba, con fotografías, el desarrollo de la vida humana en el vientre materno. El maestro les explicó: “Todos ustedes, sus padres, sus amigos y yo tuvimos el mismo desarrollo. Nuestra vida comenzó desde que se juntaron un espermatozoide de nuestro papá y un óvulo de nuestra mamá. En ese momento, a partir de la fecundación, comenzó nuestra vida. Nuestra vida ya era maravillosa. Nuestro cuerpo se iría formando poco a poco, pero ya estábamos vivos”.

Después de esa explicación los niños fueron siguiendo con atención las fotografías de la sala y observaron cómo el ser humano poco a poco va tomando forma y va creciendo en el interior de su madre. Uno de los niños dijo: “Ahora voy a querer más a mi mamá, porque ella fue como la casita que me protegió desde el primer momento de mi vida hasta mi nacimiento”.

Antes de salir del museo el maestro les hizo una última reflexión: “Hoy hemos aprendido que tenemos que cuidar la vida de animales y plantas, pero sobre todo la vida del ser humano. Todas las leyes tienen que proteger la vida. Lamentablemente hay personas egoístas que quieren destruir el mundo y la vida humana. Hay quienes quieren interrumpir el proceso de la vida humana en el vientre de su madre”. Los niños entendieron la lección y colocaron en su escuela un gran letrero que decía: “¡La vida es un milagro y las leyes deben protegerla siempre! ¡Cuida el mundo y no le niegues a nadie la vida! ¡No destruyas la vida con el aborto!”. ]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=361Domingo, 02 de Octubre de 2011 9:30 hrs.
Cuento: Aprendiendo refranesA Benjamín le gustaba mucho ir a la escuela porque cada día aprendía cosas nuevas. En una ocasión la maestra les habló de la importancia del lenguaje para expresar pensamientos y sentimientos. Les dijo: “Es importante que aprendan a expresar sus ideas y sentimientos de forma correcta. Cuando tengan algún problema platiquen con sus padres. Cuándo no entiendan algo, pregunten sin pena. Cuando estén tristes, enojados o con miedo, exprésenlo”. La maestra mencionó que el lenguaje también era divertido y entonces tocó el tema de los refranes. Les dijo: “Los refranes son frases cortas con un gran significado. Son como una caja pequeña que guarda un gran tesoro porque manifiesta la sabiduría del pueblo”. Luego continuó: “Por ejemplo, el refrán: ‘Del plato a la boca a veces se cae la sopa’ significa que en ocasiones nos sentimos muy seguros de algo y las cosas cambian repentinamente. Eso le pasa a un futbolista que, por confiado, falla un penalti”. La maestra pidió otro ejemplo para el mismo refrán, y Benjamín lo dio: “Un joven visitaba mucho a mi vecina. Ella estaba segura de que serían novios y así lo presumió con sus amigas; sin embargo, llegó una nueva vecina y el joven comenzó a pasar más tiempo con esta última. Así que le voy a decir a mi vecina: ‘Del plato a la boca a veces se cae la sopa’”. Todos rieron con el ejemplo.

Ese día la maestra les dejó de tarea a los niños buscar un refrán y explicar su significado por lo que, ya en casa, Benjamín le pidió a su tía Toñita que le ayudara con este trabajo. Ella le dijo: “Hay un refrán que dice: ‘De lengua me como un plato’ y quiere decir que a muchas personas les gusta hablar, pero nunca llevan sus palabras a la práctica, como algunos políticos que prometen y nunca cumplen, o los niños que dan su palabra de que van a hacer la tarea y no la hacen.

Benjamín agradeció la ayuda y después acudió a la Misa dominical, donde el refrán de su tía coincidió con el Evangelio. Este hablaba de un padre de familia que pidió la ayuda de sus dos hijos en su trabajo. El primero prometió que le ayudaría, pero no cumplió su palabra. El segundo le dijo que no le ayudaría, pero se arrepintió y se presentó para ayudarle. Después de la lectura, el sacerdote comentó: “Muchos le dicen ‘sí’ a Dios, pero nunca cumplen su palabra. Las palabras no salvan ni nos acercan a Dios, pero las obras sí. Algunos que le dijeron primero ‘no’ a Dios han actuado mejor que nosotros y se nos han adelantado”.

De regreso a casa, Benjamín ayudó a su hermana en un trabajo escolar en el que debían encuestar a todos sus vecinos. La última casa que visitaron fue la de un hombre al que todos temían porque tenía muy mal carácter, no convivía con nadie, trataba mal a los niños, maltrataba a los animales y siempre había sido muy egoísta.

El hombre abrió la puerta de su casa y de mala gana contestó la encuesta. La hermana de Benjamín le hizo la última pregunta: “¿Qué religión profesa?” Aquel hombre contestó: “¡Soy católico!” y de inmediato les cerró la puerta en la cara. Los hermanos se voltearon a ver con asombro. Benjamín sonrió y le dijo a su hermana: “¿Católico? Más bien, ‘De lengua me como un plato’. ¡Ya tengo el ejemplo para mi tarea!”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=350Domingo, 25 de Septiembre de 2011 9:00 hrs.
Cuento: La injusticia de la generosidadLa escuela volvió a tomar vida con el inicio de clases y aunque todo parecía estar bien, Angelita llegó muy molesta a casa: “Ya no quiero ir a la escuela –dijo– porque mi maestro es muy injusto”. La mamá de la niña sabía que cuando los hijos están enojados necesitan comprensión y cariño, por lo que la abrazó. Luego le dijo: “¿Por qué no me comentas lo que te sucedió? Ambas podemos encontrar juntas una solución”. Angelita repitió: “El maestro es muy injusto”.

Su madre la interrumpió: “No es correcto etiquetar a las personas. Es mejor analizar las cosas y descubrir por qué actúan de determinada forma”. Angelita continuó: “El maestro Alfredo quiere que nuestro salón sea el mejor de todos: el más limpio, el mejor arreglado y el mejor pintado”. La mamá de la niña preguntó: “¿Eso te molestó?” La niña respondió: “No. Eso no me molesto, ni tampoco que para ello pidiera nuestra colaboración.

Todos ayudamos con gusto, pero después vino lo malo. Cuando terminó la clase dijo que daría 50 pesos a quienes le ayudaran a ordenar los libreros durante una hora, de una a dos de la tarde. Seis compañeros aceptamos, pero media hora más tarde, llegaron a ayudar otros dos alumnos. Aunque el maestro no les ofreció ninguna gratificación, se unieron al grupo. Y cuando faltaban sólo 15 minutos para que se cumpliera la hora, se nos unieron otros dos alumnos a los que tampoco les prometió alguna gratificación”. La mamá de la niña interrumpió: “Me queda claro.

El maestro les prometió sólo a ustedes la gratificación y a los otros no. ¿En eso crees que fue injusto?” La niña le pidió que escuchar el final de la historia: “La injusticia vino cuando se cumplió la hora, pues ¡a todos nos dio un billete igual!”. La mamá intervino: “Si te dio lo prometido, entonces no es injusto”. Angelita mostró su enojo y preguntó: “¿No te das cuenta de la injusticia?

A los que sólo trabajaron 15 y 30 minutos también les dio 50 pesos”. La señora descubrió la causa del enojo y dijo: “No es injusto quien da lo prometido. Ahora bien, yo te pregunto: ¿Tu maestro puede hacer con su dinero lo que él quiera?”. La niña respondió afirmativamente. Su madre continuó: “Entonces puede ser generoso y dárselo a quien él desee. Eso no debe causarte enojo.

Tu maestro no es injusto sino generoso. Y así también es nuestro Padre Dios. Él da su amor a buenos y malos. Ama a los pecadores, desea que se conviertan y vuelvan al camino correcto. Quizás muchos no lo merezcan, pero su amor alcanza para todos. Algunos no comprenden esto y se molestan por su generosidad. Así te pasó con tu maestro porque viste que recompensó igual a todos.

Pero piensa que cuando trabajamos para Dios no lo hacemos por una recompensa. Hacer el bien ya es una recompensa. Trabajar para Él nos da alegría porque nos sentimos colaboradores de quien nos ama tanto. Quizás tus otros compañeros se llevaron también 50 pesos, pero no obtuvieron la satisfacción de haber trabajado tanto tiempo y con tanto empeño como tú lo hiciste”.

Angelita comprendió y concluyó: “Ya entendí. A veces Dios parece injusto porque siempre nos da más de lo que merecemos, pero la generosidad nunca es una injusticia. Ahora entiendo por que mi maestro está orgulloso de seguir a Cristo”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=273Domingo, 18 de Septiembre de 2011 10:30 hrs.
Cuento: Aprendiendo a perdonar El pequeño Mario estaba casi listo para recibir su Primera Comunión. Gracias al apoyo de sus padres aprendió todas las oraciones y fue constante en su preparación. Un día antes de la fiesta, su mamá les dijo: “Está todo listo, sólo te falta la Confesión para que puedas recibir a Cristo en tu corazón”. Mario comentó: “En la tarde iré con el Padre Dionisio. Estoy un poco nervioso porque será mi primera Confesión”.

Su mamá le dio ánimo y le pidió que invitara a la fiesta a todos sus compañeros de clase; sin embargo, el niño no pensaba invitar a Roberto ni a Rubén porque les tenía mucho rencor. Un incidente en la escuela los había distanciado y, aunque ellos le habían pedido disculpas, Mario no les dirigía la palabra. Pensaba: “No los voy a perdonar nunca”. El niño se dirigió a la Iglesia y allí el padre Dionisio preparó a los pequeños con una reflexión: “El sacramento de la Penitencia perdonará sus pecados y los dejará limpios como el día de su Bautismo. Van a recibir el perdón, pero antes de la Confesión quiero que piensen en las personas que los han ofendido”. Mario pensó en Roberto y en Rubén. El sacerdote continuó: “Dios perdonará todos sus pecados, pero les pide que traten de no volver a pecar, y también que perdonen a quienes los han ofendido”. Como los niños se quedaron admirados por ese comentario, el padre Dionisio les contó una historia: “Un rey perdonó la deuda de un hombre que le debía muchos millones.

En lugar de eso pudo haberle quitado todos sus bienes y luego venderlo como esclavo, junto con su esposa e hijos; sin embargo, prefirió perdonarlo”. Mario se entusiasmó con la narración y comentó: “De seguro ese rey representa a Dios porque Él perdona todas nuestras deudas y no nos trata mal por nuestros pecados”. El padre Dionisio se alegró por la intervención de Mario y continuó: “Muchos quisieran que esta parábola hubiera terminado de esta manera, pero no fue así. La historia nos dice que el hombre que había sido perdonado salió del palacio muy contento y agradecido, pero en el camino se encontró con un amigo que le debía muy poco dinero. Se puso furioso y lo agarró por el cuello. Quería estrangularlo mientras le exigía que le pagara la deuda. Su amigo se le arrodilló, le prometió que le pagaría todo, pero le pidió que le tuviera paciencia”. El sacerdote detuvo la narración y les preguntó a los chiquillos: “¿Y qué creen que pasó?”. Todos contestaron: “¡Lo perdonó!”. Entonces el padre Dionisio continuó la historia: “Lamentablemente no lo perdonó. Lo metió a la cárcel”.

Los niños dijeron en voz alta: “¡Se portó muy mal!”. El sacerdote terminó la historia: “El rey se enteró de lo sucedido y mandó llamar al hombre de malos sentimientos y le dijo: ‘Te perdoné la deuda porque me lo suplicaste. Debías haber hecho lo mismo con tu compañero; sin embargo, no lo hiciste porque tienes un corazón duro”. Entonces el rey lo metió en la cárcel para que le pagara la deuda”. El pequeño Mario aprendió la lección y al confesarse sacó el rencor de su corazón y luego invitó a Roberto y a Rubén a su fiesta. El día de su Primera Comunión dijo con todo el corazón la oración del Padre Nuestro y puso especial atención cuando decía: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=195Domingo, 11 de Septiembre de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Las tres filasVerónica, la directora de la escuela, recibió a los padres de familia que acudieron a inscribir a sus hijos en el nuevo año escolar. Luego les presentó a los diez maestros disponibles para el ciclo y les dijo: “Para que sus hijos aprendan mejor se quedarán con el maestro que elijan. Para ello, padres e hijos deberán formar una fila frente al maestro elegido”. Los niños buscaron al maestro o maestra que deseaban y después de algunos minutos pasó algo curioso. Aunque eran diez maestros, sólo se formaron tres filas.

Al ver lo sucedido, la directora repitió las instrucciones pensando que no habían sido entendidas. Pero nadie se movió y las filas se mantuvieron iguales. Como ella no entendía por qué sólo había tres filas, se le acercaron algunos padres de familia para explicarle. Don Arturo le dijo: “Para elegir a los mejores maestros consultamos a nuestros pequeños y ellos reconocieron únicamente a tres de ellos con la capacidad para educarlos adecuadamente”. Verónica se admiró de aquel comentario y abogó por los otros siete maestros: “Todos los profesores consiguieron su título mediante los mismos estudios y exámenes”. Doña Mercedes aclaró: “Lo sabemos, pero eso no es suficiente para que sean buenos educadores”. Don Manuel fue más concreto: “Si quiere saber por qué sólo hay tres filas, pregúntele la causa a cualquiera de nuestros hijos”. La directora se llenó de curiosidad y cuestionó al niño más cercano. El chiquillo le contestó. “Entre los maestros hay una gran diferencia. Algunos son muy buenos para enseñar, pero muy malos para corregir. Pareciera que gozan exhibiendo nuestros errores y regañándonos ofensivamente delante de todo el grupo. Otros no se toman la molestia de hablar con nosotros cuando ocasionamos un problema y lo hacen grande y público yendo a hablar inmediatamente con usted o con nuestros papás. Otros más nos culpan o juzgan como causantes de algo sin tomarse la molestia de investigar primero”. Cuando el niño terminó de dar sus razones intervino otro para apoyarlo: “A todos nos gusta que nos traten bien incluso cuando nos equivocamos. Por eso nos formamos frente a los maestros que no son prepotentes, que saben corregir con discreción, sin herir nuestros sentimientos o evidenciar en público nuestras fallas. Sabemos que la corrección es buena pero tiene que ser adecuada”.

Verónica reconoció que tenían razón y convocó inmediatamente a los maestros a una junta. Como sabía que todos profesaban la fe católica, abrió la Biblia y leyó el siguiente texto: “Si tu hermano comete una falta, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso apártate de él”. Después de la lectura, los siete maestros reconocieron que los niños no los buscaban ni seguían, y tomaron conciencia de la importancia de enseñar y corregir con amor fraterno, por lo que se comprometieron a cambiar de actitud. Así, después de aquella corrección atenta y delicada de Verónica, aprendieron el valor y la necesidad de la corrección fraterna. Los alumnos confiaron en su compromiso y entonces se formaron diez filas.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=49Domingo, 04 de Septiembre de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Las LlavesJuan José y Marco eran hermanos, y en cierta ocasión su papá les dijo: “Su mamá y yo iremos a visitar a su abuelita y estaremos fuera de casa dos días. Juan José ya es mayor de edad y le dejaremos las llaves de todo”. El matrimonio subió al auto y, después de bendecir a sus hijos, inició el viaje. Aunque Marco tenía sólo ocho años, se sintió discriminado y le pidió a su hermano las llaves: “Préstamelas porque quiero entrar y salir a la hora que yo quiera”. Juan José le aclaró: “No te las presto porque eso no está bien”. Marco alegó: “Mis papás no están y puedo hacer lo que se me pegue la gana”. Juan José le respondió: “¡Pues no lo harás!”, y el hermano se retiró a su recámara muy enojado.

Después de un rato se acercó nuevamente a Juan José y le propuso: “Tú tienes las llaves de todo. ¿Por qué no abrimos el ropero de papá y sacamos dinero para comprar lo que queramos? También podemos sacar el auto de mamá y abrir la oficina de papá para hacer una fiesta. Hasta podemos comprar cigarros y cerveza”. Juan José se sorprendió de las propuestas de su hermano y decidió aclarar las cosas: “No voy a hacer caso de tus peticiones. Así que no insistas”. Marco no entendió la actitud de Juan José. Para él, su hermano era un tonto.

Cuando los padres regresaron, preguntaron si había alguna novedad, y Marco aprovechó para reclamar: “¿Por qué no me dieron a mí las llaves?” Su papá le explicó: “Una señora les confió a sus hijos pequeños las llaves de la casa. Pensaba que nada malo sucedería en su ausencia; sin embargo, cuando ella estaba en el mercado, llegó a su casa un hombre que los niños no conocían. Por más que él les enseñó fotografías para demostrarles que era su tío y que venía desde muy lejos para visitar a su hermana, los pequeños no le abrieron la puerta y lo corrieron. El pobre tío tuvo que retirarse desconsolado. Más tarde, llegó otro desconocido que les ofreció dulces y regalos. Los niños le creyeron y cuando le abrieron la puerta el hombre los amarró y robó todo lo valioso de la casa”. Con aquella narración Marco se quedó con la boca abierta. Su papá continuó: “Poseer una llave es una gran responsabilidad. Significa que sabemos abrir o cerrar la puerta cuando es necesario o conveniente y no sólo por capricho. Tener una llave es tener sabiduría para permitir el paso a los seres queridos y custodiar nuestros bienes, pero también supone sabiduría para cerrar la puerta a los enemigos. Entregar una llave a alguien significa confiar en él”. La mamá de Marco subrayó: “A ti también te queremos mucho, pero sabemos que aún eres pequeño para darte una gran responsabilidad. Juan José lo ha hecho muy bien: ha sido responsable y cuidadoso. Marco entendió las explicaciones y agregó: “Ahora entiendo por qué Jesucristo reconoció la responsabilidad y sabiduría de Pedro cuando le dijo, en forma simbólica, que le entregaba las llaves del reino de los cielos. Por eso también el Papa, sucesor de Pedro, es cuidadoso para no cerrar la puerta a quienes buscan de verdad a Cristo, pero también es muy cuidadoso para no abrir la puerta a lo que nos puede separar de Dios”.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=50Domingo, 21 de Agosto de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Está usted despedidoUn millonario contrató personal de seguridad para que su hijo Gabriel estuviera acompañado todo el tiempo. Se solicitaron los permisos correspondientes para que Pedro, su escolta, pudiera acompañarlo incluso en el salón de clases de la preparatoria. Pedro no había tenido la oportunidad de estudiar, pero tendría que obedecer y sentarse en la última fila del salón para cuidar a Gabriel, quien ocuparía la primera fila.

Desde el inicio del curso, el humilde guardián fue recibido con malos comentarios de maestros y alumnos. Sólo uno de los docentes siempre le mostró delicadeza. Así pasaron los días, con las marcadas diferencias entre los jóvenes -orgullosos de su riqueza- y la sencillez del custodio.

Gabriel desperdiciaba el tiempo de clases jugando o distrayéndose con cualquier cosa mientras que el guardián permanecía serio y en silencio. Gabriel tenía en su pupitre todos los libros y útiles necesarios, mientras que Pedro se mantenía siempre con las manos vacías. Cuando terminó el primer trimestre, el ejecutivo millonario recibió las calificaciones de su hijo Gabriel y exclamó enojado: “¿Por qué reprobaste materias y sacaste tan bajas calificaciones?”. Gabriel le contestó con cinismo: “No es mi culpa. Los maestros no saben enseñar y la escuela es pésima. ¿Qué quieres que haga?”. El ejecutivo acudió a la escuela para exigir un mejor servicio, pero el director y los maestros le hicieron ver que era Gabriel quien no ponía atención y empeño; sin embargo, le prometieron actuar con más ahínco. Pedro, el custodio, escuchaba todo sin decir nada.

Así pasaron los tres años de estudios. Una semana antes de los exámenes finales Pedro se acercó al profesor que siempre lo había tratado bien y le hizo una petición. El maestro se sorprendió mucho, pero la hizo llegar a la mesa directiva. El guardián solicitaba el permiso para hacer los exámenes correspondientes a los tres años de la preparatoria. Toda la mesa directiva se burló de la absurda petición, pero los maestros aceptaron para humillar al humilde joven. Cuando llegó la fecha, todos los alumnos se presentaron y comenzaron a responder el examen. Como Pedro fue el último en terminar, todos se burlaron de él.

Días después, el rico ejecutivo recibió en su casa un sobre con las calificaciones de Gabriel. Había aprobado el período con la calificación mínima. El sobre también contenía un escrito en el que se le informaba sobre la petición que había hecho Pedro y los resultados de su examen. El ejecutivo llamó inmediatamente al custodio y le pidió una explicación. Le dijo “¿Es cierto que te atreviste a solicitar derecho para presentar exámenes?”. Pedro le contestó con sencillez: “Sí, señor. Durante el tiempo que asistí a la escuela para acompañar a su hijo, también pude escuchar las clases y las explicaciones de los maestros”.

El ejecutivo lo enfrentó diciéndole: “¿Pensaste acaso que podrías hacerlo sin haber tenido cuadernos ni útiles?”. Pedro agachó la cabeza y dijo con voz baja: “Yo sólo pedí una oportunidad”. El papá de Gabriel tomó una actitud seria y le dijo a Pedro: “A partir de hoy ya no serás mi empleado”. Luego sacó del sobre una carta y sonriendo se la entregó a Pedro. El escrito decía que el joven guardián había sacado las más altas calificaciones, por lo que, la mesa directiva le pedía disculpas y le ofrecía una beca para la universidad. Esta historia nos enseña que las bendiciones que unos desprecian son invaluables para otros. ]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=51Domingo, 14 de Agosto de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Contigo es más fácilEl pequeño Antonio terminó su periodo de clases y como premio a su aplicación sus padres, Francisco y Aurora, lo llevaron de vacaciones a la playa. El niño sólo conocía el mar por fotografías, televisión o cine, por eso, cuando estuvo frente al inmenso océano se quedó boquiabierto y dijo: “Es gigantesco y muy hermoso. Me quiero meter”. Su papá lo detuvo y le pidió que tuviera prudencia. Antonio aprendió que el mar podía ser tranquilo pero también violento. Su papá le dijo: “Dios creó el mar y todo lo que hay en él.

Es hermoso pero debemos aprender a utilizarlo con cuidado para evitar que algo nos haga daño. Por eso los humanos aprendemos a nadar o inventamos barcos para flotar. Pero también tenemos cuidado en no meternos en lo profundo cuando no sabemos nadar, ni nos arriesgamos navegando cuando hay tormentas”. Sus papás se metieron al mar y le dijeron: “Ven con nosotros”. El chiquillo tenía ganas de meterse pero estaba temeroso y prefirió quedarse donde la arena no se movía. Don Francisco le señaló una barca cerca de la playa. Luego le dijo: “Esos pescadores también se sienten seguros en su trabajo porque saben que su barca se mantendrá a flote”. El niño reflexionó y comentó: “Cuando estamos seguros de que algo no nos va a fallar sentimos confianza.

Yo me siento seguro en la arena firme y no tengo miedo. Tampoco los pescadores tienen miedo porque saben que su barca no se hundirá”. Don Francisco comentó: “La confianza quita el miedo y nos da seguridad. Y para demostrártelo te voy a pedir que me tomes de la mano. Si me tienes confianza y crees que no voy a fallarte, te pido que camines conmigo hasta el mar.” Antonio sintió un poco de miedo, pero tomado de la mano de su querido papá, se acercó a la orilla del mar. En ese momento, una pequeña ola chocó en sus pies.

El niño se llenó de miedo, pero volvió a sentir confianza cuando Doña Aurora se acercó a él y le tomó la otra mano. Al sentir el apoyo de sus padres perdió el miedo y caminó un poco más. Cuando sintió que el agua le llegaba a la cintura, gritó de emoción: “¡Estoy dentro del mar!”. Después les dijo a sus padres que quería aprender a nadar. Salieron del mar y se dirigieron a la piscina. Papá y mamá lo instruyeron en cómo mover brazos y piernas. También le enseñaron técnicas de respiración. Luego se metieron a la alberca. Su papá le explicó: “Aunque estamos en la parte poco profunda tendrás que volver a confiar en mí. Sostendré tu cuerpo para que flotes, pero, poco a poco, te iré soltando hasta que lo hagas tú solo. Antonio sintió miedo pero recordó que su papá era digno de confianza y podía sentirse seguro con él. Permitió que Don Francisco lo soltara en el momento adecuado y en poco tiempo aprendió a nadar. Lleno de alegría exclamó: “Ya aprendí a nadar. Ustedes me enseñaron todo”. Doña Aurora, lo felicitó: “Tú hiciste la parte más importante. De nada sirve que otros nos enseñen o den instrucciones si no confiamos en ellos. No podemos confiar ciegamente en cualquiera, porque pueden engañarnos.

Pero si confiamos en quien sabemos que no nos va a defraudar, dejamos de sentir miedo y podemos hacer cosas maravillosas”. Antonio confirmó las palabras y dijo: “Recuerdo que Jesús caminó sobre las aguas y Pedro quiso hacer lo mismo. Al principio pudo hacerlo, pero cuando desconfió del poder de Jesús, perdió su seguridad, sintió miedo y se hundió”. Don Francisco concluyó la reflexión: “Cuando confiamos en Dios, aumenta nuestra confianza y nuestros miedos desaparecen. Confiando en él, cualquier problema o dificultad se hacen más llevaderos y no nos hundimos”. Después, la familia agradeció a Dios la oportunidad de estar juntos y gozaron las vacaciones junto al mar.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=52Domingo, 07 de Agosto de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Razones para creerCon motivo del cumpleaños de Juan Alberto sus papás le prepararon una gran fiesta con dulces, piñata, un mago y el clásico pastel. Los niños de aquel pueblo nunca habían visto un mago y por eso dudaban que pudiera aparecer y desaparecer cosas; sin embargo, el mago realizó varios actos y en ellos les apareció un pollito, dos conejos y cinco palomas, ante los rostros boquiabiertos de los pequeños del pueblo que no daban crédito a lo que veían.

Finalmente, después de varias demostraciones, les enseñó una caja vacía y les preguntó: “¿Creen que puedo aparecer aquí un borreguito?”. Los niños, después de haber visto todo lo que había hecho, no dudaron en contestar: “¡Sí!”. Y efectivamente, el mago dio unos toques con su varita mágica y sacó de la caja un borreguito. Todos los niños aplaudieron y continuaron con la fiesta.

El pequeño Juan Alberto quedó tan contento que les pidió a sus papás que lo llevaran a la iglesia para dar gracias a Dios por su cumpleaños y por todo lo bueno que había recibido. Así llegaron a la Misa dominical y escucharon la lectura del Evangelio que narra la multiplicación de los panes y los peces.

Cuando salieron de la iglesia, Juan Alberto le dijo a su papá: “Me gustó mucho la lectura de hoy: Jesucristo amaba a quienes lo seguían. No sólo les predicaba bonito, sino que también se preocupaba por darles de comer. Y lo hizo con un milagro”. El papá continuó la reflexión: “Cristo multiplicó los panes y los peces, hizo lo que le tocaba hacer, pero le pidió a los humanos que hicieran también su parte”. El niño no entendió y le pidió a su papá que le explicara mejor. Entonces su papá le dijo: “Antes de hacer la multiplicación, Jesús pidió que colaboraran con Él llevándole lo que cada uno tenía. Un joven le presentó cinco panes y dos pescados. Aunque parecía poco, Dios multiplicó lo poco con su bendición. Dios siempre multiplica lo que tenemos cuando lo ponemos en sus manos. Pero, además de enseñarnos a cooperar, Jesucristo preparó con aquel milagro, un milagro más grande”. Juan Alberto no se quiso quedar con la duda y preguntó: “¿Hizo un milagro más grande que la multiplicación de los panes?” Su papá le dijo: “Una comparación entre Jesucristo y el mago de tu fiesta te permitirá comprender mejor las cosas. Ustedes no creían que el mago pudiera hacer trucos apareciendo un pollito, un par de conejos o unas palomas; sin embargo, cuando vieron que lo hizo, entonces creyeron que podría aparecer un borreguito”. Juan Alberto opinó: “Cuando vimos que hizo las primeras cosas supimos que podría hacer las más difíciles. Por eso le creímos, pero ¿qué tiene que ver esto con Jesucristo?”. El papá le explicó: “Jesucristo realizó una serie de milagros sencillos para que la gente creyera poco a poco en Él. Después hizo milagros más grandes y la gente aumentó también su fe en Él. Por eso, cuando anunció en la Última Cena que se convertiría en alimento y pan de vida en la santa Misa, sus apóstoles le creyeron porque habían visto antes la multiplicación de los panes”. Juan Alberto concluyó: “Jesucristo pudo caminar sobre las aguas, convertir el agua en vino, curar las enfermedades, resucitar a los muertos y multiplicar el pan. Por sus milagros estoy seguro que también está presente en la Hostia Consagrada y que se multiplica para estar presente en todas las iglesias del mundo. Ahora entiendo porqué dijo: ‘Yo soy el pan de vida, el que me coma no morirá para siempre’. ]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=181Domingo, 31 de Julio de 2011 10:30 hrs.
Cuento: El tesoroEl capitán Adrián afrontó grandes peligros y navegó largas distancias para encontrar una isla. Años atrás se había hallado el mapa de un gran tesoro y quería dar con él para que a su pequeño hijo no le faltara nada. La madre del niño había muerto, pero Adrián sabía que él y su hijo Esaú podrían ser muy felices todavía.

Cuando llegaron al sitio indicado, el hombre comenzó a cavar. A cada golpe de pala recordaba los obstáculos que había enfrentado para llegar a la isla: la venta de su casa para comprar el barco o los días en el mar con escaso alimento. Mientras el capitán trabajaba, el pequeño le dijo: “Yo no tengo que buscar nada, porque tú eres mi más grande tesoro”.

De pronto, el capitán sintió que su corazón latía fuerte. Su pala había chocado contra una superficie dura. Con sus manos, removió la  arena hasta que surgió un gran cofre. El rostro de Adrián se transformó ante las monedas de oro y las joyas. Al niño le parecían bonitas, pero ni siquiera imaginaba su valor.

Pronto iniciaron el viaje de regreso. Cuando llegaron al puerto, Adrián puso tanto cuidado en el desembarque del tesoro que descuidó a su hijo. Esaú bajó del barco, se acercó primero a las redes de los pescadores, después siguió el trote de un burro, más tarde persiguió a una gaviota y finalmente se encontró navegando en un barco desconocido.

Cuando Adrián se dio cuenta de que el niño había desaparecido, lo buscó por todo el puerto, pero el barco donde viajaba Esaú ya estaba muy lejos. Adrián comenzó a ofrecer parte de su tesoro a quien le diera información sobre su hijo. Un pirata le dijo: “No seas tonto. Olvida a tu hijo y mejor conserva tu tesoro”.

Adrián recordó en ese momento las palabras de su hijo: “Papá, tú eres mi más grande tesoro”. No podía perderlo. Inició un recorrido por diversos puertos. En cada uno ofrecía parte de su tesoro a quien le ayudara a encontrar a su pequeño.

Finalmente, llegó a un puerto donde un grupo niños encadenados eran vendidos como esclavos. De pronto, escuchó un grito que lo sobresaltó. Era su hijo que estaba entre ellos.

Adrián pidió la libertad de Esaú, pero el Marajá le dijo: “Si tanto te interesa tu hijo, ¿cómo es posible que lo hayas perdido?”. Con voz triste el capitán reconoció su error: “Perdí lo que más quiero en la vida por poner más atención en un tesoro. Pero lo he gastado casi todo en la búsqueda de mi hijo porque estoy dispuesto a recuperarlo”.

El Marajá le dijo: “Tendrás que entregarme lo que te sobra del tesoro, tu barco y todas tus pertenencias e incluso deberás quedarte desnudo”. El capitán entregó a aquel hombre su barco con todas sus pertenencias, luego se despojó de sus vestimentas y quedó totalmente desnudo. El Marajá hizo una petición más: “Si quieres ver libre a tu hijo, tendrás que ser mi esclavo para siempre”.

Adrián no dudó en responder: “No me importa nada en comparación con mi amado Esaú. Si tengo que ser tu esclavo para que él quede libre, lo acepto”. Entonces el Marajá sonrió y le dijo: “El ser humano sólo es capaz de deshacerse de cosas que tienen valor por conseguir otras con valor mayor. Tú gastaste todo y has renunciado incluso a tu propia libertad. Con eso demuestras que nada puede igualar el valor tan grande que tiene para ti tu hijo. Por eso, te ordeno: vístete, toma a tu hijo, tus joyas, tu barco y sean felices”.

Con esta narración comprendemos que sólo cuando amamos a alguien o algo importante, somos capaces de dejar a un lado otros valores. Por eso hay quienes valoran a Dios por encima de todo y prefieren dejar de lado otras riquezas con tal de no perderlo.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=180Domingo, 24 de Julio de 2011 10:00hrs.
Cuento: La rosa y la zarzaEl jardinero era increíblemente bondadoso con su jardín. Amaba las semillas, la tierra donde las sembraba, el agua con que las rociaba y, sobre todo, a cada una de las hermosas flores que surgían como producto de su amor. Todas habían sido creadas por él: las mimosas, las hortensias, las margaritas y las orquídeas. Las amaba tanto que juró no destruirlas nunca. Ellas, con sus colores y fragancias, agradecían y reflejaban el amor de su hacedor y custodio.

Todo era paz hasta que un día entró un enemigo al jardín. Su deseo era que el jardinero destruyera lo que tanto amaba y, para ello, inyectó en secreto ponzoña de maldad en algunas flores que, con el paso del tiempo, se convirtieron en zarzas espinosas y en cardos. Su apariencia dejó de ser agradable y su actitud se hizo dañina para las demás: les robaban el agua, impedían el paso del sol, atraían plaga y herían con sus espinas los tiernos pétalos de las otras flores. El jardinero descubrió con tristeza que las flores se habían llenado de maldad y espinas; sin embargo, las siguió amando y cumpliría su juramento: ¡Jamás las destruiría! Hizo todo lo posible para que las flores dañadas regresaran a su forma original: les brindó cuidados y les inyectó doble ración de amor. Esta insistencia del Divino Jardinero y la lucha interior de algunas flores dañadas lograron expulsar la ponzoña. Pero no todas se dejaron ayudar ni hicieron su propio esfuerzo. Ante esto, el custodio repetía constantemente: “¡Mientras exista la posibilidad de su conversión, no las destruiré!”.

Las flores más bellas se preguntaban: “¿Por qué ama a las que van perdiendo su belleza? ¿Por qué no las aniquila?”. El jardinero, adivinando su pensamiento, se dirigió a ellas: “La libertad es muy importante. Puede hacer de cada flor la más hermosa de todas o convertirla en la peor de las zarzas. Yo les he dado la vida para que la vivan en abundancia y sean felices, pero algunas de ustedes han preferido el sabor de la ponzoña. Esta libertad, mal aplicada, las lleva a destruir a sus hermanas causándoles sufrimiento y sin embargo, yo no puedo actuar de la misma manera. ¡Yo no tengo ponzoña y por eso jamás las destruiré!”. Después prosiguió: “Cada una de ustedes tiene un tiempo en este jardín provisional. Mi voluntad es que pasen aquí su etapa infantil, juvenil, adulta e incluso la etapa de la vejez. Esta última etapa nos avisará a ustedes y a mí que ya están listas para ser trasplantadas a mi mejor invernadero. Allí el sol da calor pero no quema, el agua tiene los mejores nutrientes y la tierra está formada por partículas de amor eterno.

En ese lugar nadie volverá a marchitarse ni a sufrir las limitaciones de este jardín”. Una pequeña amapola preguntó: “¿En aquél jardín también habrá cardos, espinas y ponzoña?” Su Señor le contestó: “¡No! Cuando termine su etapa en el jardín terreno, ustedes podrán convertirse en dos tipos de semillas. Las buenas serán sembradas en el paraíso, pero las que se hayan dejado impregnar de ponzoña se convertirán en semillas estériles que, por inútiles, serán arrojadas a la hoguera”. La pequeña flor dijo: “Hoy todos fuimos testigos de cómo una zarza espinosa actuó contra tu voluntad al impedir que una hermosa rosa continuara en este jardín. Estamos tristes porque sabemos que esa no era tu voluntad”.

El jardinero dejó caer sus lágrimas sobre el jardín y todas las flores se sintieron fortalecidas con esa agua celestial. Sólo la zarza asesina no se inmutó ante la lluvia sagrada. Entonces, el jardinero se acercó a ella y la acarició hasta provocarse una herida. De la herida, en forma de cruz, surgieron gotas de sangre que cayeron sobre las espinas de la zarza. El jardinero dijo: “Aquella rosa está ahora en mi jardín predilecto. Allí emana el mejor de los perfumes y se viste con los más suaves pétalos. Es inmensamente feliz y me ha pedido que acaricie a esta zarza, porque sabe, como yo, que sólo el amor puede deshacer sus espinas”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=53Domingo, 17 de Julio de 2011 9:30 hrs.
Cuento: La semilla y la tierra

El último día del curso escolar, los alumnos esperaban con nerviosismo la entrega de calificaciones. El maestro Enrique les dijo: “La calificación final no será sorpresa, sino el resultado del esfuerzo que realizaron en el año”. Uno de los niños le dijo: “Pero usted es el que pone las calificaciones”. El maestro aclaró: “Sí, pero no las invento, sólo evalúo su aprovechamiento. Para que me entiendan mejor les voy a contar una historia: “Un sembrador salió al campo con un costal lleno de buenas semillas y comenzó a sembrar; sin embargo, aunque el sembrador y las semillas eran buenas, cada grano tuvo un distinto resultado. Unos cayeron junto al camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso con poca tierra: ahí germinaron, porque la tierra no era gruesa, pero pronto se marchitaron porque no tenían raíces y se secaron con el sol. Otros granos cayeron entre espinos, que, cuando crecieron, sofocaron las plantitas. Finalmente, otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto”.

Cuando el maestro concluyó, uno de los niños le preguntó si la historia tenía alguna moraleja. El profesor explicó: “El sembrador representa a Dios porque siembra en todo ser humano lo mejor: virtudes, buenos pensamientos y propósitos, etc. Pero en el caso de la escuela, el sembrador puede ser el maestro que ha tratado de sembrar en ustedes lo mejor. Las semillas son las clases, ejercicios y tareas que recibieron”. Una niña le preguntó: “¿Qué significa la tierra?”. El maestro le explicó: “Los distintos tipos de tierra son ustedes, porque recibieron la semilla de la enseñanza con distintas actitudes. Unos prefirieron jugar y no atender al maestro. Otros prefirieron ver la televisión y no hacer la tarea. Otros más se juntaron con malas compañías y terminaron haciendo maldades en lugar de estudiar.

Con esas actitudes se parecen a la tierra que no pudo dar frutos porque permitió que los pájaros le robaran la buena semilla”. Una niña llamada Devinder dijo: “Son los niños que se quedaron sólo con buenas intenciones”. El maestro Enrique les explicó que otros niños habían estudiado muy superficialmente, poniendo atención en clases y cumpliendo con la tarea, pero sin profundizar ni repasar sus conocimientos. Les dijo: “Fueron como granos en terreno pedregoso. No dieron fruto porque tomaron las cosas a la ligera y les faltó profundizar.” La pequeña volvió a comentar: “No es suficiente asistir a clases y hacer las tareas para obtener lo mejor”.

El maestro continuó: “La semilla que cayó entre espinos representa a los niños buenos que desean hacer las cosas bien, pero lamentablemente encuentran dificultades a su alrededor. No cuentan con el apoyo moral o económico de sus padres o viven problemas graves en su familia. Como la sociedad o la familia no los apoyan, desertan en su estudio”.

El maestro concluyó su explicación diciendo: “Los alumnos que hicieron su máximo esfuerzo en clases, tareas y estudio, son como granos que cayeron en buena tierra. Durante el año dieron lo mejor de sí, y al final del curso tendrán las mejores calificaciones.” Cuando el maestro terminó su explicación, comenzó a repartir las boletas. Cada niño vio reflejada en ellas su actitud y responsabilidad a lo largo del año. Algunos se sintieron tierra con pájaros o tierra poco profunda o tierra con espinos o tierra buena y fecunda. Entendieron la lección. Comprendieron que Dios les había concedido muchas bendiciones, pero algunos las habían desaprovechado. Desde entonces se comprometieron a dar lo mejor de sí en cada momento.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=54Domingo, 10 de Julio de 2011 9:00 hrs.
Cuento: El país de los deseosEl pequeño Silverio leía un libro de cuentos y se quedó dormido pensando en lugares fantásticos. De pronto, se vio en sueños acompañado de su amigo Felipe. Estaban frente a una enorme puerta que decía: “El país de los deseos”. Cruzaron el umbral y escucharon una voz que les decía: “Bienvenidos a este lugar mágico. Aquí se cumplirán todos sus deseos. Por eso tengan mucho cuidado con lo que soliciten. No se dejen llevar sólo por su ambición, sino por su sabiduría”. Cuando Felipe escuchó aquella voz, dijo burlón: “¡Pamplinas! La sabiduría no sirve para nada”. Silverio trató de hacerlo reaccionar: “Ten cuidado. También llegan a nuestra mente malos deseos y se te pueden conceder”. Felipe aceptó la recomendación y dijo: “Sería terrible que se cumplieran mis malos deseos. Sólo pediré cosas buenas”.

Los niños caminaron por aquél país mágico y sintieron sed. Felipe deseó un vaso con agua. Silverio, por su parte, dijo: “Yo no quiero un vaso con agua, deseo una fuente de la que siempre pueda beber”. Los dos vieron hecho realidad su deseo, calmaron su sed y continuaron su camino. Llegaron a un hermoso bosque lleno de chocolates y caramelos. A Felipe se le hizo agua la boca y expresó un deseó en voz alta: “Quiero una bolsa muy grande con golosinas”. Silverio se vio tentado a pedir lo mismo, pero reflexionó: “Si pido una bolsa de chocolates y caramelos, tarde o temprano se acabarán. Es mejor desear una fábrica que los produzca”. Sus deseos se cumplieron y continuaron su camino feliz. Más adelante encontraron una ciudad formada por todo tipo de libros. Felipe quiso imitar a Silverio y deseó una fábrica de libros. En cambio, Silverio reflexionó: “Pediré humildad para reconocer que siempre hay algo nuevo que aprender. También pediré sabiduría para poner en práctica todo lo leído y aprendido. Y finalmente, pediré generosidad para compartir con los demás todo lo aprendido”. Ambos recibieron lo deseado y continuaron su camino. Después de muchos deseos llegaron a un hermoso jardín donde estaban todos sus amigos y familiares. Felipe inmediatamente pidió: “Que nunca me falten mis padres ni mis amigos”. Mientras tanto, Silverio, iluminado por la sabiduría, pensó: “De nada me serviría tener cerca a mis padres y a mis amigos si no existiera amor entre nosotros. Con amor podré agradecer todas sus atenciones y tratarlos de mejor manera. Por eso deseo que nunca me falte el amor”.

Los dos chiquillos salieron felices de aquel lugar mágico, pero la diferencia entre sus deseos pronto dio distintos resultados. Felipe volvió a tener sed porque el agua de su vaso se había agotado, al igual que los caramelos de su gran bolsa. No pudo aprovechar su fábrica de libros por su falta de interés y reflexión, y aunque tuvo siempre cerca a sus padres y amigos, no gozó su relación porque le faltó amor. Por su parte, Silverio siempre tuvo una fuente para calmar su sed; gracias a su fábrica de caramelos gozó y compartió los dulces ilimitadamente; la sabiduría le ayudó a sacar provecho de todo libro, y con el amor que pidió tener, pudo gozar a sus seres queridos y hacer felices a quienes le rodeaban. Con este cuento, Silverio descubrió que es mejor elegir siempre lo mejor: una fuente, una fábrica de cosas buenas, la sabiduría y el amor. Y se dijo: “Cuando amamos a Dios por encima de todas las cosas, Él nos enseña a dar amor verdadero y nos ilumina con su sabiduría para tomar las mejores decisiones. Además, como Padre providente, Dios es una fuente inagotable y una fábrica de todo bien. Si queremos amar con todo el corazón a padre, madre, esposa, esposo, hijos o amigos, tenemos que comenzar amando al que es la fuente del amor.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=55Domingo, 26 de Junio de 2011 9:00 hrs.
Cuento: La Trinidad y el focoEl pequeño Oscar se acercó a su mamá para decirle: “En el catecismo me dijeron que Dios es uno y tres al mismo tiempo, pero no puedo entenderlo, ¿podrías ayudarme?”. Su mamá se quedó pensativa. Mientras buscaba cómo responder a su hijo, llegó Don Teo, el padre de familia. Oscar y su mamá lo saludaron y le dijeron lo que estaban tratando de entender. Él se unió al grupo y juntos trataron de comprender de manera sencilla el dogma de la Santísima Trinidad, pero no era nada fácil. La luz del sol fue disminuyendo.

Don Teo encendió una lámpara para iluminar la sala. De pronto, uno de los focos se fundió y él fue de inmediato a buscar uno nuevo. Mientras tanto, seguía pensando en cómo explicar el dogma de la Trinidad. Justo cuando regresaba a la sala, le vino una idea. “¡Ya lo tengo! ¡Ya sé como ayudar al niño para que comprenda la Trinidad!”. Luego se acercó a Oscar y le preguntó: “¿Qué tengo en mi mano?”. El pequeño le contestó: “Un foco”. El padre movió la cabeza en señal de afirmación. Luego le pidió al pequeño que no perdiera de vista el foco. Lo colocó en el lugar del que se había fundido y después, como si fuera el presentador de un teatro, gritó: “¡Tenemos un foco!”.

La mamá y el niño se miraron mutuamente porque no comprendían lo que estaba sucediendo. Mientras tanto, Don Teo caminó hacia el interruptor de luz y encendió el foco. Luego pidió aplausos. Oscar pensó que su papá se había vuelto loco y le dijo: “Estábamos hablando de la Trinidad y tú te pones a hablar de focos, ¿Qué relación hay entre este foco y la Trinidad? Don Teo cargó en sus brazos al niño y le pidió que pusiera su pequeña mano cerca del foco encendido para que sintiera su calor. Después le dijo: “No soy muy bueno para explicar el catecismo, pero creo que el foco me podrá ayudar. Tenemos un solo Dios en tres personas distintas. Es algo así como este foco, que es uno, pero al mismo tiempo es fuente de luz y de calor”. Oscar le pidió que fuera más claro.

Don Teo le dijo: “Dios Padre es como el foco que origina la luz y el calor. Dios Hijo es como la luz que surge del foco. Es distinta al foco, pero llega a todos los rincones”. Oscar entendió que el Hijo de Dios es como la luz del Padre que se da a conocer al mundo. Don Teo continuó: “Con tu mano sentiste el calor que surge del foco. El calor tampoco es el foco, ni su luz. Es algo distinto que surge del foco y de la luz. El calor es como el Espíritu Santo que procede de Dios Padre y de Dios Hijo”.

Oscar se quedó un poco pensativo, pero luego dijo: “el foco no es la luz ni el calor. La luz no es el foco ni el calor. El calor no es el foco ni la luz. Son tres cosas distintas, pero al mismo tiempo están unidas”. El niño y la mamá se quedaron con la boca abierta por la explicación de Don Teo y tuvieron que reconocer que se había esforzado por ayudarles a comprender. Entonces los dos juntos aplaudieron y le dijeron: “¡Ahora sí que se te prendió el foco!”

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=56Domingo, 19 de Junio de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Una fuerza extraEn el estadio se realizaba la competencia de velocidad entre los niños de todo el estado. El vencedor, no sólo ganaría la medalla de oro, sino un viaje a Europa, y por eso las niñas y niños no podían ocultar su nerviosismo.

Entonces el entrenador les dijo: “Esta es una competencia muy importante. No pueden perder esta oportunidad. Tienen que confiar en ustedes mismos. Se han preparado muy bien y con eso es suficiente”.

Cuando faltaban pocos minutos para la competencia de las niñas, el papá de la pequeña Ana Gabriela se acercó a su hija y le hizo un comentario. Después de aquellas palabras, ella se formó en la línea de salida. Se oyó la señal indicada y las seis niñas corrieron. Erika y Karla tomaron la delantera del grupo. Ana Gabriela hizo un gran esfuerzo y pudo alcanzarlas, pero a pocos metros de la meta sintió que le faltaba el aire y estuvo a punto de abandonar la carrera. Pero en ese momento recordó las palabras de su papá y comenzó a correr con tanta rapidez que alcanzó primero a Erika, luego a Karla y, finalmente, llegó a la meta en primer lugar.

Luego de recibir el aplauso y la felicitación de todos, su maestro le preguntó cómo lo había logrado y, ella le explicó: “Antes de la competencia, usted nos dijo que confiáramos en nosotras mismas. Así comencé la carrera, confiando sólo en mí y en mi preparación, pero luego sentí que las piernas no me respondían y que el aire me faltaba. En ese momento recordé las palabras de mi papá”.

Intrigado, el entrenador le preguntó: “¿Qué te dijo tu papá?”. La chiquilla le explicó: “Me recordó que hay ocasiones en que nos preparamos bien, que tenemos confianza en nosotros mismos y, sin embargo, no siempre obtenemos buenos resultados. Por eso me dijo. ‘Quiero que no sólo confíes en ti y en tu preparación. Confía también en Dios y ponte en sus manos para que puedas obtener el mejor resultado.’”

El entrenador preguntó: “¿De verdad te ayudaron esas palabras?”. Ana Gabriela le respondió: “Por supuesto. Recordé que Dios siempre nos da una fuerza extra. No sólo confié en mí, sino también en Él y, fue como si hubiera recibido un segundo aire”.

Aquella carrera fue inolvidable para Ana Gabriela. Aprendió a prepararse para la vida con su mejor empeño, sin olvidar que en los momentos más difíciles, Dios siempre ofrece una fuerza extra.

Cuando Ana Gabriela se convirtió en maestra les reveló su secreto a sus alumnos y les dijo: “Esta historia es semejante a lo que les sucedió a los apóstoles el día de Pentecostés. En aquella ocasión Jerusalén estaba llena de visitantes de todas las regiones. Los apóstoles sabían que era una oportunidad única y muy importante para predicar el mensaje de Cristo, porque cuando los visitantes regresaran a su tierra difundirían el mensaje. Los apóstoles no podían dejar pasar esa oportunidad, pero, tenían miedo porque confiaban sólo en sus propias fuerzas. Pero Dios comprendió la situación y les envió la fuerza extra prometida por Cristo. Envió al Espíritu Santo que, con sus sagrados dones transformó a los apóstoles dándoles una fuerza especial. El miedo y la cobardía se convirtieron en entusiasmo y valentía. Con esa fuerza especial nació la Iglesia y todas sus actividades. Desde aquél día de Pentecostés, el Espíritu Santo acompaña a la Iglesia en su carrera cotidiana para santificarla, especialmente ante la adversidad. Y para anunciar la paz que brinda el perdón de los pecados”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=57Domingo, 12 de Junio de 2011 9:30 hrs.
Cuento: Ayudando a caminar y a crecerMientras jugaban en el recreo, Carlitos se tropezó y cayó al piso. Como su amigo Jaimito descubrió que el niño se había caído porque sus agujetas estaban desatadas, le pidió que se las amarrara. Pero Carlitos empezó a llorar porque no sabía atarse las agujetas. Ante la admiración de sus compañeros, el niño les explicó que sus papás siempre hacían todo por él y por eso no había aprendido a amarrar sus zapatos.  Carlitos les dijo: “Mis papás no me dejan hacer nada solo porque dicen que me quieren mucho”. Algunos de los amigos de Carlitos dijeron: “¡Quisiéramos tener unos papás así!”.

Pero Jaimito los hizo reflexionar diciendo: “A mí no me parece correcto que nuestros padres hagan todo por nosotros”. El pequeño Víctor lo interrumpió: “¡Pero, eso es más cómodo!”. Jaimito volvió a tomar la palabra: “Por supuesto que es más fácil que nos hagan todo, pero eso no es lo más conveniente porque nunca nos permitirán aprender a enfrentar la vida”. Carlitos dijo: “Pero a ellos les salen mejor las cosas porque saben más que nosotros. En cambio, nosotros desconocemos muchas cosas”. Jaimito le respondió: “Es cierto. Ellos tienen más conocimientos y experiencia, pero no nacieron sabiendo todo. Aprendieron poco a poco. Lo mismo tenemos que hacer nosotros”. Víctor le replicó: “¿Y si nos equivocamos o cometemos errores?”. Jaimito le explicó: “Todas las personas que quieren aprender cometen fallas o tienen errores, pero también se aprende de los errores. Debemos tratar de hacer las cosas aunque nos fallen. Repetir y repetir hasta obtener buenos resultados”. Carlitos dijo: “Tienes razón. La primera vez que intenté atarme las agujetas no pude hacerlo y mi mamá lo hizo por mí. En lugar de enseñarme y pedirme que tuviera paciencia hasta lograrlo, ella siguió resolviéndome el problema. Por eso no pude aprender. Si ella sigue haciendo todo por mí, nunca aprenderé a tender mi cama, ni a vestirme, ni a resolver la tarea” Jaimito insistió: “Algunos papás piensan que el amor a los hijos se debe mostrar haciéndonos todo, pero eso no es correcto. Es mejor que en un principio nos enseñen a hacer las cosas poco a poco y que después nos dejen hacerlas solos. Así nos sentiremos orgullosos de lo que hacemos y tendremos confianza en nosotros mismos”.

Cuando Carlitos llegó a su casa les dijo a sus padres: “Queridos papás: yo sé que me quieren mucho, pero si hacen todo por mí, nunca me ayudarán a crecer”. Afortunadamente ellos comprendieron que amar a alguien no significa hacerle todas sus cosas ni resolverle todos sus problemas, sino más bien ayudarle a que aprenda a salir adelante por sí mismo. El domingo siguiente, cuando Carlitos y su familia asistieron a la Misa escucharon el texto del evangelio sobre la Ascensión de Cristo al cielo.

Con la explicación se dieron cuenta que, Cristo enseñó a sus discípulos todo lo necesario para que continuaran la misión iniciada por Él. Cristo los había ayudado a crecer y madurar. Y cuando los vio listos para que continuaran su misión, Él decidió desaparecer físicamente para que sus discípulos continuaran su obra. Con esto demostraba que Dios confiaba en la humanidad, y que Cristo, como un verdadero Maestro, había enseñado a sus discípulos a ser independientes, porque cada ser humano tiene que hacer la parte que le toca en la construcción del reino de Dios. ]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=280Domingo, 05 de Junio de 2011 10:00 hrs.
Cuento: Amor de boca o de corazónJorge -uno de los hijos de Karla y Federico- terminó rápidamente la tarea y le pidió a su madre permiso para salir a jugar con su amigo Mario. Mientras pateaban la pelota en el jardín, Mario dijo: “¡Esto es muy aburrido! mejor vamos a romper vidrios!”. Jorgito le mostró su desacuerdo porque más que un juego, lo que proponía Mario era una travesura que ocasiona daño a los demás. Pero al amigo se le ocurrió otra idea más descabellada: “Si rompemos los vidrios de mi casa no le causaremos daño a nadie”. A lo que Jorgito preguntó alarmado: “¿Los vidrios de tu casa? ¿Acaso no quieres a tus padres?”. Con cierto cinismo, el pequeño Mario le respondió: “Si los quiero, pero eso no implica que no pueda hacer travesuras. En mi casa hago todo tipo de maldades”. Mientras Mario decía esto, se le acercaron sus padres y le pidieron que se metiera a hacer su tarea, pero el chiquillo no les hizo caso.

Cuando Jorgito vio aquella actitud prefirió alejarse de Mario y regresar a casa. Al llegar, se sentó a ver la televisión con su mamá. Ella descansaba un poco después de hacer todo el trabajo del día y veía una telenovela. Cuando tuvo oportunidad, Jorgito aprovechó para platicar con su mamá y le dijo: “Estoy un poco confundido. ¿Se vale decirle a una persona que la quieres mucho pero, no demostrárselo con hechos? ¿Se vale decir con la boca: ‘te quiero’ y al mismo tiempo decir con las obras ‘no te quiero’?”. La mamá del pequeño comprendió la inquietud de Jorgito y le dijo: “Ya se por qué me lo preguntas. El muchacho de la novela le dice a su novia que la quiere, pero sus palabras y sus obras no concuerdan porque no quiere dejar de beber por ella y eso no se vale. Él es un mentiroso”. Jorgito continuó la conversación diciendo: “También te hice la pregunta porque mi amigo Mario dice que quiere mucho a sus papás, pero la verdad es que no los respeta. No los obedece ni los ayuda. ¿Se puede querer así?”. La mamá del niño apagó la televisión, fue al librero, tomó la Biblia y regresó al sofá para sentarse con él: “La pregunta que haces es muy importante. Tan importante que quiero encontrar la respuesta en la Palabra de Dios”.

Entonces abrió la Biblia en el capítulo 14 del Evangelio de San Juan y comenzó a leer el versículo 15: “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Si me aman, cumplirán mis mandamientos’”. Después de leer ese fragmento, la madre amorosa cerró la Biblia y le preguntó a Jorge: “¿Te quedó alguna duda?”. Jorgito le contestó: “No. Todo me quedó muy claro. Jesucristo dice que amar es también tener un compromiso. Si alguna persona dice con su boca que ama, pero no demuestra ese amor con obras, en realidad no está amando. Es un mentiroso”. La mamá del pequeño concluyó: “En nuestra familia somos muy felices, porque todos nos amamos y cumplimos con nuestros deberes, sea en la casa, en la escuela o en el trabajo. Ser cristiano es amar, y amar es ayudar a transformar el mundo”. Después de la explicación, Jorgito se hizo el propósito de ayudar a cambiar el corazón de su amigo maldoso, porque verdaderamente lo amaba.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=58Domingo, 29 de Mayo de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Sólo se adelantóDespués de una larga charla para determinar a dónde irían de vacaciones, la familia de Miguelito decidió que viajarían a la playa. Al término de la plática, el papá expresó lleno de alegría: “No cabe duda que tengo una familia muy unida”.

Miguelito y su hermano Vicente se retiraron a ver la televisión mientras que papá y mamá se quedaron platicando en la cocina para ver los pormenores del viaje. Al día siguiente, el papá habló con los niños y les dijo: “Yo saldré hoy mismo a Acapulco. Dentro de tres días saldrán ustedes y, Dios mediante, nos reuniremos allá”. Ante tal noticia, los niños se quedaron sorprendidos y comenzaron a hacer algunos juicios. Miguelito expresó: “Creo que mi papá es muy injusto. ¿Por qué se va y nos deja? El va a tener más días de vacaciones que nosotros”. Vicente también comentó: “¿Por qué no esperó a que nosotros saliéramos de la escuela para irnos juntos?”.

Como los niños no comentaron su decepción con su mamá, ella nunca se enteró de sus pensamientos y por eso a los pequeños les sorprendió que les dijera: “¡Su papá nos quiere tanto que se adelantó a Acapulco”. Los niños no entendían el por qué de aquellas palabras.

Llegó el día de la salida y aunque su papá se había anticipado en automóvil, les había dejado boletos para viajar en avión. Cuando llegaron a Acapulco, su padre los estaba esperando en el aeropuerto. Los recibió con un gran abrazo y les dijo: “¡Cómo me alegro de haberme adelantado!”. Los niños pusieron cara de enojo, pero mayor fue su sorpresa cuando su mamá aprobó a su papá diciendo: “Sí. Creo que adelantarte fue lo mejor que pudiste hacer por nosotros. Muchas Gracias”.

Los chiquillos se preguntaban en secreto: “¿Por qué le agradece que nos haya dejado en México y se haya venido solo a gozar antes que nosotros? El papá de los pequeños notó el enojo, pero no le dio importancia. Pensó que estarían cansados por el viaje. Salieron del aeropuerto y, en el auto de su papá recorrieron la bahía hasta llegar a una hermosa casa. Los niños preguntaron: “¿Por qué nos detenemos aquí?”. Entonces el papá, lleno de alegría, les contestó: “Esta vez no iremos a ningún hotel. Su mamá y yo ahorramos durante mucho tiempo para comprarles una casa de vacaciones en este lugar. Así podrán venir a descansar cuantas veces quieran”. Luego su mamá les explicó: Como esta casa estaba en muy malas condiciones, su papá decidió viajar antes para arreglar todo. La pintó y la dejó lista para que a nuestra llegada no tuviéramos problemas. Así gozaremos más nuestras vacaciones”.

Cuando Miguelito escuchó esa explicación, confesó a sus padres: “Cuando nos dijiste que te adelantarías, llegamos a pensar que eras muy egoísta y que no nos querías”. Luego Vicente se sinceró: “Dudamos de tu amor y pensamos que sólo te interesaba gozar más tiempo de vacaciones”. Al escuchar aquello, su papá se acercó a ellos, los abrazó y les dijo: “Ustedes son lo que más quiero. Por eso quise adelantarme. Para prepararles todo y que sean felices. De Cristo aprendí que la felicidad se comparte”. La mamá de los pequeños concluyó la reflexión: “Los apóstoles de Cristo también llegaron a pensar que Él no los amaba. Cuando Jesús dejó la tierra y subió a los cielos pensaron que los estaba abandonando.

Pero no fue así. Por eso Él les explicó que se adelantaba para prepararles un lugar en el reino de los cielos. Por eso, así como hoy le agradecemos a su papá que se haya adelantado para prepararnos esta casa, siempre tenemos que agradecerle a Jesús el amor que nos tiene. Amor que, por su muerte y resurrección, nos preparó un lugar eterno y privilegiado en la casa de Dios Padre”.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=59Domingo, 22 de Mayo de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Reconociendo la vozEl pequeño Alejandro acompañó a sus padres a visitar a unos viejos amigos. Al llegar a la casa, llamó su atención un hermoso perrito blanco, que seguía con mucha precisión las órdenes del dueño: se metía a su casita, daba vueltas, se echaba o se hacía el muerto. Bastaba una orden para que el perrito hiciera su gracia. Alejandro se quedó con la boca abierta y comentó: “¡Nunca había visto a un perro tan obediente!”. Mientras los adultos platicaban en la sala, él salió al jardín con el perrito para darle órdenes: “¡Échate!” “¡Da la vuelta!” “¡Hazte el muertito!” Pero el animal no le hacía caso.

Entonces comenzó a gritarle, pero el perro lo ignoró y terminó por meterse a su casita. Alejandro regresó molesto a donde se encontraban los adultos. Cuando su papá lo vio, le preguntó: “¿Qué te pasa?”. Alejandro le contestó: “¡Ese perro es un tonto!”. El dueño de la casa escuchó su respuesta y se quedó extrañado. Entonces lo cuestionó: “¿Por qué dices que mi perrito es un tonto? ¡Te aseguro que ese perrito es muy listo!”. Alejandro se confundió por ese comentario y dijo: “Si es listo, ¿por qué no siguió mis órdenes?”. Todos los adultos se rieron porque comprendieron lo que sucedía. La mamá del niño tomó la palabra para explicarle la aparente desobediencia del perro. Le dijo: “Mira Alejandro, el animalito es tan listo que sólo hace caso a la voz de sus dueños.

Como no conoce tu voz, no te obedecerá ni te seguirá aunque le des miles de órdenes”. El niño preguntó: “¿Por qué actúa así?”. Entonces intervino su papá: “Porque la voz de sus amos se le ha hecho familiar. Sabe que la persona que le habla es la misma que lo cuida, que le da de comer y en la que puede confiar. Por eso, cuando escucha una voz distinta, no la obedece, porque no le tiene confianza”. La mamá volvió a intervenir: “Te voy a poner un ejemplo: Aunque tú no eres un animalito, actúas como el perrito de esta casa”. El niño pregunto: “¿Por qué dices eso?” La mamá prosiguió: “Para que veas que no miento, te voy a hacer algunas preguntas: ¿Cuándo tu papá y yo te llamamos nos haces caso?” El niño respondió afirmativamente y la mamá continuó: “Lo haces porque conoces nuestra voz.

Sabes que somos tus padres. En cambio, si escucharas la voz de un extraño que te pidiera abrir la puerta de la casa, ¿lo harías?”. Alejandro contestó muy seguro: “No le haría caso porque ese desconocido podría ser un ladrón”. El papá del niño reafirmó la enseñanza de su madre: “En ese caso estás actuando como el animalito. Reconoces la voz de quienes te quieren y cuidan. Confías en esas voces porque sabes que nunca te harían daño”. Alejandrito sonrió y dijo: “Gracias por la explicación. Ya entendí”. Luego regresó nuevamente al jardín. Pasó ahí largo tiempo acariciando al perrito y hablándole con cariño. Horas más tarde los adultos también salieron al jardín y vieron con sorpresa que el perrito seguía las órdenes de Alejandro. El niño, visiblemente feliz, les dijo: “Este perrito ya entendió que quiero ser su amigo. Por eso reconoce mi voz y me sigue”. Cuando terminó la visita, Alejandro y sus padres asistieron a la Misa dominical. Les tocó escuchar el evangelio de san Juan que dice: “Yo soy el buen pastor. Las ovejas me siguen porque escuchan y reconocen mi voz.

Mis ovejas no escuchan a los ladrones y bandidos porque saben que no las aman. Yo he venido para que mis ovejas tengan vida en abundancia”. Alejandro comprendió aquellas palabras y por la noche, poco antes de dormir, le dijo a su mamá: “Hoy fue un hermoso día. Aprendí que los perritos siguen a su dueño porque saben que se preocupa por ellos. Pero también aprendí que nosotros somos como perritos u ovejitas que reconocemos a un Dios amoroso que se preocupa por nosotros. Por eso lo amamos y lo seguimos, porque escuchando su palabra tendremos una vida mejor y también la vida eterna”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=60Domingo, 15 de Mayo de 2011 9:30 hrs.
Cuento: El repasoAl igual que todos sus compañeros de clases, Manolo y Teresita comenzaron a ponerse nerviosos ante la cercanía de los exámenes finales. Afortunadamente tenían como maestro a Pedro, un excelente educador. Cuando él vio el nerviosismo de los chiquillos, les dijo: “Las clases y los exámenes no tienen por que ser un martirio”. Manolito comentó: “Yo le tengo mucho miedo a los exámenes porque no siempre recuerdo todo”. El maestro lo calmó: “No te preocupes. Haremos un repaso para refrescar la memoria”.

Todos los alumnos se pusieron muy contentos con la idea del profesor y aprovecharon el día para recordar los puntos más importantes que tendría el examen. En unas cuantas horas Teresita aclaró sus dudas y Manolito comprendió algunos temas que no entendía. Al día siguiente todos los niños aprobaron fácilmente el examen. Antes de salir del salón le mostraron su agradecimiento al maestro Pedro y después regresaron a casa. Llegaron tan contentos que su mamá les preguntó: “¿Por qué esa sonrisota?”. Ellos le explicaron que el repaso les había sido de mucha utilidad. Su mamá los felicitó y subrayó la importancia de los repasos: “Con frecuencia olvidamos las cosas y necesitamos que alguien nos ayude a recordarlas. El maestro Pedro es muy bueno”.

Entonces Manolito dijo: “Yo me imagino a Jesucristo como un excelente maestro, explicando a sus discípulos en forma sencilla y amena”. Teresita opinó: “Con un maestro así nunca se les olvidaban las cosas ni necesitaban repasos”. En ese momento su mamá sonrió y dijo: “Aunque los apóstoles eran buenos alumnos, Cristo tuvo que hacerles un repaso para estar seguro de que habían aprendido todo”. Los niños se quedaron admirados y juntos preguntaron: “¿Un repaso?”.

Entonces su mamá les explicó: “Cristo les enseñó a sus discípulos muchas cosas, pero ellos quedaron confundidos cuando lo vieron morir en la cruz. Llegaron a pensar que el plan de Cristo se había acabado en la tumba”. Manolito preguntó: “¿Jesús les ayudó a despejar sus dudas?”. Su mamá le contestó: “Por supuesto que sí. Jesús era como el maestro Pedro y no quería que sus alumnos reprobaran su examen”. Teresita preguntó: “¿Y cómo le hizo?”. Su mamá les explicó: “Jesús pudo subir al cielo inmediatamente después de su Resurrección, pero prefirió esperar en la tierra cuarenta días para que sus discípulos no tuvieran dudas de que había resucitado. Se apareció primero a las mujeres que fueron al sepulcro.
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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=61Domingo, 08 de Mayo de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Cuento: Un santo de carne y huesoGustavo y Guillermo eran muy inquietos y curiosos. Gustavo tenía 7 años y Guillermo apenas 5. En cierta ocasión visitaron la catedral de México acompañados de sus padres. Los chiquillos quedaron admirados por el grandioso edificio y las obras de arte que lo embellecían. El pequeño Guillermo le preguntó a su hermano por qué había tantas figuras en los retablos. Gustavo le dijo: “Son ángeles y santos”. El chiquillo comentó: “Me imagino que son personajes de la fantasía porque nunca los he visto en la realidad”. Su hermano le dijo: “Yo he escuchado que los ángeles le sirven a Dios y nos cuidan a nosotros”. Guillermo lo cuestionó: “¿Cómo pueden hacerlo si son figuras de madera que no tienen vida?” Gustavo no supo responder pero, su mamá, que afortunadamente había escuchado la conversación, les dijo: “Los ángeles y los santos no son esculturas de madera. Son seres reales que sirven a Dios e interceden por nosotros”.

Gustavo estaba apenado por no saber responder a su hermano y suplicó a sus padres: “¿Pueden explicarnos mejor?”. Don José y Doña Elena decidieron sentarse en una banca para despejar las dudas de sus hijos. Ella les pidió que observaran con atención las pinturas y esculturas. Luego, les dijo: Los pintores y escultores no solo embellecen los templos con su obra.

También quieren recordarnos que Dios nos protege y nos alienta para que vivamos más cerca de él. Con las imágenes de ángeles quieren que recordemos que Él creo espíritus especiales que nos ayudan a luchar contra el mal. Con las de los santos nos invitan a imitar su ejemplo” El pequeño Guillermo preguntó: “¿Eso quiere decir que los santos si existen?”

Don José tomó la palabra y comentó: “Por supuesto que sí. Fueron hombres o mujeres, adultos o niños que, siguiendo los pasos de Cristo, siempre se esforzaron por vivir de acuerdo a la voluntad de Dios. Muchos de ellos dieron testimonio de fe en medio de grandes tribulaciones, incluso en el martirio. Por eso, después de una vida ejemplar y una muerte santa la Iglesia les llama santos”. Gustavo se entristeció un poco y confesó: “A mi me gustaría ser santo pero veo que es algo tan difícil que parece imposible”. Su mamá lo animó diciendo: “No es fácil, pero tampoco imposible. Ellos hicieron lo que estaba de su parte y, con los dones del Espíritu Santo, se dejaron modelar por Dios día a día. Eso significa que la santidad se consigue con esfuerzo propio, con perseverancia y con la ayuda de Dios. Si alguien piensa que puede ser santo por sus propias fuerzas peca de soberbia”. El pequeño Guillermo dijo: “Ya entendí que los ángeles y los santos si existen pero se que nunca podré verlos. Los ángeles son espíritus invisibles y, los santos, personas que vivieron hace mucho tiempo” Su papá le explicó: “Los santos no son cosa del pasado. Es cierto que algunos surgieron desde el inicio del cristianismo pero se pueden encontrar en todas las épocas”. Los niños preguntaron asombrados: “¿Ustedes conocieron a alguno?”. Doña Elena sonrió y dijo: “No solo a uno sino a dos”.
Don José continuó: “Nosotros conocimos a una santa por medio de la televisión. La madre Teresa de Calcuta fue una mujer que dedicó su vida al servicio de los más pobres. Pero, lo más emocionante fue que tuvimos la oportunidad de conocer a un santo que viajó a nuestro país y estuvo muy cerca de nosotros. Aún recuerdo aquel momento en que Juan Pablo II pasó a unos cuántos metros de nosotros y nos sonrió. Luego lo vimos celebrar la Santa Misa, escuchamos su palabra y recibimos su bendición. Su presencia cambió de tal manera la vida de tantos mexicanos que, aunque físicamente ya no está aquí, él continúa viviendo en nuestros corazones e intercede por nosotros ante Dios”.

El pequeño Guillermo dijo: “Hoy aprendí que los santos no son pinturas o esculturas sino personas de carne y hueso” Y Gustavo concluyó: “Debemos esforzarnos para ser los santos del futuro”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=62Domingo, 01 de Mayo de 2011 09:00 hrs.
Cuento: Es fácil creer en quienUn grupo de niños se preparaba para hacer su Primera Comunión en la fiesta de la Pascua. Sus catequistas les enseñaban con entusiasmo los temas. Para hacerlos más amenos siempre utilizaban algún ejemplo o cuento. Cuando a la catequista Lourdes le tocó presentar el tema de “La Resurrección”, decidió comenzar con algunas preguntas. Les dijo a los niños: “¿Le creerían algo a una persona desconocida?” La mayoría de los niños contestó: “¡No!”. Opinaron que era difícil confiar en un desconocido. La catequista volvió a preguntar: “¿Tendrían confianza en alguien que los ha engañado en varias ocasiones? ¿Creerían en la palabra de una persona a la que le han prestado dinero y nunca se los ha regresado?” Los niños volvieron a contestar al unísono: “¡No!”. Lourdes siguió preguntando: “¿Confiarían en una persona que les ha demostrado su honradez en muchas ocasiones? Ahora los niños gritaron diciendo: “¡Sí!”. Después de esas preguntas la catequista inició su reflexión diciendo: “Es muy difícil confiar en alguien que no da pruebas de honestidad. Por el contrario, es fácil confiar en quien nos muestra su honradez. Es muy difícil creer a quien con su palabra dice una cosa y con sus obras hace lo contrario. En cambio, es muy fácil creer en las personas cuyas palabras concuerdan con sus obras”.

Después de decir estas palabras, Lourdes abrió la Biblia y comenzó a leer algunos fragmentos del Evangelio. Primero leyó el pasaje en que Cristo resucitó a una niña. La catequista hizo el siguiente comentario: “La niña era hija de un hombre llamado Jairo. Como la pequeña acababa de morir, algunos pensaron que la niña no estaba muerta sino dormida. Por eso algunos se negaron a creer que Jesús le hubiera devuelto la vida”. Lourdes buscó otro texto y leyó en voz alta una historia triste: la muerte de un joven que había dejado desamparada a su madre, una viuda de Nahím. La catequista les comentó: “El joven tenía varias horas de muerto. Después de haber sido velado era conducido a su entierro, pero Jesús detuvo la procesión. Resucitó al joven y lo devolvió a su madre. Aunque todos los presentes sabían que había muerto de verdad, algunos se negaron a creer. Era más fuerte su terquedad que la maravilla que habían visto”. Lourdes buscó un último texto y también lo leyó con voz fuerte y pausada. El Evangelio narraba el milagro de la resurrección de Lázaro. Después de la lectura, la catequista, les explicó: “Jesús amaba profundamente a su amigo Lázaro, sin embargo, cuando se enteró que estaba enfermo y en peligro de muerte no fue a visitarlo. Dio más importancia a su enseñanza como hijo de Dios que a sus sentimientos humanos. Prefirió esperar un poco para mostrar su poder y al mismo tiempo su amor por Lázaro”.

Mauricio, uno de los niños del catecismo, le preguntó con curiosidad: “¿Qué le pasó a Lázaro?” Ella le respondió: “La enfermedad de su amigo se hizo más grave y finalmente murió. Jesús tampoco asistió al funeral. Prefirió esperar para dar una muestra mayor de su poder. Esperó a que lo pusieran en el sepulcro. Esperó a que el mal olor de la putrefacción llenara toda la tumba y, sólo hasta entonces, Jesús decidió ir al sepulcro. Ya en el lugar, rodeado de la muchedumbre, pidió que quitaran la piedra que cerraba la tumba.

Cómo nadie se atrevía a hacerlo, Jesús insistió hasta que la retiraron”. Mauricio volvió a preguntar: “¿Y no olía mal?” La catequista continuó: “Por supuesto que sí. Pero, Jesús, con fuerte voz, hizo que Lázaro resucitara y saliera del sepulcro. Todos se quedaron maravillados y nadie podía negar lo que había visto; sin embargo, aunque Jesús ya había dado tres pruebas de que tenía el poder para resucitar a las personas, algunos prefirieron no creer”. El pequeño Fidel comentó: “¡Eso es el colmo! ¡Lo estaban viendo y no creyeron!” Lourdes concluyó: “Jesús dio pruebas suficientes para que creyeran que lo que Él decía, lo cumplía. Pero sólo quienes se abrían a la fe creían. Por eso, cuando profetizó que resucitaría después de su crucifixión, algunos no le creyeron. Pero quienes habían visto sus obras y habían abierto su corazón no dudaron de sus palabras. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos dudaron al principio, pero después de observar el sepulcro vacío y el sudario que había envuelto su cuerpo, creyeron sin haberlo visto, porque Jesús nunca los había engañado”. Fidel también concluyó: “Y para que no quedaran dudas, Jesucristo se apareció después a sus discípulos para darles la certeza de que estaba vivo y había vencido a la muerte. Por eso yo creo en Él y también creo que cuando llegue el momento de mi muerte resucitaré con Cristo”. Después de escuchar estas palabras, todo el grupo gritó con entusiasmo: “¡Viva Cristo resucitado!”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=106Domingo, 24 de Abril de 2011 9:30 hrs.
Cuento: Domingo de RamosCon motivo de las vacaciones, una familia de Durango visitó la Ciudad de México. Tenían interés en cnocer los museos y los lugares más importantes por lo que todos los días, desde muy temprano, iniciaban sus recorridos. El segundo día de su estancias, visitaron la Catedral Metropolitana y se quedaron fascinados por su historia y sus obras de arte. Cerca del Altar Mayor, vieron a un grupo de personas que esperaba ingresar a un sitio que tenía el letrero de “Sacristía Mayor”. Carlos, uno de los hijos, le preguntó a su papá: “¿Qué es una Sacristía?”, y su padre le explicó: “Es el lugar donde se visten el obispo y los sacerdotes antes de salir a la Misa”. Su madre añadió: “Ahí también se guardan los objetos para el culto. Ahí dentro se conservan cálices en oro y plata e infinidad de ornamentos”.

Después de escuchar eso, los tres niños mostraron a sus papás el interés por conocer el sitio. Se formaron en la fila y pocos momentos después entraron. Gerardo, el segundo hijo, no pudo contener su admiración por lo que hizo una exclamación: “¡Esto está muy bonito!”. Carlos también comentó: “Yo pensaba que sólo veríamos cálices y ornamentos, pero esas pinturas son fabulosas”.

En efecto, las paredes mostraban seis enormes pinturas con diversos temas. El guía explicó que habían sido realizadas por dos de los mejores pintores del virreinato. Verónica, la hija menor, se llenó de curiosidad por una de las pinturas y le preguntó al guía: “¿Por qué en esa pintura hay un hombre montado en un burro mientras lo acompañan muchos niños y adultos? ¿Se trata de un desfile?”. Todos los visitantes voltearon hacia la pintura esperando la explicación del guía. Este contestó con gusto: “Esa pintura representa la entrada de Jesucristo a la ciudad de Jerusalén, el domingo de ramos. Jesucristo, después de haber predicado durante tres años y realizar muchos milagros, entró en esa ciudad para morir por la humanidad. Los niños y los adultos lo recibieron con alegría y a su paso colocaron mantos. También cortaron ramos de olivo y los utilizaron como banderas para recibirlo como rey”. Verónica, llena de curiosidad, observó con detalle la pintura, y preguntó: “¿Por qué lo mataron si en ese momento se ve que lo reciben como a un rey?”. El guía continuó su explicación: “En realidad, quienes lo recibieron así eran sus amigos, sus discípulos. Ellos le manifestaron su cariño; sin embargo, hubo otros que lo recibieron de esa forma sólo por interés. Pensaban que Jesucristo entraba a Jerusalén para dirigir una lucha contra los romanos, porque en aquel tiempo los romanos dominaban a los judíos y estos querían destruir al invasor. Cuando se dieron cuenta que Jesús no venía a hacer ninguna guerra sino a predicar el amor y el perdón, se enojaron con Él y desearon su muerte”.

Carlos preguntó: “¿Por qué va montado en un burrito?”. El guía comentó: “Porque en ese tiempo había algunas normas. Si alguien entraba a una ciudad en procesión y montado en un caballo era signo de que quería manifestar su grandeza. Por el contrario, entrar montado en un burrito, era signo de humildad”. La mamá de los niños intervino: “Jesucristo entró a la ciudad de Jerusalén con toda humildad para darnos el máximo testimonio de su amor. Allí en esa ciudad, el jueves celebró la Última Cena con sus discípulos y les lavó los pies dándoles ejemplo de servicio. También les dijo que moriría por la humanidad y que su cuerpo y su sangre permanecerían para siempre en el pan y en el vino”.

El guía continuó: “Después de la Última Cena fue traicionado por Judas y, después de haber estado preso toda la noche, el viernes fue crucificado por petición de sus enemigos. Aquellos que esperaban que hiciera la guerra contra los romanos y que lo habían recibido el domingo anterior con palmas, ahora lo traicionaban pidiendo su muerte. Sólo sus verdaderos amigos y discípulos sufrían con Él”.

Los niños pusieron cara de tristeza, por lo que su papá comentó: “Pero su muerte no fue el final de la historia porque resucitó. Con su resurrección venció a la muerte y al pecado. Por eso en la Misa celebramos su muerte y su resurrección. El guía concluyó: “Así es. Por eso está esa pintura aquí, para recordar al sacerdote, antes de que salga a la Misa, que lo que va a celebrar en el altar es la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo que se sintetizan con su entrada triunfal a Jerusalén conocida también como el Domingo de Ramos.

Después de visitar el lugar, la familia vio entrar al Arzobispo a la Sacristía. Minutos después lo vieron salir revestido para celebrar la Misa en el Altar Mayor. Como los niños, gracias a la explicación de la pintura habían comprendido el valor de la Misa, decidieron permanecer con sus papás en la celebración y dieron gracias a Dios.

Al año siguiente, durante el Domingo de Ramos con el que inicia la Semana Santa, acudieron a la iglesia para recordar la entrada de Jesús a Jerusalén y, mientras bendecían sus palmas, lo aclamaron como rey de la paz.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=107Domingo, 17 de Abril de 2011 10:00 hrs.
Cuento: El amigo que ayudó a Jesús para que creyeran en ÉlMientras Blanquita cuidaba a sus nietos Enrique y Florecita, ellos le pidieron que les contara una historia de la Biblia, y aceptó con gusto: “Quiero comenzar diciendo que la amistad es un gran tesoro. Jesús tenía muchos seguidores, pero de ellos sólo algunos eran sus amigos. Cuando Él se sentía fatigado se unía con su Padre Dios por medio de la oración, pero también buscaba la compañía de sus amigos”.

El pequeño Enrique preguntó admirado: “¿Jesús también necesitaba amigos?”. Doña Blanquita se sonrió y le dijo: “¡Por supuesto! Aunque Jesús era Dios, también era hombre y gozaba mucho de la amistad”.

Florecita preguntó: “¿Y los quiso mucho?”. La abuelita le respondió: “El Evangelio menciona que, además de sus apóstoles, Jesús tuvo un amigo muy especial. Uno al que amaba tanto que hasta llegó a llorar por él. Se llamaba Lázaro, vivía en Betania y tenía dos hermanas”.

Enrique se llenó de curiosidad y preguntó: “¿Cómo se llamaban las hermanas de Lázaro?”. La abuela le contestó: “Martha y María”. Luego le explicó que eran muy distintas: “Martha se preocupaba mucho por los quehaceres de la casa para quedar bien con sus invitados, y María, en cambio, dejaba todo cuando Cristo llegaba a su casa porque no quería perderse ninguna de sus enseñanzas”.

Doña Blanquita regresó a la historia: “Jesús amaba a Lázaro porque era un hombre generoso. Ofrecía agua y pan a los forasteros. Acogía en su casa a los visitantes y daba limosna a los necesitados. Jesús siempre era recibido con cariño en su casa. Por eso Jesús se puso triste cuando murió su buen amigo”.

Enrique se extrañó y preguntó: “¿Cómo es posible que haya muerto Lázaro? ¿No era amigo de Jesús? ¿Por qué Jesús no hizo nada para impedirlo?”. La abuela le pidió paciencia para explicarle cómo habían sucedido las cosas. Luego prosiguió: “Sucedió que Lázaro se enfermó de gravedad y sus hermanas le mandaron decir a Jesús que fuera a verlo, pero Jesús no fue porque quería que su amigo Lázaro le ayudara a que otros tuvieran fe”.

Como los niños no entendieron la respuesta, ella les dijo: “Voy a continuar y seguramente al final entenderán todo. La enfermedad de Lázaro le causó la muerte. Sus hermanas pensaron que Jesús acudiría a su funeral, pero Jesús tampoco llegó”.

Enrique puso cara triste y dijo: “¡Ah caray! Eso no me gustó nadita.” Florecita también se impactó cuando supo que Jesús no asistió al funeral. Doña Blanca, para calmarlos, les dijo: “Sé que les parece extraño porque aparentemente parecía que Jesús no amaba a Lázaro, pero Él lo amaba profundamente. Por eso lloró cuando se enteró de la muerte de su querido amigo, pero prefirió esperar un poco de tiempo”. Enrique interrumpió lleno de curiosidad: “¿Para qué esperar? Yo ya estoy muy picado con esta historia”. Su abuelita continuó: “Las hermanas de Lázaro velaron al difunto y después lo llevaron a sepultar. Colocaron su cuerpo en la tumba y la cerraron con una gran piedra. Cuando Jesús finalmente llegó a Betania lo recibieron Martha y María con alegría, pero le dijeron que, si hubiera estado allí, Lázaro no habría muerto”. Florecita volvió a interrumpir y preguntó: “¿Y qué hizo Jesús?”. Doña Blanquita le explicó: “Él les dijo: ‘Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí no morirá para siempre’. Luego les pidió que lo llevaran a la tumba de Lázaro y ellas obedecieron. Al llegar ahí les pidió que quitaran la piedra del sepulcro, pero todas las personas que les acompañaban se opusieron porque Lázaro llevaba cuatro días de muerto y el lugar olía muy mal. Sin embargo, Jesús insistió y cuando quitaron la piedra llamó a Lázaro con voz potente”.

En ese momento el pequeño Enrique preguntó: “¿Y cómo iba a salir Lázaro si estaba muerto?”. Su abuela le dijo: “Todos pensaban igual que tú, pero, ante la admiración de todos, Lázaro volvió a vivir y salió de la tumba. Con aquel milagro todos los presentes creyeron que Jesús era el Hijo de Dios”. Florecita se alegró con la historia y opinó: “Ya comprendí cómo Lázaro le ayudó a Jesús para que predicara de la resurrección”. Doña Blanca completó su reflexión: “Es cierto que Jesucristo había resucitado anteriormente a una niña y a un joven, pero nadie creyó. Por eso, para que no hubiera duda de que Jesús tenía el poder de resucitar, Él quiso que fuera evidente y clara la muerte de Lázaro. Dejó que lo sepultaran y que su cuerpo iniciara el proceso de corrupción. Así, al resucitarlo, manifestaría su poder sobre la muerte”.

Enrique agradeció a su abuelita la hermosa explicación y le dijo: “Jesús ya mostró su poder sobre la muerte. Si alguien no cree en Él es porque tiene cerrado el corazón”. Por su parte, Florecita dijo: “El Evangelio cuenta cosas maravillosas, por eso nosotros creemos que Jesús ha vencido a la muerte, y así como Él resucitó nos resucitará a nosotros y nos llevará al paraíso”. La abuela concluyó diciendo: “Por eso recordamos con cariño a su abuelito Francisco y a su tía Blanquita, porque aunque murieron para este mundo están vivos y felices en la presencia de Dios”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=110Domingo, 10 de Abril de 2011 9:00 hrs.
Cuento: El niño ciego del salónVíctor y Agustín, pequeños hermanos gemelos, discutían acaloradamente cuando su mamá pasó a recogerlos a la escuela. Ya en el auto, su madre les preguntó sobre el origen de la discusión. Agustín le explicó que su hermano discriminaba a un niño que había nacido ciego y que no lo aceptaba como compañero en el salón. Entonces la señora le preguntó a Víctor: “¿Por qué no quieres a ese niño en tu salón?”, a lo que él contestó: “¡Porque no es igual a nosotros!”. Admirada por la respuesta, la mamá trató de hacerlo razonar: “Aunque ese niño esté ciego tiene todo el derecho a que se le trate igual que a los demás”.

El pequeño Víctor defendió su postura con la siguiente razón: “Yo creo que Dios marcó a ese niño con la ceguera porque hizo algo malo”. Agustín continuó la discusión: “La maldad no tiene nada que ver con la ceguera de ese niño. Las enfermedades no son castigo de Dios”. Víctor le respondió furioso: “Pues si el niño no es malo, entonces nació ciego por culpa de sus padres. Seguramente Dios los castigó por sus pecados”. Para hacer razonar a Víctor, su mamá le preguntó: “¿Crees que Dios castiga a justos por pecadores? ¿Crees que Dios es injusto?”.

Ante la confusión del pequeño, su madre decidió explicarle: “En tiempos de Cristo la mayoría de las personas pensaban como tú porque no creían en la resurrección. Para ellos, si Dios era justo, tendría que dar a cada persona, en este mundo, la recompensa o castigo que merecían sus obras. Pensaban que los pobres eran pobres por castigo de Dios y los ricos tenían riqueza como un premio. Creían que las viudas se quedaban sin esposo o los huérfanos sin padre porque habrían hecho algo malo, y también decían que las enfermedades eran un castigo. Con esas ideas tenían un pretexto para dar mal trato a viudas, huérfanos, pobres y enfermos. Les llamaban incluso pecadores”.

El pequeño Víctor preguntó: “¿A las personas que les iba mal les decían pecadores?”. Su mamá respondió: “Sí, pero ese pensamiento es falso porque también las personas buenas pueden padecer problemas y enfermedades sin que eso signifique un castigo divino. Y por el contrario, las personas malas pueden gozar de salud, conseguir mucho dinero o éxito en la vida, pero eso no significa que Dios esté premiando su maldad”. Víctor comenzó a dudar y preguntó: “¿Entonces estoy equivocado?”. Su mamá le hizo algunas preguntas para que él mismo descubriera la respuesta: ¿Crees que los enfermos, los pobres o quienes sufren algún accidente están recibiendo un castigo de Dios?, ¿Crees que cuando te caíste por ayudar a tu abuelita se trató de un castigo de Dios?”. El pequeño contestó: “¡No!”. Ella continuó: “¿Recuerdas a aquel señor que atropelló a un niño y pudo huir sin ningún problema?, ¿crees que pudo huir porque Dios lo protegió?”. Agustín intervino: “Ese Señor hizo algo malo y por lo tanto no podía recibir un premio de Dios; sin embargo cuando escapó no pudieron atraparlo”.

Víctor volvió a preguntar: “¿Entonces Dios no castiga ni premia en esta vida?”. Su mamá le respondió: “¡No! En esta vida Él siempre nos llena de bendiciones y nos da la oportunidad de mejorar. A los pecadores les da la oportunidad de que se arrepientan y cambien, pero no los obliga por medio de castigos. Por eso Dios es infinitamente bueno”. Víctor cuestionó: “¿Entonces, por qué hay enfermos y personas necesitadas?”. Su mamá le explicó: “Las enfermedades son parte de la vida porque los humanos somos limitados y nuestro cuerpo es muy frágil. En el mundo también existen personas necesitadas por la injusticia y la maldad de los humanos, pero Dios no es responsable de la injusticia y la dureza de corazón”. Víctor siguió preguntando: “¿Entonces nosotros podemos hacer algo para cambiar las cosas?” La madre le dijo: “En un fragmento del Evangelio, los judíos le preguntaron a Jesús por qué había nacido ciega una persona. Si por culpa propia o de sus padres. Jesús les contestó que esa ceguera no era fruto del pecado de él ni de sus padres, sino más bien para que en su necesidad se viera la gloria y bondad de Dios. Y para comprobar lo que decía, Jesús se acercó a él y le devolvió la vista”. Agustín tomó la palabra: “Esa parte del Evangelio enseña que, en la necesidad, la enfermedad o el dolor, Dios nos manifiesta su ayuda y su amor. Y es que a veces, cuando todo va bien o cuando tenemos salud, ni nos acordamos de Dios ni sentimos su presencia”. La madre concluyó: La Biblia nos enseña que en la oscuridad se ve mejor lo bueno de la luz y en la enfermedad se valora más la salud. Por eso en muchas ocasiones son los enfermos y necesitados quienes descubren más la presencia de Dios. Además, Él nos da la oportunidad de ayudar a los enfermos y necesitados para que, por nuestra ayuda, contemplen el amor de Dios y lo glorifiquen”. Después de toda la conversación, el pequeño Víctor pidió perdón y dijo: “El que estaba ciego era yo y ustedes me han ayudado a encontrar la luz”. Al día siguiente, el pequeño se convirtió en el mejor amigo del niño ciego.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=115Domingo, 03 de Abril de 2011 9:30 hrs.
Cuento: Fuente de aguaUn grupo de jóvenes exploradores se encontraba en medio de una zona desértica donde, después de varios días, el agua de las cantimploras se les había agotado. El guía condujo al grupo a un sito donde existía un reducido estanque. Aunque el olor era desagradable y en las aguas flotaban animalillos, los caminantes se metieron en él, llenaron sus cantimploras y acamparon en el lugar.

El guía sabía que esas aguas no eran las mejores, pero formaban parte de un plan. Dos días después, el nivel del agua del estanque disminuyó y éste se convirtió en un lodazal. Mientras los exploradores sufrían nuevamente por la falta de agua, el guía sonreía con cierta malicia, pues les quería enseñar a valorar el vital líquido.

Al día siguiente levantaron el campamento para continuar su camino y mientras caminaban, el líder les enseñó a aprovechar el agua de los charcos y cactáceas, pero también a no dejarse engañar por los espejismos.

Cuando ya no hubo charcos ni cactus en el camino, les dijo a los exploradores: “La primera lección de este viaje es que no debemos desperdiciar el agua, pero también debemos recordar que todos los días tenemos que tomar decisiones, por lo que es necesario ser cuidadosos para no equivocarnos”.

El guía preguntó: “Si tuvieran que elegir entre el agua de un charco o el de un lago, ¿cuál preferirían?”. Todos contestaron: “¡La del lago!”. El líder continuó: “El agua de un charco es escasa y pronto se seca, pero también, por más grandes que sean el estanque o el lago, pueden secarse. No pongan su confianza en cosas que se acaban, es mejor buscar el manantial de donde brota el agua, y esa es nuestra meta de hoy”.

El guía condujo al grupo hasta un riachuelo que descendía de una montaña. Cuando los exploradores lo vieron, corrieron a calmar su sed, llenaron sus cantimploras y se bañaron en sus aguas. Entonces el guía les dijo: “La siguiente lección es no dejarse llevar por las apariencias. Ustedes creen que estas aguas son totalmente puras, pero no es así”. Luego señaló hacia un punto y todos descubrieron que el río pasaba antes por un poblado donde las mujeres lavaban su ropa.

El líder del grupo les pidió que salieran del agua y que caminaran río arriba. Una hora después se encontraron con dos pequeñas presas y muchos canales. El guía les dijo: “Estos elementos le quitan fuerza al río y disminuyen su caudal. Subiremos un poco más para que conozcan el caudal verdadero. Esa será nuestra siguiente lección: ¡Hay que esforzarse para encontrar lo mejor!”.

Más adelante, los caminantes quedaron admirados del tamaño del río y de lo limpio de sus aguas. Entonces el guía volvió a hablar: “Sé que están fatigados, pero les pido un último esfuerzo para que puedan contemplar lo mejor. Si caminan un poco más podrán descubrir el hermoso manantial y ver las aguas más frescas y limpias que jamás han imaginado”.

Los aprendices hicieron su último esfuerzo hasta que encontraron la fuente de las aguas cristalinas. Ahí, el guía concluyó la reflexión: “En este recorrido quise mostrarles el valor del agua y algunas actitudes ante la vida. Aunque podemos conformarnos con agua sucia o maloliente, es mejor buscar el agua pura y cristalina de manantial. No se conformen con aguas encharcadas. No se dejen engañar por las que aparentemente están limpias. No se conformen con las aguas disminuidas por presas. Busquen siempre la fuente de agua viva”.

Los nuevos exploradores aprendieron la lección. Regresaron a su vida ordinaria, pero ninguno volvió a ser el mismo. Adultos, jóvenes y niños aprendieron a no calmar su sed con cualquier tipo de agua. Tampoco su espíritu se sació con aguas superficiales. Se dedicaron a buscar con profundidad la sabiduría, la verdad, la amistad, el amor y todos los valores de la vida. Comprendieron que Dios es el único manantial de agua viva.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=119Domingo, 27 de Marzo de 2011 11:00 hrs.
Cuento: Una palabra raraRicardo no tuvo tarea escolar para el fin de semana, por lo que tenía tiempo libre para divertirse y ver la televisión. El domingo, muy temprano, vio una película que le dio miedo: las escenas presentaban la vida de un hombre bondadoso que, al tomar una pócima de su laboratorio, se transformaba en un monstruo malvado y destructor. El hombre bueno, apuesto y bien vestido, se convertía entonces en un grotesco personaje, de uñas largas y ojos rojizos, que destruía todo lo que encontraba a su alcance hasta que el brebaje perdía efecto.

Cuando terminó la película, su hermano Manuelito se le acercó y le dijo: “Arréglate pronto porque vamos a ir a Chapultepec. Tengo que hacer una tarea”. La maestra le había pedido a Manuelito visitar el Museo de Historia Natural y estaba emocionado. Ahí podría observar animales vivos, disecados y muchas cosas más.

Durante el trayecto, los dos hermanos jugaron en el asiento trasero del auto mientras sus padres escuchaban la radio. Cuando llegaron al museo, visitaron todas las salas, pero permanecieron más tiempo en la correspondiente a orugas y gusanos. Manuelito se quedó absorto ante una vitrina que mostraba el ciclo de la mariposa. No podía creer que una simple oruga, después de permanecer encerrada en su capullo, pudiera convertirse en una hermosa y voladora mariposa. Ricardo le preguntó: “¿Por qué tienes la boca abierta?” Manuelito le explicó que le emocionaba ver cómo un animalito podía pasar de arrastrarse a volar. Entonces también Ricardo quedó admirado.

Los niños querían permanecer más tiempo en el museo, pero sus padres les recordaron que tenían que asistir a la Misa dominical. Dejaron el museo y se dirigieron hacia la Catedral de México. Mientras iban en el auto, su papá les comentó que las lecturas bíblicas tratarían el tema de la Transfiguración. Los hermanos preguntaron juntos: “¿Trans-fi-gu-ra-ción? ¿Qué es eso?”. Su papá les repitió la palabra muy lentamente y les dijo: “La Trans-fi-gu-ra-ción es un momento de la vida de Jesucristo con en el anticipó a algunos de sus discípulos lo que sería su resurrección”. La mamá de lo niños amplió el comentario: “En esa ocasión sus ropas se volvieron excepcionalmente blancas. La voz de Dios Padre les confirmó a sus apóstoles que Jesús era el Hijo de Dios y les pidió que lo escucharan”. Ricardo preguntó: “¿Qué paso después?”. Su papá le explicó: “Jesucristo les anunció a sus apóstoles que resucitaría de la muerte, pero también les aclaró que primero tenía que sacrificarse y morir por la humanidad”. Durante el recorrido, ambos padres les recordaron a los niños cómo el Hijo de Dios había mostrado paulatinamente su amor a la humanidad, hasta el grado de morir en la cruz para purificar los pecados del mundo.

El pequeño Manuel comentó: “Es algo parecido a lo que le pasó a la oruga que se transformó en mariposa. Se transfiguró de algo sencillo a algo más hermoso”. Ricardo también hizo una comparación al recordar la película que había visto en la mañana y dijo: “Eso también es parecido al hombre que se transformaba en monstruo. Él se transfiguraba de algo bueno a algo malo”.

Los papás aprovecharon los comentarios de sus hijos para enseñarles que cada persona tiene la posibilidad de transfigurarse y ser mejor o peor cada día. Ejemplificaron la lección y hablaron de las personas buenas que se convierten en alcohólicas o drogadictas. También hablaron de los esposos cariñosos que se vuelven agresivos y terminan divorciándose. Pusieron el ejemplo de los niños buenos que se convierten en ladrones, pero también pusieron la contraparte: aquellos que se esfuerzan y van mejorando cada día, de los que se acercan más en el amor y de quienes se compadecen diariamente de sus semejantes necesitados.

Estos últimos ejemplos eran verdaderas y hermosas transfiguraciones. Cuando llegaron a la Catedral, toda la familia le pidió a Dios que los transfigurara diariamente hacia el bien para que, cuando llegara su muerte, los transfigurara como había transfigurado a Cristo en su resurrección.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=125Domingo, 20 de Marzo de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Tentaciones InfantilesEra un sábado por la mañana cuando los padres de Gustavito y Sebastián salieron al supermercado. Antes de salir de casa convencieron a los niños sobre la importancia de hacer bien las tareas escolares. Los dos chiquillos acercaron sus útiles a la mesa de trabajo y se dispusieron a terminar lo que les faltaba. De pronto, Gustavito, el hermano mayor, le dijo a Sebastián: “¿Qué tal si en lugar de hacer la tarea vemos la televisión?”. A Sebastián le gustó la idea y con una sonrisa maliciosa le dijo: “No sería mala idea. De todas maneras ni se van a dar cuenta mis papás porque se van a tardar mucho. Nos ponemos a ver la televisión y cuando escuchemos que llega el auto corremos a la mesa para continuar nuestro trabajo”. Gustavito reflexionó un poco, se rascó la cabeza con la punta del lápiz, hizo una mueca con la boca y luego le dijo a Sebastián: “Mejor no. Quizás podamos engañar a nuestros padres, pero si no terminamos la tarea no aprenderemos lo necesario para los exámenes y además nos va a regañar la maestra”.

Sebastián hizo muecas, pero continuó haciendo su trabajo. De pronto, fijó su mirada en un mueble cercano y exclamó: “Mi mamá olvidó el monedero y está abierto”. Efectivamente, la pequeña bolsa mostraba billetes y monedas. El pequeño Sebastián le dijo a Gustavo con tono intrigante: “Mamá no cuenta siempre lo que guarda ahí. ¿Por qué no le sacamos un billete o unas monedas para comprar dulces en la tienda de la esquina?”. Gustavito se animó, pero después volvió a reflexionar. Guardó silencio y le preguntó a Sebastián: “¿No sería eso robar?”. Sebastián contestó rápidamente: “¿Robar? No lo creo. Ese dinero es de mamá y por lo tanto es como si fuera nuestro”. Gustavito no estuvo de acuerdo y dijo: “Yo creo que sí estaríamos robando aunque sea a nuestra mamá. Y eso se me hace muy feo”. Sebastián trató de convencer a su hermano: “¡Aunque sea tantito! ¡Una sola monedita! Sólo para un caramelo y lo partimos a la mitad, ¿Si? ¿Verdad que sí?”. Pero Gustavo le contestó: “¡No! Si quieres hazlo tú, pero yo no. Y te advierto que si compras algo con lo robado yo no lo aceptaré”. Sebastián se enojó momentáneamente. Se acercó al monedero dispuesto a tomar dinero, pero se detuvo.

Estuvo algunos instantes frente al monedero, contemplando las monedas, hasta finalmente decidió alejarse y terminar su tarea. Más tarde llegaron sus padres con las bolsas de las provisiones. Su papá se acercó a darles un beso mientras les decía: “¡Estoy seguro de que se portaron muy bien!”. Los pequeños se vieron mutuamente y, cómo si se hubieran puesto de acuerdo, dijeron al mismo tiempo: “¡No! No nos portamos bien”. Al oír esto, su madre se acercó y les preguntó qué habían hecho de malo. Primero habló Gustavo: “Nos dieron ganas de encender la televisión y dejar de hacer la tarea”. Entonces les preguntó su papá. “¿Y lo hicieron?”. Gustavito contestó que no. Entonces intervino Sebastián: “A mí me dieron ganas de tomar dinero del monedero que olvidó mamá e ir a la tienda para comprar dulces”. Su mamá le preguntó: “¿Y lo hiciste?”. El pequeño contestó: “¡No!”. Al escuchar esas respuestas su papá sonrió discretamente y luego les dijo: “Con sus respuestas me doy cuenta de que no hicieron nada malo. Ya me habían espantado”. Los niños se quedaron admirados de las palabras de su papá y comentaron: “¿Cómo que no hicimos nada malo?” “¡Tuvimos ideas malas!” La madre de los pequeños comprendió su confusión y les dijo: “Quiero que me contesten dos preguntas. La primera es: ¿Jesucristo cometió pecado alguna vez?”.

Los niños contestaron al unísono: “¡No! Jesucristo nunca cometió pecado”. Entonces ella les hizo la siguiente pregunta: “¿Qué se dice en la parte final del Padre Nuestro?”. Gustavito pensó un poco y luego respondió: “Decimos: No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. Entonces su mamá les dijo: “Con esas respuestas quiero enseñarles algo importante: Jesucristo tuvo tentaciones, es decir, deseos o ideas de hacer algo malo; sin embargo, nunca hizo caso a esas ideas o tentaciones. Nunca cayó en la tentación. Con eso entendemos que tener tentaciones no es malo. Lo malo es hacer caso a esas tentaciones y caer en el mal. Eso si es pecado”. El papá de los niños intervino para apoyar la reflexión de su esposa. Les dijo: “Ustedes tuvieron tentaciones, pero supieron vencerlas. Con eso demostraron que son virtuosos porque tienen una fuerza de voluntad para no caer en el mal”. La madre concluyó: “Como cristianos tenemos que luchar todos los días contra las tentaciones haciendo nuestro máximo esfuerzo.

Pero si en alguna ocasión llegáramos a caer en ellas, Dios no nos abandona. Por eso decimos en el Padre Nuestro: ‘No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal’”. Gustavito y Sebastián comprendieron muy bien la lección. Como premio a su lealtad y al cumplimiento de su tarea, sus padres les compraron un dulce y vieron juntos una película.]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=130Domingo, 13 de Marzo de 2011 9:00 hrs.
Cuento: Los dos cimientos

Era la mañana del mes de septiembre de 1985 en la Ciudad de México. El pequeño Fidel se preparaba para ir a la escuela cuando sintió que todo se movía. Asustado, corrió a buscar a sus padres y se abrazó de ellos mientras preguntaba: “¿Por qué se mueve todo?”. Su mamá lo tomó de la mano y lo condujo a un sitio seguro, mientras que su papá cerraba la tubería de gas y quitaba la corriente eléctrica. Ella le dijo: “Está temblando, pero no te preocupes. No nos va a pasar nada porque estamos en un lugar seguro”.

Mientras continuaba el movimiento, se acercó su papá y los abrazó. Luego le dijo al pequeño: “Esto es algo frecuente en nuestra ciudad porque está construida en una zona sísmica. Por eso estamos preparados. Tenemos lámparas de baterías por si llega a temblar en la noche. Además, conocemos perfectamente las partes seguras de la casa”. Después de escuchar a su papá, el pequeño Fidel se sintió más seguro y comentó: “No tengo por qué tener miedo porque tengo padres muy previsores”. Aprovechando las palabras del niño, su mamá le dijo: “Hay cosas que se pueden prever. Desafortunadamente muchas personas no lo hacen”.

Cuando cesó el sismo, la familia revisó su casa y descubrió que todo estaba en orden. Pero cuando se acercaron a una ventana vieron un espectáculo dramático: se había desplomado la casa de enfrente. El pequeño Fidel no podía creerlo. Se le hacía imposible que una construcción que parecía tan fuerte, estuviera por los suelos y sus habitantes atrapados dentro de las ruinas. La mamá del niño pidió auxilio inmediato a los bomberos y a la ambulancia. Mientras tanto, su papá se acercó al lugar para ofrecer ayuda.

El pequeño Fidel quería preguntar a sus padres la causa del accidente, pero la llegada de las ambulancias y bomberos se lo impidió. Después de horas de angustia, lograron sacar de los escombros a dos niños atrapados y a su madre. Desafortunadamente, no pudieron hacer nada por su padre y sus abuelos. El papá de Fidel se le acercó y le dijo: “Hicimos todo por salvarlos, pero no fue posible. El techo y las paredes les cayeron encima”. El pequeño se entristeció y preguntó: “¿Eso lo hizo Dios?”. Su papá le contestó: “No. Los sismos son causados por la naturaleza.

Bajo tierra hay capas que constantemente chocan y se acomodan causando sismos. La Tierra tiene sus propias leyes. Por eso los seres humanos debemos crear soluciones ante los problemas. Para eso Dios nos dio sabiduría”. En ese momento se acercó la mamá del pequeño y comentó: “Lamentablemente nuestros vecinos no tomaron las precauciones necesarias. Por el afán de ahorrar material de construcción y terminar pronto su casa, pusieron en peligro su vida”. Fidel estaba desconcertado y dijo: “Su casa se veía igual a la nuestra”. Entonces su papá le aclaró: “Aparentemente se veía muy fuerte, pero lamentablemente no tenía cimientos fuertes y profundos como la nuestra. Nuestra casa la construí con los mejores materiales para que mi familia siempre estuviera segura”. El pequeño Fidel agradeció: “Gracias Papá.

Entendí muy bien tu explicación. Si nuestros vecinos hubieran construido su casa con buenos cimientos y buenos materiales no habrían padecido las consecuencias. Es triste decirlo pero, al no hacer las cosas bien, prepararon su propio sufrimiento”. Finalmente, la mamá concluyó: “También es triste que muchas personas edifiquen su vida sin cuidado, sobre malos cimientos. Porque quien no pone a Dios como lo más importante, tarde o temprano ve derrumbarse sus proyectos”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=135Domingo, 06 de Marzo de 2011 10:00 hrs.
Cuento: La alfombra rojaEl pequeño Bernardo y su madre veían en la televisión un programa que mostraba a famosos desfilando sobre una ‘alfombra roja’. Éstos competían por lucir los atuendos más lujosos y costosos. Su preocupación era la moda y las marcas. Bernardo comentó: “La ropa puede ser bonita, pero siempre es algo externo a la persona.

Aunque se vista las prendas más exclusivas y costosas, la persona sigue siendo la misma. El refrán popular lo dice: ‘aunque la mona se vista de seda, mona se queda’”. Su mamá le preguntó: “¿Por qué ese comentario?” Él respondió: “Muchos famosos son egoístas. No se preocupan de ayudar a los demás.

Sus preocupaciones son las joyas y los atuendos lujosos. Esas cosas superficiales no pueden cubrir su vanidad ni su egoísmo”. Su mamá le dijo: “Tienes razón. Cuando Adán y Eva se alejaron de Dios perdieron todas sus virtudes y en ese momento se sintieron desnudos. Desde entonces muchos seres humanos han intentado cubrir su desnudez pero sólo la corporal. Gastan tiempo y dinero por cubrirse con vestidos costosos. Pero olvidan vestir su espíritu. Por eso se siguen sintiendo desnudos.”

Bernardo escuchó con atención y comentó: “No comprendo por qué algunas personas creen que su vestido es más importante que ellas mismas. Al pensar así ponen más atención en sus vestidos que en su ser”. La madre y el niño cambiaron de canal para buscar algún programa más interesante. Encontraron un reportaje sobre la Madre Teresa de Calcuta. Bernardo se admiró por la obra de la religiosa. Preguntó a su mamá: “¿Por qué esa religiosa siempre vestía igual y ponía más atención a las personas que a las modas o vestidos? Ayudaba a todos y no los juzgaba por su apariencia.” La mamá le explicó: “Ella prefirió vestir su alma con las virtudes que nunca pasan de moda y no se pueden comprar con oro ni plata. Puso en práctica las enseñanzas de Cristo”. El niño preguntó: “¿Cómo lo aprendió?”. Su mamá abrió la Biblia y le leyó este texto: “Jesús dijo a sus discípulos: ¿acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? No se inquieten, pensando: ¿qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas, pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura”. Al escuchar estas palabras, el niño comentó: “En el mundo habría más justicia y menos pobreza si todos los seres humanos hiciéramos bien lo que nos corresponde y no pusiéramos sólo atención a las cosas materiales. ¡Imagina que en lugar de ‘alfombra roja’ se inventara la ‘alfombra blanca! En ella no se exaltaría el vestuario o las cosas superficiales sino los valores.

En la ‘alfombra blanca’ no tendrían importancia las marcas, modas o costos, sino las virtudes. La mamá del chiquillo se alegró por ese comentario y concluyó la reflexión diciendo: “Para cambiar de actitud debemos tener muy claro a quién servimos: a Dios o al dinero. Algunos confunden el dinero, la fama, el poder o el placer y les dan el lugar de Dios. Al adorar la fama, el poder o el placer se vuelven esclavos de ellos y dejan de ser justos y libres. Cristo dijo: ‘Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no le hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero’.”

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=138Domingo, 27 de Febrero de 2011 10:00 hrs.
Cuento: Poco a poquitoCuando Gilberto cumplió seis años, sus padrinos de Bautismo le obsequiaron una Biblia para niños. Ellos se habían preocupado de que su ahijado conociera a Dios paso a paso, y para que el niño se interesara más en la lectura de la Sagrada Escritura, hicieron el propósito de visitarlo frecuentemente y leer con él un texto.

Durante semanas todo caminó bien hasta que leyeron el texto en el que Cristo pedía a sus discípulos que amaran a sus enemigos. En ese momento Gilberto se sintió deprimido y dijo: “¡Eso es muy difícil! Si necesito amar a mis enemigos para ser cristiano, nunca podré serlo”. El niño se expresaba así porque en días pasados algunos compañeros suyos lo habían ofendido de diversas maneras.

Mientras los padrinos pensaban en un ejemplo para que Gilberto comprendiera lo que Cristo pedía, decidieron dejar por un momento el estudio de la Biblia para ver algún programa de televisión con el niño. La atención del pequeño quedó atrapada por un programa en el que se mostraba el entrenamiento de diversos cachorritos. Al final, el entrenador anunció que uno de sus perros subiría por una escalera, saltaría en medio de un aro con fuego y caminaría con sus dos patas delanteras. Cuando Gilberto escuchó eso, comentó: “¡Eso no es posible!”. Pero más tardó en expresar su pensamiento que en llenarse de admiración porque el perro no sólo hizo lo anunciado sino otras suertes.

Gilberto le aplaudió al animal. En ese momento sus padrinos comprendieron que Dios les había mandado el ejemplo que requerían. Apagaron la televisión y le dijeron al niño. “Lo que acabas de ver es un ejemplo de lo que nos dice el Evangelio”. Gilberto opinó: “Yo no veo en qué se parece el Evangelio a los perritos. Los perritos no tuvieron que perdonar a sus enemigos”. Su madrina sonrió por el comentario y después le aclaró. “Tienes razón. Lo que queremos decirte es que te parecía imposible que los cachorritos aprendieran todo lo que les enseñaba su entrenador y sin embargo pudieron hacerlo”.

Su padrino tomó la palabra: “Si un cachorrito puede llegar a hacer cosas que nos parecen imposibles, con mayor razón los seres humanos podemos hacer cosas difíciles cuando nos lo proponemos. Perdonar a nuestros enemigos es algo muy difícil pero no imposible. Si Cristo nos lo pide es porque Él sabe que algún día podremos hacerlo. Cristo nos tiene mucha paciencia y nos pide que aprendamos poco a poco. Primero nos pide amar a nuestros padres, familiares y amigos, y cuando lo hemos logrado, nos pide algo más difícil: amar a todos, incluyendo a nuestros enemigos”.

Con esas palabras Gilberto comprendió que aprender a amar era todo un proceso y un crecimiento espiritual. Sin embargo le surgió una duda: “¿Por qué tenemos que amar a los enemigos?”. Su padrino concluyó: “Porque Dios ama a todas las personas, buenas y malas, y quiere que nuestro amor sea semejante al de Él. Dios nos pide amar a todos porque el amor puede transformar todas las cosas. Cuando amamos a nuestros enemigos y oramos por ellos, también ellos podrán cambiar y acercarse más a Dios”.

El niño agradeció la vista de sus padrinos y antes de dormirse, oró por primera vez por sus enemigos. Al día siguiente tuvo una agradable sorpresa y reconoció el poder de la oración cuando ellos se acercaron a pedirle perdón por las ofensas que le habían hecho.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=143Domingo, 20 de Febrero de 2011 11:00 hrs.
Cuento: La ofrendaEl Padre Tomás decidió hacer algo de inmediato cuando se enteró de que Fernandito –el pequeño que había ingresado al catecismo y que todos los domingos compraba flores para presentarlas como ofrenda al altar-, en realidad no era un niño piadoso, sino un chiquillo desalmado porque trataba muy mal a su hermano paralítico.


Por ello, cuando Fernandito asistió al catecismo se encontró con una sorpresa. Y es que la clase no la darían las catequistas sino el Padre Tomás. Para empezar, el sacerdote tomó un ramo de frescas y bellas azucenas y preguntó a los niños si querían una flor. Todos los niños contestaron que sí. Entonces el sacerdote comenzó a rociar las flores con vinagre y luego se las ofreció. Ninguno de los niños las aceptó porque su olor era muy desagradable. Los chiquillos de la clase pensaban que el Padre Tomás se había vuelto loco, pero él les dijo: “Se preguntarán por qué le puse vinagre a unas hermosas flores. La respuesta es fácil. Lo hice para darles la lección de hoy”. Como los niños seguían sin entender, el Padre Tomás les explicó que las flores eran hermosas, pero el vinagre les habían quitado su valor. Luego les dijo: “Era una ofrenda agradable para ustedes pero yo la eché a perder. Con este ejemplo quiero decirles que en muchas ocasiones los seres humanos le ofrecemos a Dios cosas muy buenas, pero las echamos a perder con nuestras actitudes”. Después les puso algunos ejemplos: “Cuando una niña le ofrece a Dios el rezo del rosario pero roba a sus compañeros de clase, sus oraciones pierden su hermosura. Cuando una persona le ofrece a Dios un maravilloso ramo de flores pero trata mal a sus semejantes, es como si le estuviera ofreciendo las flores más feas del mundo”. Luego continuó: “A Dios no le interesan tanto las flores o las oraciones sino más bien la actitud con la que se las ofrecemos”. Fernandito volvió a preguntar: “¿Y usted cómo sabe eso?”. El sacerdote abrió la Biblia y leyó: “Jesús dijo a sus discípulos: ‘Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda’”. Cuando el niño escuchó aquellas palabras, recordó que él sólo se había preocupado por buscar las mejores flores para el altar pero ahora sabía que eso no era todo. Aquella misma noche tuvo un sueño en el que se veía a sí mismo llevando el más hermoso arreglo de flores al altar. Pero en el momento en que se disponía a ofrecerlo escuchaba una voz que le decía: “Llévate esas flores y regresa cuando tengas la mejor flor. Búscala en tu corazón. Cuando traigas esa flor la recibiré como la mejor ofrenda”. Cuando Fernandito despertó comprendió lo que Dios le pedía y a partir de ese momento tuvo un cambio de actitud con su hermano. El domingo siguiente llevó a su hermano a Misa y mientras dejaban su ofrenda de flores, Fernandito escuchó que Dios le decía: “Estas flores también son hermosas, pero la mejor flor es la de tu interior y volvió a florecer”.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=148Domingo, 13 de Febrero de 2011 9:00 hrs.
Cuento: La sopa de panchitaDoña Panchita había dedicado toda su vida a la cocina. Desde su tierna infancia había recibido como herencia las recetas de su abuela y de su madre. El paso del tiempo la convirtió en una experta para cocinar todos los platillos mexicanos, desde el típico arroz blanco hasta el mole negro. Cuando cumplió 70 años decidió compartir con alguien de la familia su preciado tesoro de recetas. Desafortunadamente, ninguna de las mujeres, que ahora se consideraban “modernas”, tuvo interés en dedicarse a las actividades de la cocina, como si la preparación de los alimentos fuera una carga o una maldición.

Finalmente, aunque un poco de mala gana, una de sus sobrinas aceptó tomar las lecciones con la experta cocinera. Su primer ejercicio consistió en la preparación del llamado “caldo de olla”, “puchero” o “cocido”. Doña Panchita le aclaró a Susana, su alumna: “Es un platillo muy sencillo, pero no por eso se debe descuidar alguno de sus ingredientes”. Luego le indicó los siguientes pasos a seguir: acudir al mercado, seleccionar las verduras, carne y hierbas de olor; lavar cuidadosamente los ingredientes y cortarlos en trozos; hidratar y moler el chile seco, y muchas otras cosas más. Susana siguió al pie de la letra las indicaciones, pero no le dio importancia a un pequeñito detalle. Cuando el guisado estuvo listo, Doña Panchita lo probó con un gran cucharón e hizo un gesto desaprobatorio. Luego le dio a probar un poco del caldo a Susana y ésta, al percatarse del mal sabor, preguntó con admiración: “¿En dónde estuvo mi error?”. La experta cocinera quiso cerciorarse de que todas las instrucciones se hubieran cumplido y le preguntó a su aprendiz: “¿Seguiste todas mis indicaciones?”. Ella contestó afirmativamente. Panchita le pidió que revisara punto por punto toda la lista para que pudieran encontrar el error. Así lo hizo Susana mientras iba leyendo en voz alta: “verduras, carne, chile, hierbas de olor...” Panchita preguntó: “¿Ya encontraste el error?”. Susana le dijo: “Cumplí con casi todos los ingredientes. Sólo me faltó uno, pero al parecer es insignificante.” Panchita sabía que en la cocina no había ingredientes insignificantes y le preguntó con cierta malicia: “¿Cuál es el ingrediente que te faltó?”. Susana reconoció que le había faltado una pizca de sal. Entonces Doña Panchita sonrió porque se había descubierto el secreto del mal resultado. Luego hizo reflexionar a Susana diciéndole: “Los ingredientes no son sólo importantes por lo que cuestan o por su tamaño, sino también por su función. Nunca desprecies lo que algo pequeño puede realizar. A veces en los pequeños detalles están las grandes soluciones”. Sin decir más, colocó una pizca de sal en el caldo y esperó unos minutos. Luego dio a probar nuevamente el caldo a su aprendiz y esperó su reacción. Susana saboreó la prueba y dijo muy contenta: “¡Ahora sí está listo!”. Doña Panchita felicitó a su alumna y quedó satisfecha por su primer día como maestra. Por su parte Susana aprendió una gran lección que le cambió la vida. Desde entonces, dio importancia a los pequeños detalles que siempre había descuidado. Esto le sirvió no sólo para tener una mejor apariencia, sino mejor salud. También le sirvió en el arreglo de su casa, en el estudio de su carrera y sobre todo en sus relaciones interpersonales, a tal grado que todos sus amigos siempre le decían: “Susana, tú si que eres la sal del caldo, el sabor de todas las fiestas y la luz en los momentos de oscuridad”. Pero lo más importante es que Susana comprendió que aunque su trabajo pareciera insignificante, Dios la amaba como a un hermoso grano de sal.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=153Domingo, 06 de Febrero de 2011 11:00 hrs.
Cuento: La dicha

El rey Alfredo sintió cercano el momento de dejar el mundo y, antes de morir, reunió a sus cuatro para decirles: "Aunque he vivido muchos años quiero decirles que la vida es muy corta, y es necesario que no pierdan tiempo y busquen la verdadera alegría hasta que la encuentren". Dicho esto, el rey expiró en paz. Tres de sus hijos decidieron buscar la alegría y salieron inmediatamente del reino para encontrarla. El mayor recorrió grandes distancias preguntando: "¿Alguien puede decirme dónde puedo encontrar la felicidad?". Pero nadie respondía. El joven viajó por el mundo entero. Navegó por todos los océanos y escaló montañas, pero murió finalmente sin encontrar lo que buscaba. El segundo hijo, se dijo: "Me han dicho que la felicidad está en el conocimiento de las cosas. Leeré todos los libros que pueda". Así lo hizo, pero, casi ciego de tanto leer, también envejeció y cayó muerto sobre un libro llamado ‘Los placeres de la vida’. El tercer hijo juntó toda su fortuna.

Montó su corcel y decidió buscar el mercado más grande del mundo. Cuando lo encontró quedó admirado y se dijo: "En este mercado se vende todo tipo de mercancía: objetos, animales e incluso personas. Voy a comprar de todo y seguramente seré feliz". Pasó el tiempo y, no obstante sus ricas posesiones, ostentosas vestimentas y caprichos cumplidos, también murió sin encontrar la alegría. El cuarto hijo, el más pequeño, nunca salió de los límites de su reino y, sin embargo, vivió siempre con gran alegría. Su madre, la reina, poco antes de morir, le dijo con afecto: "Querido hijo: tu padre nos enseñó que la vida es corta, y es cierto. Mi vida también está llegando a su final y quiero comentarte algo. Tus hermanos se fueron y jamás regresaron al palacio. Nunca supe si pudieron encontrar la dicha. En cambio, a ti siempre te he visto feliz.

¿Cómo y dónde pudiste encontrar esa alegría?". El hijo la miró con cariño y le contestó con voz pausada: "Poco antes de que muriera mi padre, yo iba caminando cerca de una montaña. Ahí vi una muchedumbre que escuchaba a un hombre llamado Jesús. Me acerqué con curiosidad y me impresionaron sus palabras. En su predicación decía que la profunda felicidad no está fuera de nosotros sino en lo más profundo de nuestro interior. Entonces comencé a buscarla dentro de mí. Aquel hombre me dijo que la sabiduría era importante, pero que sin el amor, no conduce a la felicidad plena. Finalmente me advirtió que la alegría tiene un alto precio, pero no se puede comprar ni con todo el oro del mundo". La reina escuchaba con atención las palabras de su hijo mientras él continuaba: "Aprendí que puedo ser feliz sin recorrer grandes distancias, sin tener que conocer toda la sabiduría del mundo y sin poseer cosas que no pueden comprar la felicidad.

Aprendí el camino del amor y lo encontré en Dios, en lo más profundo de mi interior y en mi prójimo, especialmente en el más necesitado. El amor me llevó a la pobreza de espíritu, a llorar con los que lloran, a sufrir para que otros no sufran, a ser justo y misericordioso, a limpiar mi corazón y a trabajar por la paz. Para encontrar todo esto no tuve que salir del reino porque se puede encontrar a cada paso". Cuando el príncipe terminó de decir estas palabras, la reina sonrió y murió en gran paz. El hijo también sonrió porque sabía que su madre, por el amor que había tenido a todos en el reino, había encontrado la verdadera alegría en la tierra y ahora gozaría de un premio grande en el reino de los cielos.

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http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=160Domingo, 30 de Enero de 2011 11:00 hrs.
Cuento: ¿Hostia o Cordero?Pablo tenía ya edad suficiente para asistir a la Misa dominical con sus padres y, gracias a su ayuda, iba descubriendo el significado de cada parte de la celebración. Su curiosidad permitía a sus padres reflexionar con él y darle una respuesta sencilla a cada cuestionamiento. En cierta ocasión, Pablito quedó intrigado cuando el sacerdote, antes de la Comunión, levantó la Hostia y dijo: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El niño quedó confundido y le preguntó a su papá: “¿Por qué levantó la Hostia diciendo que era un cordero?”. Don Héctor prometió explicárselo al término de la Misa.

Cuando llegó el momento, le dijo: “Los fieles tratamos de ofrecerle lo mejor a Dios. Esto también sucedía en el pueblo de Israel. La gente se dedicaba al pastoreo cuidando ovejas y cabras”. Luego le preguntó: “Si tú fueras pastor, ¿qué le ofrecerías a Dios?”. El niño respondió: “Los corderos son más bonitos que las cabras. Por eso, le ofrecería el corderito más limpio y bello de todo mi rebaño”. Don Héctor continuó: “Pues los pastores de Israel pensaban como tú. Cuando querían pedir perdón por sus pecados le ofrecían a Dios un cordero. Creían que el sacrificio y la muerte del animalito eran el precio para que Dios los perdonara y los purificara. También sacrificaban un cordero para hacer una alianza o contrato con Dios. Por eso, en las fiestas principales, y sobre todo en la Pascua, nunca faltaba un sacrificio”. Pablito preguntó: “¿Qué celebraban los israelitas en la Pascua?”. Su papá le dijo: “Recordaban el paso de la esclavitud a la libertad”. Y luego agregó: “Durante mucho tiempo el pueblo fue esclavo de los egipcios hasta que, una noche, Dios lo liberó con la ayuda de Moisés. En aquel momento Dios pidió al pueblo que le sacrificaran un cordero sin mancha ni defecto como precio de su liberación y como signo de la alianza o pacto que hacía con su pueblo. Por el pacto, Dios se comprometía a cuidar a su pueblo y el pueblo se comprometía a serle fiel. Aquella noche fue llamada: “La Pascua”. Después del sacrificio, Dios cumplió su palabra y les dio la libertad”.

Pablito entendió el significado de la Pascua, pero comentó: “Yo no creo que el pecado se pueda borrar por el sacrificio de un animal. Tampoco creo que la libertad se consiga matando animalitos. Yo Pienso que se obtiene luchando para no hacerse esclavo de nada, de nadie, y mucho menos del pecado”. Don Héctor dijo: “Tienes razón. Las alianzas o compromisos no se pueden sellar con la sangre de animales. Deben sellarse con la palabra, el corazón y el cumplimento de lo prometido. Por eso Dios quiso purificarnos y hacer una alianza con el mundo por medio de su Hijo. A través de Jesucristo, que murió por nuestros pecados, Dios nos manifiesta su amor y nos invita a sellar una alianza que nos compromete a cumplir sus mandamientos. Por eso Cristo tomó el lugar de los antiguos corderos para convertirse en el verdadero Cordero de Dios. Cuando Cristo inició su misión como salvador, Juan el Bautista lo señaló diciendo: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. También el sacerdote, antes de dar la Comunión, nos muestra la Hostia consagrada y dice: ‘Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor’. Con esas palabras nos recuerda que Cristo, para perdonar nuestros pecados, se sacrificó como cordero en la cruz y quiso quedarse en el pan de la Eucaristía para librarnos de la muerte. Además, por medio de Cristo, Dios hizo con la Iglesia una nueva y eterna alianza en el amor”.  ]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=166Domingo, 16 de Enero de 2011 10:00 hrs.
Cuento: El Bautismo del SeñorCerca del río Jordán caminaba el pequeño Baruc con sus padres. Su madre le dijo: “El agua es un gran bendición porque es fuente de vida”. El niño se quitó las sandalias, metió sus pies en el agua y comentó: “El agua también refresca y descansa”. Baruc observó también que unas mujeres bañaban a sus hijos y lavaban su ropa en el mismo río.

Su madre le comentó; “el agua también puede significar limpieza y purificación”. El niño hizo una pregunta ingenua: “¿Cuándo se lava la ropa o se baña la gente, dónde quedan su suciedad y sus manchas?”. Su papá le dijo: “El río las absorbe”. Los padres y el niño continuaron su camino por la orilla del río, y a mitad de la jornada encontraron a una multitud que escuchaba la predicación de un hombre llamado Juan.

Él les decía: “Hay cosas que ensucian sus ropajes, pero hay otras que ensucian su espíritu. A veces no queremos verlas, pero Dios conoce nuestra inmundicia y se lamenta de que no hagamos nada por recuperar la pureza”. Intrigado, el niño le preguntó a Juan: “¿Con qué manchas se ensucia nuestro espíritu?”. Él le contestó: “El espíritu se ensucia con todo aquello que ofende a Dios y a nuestro prójimo. Con el pecado”. El niño continuó: “¿Y qué puedo hacer para purificar mi espíritu?”. Juan aprovechó la pregunta de Baruc y se dirigió a todos: “Sólo con arrepentimiento puede sanar el corazón y purificarse el espíritu. Por eso, los invito a que entren en el río como señal de que desean purificarse”. Emocionado, Baruc comenzó a gritar: “Hagámosle caso a Juan. El agua es vida, descanso y limpieza. Si nos arrepentimos y dejamos en el río nuestra inmundicia, el río nos dará el perdón”. Entonces, Juan lo interrumpió y aclaró: “No pequeño. Estas aguas pueden limpiar nuestro cuerpo o nuestra ropa, pero no tienen poder para purificar el espíritu. Sólo Dios puede purificarnos y darnos la fuerza para ser mejores”. Baruc le preguntó: “¿Y cómo perdonará Dios nuestros pecados”. Juan le anunció: “Enviará a su Hijo Jesucristo. Él se hará hombre, se hará solidario con toda la humanidad y la purificará del pecado. Así como el río toma toda mancha y la purifica, así el Salvador entrará a las aguas del río Jordán para, simbólicamente, tomar sobre sí los pecados de todo el mundo.

Después los purificará con su muerte”. Mientras Juan y Baruc conversaban, se acercó Jesús al río. Juan se llenó del Espíritu Santo, señaló a Jesús con el dedo y exclamó: “Este es el Cordero de Dios, el Mesías que viene a purificar el pecado del mundo”. Jesús se metió en el río y Juan lo bañó con sus aguas. En ese momento, Jesús recibió el poder del Espíritu Santo que le permitiría predicar, hacer milagros y cargar sobre sí los pecados de la humanidad. Baruc y sus padres continuaron su camino hacia Egipto, donde permanecieron tres años. Cuando regresaron a Jerusalén, se encontraron con una procesión. El  hombre que, tres años atrás, había tomado sobre sí los pecados de la humanidad, cargaba ahora con el pecado de la traición y la negación de sus discípulos, el pecado del poder injusto de Herodes y Pilato, el pecado de violencia de los soldados que lo azotaban y escupían.

El niño vio a Jesús cargando el peso de la maldad humana en una pesada cruz que lo hizo caer en tres ocasiones. Cuando el condenado llegó hasta el lugar de su crucifixión, Baruc se acercó a los pies de la cruz, y ahí escuchó sus últimas palabras: “¡Todo está cumplido! ¡En tus manos encomiendo mi espíritu!”. Entonces comprendió que Jesús había cumplido con la misión de cargar y purificar los pecados de la humanidad.

Tres días después, la familia de Baruc escuchó una noticia maravillosa: el Crucificado había resucitado. Cincuenta días después, cuando el niño y sus padres se alejaban de Jerusalén, vieron a los discípulos de Jesús, quienes, llenos de entusiasmo, predicaban e invitaban a un nuevo Bautismo. Decían: “El bautismo de Juan invitaba al arrepentimiento. El nuevo Bautismo nos une a Jesucristo, perdona los pecados, nos convertiría en hijos de Dios y templos del Espíritu Santo”. Baruc corrió hacia los apóstoles y les pidió que lo bautizaran. Pedro lo recibió en el río y, derramando agua sobre su cabeza, le dijo: “Te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Mientras el niño sentía correr el agua sobre su cuerpo, dijo: “El agua vida, salud, limpieza y descanso, pero por el Bautismo es también perdón y anuncio de la vida eterna”. Baruc comprendió que Cristo había tomado la actitud del río: llevar sobre sí las manchas, para purificarlas. Baruc había nacido ocho años atrás, pero el día de su Bautismo volvió a nacer: nació a la Vida Eterna. ]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=170Domingo, 09 de Enero de 2011 10:00 hrs.
Cuento: El rey miedosoHubo una vez un niño llamado Herodes que, cuando supo que llegaría a ser rey, se volvió soberbio y altanero. En lugar de buscar sabiduría se llenó de necedad negándose a todo tipo de conocimiento. En lugar de llenar su corazón de bondad lo llenó de egoísmo poniéndose como el centro de todas las cosas. En lugar de buscar ser amado aprendió a que lo odiaran por su dureza. Pensaba que para ser rey era suficiente tener una corona en la cabeza y una capa sobre los hombros. Cuando llegó su adolescencia había vuelto la espalda a la verdad, a las virtudes y a la luz. Finalmente, cuando fue proclamado rey de Judá, todas sus carencias se convirtieron en amargura para su pueblo que se vio envuelto en la oscuridad.

En contraste a esta historia, el brillo de una estrella, en una noche bendita, anunció el nacimiento de un verdadero rey. Tres sabios del oriente, entonces conocidos como magos, se dejaron iluminar por la estrella de bendición y comenzaron su caminar para buscar al nuevo rey que había nacido.

Al primer sabio, la luz le indicó que el recién nacido sería rey de reyes y como señor de los señores, vencería a los más grandes enemigos de la humanidad: el pecado y la muerte. Por eso, el primer mago decidió llevarle un poco de oro para reconocerlo como rey.

Al segundo sabio, la luz le reveló que aquel niño envolvía con su cuerpo infantil la grandeza divina; que al tomar carne humana se hacía solidario con la humanidad en todas sus penas y necesidades. Por eso este sabio llevó consigo un poco de incienso, resina que entonces se quemaba sólo en honor de la divinidad.

El tercer sabio, o mago, recibió de la estrella una luz aún mayor. Descubrió que el amor de Dios en aquel niño era tan grande que lo llevaría a entregar su vida para traer la paz al mundo. El sabio comprendió que Dios había tomado carne humana, se había encarnado para sacrificar en su carne, en la cruz, todos nuestros pecados. Así, el mago, con agradecimiento y dolor puso en su equipaje un poco de mirra, resina con la que se embalsama y da el último homenaje al cuerpo de los  muertos.

Cuando los magos llegaron ante el humilde pesebre ofrecieron sus dones y comprendieron que cualquier sitio es palacio para el verdadero rey. Descubrieron que este no necesita capa o corona, porque tiene la realeza en sí mismo y no en sus vestiduras. Supieron que el verdadero rey da la vida por su reino.

Mientras tanto, un falso rey llamado Herodes sentía que la corona le quedaba grande, que su capa lo asfixiaba, que su palacio era solo un montón de piedras y que no era amado por sus vasallos. Cegado por el odio y el egoísmo no pudo ver la luz que guió a los magos del oriente. Permaneció en tal oscuridad interior que, al enterarse del nacimiento del verdadero rey, se llenó de miedo, pensando en que perdería su reino terrenal. Entonces, mandó asesinar a todos los niños de aquella región. ¡Pobre rey! Pensaba que el reino de Dios se podía eliminar con espadas.

Afortunadamente, el rey de reyes fue protegido por sus padres que lo llevaron temporalmente a Egipto, pero cuando llegara el momento regresaría a iniciar su reinado. Aquel niño adorado por los reyes de oriente se convertiría, por su amor, en el rey más admirado y el que ha tenido mayor cantidad de discípulos en toda la tierra. ]]>
http://www.desdelafe.mx/apps/article/templates/?z=18&a=174Domingo, 02 de Enero de 2011 11:00 hrs.